miércoles, 15 de noviembre de 2023

HOTEL FACTOR (Big Fish)

 

La mañana estaba desapacible, con unas rachas de viento cambiantes. Debía tratarse de la ciclogénesis explosiva que llevaban toda la semana anunciando en radio y televisión. No hago caso nunca porque se ponen muy pesados con las perogrulladas de que hace frío en invierno y calor en verano. En qué hora me bajé del autobús. Llegaba con tiempo de sobra y decidí apearme tres paradas antes, enfrente de la iglesia de San Francisco el Grande, para dar un paseo y oxigenarme un poco. Pensaba seguir por la calle Bailén, torcer a la derecha por Mayor hasta la esquina con la calle del Factor que es donde trabajo, justo donde se produjo el atentado a Alfonso XIII. Se lo he oído cien veces al señor José, el dueño del hotel: «El ramo de flores que ocultaba la bomba, lanzado desde el balcón del segundo piso, chocó con los cables del tranvía que lo desviaron de su trayectoria. Gracias a ese imprevisto se truncó el magnicidio, pero murieron veinte transeúntes que estaban viendo pasar el cortejo nupcial». Cada vez se repite más con las batallitas. Como jefe es majo, pero se está haciendo mayor.


Trabajo de recepcionista y llego a las siete y media de la mañana, relevo a mi compañera del turno de noche. En realidad, mi jornada empieza a las ocho, pero esa media hora la aprovecho para cambiarme y charlar con Alba para que me cuente si ha habido alguna novedad y como queda todo. Me tiene loco la chiquilla. Guapa no es, pero tiene un no sé qué. Menuda de cuerpo, viva en el andar, amena de conversación. Con un tono de voz dulce, una sonrisa franca y un brillo en los ojos que me hipnotiza. No termino de decidirme en pasar de las palabras a los hechos, mi timidez con las chicas es enfermiza. Dice que no le importa trabajar en ese turno, que así gana más dinero, pero la noche es jodida. Demasiado tranquila. Se hace eterna y cuando intentas descabezar un sueño surgen los problemas. Yo, las pocas veces que lo he tenido que hacer, he acabado hasta las narices.

Iba andando por el margen derecho de la calle, ya casi había llegado al inicio del viaducto. A lo lejos, bajo la luz de un farol, se recortaba la figura de un anciano. Llevaba puesto un abrigo de paño. Estaba apoyado con ambos brazos en la barandilla y miraba pensativo hacia abajo, hacía la calle Segovia. Según me aproximaba me pareció que ponía un pie en el murete inferior e intentaba auparse con los brazos. Mis músculos se tensaron. Quedé paralizado cuando reconocí al señor José.

Eché a correr desgañitándome: «¡Don José, por Dios! ¿Qué va a hacer?» Debió oírme porque giró la cabeza hacia mi dirección, pero lejos de apaciguarse metió las punteras de los zapatos entre los barrotes para darse impulso. Menos mal que han puesto protección y resulta difícil saltar hasta para un adolescente. Cuando alcancé su posición posé las dos manos a la altura de sus hombros y pegué un tirón seco. Las manos se desprendieron del poyete con una facilidad pasmosa, debía estar ya bastante agotado por el esfuerzo. Caímos los dos sobre la acera, él encima de mí. Aunque no es de complexión robusta quedé sin respiración. Permaneció sentado en el suelo, con los codos sobre las rodillas, las palmas de las manos en la cara y el mentón hundido. Todavía entre jadeos le pregunté con la mirada.

«Samuel, estoy desesperado desde hace un mes. Me he metido en un lío importante, en asuntos que desconocía totalmente. Zapatero a tus zapatos. Te he contado muchas veces que llevo toda la vida en este negocio, estoy orgulloso de ello, contento con la familia y no le pido más a la vida, pero hace un año uno de los clientes, Don Miguel, me engatusó con que participara en acciones de bolsa, ganancias seguras. Debí consultar con alguien, pero la convicción en sus explicaciones, su estudiado dominio del mundo financiero y su aplomo me cegaron y le entregué dinero, en varias veces. Cuando me quise dar cuenta la suma era exorbitante. Ahora ha desaparecido. Los documentos y justificantes que me entregaba los confeccionaba en el ordenador, parece ser. Soy un incauto, me lo creí todo. Seguro que embargan el hotel.

A mi hijo no me atrevo ni a mirarle a los ojos. Supongo que sospecha algo, pero no creo que se imagine esta hecatombe. Me convenció de que lo mejor es que pusiera todo a su nombre, fiscalmente es más favorable. Cuando yo falleciera estaría todo resuelto y zanjado. Lo he ido posponiendo, me daba pena. Todavía me siento fuerte, válido y conozco todos los recovecos del negocio. Hace un rato hemos tenido una conversación, Me ha dado un ultimátum. Tiene los billetes sacados para que mi mujer y yo hagamos un crucero por las islas griegas y me desvincule de una vez. Con el viaje comprometido no puedo prorrogar el traspaso de poderes ni un día más. Me ha insistido que lo tenemos muy merecido después de tantos años sin apenas vacaciones. Lo he dejado con la palabra en la boca y he venido hacia el viaducto con una sola idea en la mente. Me ha faltado valor para decirle la verdad. Es una desgracia muy grande. Y vosotros, los empleados, también la vais a sufrir en vuestras carnes». Paró la perorata de golpe, los sollozos no le permitían continuar.

Le intenté tranquilizar, lo levanté cogiéndolo de las axilas por detrás. Le dije que respirara hondo e intentara serenarse.  Teníamos que ir al hotel, hablar con Vicente, su hijo, contárselo todo y llamar a la policía para que buscase al delincuente. Le cambió el color de la cara, hizo amago de echar a correr en dirección contraria, pero al final bajó los brazos, dando a entender que lo que yo proponía era lo único sensato que se podía hacer. Le dije que era normal que ahora lo viera todo negro, pero acabar con su vida era lo último, tenía que dar la cara. Estaba seguro de que su familia lo iba a arropar. Al principio costaría asimilarlo, pero se harían cargo de su error e intentarían buscar soluciones.  Así que me colgué de su brazo y nos encaminamos hasta el hotel. Arrastraba los pies y suspiraba cada poco, pero se dejó conducir.

 

Un mes después fuimos a visitarlo a su casa. Alba me había pedido que la avisara, le daba corte presentarse allí sola. La fechoría se había arreglado en parte. Habían localizado al estafador y recuperado más de la mitad del dinero. Me había comunicado con Carolina, su nuera. Por ella me había ido enterando de la evolución de los acontecimientos. Mi preocupación fundamental era conocer de primera mano los progresos del señor José. Por lo que me comentó había mejorado bastante. Los primeros días estuvo como ausente, retraído. Ni hablaba, ni comía. Sólo sus nietos le hacían salir de su ensimismamiento. Después se fue soltando poco a poco, entraba alguna vez en conversación, aunque volvía al submundo de inmediato. Ahora estaba remontando anímicamente, pero distaba mucho de aquel hombre enérgico y decidido que manejaba con suficiencia todo el cotarro familiar.

Cuando llegamos, Carolina nos abrió la puerta. Nos pidió por favor que pasásemos al cuarto de los niños y los entretuviéramos un rato. El especialista estaba en ese momento con su suegro, pero se marcharía en breve. A mí me gustan bastante los niños, no me defiendo mal con mis sobrinos, aparte de que tenía curiosidad por conocer a Josete. Había oído hablar maravillas de su desparpajo.

Entramos en la habitación. María se puso colorada al vernos entrar, bajó la mirada y siguió a lo suyo. Josete, sin embargo, vino hacia nosotros y empezó a preguntar que quienes éramos, a qué habíamos venido, que si queríamos jugar al pilla pilla. Una pregunta detrás de otra, a borbotones, no paraba de hablar ni para tomar aire. Le dijimos que habíamos venido a visitar a su abuelo, que éramos empleados del hotel.

«Mi abuelo es un gran pez», me dijo el chico. «Lo estamos abrazando hasta que salga al mar». Me quedé bastante descolocado con la salida. La procesé unos instantes y le dije: «Pues aquí como no salga al Manzanares, poco mar va a encontrar. Josete, lo que dices no tiene sentido». «Si lo tiene», replicó, «Lo dicen en una película muy bonita. Me lo ha contado mi mamá. Es una metáfora de lo que le está pasando al abuelo. Lo de la metáfora me lo intentó explicar con ejemplos, pero es muy difícil, no lo pillé».

Apareció Carolina en la puerta y nos dijo que su suegro nos estaba esperando. Nos preguntó cómo se habían portado sus hijos, aunque añadió a continuación que lo podía adivinar sin temor a equivocarse. María reservada total y Josete verborrea por los codos «¿No os habrá preguntado ninguna inconveniencia? porque es tremendo» Le dijimos que, para nada, que nos habíamos divertido con sus salidas de niño mayor.

Pasamos al salón. El señor José estaba sentado en una butaca pegado al ventanal que había en el fondo de la estancia, al lado de Mercedes, su mujer. Sonrió al vernos, nos pidió que tomásemos asiento. Nos dio las gracias por la visita y por mi intervención aquella madrugada. Se le notaba un poco tristón, la mirada lo delataba, pero mejor de lo que esperaba encontrarlo. Nos contó que cuando se recuperara un poco más tenía previsto realizar el crucero por las islas griegas con su esposa. «Fíjate Samuel cómo cambian las cosas. Cuando me lo propuso mi hijo mi contestación fue que a mí en Grecia no se me había perdido nada. Yo quería únicamente estar en mi hotel, en el que ingresé de botones y fui ascendiendo, cambiando de ocupaciones hasta que, tras muchos años de sacrificio, pluriempleos y sacando de donde no había, fui capaz de meterme en un crédito y comprarlo. En el fondo, este golpe me ha servido para darme cuenta de que existen otras cosas en la vida que merecen la pena, que tenía delante y no era capaz de aprovechar».

En ese momento entró en el cuarto Josete. Venía corriendo, eufórico, dando voces: «¡Mamá, ya he cogido la metáfora, la he pillao! Ginés, el jardinero me llama pececillo, porque dice que soy el nieto de un pez gordo. Yo siempre pienso: ‘qué raro, pero si el abu no ha visto nunca el mar’. Hace unos días, cuando el abuelo se puso malito, nos dijiste a mí y a María que era un gran pez, igual que cuentan en la película esa de mayores. La metáfora consiste en que le estamos ayudando entre todos porque está pachucho y cuando se cure, en el crucero por las islas, este pez grande y gordo —dijo señalando a Don José—, por fin va a salir al mar».

Su aparición repentina y su ocurrencia, no exenta de ingenio, hizo que los adultos nos echásemos a reír. «Aunque el abuelo…ni grande ni gordo. Algo falla. Me voy a ver a Ginés, a que me explique a que se refiere» y se alejó murmurando por lo bajo, ladeando la cabeza a un lado y a otro y con las manos amarradas entre sí y posadas en las lumbares.

domingo, 5 de noviembre de 2023

ATRAPADO

—¿Toro o Plaza?

—No sé, siempre ganas.

—Tienes que elegir, Elena. Es muy fácil de adivinar, sólo tienes que estar un poco atenta.

En aquellas tardes de pan con chocolate era un sacrilegio perturbar el descanso de los vecinos en la hora de la siesta. Tampoco nos permitían ir a la calle. El silencio reinaba en la ciudad. El bochorno lo envolvía todo. Yo, para no molestar en casa, salía al descansillo donde siempre coincidía con mi vecino Raúl. No se podía decir una palabra más alta que otra y mucho menos corretear, porque los crujires y las percusiones que ocasionaban las suelas en aquellos escalones de madera retumbaban por el hueco y hacían entreabrir las puertas a los vecinos, que dirigían sobre nosotros una mirada torva, al tiempo que penduleaban el envés de la mano como amenaza. Así que teníamos que desarrollar la imaginación y tramar entretenimientos tranquilos.

Tres meses hace ya que Raúl entró con la mirada turbia, los hombros caídos y arrastrando los pies. Había llorado. No lo acompañe a recoger los resultados. Tenía que hacer una presentación. Nada hacía presagiar un diagnóstico tan demoledor por parte del urólogo. Acudimos a urgencias en dos ocasiones. Le dijeron que se trataba una infección de orina. Le recetaron unas pastillas, pero las molestias no remitían. «El lunes empiezo a darme ciclos. No, no se puede operar. Lo tienen que reducir primero».

Estaba fregando y casi se me cae el plato de las manos. «Elena, ¿Llevas mucho tiempo hablando con el vecino?» me preguntó mi padre. Estaba detrás de mí por lo que no pudo apreciar el rubor que me abrasaba. «¿Qué pregunta es esa, papá? Desde que tengo uso de razón, lo sabes de sobra». Siempre me llamó la atención esa expresión en desuso de «hablar con», cuando las parejas iniciaban una relación. «Tu madre sospecha, pero para mí no es novedad. ¿Por qué, si no, pone los ojos amielados y abre la boca, como si estuviese papando moscas, cada vez que nos lo cruzamos de un tiempo a esta parte?».

Traicionero y galopante. Hasta hace poco, cada vez que entraba en su habitación respiraba hondo, relajaba el semblante e intentaba darle esperanzas, pero me puso las cosas meridianas. «No finjas Elena, te engañas tú sola. Nos queda poco tiempo y quisiera dedicarlo a los temas más urgentes. A dejar claros los papeles. Una vez que nos registremos como pareja de hecho (¡con los berrinches familiares que nos había ocasionado no formalizar la unión!), hagamos testamento y te diga como quiero que dispongas mis restos, estaré tranquilo, podré dejarme ir».  Se consumía por momentos. Me demostró una entereza encomiable. A partir de entonces fue todo más fácil.

Mi padre era un pedazo de pan, pero su mirada escrutadora, sus poblados bigotes y la mosca debajo del labio le daban un aire autoritario. Además, siempre vestía traje oscuro. Bastante tradicional. De escasa conversación. «En boca cerrada no entran moscas», se defendía ante los reproches. 

Un día nos descubrió paseando de la mano. No lo vi venir, sentí un dolor en la muñeca que me hizo chillar. Me pilló distraída y Raúl se soltó con tal fuerza que se me hizo una torcedura. Cuando llegué a casa, mis dos progenitores estaban sentados en la mesa camilla mirando hacia la puerta del salón. «¿Cuándo piensa pedir la entrada ese mozo y decirnos cuáles son sus intenciones?». «Eso es del siglo pasado», protesté. «Los noviazgos siempre hay que formalizarlos. Nosotros hasta entonces cómo si no lo conociéramos».

El último de sus días, cuando todo estaba en orden y habíamos dedicado los anteriores a despedirnos de una manera relajada, a pesar de la premura del tiempo, sin excesivo dolor, gracias a los sedantes paliativos, estaba sentada junto a su cama. Adelantó el puño con dificultad, lo puso delante de mis ojos y susurró: «¿toro o plaza?». No me lo esperaba y me salió de dentro la más tierna de mis sonrisas. La imagen de nuestra infancia acudió a mi mente. El pasatiempo consistía en avistar una mosca posada en cualquier lugar, acercar la mano con la máxima cautela e intentar atraparla de un manotazo seco. A continuación, se hacía la pregunta de rigor. Se respondía toro, cuando se pensaba que estaba dentro y plaza, cuando se creía que había escapado. Después, se abría el puño como comprobación. O la mosca salía volando hacia su libertad o la mano estaba vacía. «Plaza, le contesté, no estás tú para cazar moscas» y me arrepentí al instante. Él me lo notó en la cara y puso la mano sobre la mía. 

«¿Te acuerdas Elena de que los chicos más brutotes, para realizar la prueba, bajaban el puño con todas sus fuerzas contra el piso al tiempo que lo iban abriendo? Algunas remontaban el vuelo, a duras penas, antes del impacto, pero a la mayoría les pillaba desprevenidas, se estampaban y allí quedaba su cuerpo inmóvil, sin vida».




domingo, 8 de octubre de 2023

BENDITA SOLEDAD

 

¡Por fin solo! Elisa, su mujer y María, su hija, se habían marchado a pasar el fin de semana a Aranda de Duero. La fase final de la liga de Voleibol autonómica se celebraba allí. Con un acompañante para la jugadora era suficiente. Compartirían habitación ahorrando costes. Su mami se había prestado voluntaria y él accedió sin mostrar mucha congoja.

         Le esperaban un par de días   a sus anchas en casa. Aprovecharía para expansionarse, para disfrutar de su cada vez más esporádica soledad, sin griteríos ni enganchones con hija o madre.

         Para comenzar su solaz había preparado una cutre cena, como gustaba de llamarlas con ironía su querida esposa. Si le viera en estos instantes. En esta ocasión las chacinas eran de calidad extra superior. Escogidas con mimo, las había ocultado en la terraza. Todavía no hacía calor durante el día, allí habían sudado lo estipulado, estaban perfectamente atemperadas. Sólo de pensar cómo se desharían en el velo de su paladar, babeaba como un Allien.

Para regar esas delicias había decidido bajar a la bodega. La vivienda de más de cien años conservaba este habitáculo original desde su construcción. Su temperatura era la idónea. Ni calor en verano ni frío en invierno. Hacía tiempo que tenía ganas de degustar el Rezuelo Clairdemont, cosecha del cincuenta y seis, que había heredado de su padre. Consideró, después de tanto tiempo, que el momento óptimo para paladearlo había llegado. ¡Qué diablos! Alguna vez tendría que hacerlo. «Las generaciones venideras no iban a saber apreciar estas delicatessen», se alentó mentalmente, para terminar de autoconvencerse.

Le costó abrir la puerta de madera. Estaba un poco encajada debido a que todavía no se había deshinchado del todo después del invierno. Hacía meses que nadie la franqueaba. Nada que no pudiera solucionar un puntapié en el sitio preciso. Se abrió exhalando un tenue chirrido, temblorosa y vibrante por el impacto. Giró la llave de la luz. Había decidido instalar una al estilo de antaño. Era entusiasta de lo vintage. Le mosqueó que la bombilla titilara un poco al encenderse. Bajó los escalones desvaídos por el uso y el tiempo. Avanzó hasta el fondo de la estancia. Se colocó en cuclillas frente al botellero para localizar más fácilmente el caldo elegido de antemano. «Hoy no te escapas», susurró con delectación, asiendo la botella por el gollete.

Advirtió de nuevo parpadeos y cambios de intensidad en la luz, seguidos está vez por un chasquido seco. Todo quedó en tinieblas.

A pesar de que la estancia era amplia y tenía recovecos —aprovechados como alacenas—, pensó que no le costaría mucho volver sobre sus pasos y alcanzar la habitación en la que desembocaba.

Un olor a humedad, del que no se había percatado hasta ese momento, invadía el ambiente. Se puso en pie apoyando la mano libre en el botellero. Notó la arista del inglete en la piel. Intentó buscar con el brazo extendido la pared más cercana. Lo hizo con pasos cortos, recelosos, sintiendo el firme en los tarsos de sus plantas. Las yemas de sus dedos palparon al fin la tapia rugosa y fresca. Suponía un primer logro. Ahora se daba cuenta de lo difícil que resulta orientarse en la oscuridad.

Comenzó a andar lateralmente deslizando la palma de la mano sobre el muro al mismo tiempo. Acunó la botella en la entrepierna, sujetándola con la otra mano, con el fin de protegerla de impactos inesperados. Llegó a una encrucijada. Lo supo porque la mano quedó al aire.  Para un invidente inexperto, la tarea se complicaba. Creía intuir dónde estaba el tiro de la escalera. Eso le relajó un poco.

De pronto, el sonido de un portazo quebró el silencio y su moral. Una corriente de aire repentina había hecho que la puerta se cerrara de golpe. «Bueno ¿Quién sabe? A lo mejor ha rebotado contra el marco», pensó. Eso no lo podría averiguar hasta que llegara a sus contornos.

Ahora tocaba dirigirse donde todos los indicios, de su no muy ejercitada orientación, hacían suponer que se encontraban los peldaños. Pasitos pequeños, brazo siempre extendido hacia delante. Tropezó con un obstáculo imprevisto, lo que le hizo trastabillarse y golpear la botella contra la pared —oyó al cristal estallar y al líquido derramarse—. ¡La descalzadora de su abuela! Su pasión por los objetos vetustos le había jugado una mala pasada. Se quedó de hinojos en el suelo. Sintió como sus rodillas se mojaban al mismo tiempo que el aroma del Rezuelo Clairdemont ascendía y hacía una penetrante visita a sus pituitarias «¡Mierda, mierda y mierda!» —se oyó decir—. Su voz reverberó al chocar con las paredes cercanas. A pesar de la ira que lo poseía, se acordó del chiste del borracho que, tras una caída, sintió mojado el bolsillo del abrigo en el que llevaba una botella y exclamó: «¡Por favor, Dios mío, que sea sangre!» Esto aumentó su malestar. No estaba precisamente para chacotas. Aprovechó esta evocación para comprobar —a base de lametones cuidadosos en palmas y dorsos de las manos—, que no se había herido con los cristales. Sólo vino ¡Qué desperdicio! Dentro de la suma de fatalidades que le estaba fustigando había tenido una pizca de fortuna.

Percibió escozor en sus rodillas, pero asumible. Su preocupación era otra. Llegar hasta la puerta y comprobar si estaba abierta. No se atrevió a levantarse. Prefirió jugársela con los cristales. Acarició la tierra desmigada por los efectos del vino. Puso los dedos en cuchara e hincando las uñas en el piso, avanzó con sumo tiento, acompasando el movimiento de brazos y piernas. Alcanzó un murete y tentó en tres dimensiones para cerciorarse de que era el primero de los escalones que iba a conducirle a su liberación. Inició la escalada impulsándose con los brazos. La presión del suelo en las rótulas le hizo resoplar por su molesta bursitis, pero hizo de tripas corazón y tiró para arriba. Le acuciaba resolver la rocambolesca situación. Todo lo demás pasaba a segundo plano.

Resollaba como un perro cuando llegó al reducido descansillo. Su corazón galopaba desbocado. Estaba chorreando de sudor. Percibió un repulsivo olor amalgamado. Separó mentalmente: Vino añejo, humedad mohosa y transpiración axilar. Había llegado el momento. Buscó un hueco en la pared para asirse y poder auparse. Una vez de pie frente a la puerta comprobó con desconsuelo —recorriendo los posibles intersticios con dedos y uñas—, que estaba cerrada herméticamente. Además, por el lado de dentro no tenía manilla. Tarea pendiente que había ido dejando por los siglos de los siglos. Cuando necesitaba acceder, dejaba la puerta abierta de par en par y así no había cuidado.

Hijopotuda era la situación en que se encontraba, en la que iba a permanecer casi dos días. En eso se había convertido el soñado y placentero fin de semana. Su mente era un torbellino intentando asumir la cruda realidad. Cómo estaría de perjudicado, que le pareció sentir unos murmullos de fondo. Esto no había hecho más que empezar y ya se estaba acojonando. No es que fuera asustadizo, pero la oscuridad encoje al más rudo maleante. Los rumores pasaron a convertirse en voces moduladas que le resultaban familiares. Nunca pensó que su cabeza le jugaría estas malas pasadas a las primeras de cambio. No quería caer tan pronto en la desesperación, en el pánico. Ahora oía, con nitidez y a través de los muros, una conversación entre Elisa y María. O estaba de frenopático o esas voces eran reales. Para corroborar su percepción, en ese momento una delgadísima línea de luz se filtró por debajo de la puerta. Empezó a golpearla con desafuero, con puñetazos sin control. Los nudillos se le hicieron puré. Percibió una leve vibración en la barriga procedente del portón al que estaba adosado. Desde el otro lado estaban intentando abrir. «¡Empujad del pomo y dad una patada abajo, en el centro!» —Se sintió gritar con la garganta hecha unos zorros—. En ese momento cedió el batiente e impulsado por la fuerza de las dos mujeres a un tiempo, cayó como un fardo escaleras abajo. Otra vez a lo oscuro. Magullado, maltrecho y con arañazos por todo el cuerpo. Por suerte, su estado no requirió ingreso hospitalario, como comprobó un rato después.

         Elisa y María se acercaron histéricas ayudadas por la luz que vomitaba la cercana habitación. Lo incorporaron tras un esfuerzo ímprobo y consiguieron subirlo a la estancia superior. Allí, una vez desparramado en una silla, le contaron que cuando estaban llegando a Aranda de Duero, el Colegio de árbitros de Castilla y León, les puso un Wasap en el grupo del equipo. Se suspendían todos los partidos del fin de semana. Por lo visto, en la concentración de dos días que habían organizado para los colegiados, previa al evento, debieron comer algún alimento en mal estado y ocho de diez estaban aquejados de gastroenteritis aguda.

         El embutido brillaba untuoso sobre la mesa. Dos bandejas cumplidas pero someras. Apelotonar esa ambrosía era una zafiedad. Ahora le tocaba a él explicarse.

lunes, 4 de julio de 2022

EL HOMBRE TRANQUILO

 

Estaba despierto cuando sonó la alarma del móvil. Llevaba un rato mirando al techo, cavilando. Había pasado mala noche, durmiendo poco y a ratos. Se sentía, de un tiempo a esta parte, cabreado consigo mismo. A pesar de que le ponían nervioso esas situaciones y no se manejaba con soltura en ellas, tenía que encontrar el momento oportuno para hablar con Elsa. La tocó en el hombro.

—Ya es la hora.

—Lo he oído. —Dio un bostezo, se incorporó, liberó sus piernas de las sábanas y se sentó en el borde de la cama. Intentó despabilarse frotándose la cara con las palmas de las manos. Se levantó y fue hacia el baño. —Despierta a estos dos, pero con brío, a ver si hoy no tenemos que andar a carreras —le dijo mientras desaparecía tras la puerta.

Manuel empezaba a cansarse de estas advertencias. Reconocía que su carácter era condescendiente en general y con sus hijos en particular, pero no veía que eso fuese malo. Un poco de empatía y después solían cumplir las órdenes.

Cuando bajó a la cocina con ellos, perfectamente aseados, vestidos y con sus carteras listas, Elsa ya había preparado el desayuno. Los recibió con gesto impaciente.

—Mira que te he avisado, pero cada día tardáis más, no tienes solución —dijo mientras con la jarra iba sirviendo el zumo en los vasos.

—No empieces, tenemos tiempo de sobra ¿Verdad chicos que os lo vais a zampar todo en un periquete? —Tania y Lucho asintieron moviendo la cabeza arriba y abajo mecánicamente, dejando escapar una risita.

—Tampoco se trata de remolonear y ahora comer como los pavos. Bueno, ya nos conocemos. Se tomarán su tiempo y me pondrán de los nervios. Te torean como quieren.

Manuel respiró hondo. No caería en la provocación. No era momento ni lugar para dejar las cosas claras, aunque cada vez tenía más agotada la batería de la paciencia.

—Tengamos la fiesta en paz Elsa. Ya verás como llegamos al cole en hora. Nada más que nos ha tenido que abrir la puerta el conserje dos o tres veces en lo que va de curso. ¡Vamos a demostrárselo, chicos! —les espoleó mientras untaba las tostadas con mantequilla.

—Al cole sí, pero espero que yo no tenga que dar explicaciones por enésima vez en el trabajo. Siempre me hacéis empezar el día estresada. ¡Es que eres más crio que ellos, joder!

«Tente Manuel, sujétate. Esta noche dejarás las cosas claras. Hablaréis largo y tendido», se dijo interiormente para tranquilizarse, pero su voz hizo un quiebro a su conciencia y su pensamiento salió por la boca, sin filtro y a fuerte volumen.

—¿Y a quien tienes que dar tú explicaciones, cari? ¿A ese jefe que te tiene tan bien considerada? ¿Qué babea como un allen en cuanto te ve aparecer? Ese come de tu mano, te lo digo yo.

Elsa abrió la boca, amusgó los ojos y apretó los dientes. Después, cuando parecía que iba a explotar, miró a los niños, se lo pensó mejor y relajó la expresión.

—Qué tonterías estas diciendo Manuel. Borja es muy amable conmigo, es comprensivo, tenemos cierta amistad después de tantos años en la empresa, pero nada más. Ya hablaremos tú y yo, ya hablaremos —y le lanzó una mirada sombría mientras cogía a los niños de la mano y se dirigía al garaje con paso decidido.

Manuel les siguió y abrió el coche con el mando a distancia mientras seguía dando la réplica.

—No me invento nada. El petulante ese te colma de atenciones y tu te dejas querer. ¿Te crees que no tengo ojos en la cara?

La familia al completo estaba dentro del coche. Todos con los cinturones puestos, preparados para realizar su trayecto matutino.

—Manuel, hay ropa tendida, pero esta me la pagas como que me llamo Elsa. ¿A qué viene este número? Te repito que no es el momento ni el lugar.

—Este número viene a que estoy harto de que siempre me estés ninguneando y poniendo como un trapo delante de los niños. Y también de aguantar tus reproches, tus desahogos y tus broncas.

Se pararon ante un semáforo rojo. Elsa echaba fuego por los ojos y tenía la cara roja como la grana, pero no daba la impresión de que fuese a decir nada, a rebatir las acusaciones. Se había quedado sorprendida ante este despliegue verborreico de Manuel, impropio en él y no quería encenderlo más. Prefería esperar y devolvérsela con creces cuando estuviesen los dos solos en casa. El vehículo dobló la esquina y desembocó en la calle del colegio.

—Al cayetano te lo puedes meter donde te quepa. Aunque va de jefe enrollado, cabalga a las mujeres porque está podrido de dinero, no por su sex-appeal, es feo de cojones. Pero tú, si has sucumbido a sus encantos, podías haber sido sincera conmigo.  

Miró al espejo retrovisor y al ver a sus hijos cabizbajos y mirándose entre sí en silencio, se dio cuenta de la gambada que acababa de cometer e intentó volver a su estado natural. Aparcó delante del colegio. Los peques tardaron más de lo habitual en bajarse del coche, parecía que sus cuerpos reaccionaran a cámara lenta, ni siquiera se volvieron para despedirse.

La oficina de Elsa estaba cerca. Ninguno de los dos habló más. Había roto por una vez y de la peor manera su imagen de hombre de nervios templados, que encaja bien las críticas y no se solivianta casi por nada. Se acordó en ese momento de un consejo que le dio su suegro, al que probablemente a partir de ahora dejara de ver tan a menudo: «antes de desembuchar hay que pensárselo mil veces porque las palabras no se pueden recoger».

lunes, 20 de junio de 2022

CONFESIÓN

 [1]—Será mejor —dije— que reanudemos la conversación por donde la dejamos. ¿Por qué la expulsaron a usted del colegio?

—Por asesinar a un tío.

—¿Cómo dice?

—¿No querías respuestas concretas?

—Y directas, cumple escrupulosamente con las premisas que le pedí, pero esto me deja fuera de juego.

—Los detectives estáis por encima del bien y el mal, no se os oculta nada, tenéis un sexto sentido, atáis cabos a las primeras de cambio…

—Cuando termine con sus sarcasmos, podremos centrarnos en esa confesión tan desconcertante. ¿Por qué ahora?

—Todo está prescrito. Muchos años dándole vueltas y hoy, que vienes a tocarme las narices con una gilipollez, he decidido sacarlo y al mismo tiempo rebajar tu arrogancia. Y no me llames de usted, queda ridículo después del polvo que hemos echado.

—Perdona, es la costumbre. Ya que has soltado la bomba, ¿me puedes dar los detalles?

—Eso es lo que os pierde a los hombres, los detalles, qué pocos tenéis y cuántos solicitáis. Luego os pasa lo mismo que a Adrián, mi marido.

—De mi cliente ya hemos charlado bastante. Cuéntame lo que pasó, por favor.

—Mi padre era uno de los empresarios más importantes de Madrid. Hacía poco tiempo de la muerte de Franco y todavía tenía contactos muy estrechos con los gerifaltes que seguían moviendo los hilos. Echaron tierra al asunto.

—No te he preguntado por la resolución sino por el asesinato. ¿Cómo y por qué?

—Fue en Cercedilla, en un internado con el que mi padre colaboraba extendiendo un talón generoso todos los años. Me matricularon allí por buen comportamiento. Porros, litronas y sexo en malas compañías. Se corrió la voz entre las familias bien de la capital. Ese escándalo era lo peor para su mundo superficial y fachendoso.

—¡Qué precocidad! ¿En edad escolar hacías todo eso?

—Tendría quince años. El recinto era colegio e instituto. Salías de él para ir a la universidad o al infierno. De todas formas, tienes razón, era demasiado joven. Empecé para joder a mis padres, pero se me fue la mano.

—Y tanto —se me escapó—. Perdona, prosigue.

—Uno de los desarrapados con los que alternaba se encaprichó de mí. Le conté mi paradero en una escapada por Malasaña, durante mi mes de vacaciones. Se empeñó en venir a rescatarme como a las princesas de los cuentos, aunque este era más chungo que aquellos principitos artificiales, pero siempre me ha gustado el morbo. Me llamaba cada semana. Concertamos una noche para el rescate. Dejaría la ventana de los servicios, contiguos a la nave dormitorio, abierta. Las monjas hacían vida en el ala opuesta y se asomaban cada hora. Las teníamos caladas, por ese lado no tenía que haber sorpresas. Se trataba de un primer piso, pero había una escalera tumbada en un hueco, entre el lateral del edificio y el terraplén que delimitaba la finca, la había visto durante los recreos.

—No has dejado de ser indómita e ir contra las convenciones nunca —comenté, acercándole un vaso de agua que me había señalado y estaba sobre la mesa. Se lo bebió casi entero.

—Se coló en el aseo a las tres y diez, según lo convenido. Venía colocado. Ni un beso, ni una muestra de cariño. Me cogió con fuerza del brazo y me empujó hacia la ventana. «Vamos, princesita de pitiminí», me dijo y soltó una risotada. Le dije que con él en ese estado no iba a ningún sitio. Sacó una navaja. Estaba casi grogui, sin reflejos. Respiré hondo. Fingí sometimiento. Levanté los brazos al tiempo que hincaba mi rodilla en sus huevos. Cayó al suelo hecho un ovillo. La navaja fue a parar a un rincón. Fui a por ella. Estaba mareado, resoplando y llamándome puta una y otra vez. Me cegué. Totalmente tensa y superada, le di puñaladas hasta que la visión de la sangre resbalando por mi muñeca me hizo volver a la realidad. Las monjas acudieron, alguna compañera había oído ruidos. Llamaron a mi padre y él, no se con quien habló, pero se encargaron de que desapareciera el cuerpo y los papeles si es que tenía alguno.

—Como cuentacuentos no tienes precio ¿Sabes que casi me lo creo? Que tu padre hiciese desaparecer un cuerpo sin dejar rastro y que nadie preguntase por él, por muy tirado que estuviese el individuo, es muy fuerte, pero que tus compañeras estando el dormitorio al lado de los servicios no acudiesen en tropel ni se fuese nadie de la lengua ante un suceso tan traumático y escandaloso, me lo ha dejado claro. Eso no hay quien lo tape.

—Eres muy perspicaz. No entendía a cuento de qué salías con la expulsión del cole. Supongo que, entre todos los pormenores que soléis pedir a los clientes, le sonaría vagamente a Adrián y te picó la curiosidad. ¿La verdad? Me tiré a dos profesores, pero quise llegar a la cima. El director, que estaba como un queso, se resistió a mis encantos, se escandalizó cuando sintió el ruido de la hebilla del cinturón contra las baldosas y vio sus pantalones en los tobillos. Me abrió un expediente de expulsión y lo estropeó todo.

—Que estrechos son algunos. Vamos a dejarlo porque también me suena a patraña y no tiene la menor importancia para nuestro negocio.

—Recuerda. En los días que me has monitorizado, seguido e investigado no has encontrado ningún indicio de infidelidad. Clases de pintura, quedadas con las amigas para ir de compras o tomar café. Tú lo adornas como te parezca.

—Sé hacer mi trabajo, no te preocupes. Hemos llegado a un trato.

Cogí el sobre que ella había dejado encima del piano dos horas antes, la miré por última vez, giré y me dirigí a la puerta.  

—Fuera de trato me puedes llamar para darnos un revolcón de vez en cuando. No te desenvuelves mal entre las sábanas, detective.

—Gracias por el halago. Nunca me ha gustado mezclar el trabajo y el ocio, pero contigo haré una excepción.



[1]Tres primeras líneas de un diálogo de El misterio de la cripta embrujada de Eduardo Mendoza.

lunes, 6 de junio de 2022

LOS GIRASOLES

 

Oyó el ruido de pisadas en la hierba. No estaba solo. Había salido corriendo hacia el campo de girasoles y allí se aplastó. Quedó inmóvil, con el oído alerta. Pensaba que nadie lo había seguido. A cien metros la hilera que formaban las traseras de las casas. Contuvo la respiración, tenía seca la garganta, ´se escuchaba un conteo monótono que se detuvo de pronto «Ronda, ronda, ¡quién no se haya escondido que se esconda!».

        

Unos tallos se movieron a su izquierda. Le llegó una risa ahogada que le era familiar. Elvira, sin duda. Reptó hacia ella con sigilo para que no los descubrieran. Estaba tumbada. Según se aproximaba, loma arriba, su mirada penetró en el interior del vuelo de la falda, recorrió las torneadas piernas hasta donde se juntaban, topándose con unas bragas blancas de puntillas.         Le invadió un hormigueo bajo el ombligo, una sensación placentera y desconocida. Permanecer chico y chica solos, al resguardo de miradas ajenas, conllevaba una prohibición implícita. A pesar de ello, se quedaron un rato tendidos de costado, mirándose con ojos amielados y sonriendo, como dos pasmarotes. En un momento dado, él alzó su mano, hundió los dedos abiertos entre las greñas pajizas de ella mientras susurraba: «Tu eres mi sol, yo giraré siempre hacia donde estés».

Después de ese día nada fue igual. Cruzaban miradas cómplices, buscaban cualquier excusa para coincidir, enlazaban las manos cuando nadie los veía. Siempre con ese nerviosismo que produce la clandestinidad. Su amor se consolidó con rapidez, sus escarceos fueron subiendo de tono hasta que, pasados unos años, oficializaron su relación con el beneplácito de sus progenitores. Alonso pidió la entrada en casa de la novia a su futuro suegro, prometiendo seguir el decoro y las buenas costumbres. Podía estar seguro de que su amor era sincero y de que nada le faltaría a su hija. 

Un mes más tarde lo alistaron. La “quinta del biberón” la bautizaron. Todavía no había cumplido los dieciocho. Para Elvira supuso una conmoción. La guerra no había llegado a su apartado pueblo, pero era necesario suministrar soldados para la causa. Se le hacía inimaginable separarse de su amado y vivir en una incertidumbre continua.

Al amanecer el soldado abandonó su casa llevando una maleta de madera, acompañado de su padre. Se encaminó a paso lento, con el mentón caído y la mirada fija en el suelo, hacia la plaza. Allí un camión con el motor arrancado estaba esperando. Subió a la caja junto a otros cuantos jóvenes de la población. El vehículo se puso en marcha y desapareció al girar en una cercana bocacalle. El ruido se fue extinguiendo poco a poco.

Los llevaron a un cuartel para darles unas someras indicaciones sobre el manejo del fusil y el modo de actuar en el frente. Tras la batalla del Ebro fue hecho prisionero por el ejército republicano. En su retirada les hicieron cruzar la frontera. Cuando la guerra acabó, estuvo encarcelado por haber pertenecido al ejército franquista. La segunda guerra mundial sobrevino casi de inmediato. De nuevo fue obligado a combatir. Cuando acabó la contienda y le anunciaron que no tenía causas pendientes buscó un empleo en territorio francés. Lo encontró en una fundición. En la prueba ante el oficial mostró desenvoltura. Su padre era el herrero del pueblo.

Nunca olvidó su compromiso. Reanudó la correspondencia tras todos estos avatares. Le llegó el mazazo a la vuelta del correo. Supo que Elvira se había casado y había dado a luz un hijo. A pesar de ello decidió retornar en cuanto reunió el dinero suficiente para el viaje.  Un sentimiento íntimo lo empujaba. Añoraba todas las vivencias experimentadas en su infancia y juventud.  

 

Habían transcurrido doce años desde que se despidieron y al llegar a su lugar de origen se sintió como un extraño. No culpaba a Elvira, las circunstancias se habían confabulado contra ellos. No debía haber ido. Todo se había trastocado. Se le hacía muy duro verla todos los días. Podría establecer una tibia amistad, pero eso sería aún peor. Decidió volver a Francia de nuevo. Sus padres habían fallecido, nada lo ataba ya. Antes de partir quiso verse a solas con la mujer que había acaparado sus sueños, empresa complicada en la España de aquellos días.

Se valió de Tasio, amigo de la infancia de ambos. Le dijo a Elvira que acudiera a su casa. Tenía que comentarle un asunto de vital importancia. A ella le extrañó tanto misterio. Cuando franqueó la puerta, la oscuridad era absoluta, las contraventanas estaban cerradas. Volteó la palomilla, se iluminó la estancia y ¡allí estaba su girasol! Un volcán interior invadió su cuerpo. No pensó en que podían haberla visto entrar. Una fuerza irrefrenable la impulsaba hacia Alonso. Sin mediar palabra empezó a recorrerlo a besos, a mordisquearle las orejas, apretándolo hacia sí. Este, sorprendido, tardó en corresponder. «He soñado tantas veces con este momento», murmuró ella entre sollozos. Se dejaron caer poco a poco mientras se iban desvistiendo el uno al otro. Se tumbaron desnudos sin importarles el basto enlosado de barro. Años de deseo largamente prorrogado provocaron la ausencia de preliminares.

Después, vinieron las confesiones. Acabada la guerra lo dieron oficialmente por muerto. Ella mantuvo la esperanza, soportando un sonsonete constante por parte de amigos y familiares. Años más tarde entró en relaciones con Samuel, hombre honrado, trabajador, buenazo y terco, muy terco.  La sometió a tal asedio, salpimentado con atenciones constantes, que al final sucumbió. Meses después de la boda llegó su primera carta. Estaba embarazada de Matías. El corazón le dio un vuelco. Nunca podrían retomar su antigua relación. Tocaba resignarse.

 

La tarde transcurrió en un suspiro. Oyeron la voz de Tasio desde la puerta trasera apremiando a Elvira. «Prepárate. Yo te aviso cuando puedas salir». Se vistieron con nerviosismo, se cogieron las manos y volvieron a fijar la mirada, amielada, tal como aquella lejana tarde del campo de girasoles. Sabían que era una despedida para siempre.



miércoles, 25 de mayo de 2022

CORRER ES DE COBARDES

 

No es lo mismo correr que huir. Se lo había oído decir a mi padre muchas veces. Por ejemplo, cuando veíamos el encierro de San Fermín por la tele, si un toro hacía hilo con un corredor y este, con la cara desencajada, los ojos fuera de las órbitas y temiendo por la integridad de sus glúteos, esprintaba y braceaba a toda máquina e intentaba zafarse del animal, aunque fuese tirándose al suelo de mala manera. Nos reíamos ambos de la ocurrencia. Mi padre era muy refranero, pero aquella mañana cuando mi mente dibujó su frase, no fue risa precisamente lo que me produjo. Ni a él tampoco cuando le fueron a avisar. 

            Había quedado para salir a correr con mi hermano Héctor a primera hora. Todavía no había amanecido, el cielo estaba encapotado, aunque algún claro se atisbaba en el horizonte. Chispeaba, pero no hacía mucho frío. Me gusta sentir el agua en la cara. Había llovido bastante los últimos días, así que elegimos el camino del río porque es de tierra compactada, filtra bastante bien y es difícil que se llene de charcos.

            Prefiero correr solo e ir escuchando música, más que nada porque, aunque no soy un profesional, con la cháchara no me centro en el control de la respiración y me viene el flato a las primeras de cambio, pero me tocaba cuidar de mi hermanito que estaba plof porque lo había dejado con Virginia después de dos años. Era el mayor y me sentía obligado a mantener su pensamiento entretenido el mayor tiempo posible para que no estuviese dándole vueltas todo el rato.

            La ruta era de diez kilómetros, ida y vuelta, y en una hora habríamos vuelto. Refunfuñó que lo tenía un poco dejado, pero le dije que, a trote cochinero, eso se hacía con la gorra. Asintió sin escuchar lo que le decía y siguió dándome la chapa sobre su drama sentimental. Me estaba luciendo con mi objetivo prioritario, pero al menos le serviría de desahogo.

            Al doblar una curva, vimos un perro negro a lo lejos, en medio del camino. Me extrañó porque no era temporada de caza. Pensé que se habría escapado de alguna finca. Cuando nos acercamos me di cuenta de que no tenía collar y se le marcaban las costillas. Comenzó a gruñirnos, pero empezamos a palmotear y a dar voces y salió zumbando ladera arriba.  

            Retomamos la marcha un poco contrariados por el encuentro. Por lo menos le sirvió para cambiar el chip a Héctor. Lo malo es que un rato después apareció de nuevo ante nuestros ojos, pero esta vez acompañado de otros cuatro amigos, colocados en forma de punta de flecha. En cabeza había un husky que nos miraba fijamente con ojos escrutadores. Permanecieron en silencio hasta que llegamos a veinte metros de ellos. El husky estiró el cuello, levantó la cabeza, y se puso a aullar al cielo, mientras sus compañeros llenaban el valle de potentes ladridos. Me cagué de miedo.

            Nos detuvimos. Mi intención era darme la vuelta y volver sobre nuestros pasos a toda carrera. Fue entonces cuando me acordé de la frase de marras. Mi hermano adivinó mi propósito y me susurró que no lo hiciera, que me quedase quieto sosteniéndoles la mirada. Se nos fueron acercando lentamente. Sentí amargor en la boca, tensión en los músculos y un calor asfixiante. Héctor insistía en que me quedase inmóvil. Los teníamos casi al lado gruñendo y babeando. El husky debía ser el jefe de la manada. Todos le seguían.

            Entré en pánico e hice lo que me había repetido que no debía hacer. Me di la vuelta y comencé a correr a toda leche mirando atrás por el rabillo del ojo. Los perros siguieron mi estela, pero al pasar a la altura de mi hermano este se abalanzó sobre el cabecilla y ambos cayeron rodando hasta la cuneta. El resto de los perros, sorprendidos, se quedaron quietos en un primer momento, pero después acudieron en ayuda de su jefe. Yo lo estaba observando todo desde una distancia prudencial. No veía a mi hermano, nada más que a la turba de perros gruñendo, ladrando y lanzando dentelladas. De repente me pareció ver dos brazos que se elevaban con una piedra agarrada entre las manos. Luego un ruido seco, como de palo que se quiebra. Se hizo el silencio y a continuación los perros se alejaron con el rabo entre las piernas y emitiendo gañidos lastimeros. Todos, menos el husky que yacía muerto en el suelo con la cabeza aplastada. Mi hermano apenas se movía. Me aproximé a la carrera. Al llegar a su altura comprobé que tenía desgarrones en la ropa y sangre por todo el cuerpo. Se hizo de noche de repente.

             Cuando desperté estaba en mi cama. Mi madre me contó que pasaron por allí dos jóvenes en un coche y nos trajeron hasta la población. Habían llamado a emergencias. Vino una ambulancia y se había llevado a Héctor al hospital de Toledo. Tenía bastantes mordeduras. Algunas de ellas profundas. Mi padre estaba con él. 

            Las heridas del cuerpo se curaron, las del alma, aún hoy, siguen sin cicatrizar del todo. A mi hermano le quedó una leve cojera después de un par de operaciones y rehabilitación posterior. Nunca me reprochó nada. No sé qué hubiera pasado si le hubiese hecho caso. Me consuelo pensando que lo mismo. La cosa pintaba fea y no teníamos refugio ni defensa posible. Las citas de las consultas se han ido espaciando, la medicación reduciendo. Ayer salí a correr.