Pielero dicharachero
Recopilación de relatos variados, lúdicos, de temática amplia, llevado por la afición a escribir desde edad temprana.
miércoles, 25 de marzo de 2026
miércoles, 18 de marzo de 2026
Prólogo del autor
En los cursos de escritura a los que llevo acudiendo algunos años se etiqueta a los autores, por la forma de enfrentarse a la historia, en dos tipos que son: el escritor brújula y el escritor mapa. En medio una serie de subtipos con matices que suavizan esas dos denominaciones.
El escritor brújula es aquel que se deja llevar por su
intuición y creatividad, escribiendo sin un plan detallado y permitiendo que la
historia tome forma a medida que avanza. Confía en su instinto permitiendo que
los personajes y la urdimbre se desarrollen de manera espontánea. Riesgos que
conlleva: bloqueos, incoherencias en la trama y reescrituras constantes.
El escritor mapa planifica meticulosamente su obra antes de
comenzar a escribir. Crea un esquema detallado que incluye la trama, los
personajes y los escenarios, con lo que dispone de un guion claro a lo largo
del proceso de creación. Riesgos que conlleva: que al estar todo demasiado
encorsetado y planificado no queda mucho margen para la creatividad.
Los dos modelos tienen sus pros y sus contras. Y creo que lo
ideal es una combinación de ambos.
Os hablo de esto porque quiero explicaros como se ha fraguado
esta novela. El inicio fue mi grupo de relatos, un conjunto de personas que he
ido acrecentando por gusto o por fuerza. Con veladas amenazas cuando se
muestran recelosos ante mis sugerencias. Bromas aparte, el escritor de afición
tiene que buscar lectores casi a jornal, con vehemencia y a veces puede pecar
de pesado.
Pues bien, el germen de la novela Romper con Todo fue
una historia que, en principio, empezaba y acababa en seis o siete páginas, lo
que es un relato estándar. Al compartirlo a través de mi blog me dio una
especie de pálpito. No sé, pensé que, con esos personajes y escenas, que había
creado sucintamente, podía elaborarse una narración más extensa. El caso es que
debajo del último párrafo en vez de poner la palabra «Fin», escribí «Continuará…».
Y entonces comenzó mi periplo como escritor brújula, porque
fui subiendo capítulos al blog hasta un total de diez, sin encomendarme a nadie.
Fueron surgiendo nuevos personajes, escenarios, tramas y subtramas que me
tenían un poco sorprendido. En todos seguía poniendo al final «continuará…»
hasta que me brotó la esperanza de que esa historia podía desembocar en una
novela, pues estaba creciendo sin tino. Culminar la primera me había costado años
y, unos meses después de publicarla, estaba desbocado.
Decidí parar y mudarme al tipo de escritor mapa. Era cierto
que había adquirido una técnica para manejar mayor volumen de información, pero,
precisamente por eso, debía saber hasta dónde quería llegar. Trazar un esquema
o, más bien, una serie de escenas numeradas que es con lo que suelo trabajar
porque soy menos de diagramas y más de bosquejos. Hacer ciertas comprobaciones
en lo escrito hasta ese momento para ver si no contenía muchas contradicciones
en la trama y en la línea argumental de los personajes y, si era así,
corregirlas.
Llegado a este punto fue cuando compuse el guion en el que
incluía el final de la historia y los intríngulis que se iban sucediendo. Bien
es verdad, que mi otra versión de escritor se empeñaba en brujulear, en meter baza
e incluir nuevas aventuras que tenía que sopesar y filtrar si venían al caso, introducir
personajes variopintos y temáticas de total actualidad: España vaciada, medios
de vida, dicotomía campo y urbe; violencia de género, infidelidades, homofobia,
gestación subrogada, inmigración, precariedad laboral, inseguridad ciudadana,
desengaños, amistad, atención a la tercera edad, alzhéimer, separaciones, hijos
con custodia compartida, afán de superación…
Las relaciones humanas forman la columna vertebral, lo que ya
es marca de la casa o una característica que se ha convertido en inherente en
mi literatura, porque soy de la idea de que no es imprescindible un argumento
brillante, un escenario épico, un conflicto enorme. Las historias nacen también
de lo pequeño: la chispa puede estar en cualquier parte.
En cuanto al título, Renata tenía que aparecer, era
innegociable, porque es la protagonista y algunos habéis conocido sus andanzas,
aventuras y desventuras acaecidas en los primeros capítulos y, cuando coincidía
con alguno de mis fieles seguidores, los «muy cafeteros» como suelo tildarlos irónicamente, me solían preguntar:
«A ver cuando publicas la de Renata», pero
según ha ido avanzando la narración han surgido otros personajes potentes que la
flanquean y coinciden con ella un punto común: hacen un viraje radical en su
modo de vida, bien motu proprio, bien obligados y apremiados por las
circunstancias. Le he dado muchas vueltas y creo que es más fiel así.
Como anécdota final comentaré que mi primer título, que me encantaba
y creía que lo había clavado, fue «Renata sin más». No veáis la sorpresa y
decepción que me causó entrar un día en la Librería La Central, un local
emblemático al lado de la Plaza de Callao, y ver en el anaquel de los libros
más vendidos uno con la denominación exacta. Pude investigar después que se
trata de un libro de la autora francesa Catherine Guérard, publicado en 1967,
que estuvo a punto de ganar el premio Goncourt en su día. En la actualidad se está
relanzando y reivindicando su figura. Cosas veredes, amigo Sancho, que non
crederes.
Espero que disfrutéis de la historia que he logrado culminar
y de la forma en que está contada.
Atentamente,
Salvador Nombela Silván
lunes, 2 de marzo de 2026
Celedonio
«¿Qué me dices a la propuesta?»
No pude resistirme. Nunca había
estado tan cerca de conseguirlo. Fueron años de lucha y Arturo estaba dispuesto
a ayudarme. Es más, se le notaba un brillo en la mirada que daba que pensar.
Siempre se había mostrado escéptico cuando le contaba alguna pesquisa, cualquier
ligero avance y ahora se quería involucrar a fondo. ¿Habría descubierto algo? ¿habría
conseguido sonsacar a los pocos paisanos que vivían cuando se produjo el inexplicable
suceso? Cuando yo me cruzaba con ellos siempre me dirigían una mirada torva,
huidiza y, si intentaba trabar conversación, aligeraban el paso mascullando.
Había sido un asunto
recurrente en mi abuela. Como todas las de su generación era una excepcional
narradora, contaba cuentos clásicos, de los de toda la vida, pero a menudo
sacaba a colación el misterioso caso de la desaparición de Celedonio. Le
echaron a faltar un buen día y no se volvió a saber de él. Sus padres y, sobre
todo, Natividad, su novia, removieron cielo y tierra. El pueblo se volcó. Las
autoridades de la provincia no escatimaron esfuerzos a la hora de movilizar a
medios y personal a su cargo. Al principio lo tomé como un relato más, sacado
de su imaginación, aunque, cuando fui juntando años, descubrí que fue un caso
real. Comencé a percibir miradas hacia mi persona y cuchicheos en las vecinas. Bajaban
el volumen cuando pasaba a su lado. Me extrañó, no sabía a qué podía deberse.
No le di más importancia. Era pequeña y soñadora.
Con once o doce años empecé a hilvanar
ideas, a dirigir la antena hacia los corros cuando notaba que la conversación
me atañía. Palabras sueltas al principio, frases cortas después. «María»;
«Celedonio»; «se entendían»; «bastarda». Así que me armé de valor y, después de
varias semanas rumiando por dentro y digiriendo esas palabras sueltas y
encapsuladas, lo solté en casa. Llegaba de la calle, hacía un día luminoso,
corrí la cortina y busqué a mi madre en semi penumbra. Estaba al fondo, en la cocina preparando un
guiso. En ese preciso instante se estaba llevando el cucharón a los labios para
probar el punto de sal. No me había sentido entrar.
—Mamá ¿qué es una bastarda?
Pegó un respingo, soltó el cucharón que aterrizó estrepitosamente en el suelo de terrazo produciendo un tintineo que se fue aminorando hasta que cesó. Fue a parar contra la pared, debajo de la mesa y me dirigí a recogerlo. Mi madre se trastabilló, aunque no llegó a caer. Empezó a resoplar y se abalanzó hacia el fregadero. Abrió el grifo, formó un cuenco con las manos y comenzó a embocar el agua en un gesto compulsivo y reiterado. Me asusté. Permanecí en el centro de la estancia. Paró tras un rato. Se secó el rostro con un paño que había sobre la encimera. Su respiración fue recuperando la cadencia normal. Sin soltar el trapo se dio la vuelta y se sentó en la silla de anea que había pegada a la pared, junto a la puerta.
—Hija, cualquier día me matas con estos sustos. Te he
dicho una y mil veces que des una voz o hagas algún ruido cuando entres a casa.
No me lo esperaba y me he quemado lengua y paladar. Gracias a Dios que no me he
caído. Podría haberme dado un mal golpe. ¡La madre que te pario!, que fui yo.
—Perdón, mamá. No volverá a ocurrir, de verdad.
¿Recuerdas lo que te he preguntado?
—Pues no, Cristina. Ha sido oír tu voz en mi cogote de improviso
y se ha producido la hecatombe. ¿Qué es lo que quieres saber?
—¿Qué es ser bastarda?
—¿Y eso a que viene?
—Me ha parecido que se referían a mí con esa palabra y no
sé lo que significa. ¿Me lo puedes aclarar? Si no lo sabes se lo pregunto
mañana al maestro.
—No hace falta. Ya te lo digo yo. Esa me la sé. Es una
palabra fea, que no me gusta. Son los hijos que se tienen fuera del matrimonio,
como yo te tuve a ti, de soltera. Eso ya lo sabes. El músico aquel que vino a
las fiestas, estuvo aquí unos días, siguió su periplo y vete tú a buscarlo
después, cuando se confirmó el embarazo. No es fácil localizar a una persona
sino sabes dónde para. Pero esa historia te la he contado muchas veces. Desde
bien chiquita has querido saber quién es tú padre.
— Si, pero ahora es distinto.
—No veo el por qué. Has aprendido una palabra que
desconocías, pero el relato no cambia por eso.
—Claro. Lucas se llamaba el músico, ¿no?
—
Lo sabes de sobra.
—Podíamos
ir al programa de Lobatón, ese que busca a las personas desaparecidas.
—¿Con
un nombre de pila? Es lo único que sabemos. Bueno, a lo mejor ni eso. Puede
habérselo inventado o ser el seudónimo de batalla. Ni foto, ni lugar de
procedencia. Estaría yo loca.
—Y
Celedonio ¿Quién se supone que es? —La cara le mudó de color. Se le puso roja,
abrió los ojos de par en par y e hizo un gesto de sorpresa.
—Acuérdate
de la historia que contaba la abuela.
—Si,
el señor que desapareció para siempre. No
comprendo porque lo relacionan conmigo, mamá.
—Tonterías.
Te habrá parecido. Eso no viene al caso.
La gente tiene una lengua que corta como las guadañas. No es la primera vez que
te lo digo. Si haces caso a todo lo que oyes estás perdida. Tuve un desliz, sí
y pagué las consecuencias con creces ¿Es que no me van a dejar en paz durante
el resto de mis días?
—Lo
que no entiendo...
—Es fácil de comprender. Son unas alcahuetas. La envidia les corroe porque de ese traspiés, vino la criatura más guapa que hay sobre la faz de la tierra. ¡Ven, que te como! —fui hacia la silla donde estaba sentada, me abrazó con mucha fuerza y me cubrió la cara de besos.
No quise replicar más. Limpié
el cucharón y la ayudé con el guiso. Muchas dudas se agolpaban en mi cabeza y
mi corazón palpitaba a gran velocidad. Guardé la compostura y me propuse, desde
aquel día, averiguar algo más sobre el señor Celedonio y si tuvo que ver algo
con mi madre.
Años después, ya en mi adolescencia,
como vio que el runrún no se me quitaba de la cabeza, que la seguía asediando
con preguntas y mostrando cada vez más recelo, mi madre claudicó y me contó su
verdad. Yo era hija de Celedonio, pero ella nunca supo su paradero. Las gentes del pueblo lo sospechaban porque
su mejor amiga, Gertrudis, a la única a la que confió el secreto de que se
veían a escondidas, resultó ser la peor. Fue indiscreta y filtró ese romance oculto.
Al no conocérsele otro varón le atribuyeron la paternidad al susodicho, aunque
ella lo negó siempre. Contó la versión del músico.
La desaparición de Celedonio también
supuso una sorpresa para ella. Bien es verdad, que la tarde anterior, cuando le
comunicó que estaba embarazada, su reacción la decepcionó totalmente. Le cambió
la cara. La sorpresa era lógica ante la nueva realidad, pero le molestó que se
mostrase parco en palabras, echándole la culpa veladamente. Cuando le preguntó que
si se iba a hacer cargo de la criatura, asintió tan levemente que no lo
percibió y le tuvo que repetir la pregunta: «que te he dicho que sí, mujer, que
siempre apechugo con mis obligaciones». La verdad es que tenía un papelón, pero
nunca pensó que fuese a huir para no hacer frente a la dura realidad que le
esperaba, después de su tajante afirmación. Mantenía amoríos con dos mujeres: la novia
oficial, Natividad, que ya pensaba en poner fecha para la boda, y la amante en
cinta, María.
Me obsesioné con esa volatilización. Me entrevisté con Concha, la madre de Celedonio, que todavía vivía, con la que mi madre no se trataba desde que se produjo aquel asunto. Me dejó hacer, aunque no le hacía ninguna gracia que su hija tuviese contacto con aquella familia que, a pesar de todo lo ocurrido, le echó en cara la desaparición de su hijo. La hermana de Celedonio, Marta, de la edad de mi madre, que vivía bajo el mismo techo que Concha, también colaboró y estuvo presente en esas entrevistas.
Parecían sinceras cuando
decían que no habían vuelto a saber nada de su hijo o hermano. Celedonio podía
haber huido, presa de un pánico irracional ante la situación que se le
avecinaba, haberle podido la presión y querer poner tierra de por medio. Hasta
ahí, aunque fuese un acto de cobardía, todo llevaba una lógica, pero no me
cuadraba que no se hubiese vuelto a comunicar con sus familiares ni a decirles cuál
era su paradero.
Eusebio, el padre de
Celedonio, ya fallecido, fue el que más tiempo persistió en la búsqueda,
incluso poniendo dinero de su bolsillo, después de que los organismos oficiales
y las brigadas de voluntarios diesen por finiquitado el asunto ante la ausencia
de indicios. Este hecho mermó las arcas de la familia y, junto con la ausencia
de su primogénito, que ya se había hecho con las riendas del negocio familiar, les
obligó a desprenderse de casi todo su patrimonio. Las excepciones fueron la
casa donde vivían y la tienda con horno en el sótano, una panadería confitería
que regentaron Eusebio y Concha hasta su jubilación, a la que llegaron a duras
penas. Entonces traspasaron el negocio por una cantidad sensiblemente inferior
a la que esperaban, pero el éxodo que se había producido en la España vaciada
no invitaba a abrir actividades comerciales de postín.
Después de terminar el
bachillerato, marché a Salamanca a estudiar periodismo. Posteriormente a Madrid
a trabajar en la redacción de un diario. Allí conocí a Arturo. Nos gustamos y comenzamos
una relación. Tres meses después nos fuimos a vivir juntos. Bueno, más bien fue
Arturo el que se trasladó al piso que yo tenía en alquiler, abandonando su casa
familiar.
Solía ir una vez al mes a visitar a mi madre,
además de una semana por navidad y una quincena en agosto. Continué mis pesquisas. Mi obsesión por
resolver el extraño caso de la desaparición de mi padre no decayó. Arturo lo
vio como una obsesión mía. No se interesó en un principio, aunque me daba
ánimos, me escuchaba y prestaba su ayuda en lo que podía. De tanto hablar del
tema le gané para mi causa. En cuanto sacábamos un hueco íbamos a Salamanca, a
la hemeroteca, a consultar las publicaciones que, con respecto al caso, salieron
a la luz en aquella época. Todavía no estaban digitalizadas, se empezaba
entonces con esa práctica por lo que el trabajo era ímprobo y los avances
escasos.
También visitamos las sedes de los periódicos que seguían en activo, pues algunos habían desaparecido. En general, fueron amables con nosotros, a pesar de su escepticismo. Nos facilitaron el acceso y un espacio para sumergirnos durante horas entre papeles. Fichas, legajos, libros con índices, bien por fechas, bien por temática. Ese era el escenario más favorable. En otros casos, tochos de folios atados con balduque y amontonados al fondo de estancias a las que no se había accedido en mucho tiempo. Por último, nos reconocieron que periódicamente enviaban la documentación a destruir sin ningún tipo de expurgo. En definitiva, una labor inabarcable que fuimos espaciando.
Cuando descubríamos alguna
noticia nos animábamos. Íbamos a mostrarla con gran alegría, el uno al otro. Poca
cosa. Se hablaba de las batidas que se realizaron en las que participaron
gentes no solo del pueblo sino de la comarca. Incluso venidos de la capital de
la provincia. La policía llevó perros adiestrados a los que se les dio a oler
ropas del desaparecido. Se interrogó a gran número de vecinos, pero no se
encontraron pistas. Cuando los agentes abandonaron el lugar, se mantuvieron los
rastreos, que se fueron diluyendo ante la ausencia de indicios. Eusebio
dilapidó su fortuna contratando a cazadores con sus rehalas e investigadores de
distinta catadura, que se presentaban en el pueblo a ofrecer sus servicios.
Arturo y yo, en una huida
hacia delante, nos dirigimos al Cuartel General de la Policía Nacional en
Salamanca exhibiendo el carné de periodistas. Gracias a algunos contactos de
nuestra empresa y, tras rellenar varios formularios, nos dejaron acceder al
expediente. Estábamos esperanzados, pero también sabíamos que era la última
bala. Si de aquí no sacábamos alguna pista que nos permitiese avanzar,
dejaríamos el caso en vía muerta. Arturo me hizo entrar en razón y prometer que
así sería.
Nos llevamos la sorpresa de
que habían entrevistado a mi madre como sospechosa meses después, cuando llegó
a oídos de la policía el embarazo y el chivatazo de su amiga Gertrudis. Registraron
la casa familiar. De eso no me había contado nada. También interrogaron a los
familiares de la novia oficial, Natividad, pues se había cerrado el caso al
mes, por ausencia de rastros fiables. Ninguna novedad reseñable en el Cuartel
General, así que tuve que cumplir la promesa. Supuso para mí un jarro de agua
fría.
Pocos años después, cuando
falleció mi madre, después del sepelio, me quedé en el pueblo una temporada,
para ventilar la herencia, trámites y demás papeleos. En el sobrado del granero,
una edificación que teníamos en una finca, a cierta distancia de la población, Arturo
encontró un mapa, más bien un plano con unas indicaciones de puño y letra de mi
abuelo Tomás. No sé si mi madre sabría de su existencia. Ese edificio llevaba
abandonado muchos años. En la parte de abajo había un tractor acumulando polvo,
una empacadora que prensaba la paja de trigo o de avena y la expulsaba por la
parte de atrás, transformada en alpacas atadas por dos cuerdas en sentido longitudinal.
También estaba abandonada.
Mi tío Andrés siempre había
trabajado en el campo con mi abuelo Tomás. Cuando este falleció se hizo cargo
de la labor de la familia y todos los años hacía cuentas con mi madre y le daba
un tercio de lo que cosechaba y vendía, principalmente cereales. Algunos
productos se los pagaba en especie, como el aceite. Llevaba las aceitunas a la
almazara y se las devolvían transformadas en garrafas de cinco litros del
preciado líquido, que usaban para el gasto. La que sobraba, después del reparto,
la vendía mi tío a algunos vecinos que ya estaban avisados de otros años. En
cuanto a los productos de huerta, surtía a mi madre desde la primavera hasta el
otoño. El grueso del género lo colocaba en cajones y lo llevaba a la plaza, de
donde salían unos camiones para trasladarlo hasta el mercado de abastos de
Salamanca. A final de mes iba a despachar con los asentadores y le pagaban lo acordado.
Hacía muchos años que no había ido a la finca ni a ese edificio que llamábamos el granero, al que, en mi niñez, acudía las tardes de verano con mis primas y jugábamos al escondite, a coger lagartijas o ranas y nos bañábamos en el estanque. Llevé a Arturo a que conociese ese espacio de mis recuerdos. Subimos al sobrado, como conocemos a la parte superior de la casa de labranza. Las escaleras eran de madera, estaban bastante gastadas y crujían según íbamos plantando los pies sobre los peldaños. Todos los rincones estaban llenos de telarañas. Los objetos, como garrafas de vidrio forradas y aperos obsoletos, cuajados de polvo. En una pared había pequeño armario colgado, con dos puertas que abrió Arturo, mientras yo observaba unos cencerros y unas alpargatas que estaban metidas en una fanega que hacía las veces de cajón zapatero.
Según me contó después, entre
los objetos había una balanza pequeña. Debajo de uno de los platillos que
soportaba varias pesas, asomaba lo que parecía un pico de un papel amarillento.
Lo liberó. Estaba doblado en cuatro partes.
Parecía un mapa, más bien un plano con indicaciones que me recordaron al
de la Isla del Tesoro.
Se aproximó hacia mí con el
folio abierto. Tenía orientaciones de puño y letra de mi abuelo Tomás. No había
duda, era su caligrafía. Lo que me puso alerta es que, en una de las esquinas, adonde
parecía que llevaban las directrices, había un muñeco dibujado con cuatro
rayajos y una letra “c” sobre la cabeza.
—Parece que la cosa está clara —dijo Arturo
—¿Sabría mi madre de la existencia de este papel?
—La pregunta correcta es si sabría que su padre lo había
asesinado.
—¿No crees que eres demasiado concluyente? ¿Y si este
papel no es lo que parece? Había veces que mi abuelo nos escondía objetos y después
dibujaba mapas, más escuetos, eso sí, para que pasásemos ratos buscándolos. Era
uno de nuestros pasatiempos favoritos.
—O sea, ¿que tenía práctica? Pues podemos nosotros jugar
a lo mismo. A ver si somos capaces de descifrar el plano, seguir sus
indicaciones y encontrar a C. ¿qué me dices a la propuesta?
—No veo la necesidad.
—Después de toda una vida condicionada por desentrañar el
misterio de la desaparición de tu padre ¿no lo crees conveniente? Parece que
has resuelto el misterio ¿No necesitas confirmación? Si es un juego o no
encontramos lo que pensamos, pues volveremos para Madrid sin más.
—¿Y si lo encontramos? Me remueve por dentro pensar que
mi abuelo, con el que he convivido tanto tiempo, fuese un asesino, que lo
tuviese delante de mis narices y no hubiese sospechado nada.
—Es duro, pero no puedo creer que prefieras quedarte con
la duda. Las personas que cometen delitos no llevan un cartel en la frente. Si
la policía no fue capaz de descubrirlo es que supo disimular bien, borrar
pruebas y obrar con cautela. Un hombre de campo sin más, en apariencia, pero
astuto y frío.
—No me cabe en la cabeza ¿sabes lo que te digo? Que vamos
a buscarlo, aunque si lo encontramos me lastime. Llegados a este punto quiero
saber la verdad.
—Ha pasado tanto tiempo que, primero, tenemos que
recuperar la práctica para desenmarañar las indicaciones y, segundo, tener la
suerte de que los puntos clave, que se marcan en el papel, sigan en el mismo
sitio. Puede que más de uno haya desaparecido o se haya borrado.
Pasamos un par de días sin
salir de casa, intentando desentrañar las escuetas indicaciones, las medidas anotadas
por mi abuelo (no sabíamos si en pasos o metros) y transitamos de simples
conjeturas a posibles certezas. Una vez hecho esto, nos dirigimos a la finca. Sobre
el terreno todo es más difícil, la escala puede fallar y los cálculos de las orientaciones,
en cuanto variasen un poco, se irían alejando del punto C. Deberíamos obrar con
especial cuidado.
Durante la segunda jornada,
conseguimos acotar el lugar donde debía encontrarse el cuerpo, o lo que quedase
de él, por lo menos esa sensación nos dio. Después vino el bajón, pues, según
el plano, debería encontrarse debajo de un árbol y allí no había ninguno en cincuenta
metros a la redonda. Habíamos llegado a una conclusión errónea y decidimos desistir.
No podíamos ni teníamos ánimos de comenzar otra vez con los cálculos y veíamos
imposible buscar nuevas claves en el papel, de por sí escuetas. A pesar de mi
obsesión de años, había llegado al límite y me tendría que quedar con la duda.
Arturo se quedó pensativo,
mirando en lontananza y dio una vuelta de trescientos sesenta grados sobre sí
mismo. Parecía abatido, derrotado. De repente pegó un grito recio, de desahogo
que se desparramó monte arriba. Comenzó a dar patadas en el suelo con la
puntera de la bota para canalizar su frustración. «¿Qué puede haber fallado?», hasta que, de
repente, se le escapó un quejido:
—¡Hostias! ¡qué daño! —comenzó a resoplar y a bailar en
una pata.
—Eres muy bruto. Habrás dado en una piedra.
—Si, está duro de cojones —echó mano al azadón que
habíamos cogido en el granero, antes de comenzar la búsqueda y comenzó a escarbar
en el punto que había socavado a base de punterazos.
—¿Qué pretendes?
—Espera, tengo una premonición. ¡Aquí está!
—No me asustes. ¿Quién está?
—De momento un tocón rebajado, ¿a conciencia? Está
astillado y medio podrido. ¡Este es el árbol del plano! Vendremos esta noche
con lo necesario.
Toda precaución era poca. Abandonamos el pueblo siendo noche cerrada. En el maletero del vehículo habíamos echado los útiles necesarios (pico, pala, soga, espuertas…). A esa hora era complicado coincidir con alguien, aunque no descartable, pero tampoco tendría por qué ser sospechoso hasta que abandonásemos la carretera y tomásemos el camino del páramo, estrecho, sinuoso y con el firme abandonado a su suerte. Aparcamos junto al granero, descargamos y apagamos las luces del coche. Para poder orientarnos durante el periplo, llevábamos portátiles sujetos en la cabeza. Ello nos permitiría distinguir la parte más próxima del terreno y, además, tener las manos libres para trajinar sin impedimentos. Todos los alrededores eran fincas de labor, por lo que se antojaba improbable que hubiera vecinos que nos pudieran descubrir.
Comenzamos a cavar en la parte
norte del tocón, tal como estaba señalado en el plano. Cuando llevábamos un
metro de profundidad, paramos. A pesar de que nos habíamos ido dando relevos el
cansancio afloraba. El terreno no estaba duro, aunque se mostraba más compacto según
íbamos ahondando. Dudábamos si seguir, pero Arturo tomo la iniciativa y dijo
que hasta que no amaneciese, por lo menos.
Al metro y medio de hondura, aproximadamente,
apareció un objeto pequeño, que blanqueaba la luz de los portátiles, pero no
brillaba como si se tratase de una piedra, era un blanco mate. Nos pusimos
alerta. Arturo se colocó en cuclillas y escarbó alrededor con los dedos, rasguñando
la tierra con las uñas hasta que lo liberó y me lo entrego para que lo viese a
luz de la linterna del móvil. Era un hueso de unos cinco centímetros, bastante reseco,
por lo que habría que manipularlo con cuidado para que no se quebrase. Después
aparecieron más, entre ellos un cráneo y una mandíbula, perfectamente reconocibles.
Discutimos si sacar a la luz
el descubrimiento. Llegados a este punto a Arturo le parecía incomprensible que
no lo denunciásemos, pero a mí me daba aprensión, pues se trataba de mi abuelo,
los hechos habían pasado mucho tiempo atrás e iba a mancillar su recuerdo. El
asesino había muerto hacía bastantes años, mi curiosidad estaba saciada y la
historia se podía quedar para consumo interno, en la intimidad de la pareja. Arturo
se sorprendió de mi actitud, discutimos y al final llegamos a un acuerdo: tapar
el agujero, pero llevándonos unos cuantos huesos, los más significativos y
reconocibles de los que habíamos hallado.
¿Cómo se enteraría el abuelo
de la relación? ¿Tan cegado estaría para matarlo? ¿Cómo se apañó para que nadie
se apercibiese de nada, con traslado y excavación incluida? Muchas eran las
preguntas que se agolpaban en mi mente, pero a estas alturas se tendrían que
quedar sin contestación. ¿Desvelarlo? Arturo decía que el asesino estaba
muerto, nadie iba a cumplir condena, pero a mí me dolía tanto que no quería
aceptar ni la justicia poética. Él porfiaba que, aunque solo fuera para
resarcir a los familiares de la víctima, deberíamos difundirlo. ¿Y mi madre?
¿Llegaría a enterarse? Yo creo que, si lo hubiese sabido, habría sido incapaz
de haberlo callado.
Ya amaneciendo, llegamos a la
casa familiar. Teníamos que descansar del ajetreo de esa madrugada y después
seguiríamos con el debate. Entre sueños el haz de una linterna me enfocó
directamente a los ojos. Era una ilusión, aunque tardé en darme cuenta de que
no era real. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Mi tío Andrés. Siempre que iba
al pueblo acudía a verlo el primer día y charlaba un rato con él, pero nunca se
me ocurrió sacarle el tema, al contrario que a mi madre, a la que le había
hecho juicios sumarísimos. Estaba en la residencia, pues sus hijas, Inés y
Elena, se marcharon a Madrid a trabajar y,
cuando no pudo defenderse solo en casa,
decidieron ingresarlo. Vienen a verlo de vez en cuando. Cuando falleció mi madre, fueron al entierro,
me dieron el pésame y hablamos largo y tendido, sobre nuestra vida anterior, crecimos
juntas en el pueblo, pero también de la herencia, aunque todo había quedado,
más o menos atado, entre los hermanos. Pero claro, entonces no les había podido
comentar el secreto tan bien guardado que acaban de descubrir.
Mi tío Andrés había estado toda su vida trabajando con el abuelo. Decidí entonces acercarme a visitarlo, a ver si sacaba algo en claro. Estaría atenta a su reacción. Lo había tenido guardado demasiado tiempo y se derrumbó a las primeras de cambio. No hubo que tirarle de la lengua. Entre sollozos comenzó su perorata. Aquella tarde, fue a la cuadra a coger unos aperos y se dio cuenta de que había alguien. Se quedó detrás de una telera y aguzó el oído. Escuchó la conversación entre su hermana y Celedonio. Algo le ardió en su fuero interno, en todo su cuerpo. Sintió una indignación bestial y un deseo irrefrenable de tomarse la justicia por su mano. Apartó el cortinón y con el astil del azadón que tenía en la mano le sacudió con todas sus fuerzas en la cabeza. Impactó a la altura de la sien. Celedonio cayó al suelo entre convulsiones, echando sangre por ambos oídos. A los dos minutos se quedó inmóvil.
Los hermanos no sabían qué
hacer. María se quedó ida, como se le hubiese dado un aire. En ese momento
apareció el abuelo. Su reacción dejó a Andrés pasmado. Les apremió para que cesasen
gritos y sollozos. Dispuso que cargasen a Celedonio en el carro, lo taparon con
unos sacos de arpillera, colocaron unos cajones encima y se fueron por el
camino del páramo hasta la finca. Antes de partir, el abuelo Tomás le dijo a
María que se fuese a casa en cuanto recuperase la presencia de ánimo y que se
hiciese fuerte porque la abuela no tenía que sospechar nada. Le dio un abrazo
fuerte, le acarició el pelo, la miró a los ojos y le dijo que iba a ser lo
mejor para que no se arruinase el nombre de la familia, que confiaba en ella.
Dejaron el cadáver en el
granero hasta la noche y fueron después a enterrarlo donde dijo el abuelo, que
era el que más entero estaba, porque Andrés no paró de reilar en tres días.
Durante las horas que restaban hasta la noche se dedicaron a borrar las pistas
a conciencia en la cuadra y alrededores, rastreando como sabuesos, por si pudiese
haber algún indicio que les arruinase el plan.
En cuanto a María, no se
explicaba cómo había aguantado el tipo. Y no sabía cómo había llegado Cristina
a este mundo con bien, después del disgusto, del plan tramado por su padre y de
los meses subsiguientes. El pueblo se movilizó haciendo batidas y se llenó de
voluntarios venidos de pueblos de la comarca e incluso de más allá. Los
policías y las autoridades menudearon durante un mes.
El plano lo hizo el abuelo Tomás
unos meses después, no sabía por qué, pero no lo dejó donde ellos lo habían encontrado,
lo guardó, no se sabía dónde, durante años. Después, cuando sus nietas se
fueron del pueblo y nadie iba a ese granero, descartando a los dos cómplices, se
le ocurrió ponerlo allí. ¿Para la posteridad? Luego murió el abuelo y él, desde
que se jubiló, fue espaciando las visitas. Hasta que según fue juntando años,
cada vez estaba más torpe y dejó de ir. Recordaba
que cada vez que labraba la tierra de los alrededores del sitio, pasasen los
años que pasasen, se le aceleraba el corazón, tenía que alejarse y respirar
hondo varias veces para recuperar el resuello.
Así que el asesino estaba
vivo. Les pidió por favor que no le delatasen, que ya estaba en las
postrimerías de su vida y quería que se le recordase en el pueblo por su
comportamiento, como una persona noble, que había ayudado a toda la gente
cuando tuvo ocasión e hizo múltiples favores. En su juventud cometió un error
vil, un acto repugnante, un calentón inexcusable, pero después de tantos años
era mejor dejarlo estar. Se lo pedía por lo más sagrado. Comenzó a llorar a
lágrima viva, desconsolado y entre hipidos. Tardó en sosegarse.
Sentí rabia, sobre todo por mi
madre. Me parecía increíble que estuviese en el ajo y hubiese guardado el
secreto con siete llaves. Soltó algo de lastre, pero nunca del meollo de la
cuestión. Actriz de primer nivel. No me explico como aguantó el tirón de las
primeras horas, después los interrogatorios de la policía y toda una vida con
esa losa inmensa que le tuvo que carcomer por dentro.
Tras la primera época, todo el
pueblo receloso, sospechando. Y en casa con mi abuela y, sobre todo, conmigo
que la sometí a interrogatorios exhaustivos. Al igual que los Corleone,
sacrificó su vida al servicio de la familia. ¿Cómo pudo vivir con ello? Definitivamente,
se me cayó un mito, aunque aprecié su valor y el cumplimiento de la encomienda sin
resquicios. Pero tenía que haber pensado también en la familia de Celedonio,
del padre de la criatura que llevaba en las entrañas. La tesitura que se le
presentó era peliaguda. Le gustaría tenerla delante para poder tener una charla
esclarecedora, a ver si así podía comprenderla.
¿Qué hacer? Había pasado tanto
tiempo. Me tuve que trabajar a Arturo. No fue fácil, su sentido de justicia le
impedía claudicar. Reconozco que si no se hubiese tratado de mi familia lo hubiese
tenido clarísimo. Al haber fallecido el culpable y los cómplices lo mejor era
dejarlo estar. Él argumentaba que había que reparar a las víctimas. «La única
persona damnificada y descendiente de Celedonio que queda con vida, la tienes
delante y te suplica que demos el asunto por zanjado».
Al día siguiente fuimos a la
finca, hicimos una fogata cerca de uno de los laterales del granero y quemamos
los huesos que habíamos rescatado la noche del desenterramiento. Después hicimos
un hoyo profundo, metimos dentro los restos y lo tapamos. Volvimos a Madrid. Continuamos
con nuestros quehaceres y rutinas. A los dos meses Andrés falleció. Fuimos a su
entierro. Nadie de los vivos supo el paradero de Celedonio, ni siquiera las hijas
del asesino, a las que dimos el pésame. No demoramos mucho la visita porque nuestro
instinto nos advertía que la chispa podía saltar en cualquier momento.
sábado, 18 de octubre de 2025
El desgaste
«Me he pasado», pensó, «pero no podía aguantar más». Elena le cargaba y alguna vez tenía que explotar, aunque haya sido en el momento menos oportuno, pero ciertas reacciones cuando llegan, no se pueden sujetar.
Las copas todavía estaban sobre la mesa. La vajilla en el fregadero. La botella de cava por la mitad. La bandeja con turrón, mazapán, polvorones y peladillas, en el centro. Este año había comenzado de la peor manera posible. «¿o la mejor?» se sorprendió al escapársele esa escueta frase entre los labios.
Elena
se acababa de marchar con Benito e Irene. Sus acometidas durante la velada lo
habían ido sulfurando y, cuando la rojez le subía hasta las orejas, había
soltado una sarta de improperios que dejó a los invitados atónitos. Ella, tras
lanzarle una mirada plena de inquina, los conminó a que abandonasen la casa en
su compañía y la acogiesen en su domicilio. Sumisos y cabizbajos, la siguieron
hasta la habitación de matrimonio, donde recogieron los abrigos que habían
dejado sobre la cama dos horas antes. Elena abrió el armario y, tras unos
momentos de duda, apartando perchas con la mano, eligió una cazadora de ante,
con borreguillo en el interior.
A continuación, se
despidieron de Miguel entre murmullos ininteligibles y se dirigieron a la
puerta principal. Elena iba delante, con el rictus crispado. Salió al
descansillo y llamó al ascensor. Abrió la puerta y la sujetó para que entrasen.
Los dejó pasar y, antes de desaparecer en el interior, dirigió una mirada
furibunda a su marido que los observaba desde el quicio de la puerta.
Llevaban tiempo fríos y distantes,
interpretando una función de teatro sin ensayo previo, pero con muchos
sobreentendidos. Los dos tenían un sueldo aceptable y juntando ambos habían
liquidado la hipoteca en quince años. Todo un lujo, según estaba el acceso a la
vivienda. No habían tenido hijos, no terminaron de decidirse. Era una postura que
sus padres tachaban de egoísta, pero no querían renunciar a su libertad.
Tampoco tenían mascotas. A Miguel, eso de tener animales en casa le daba
aprensión. No era fobia, pero no le gustaban y era una responsabilidad. Tenerlos
generaba unas obligaciones que no estaba dispuesto a asumir. Elena transigió. Tampoco
era amante de las mascotas, si no, seguro que se hubiese salido con la suya,
porque, a terca, pocos la ganaban.
En el caso de que la
trifulca se confirmase y pasase a mayores, Miguel siempre había pensado que,
para los trámites de la separación, eso facilitaría las cosas. Ni horarios de
visita, ni reparto de fines de semana, ni custodias compartidas, ni vacaciones
alternas. La posesión de la vivienda y el resto de las pertenencias sí que
podían generar tensiones para llegar a un acuerdo.
Llevaban veinte años casados
y los últimos cinco habían sido duros. La relación se había ido erosionando
durante los primeros quince y resquebrajando en los siguientes hasta
desmenuzarse en guijarros sueltos que se lanzaban sin disimulo y buscándose los
puntos débiles, con una asiduidad creciente.
Elena, sin embargo, no daba
por zanjada la relación aún. Tenía pensado mandar a Irene la mañana siguiente a
por ropa interior y exterior, calzado y una serie de productos de uso diario,
artículos de tocador y perfumes. Un libro que tenía a medias y el ordenador
portátil que necesitaba para el trabajo. Quería alejarse una temporada. No
tener comunicación con él. A ver si cedía en su postura y sus descalificaciones
y le pedía perdón.
A Miguel no le achantaba lo
del divorcio. Antes, Elena, lo esgrimía de vez en cuando y él se echaba a
temblar, por el qué dirían sus padres y demás familia, pero ahora había visto
que su convivencia había empeorado y que sería mejor así. Ya no se acojonaba
con esas amenazas. Las treguas eran cortas e inestables, las etapas placenteras
también y los altercados y reproches continuos. ¿Para qué prolongarlo más?
Se habían conocido una noche de copas en
el centro de Madrid. La zona de Huertas era bulliciosa y concurrida. La de
Latina estaba cogiendo auge, aunque de manera incipiente. Y raro era el fin de
semana que Miguel y sus compañeros de facultad no se pasaran por ambas. En
aquella ocasión, fueron a rematar a la discoteca Joy Eslava. sita en la calle
Arenal.
Elena estaba celebrando el
cumpleaños con sus amigas del barrio y, después de cenar en un Burger,
decidieron ir a «mover el esqueleto», como se llamaba entonces al baile en
lenguaje juvenil. Aunque estaban en distinto grupo, coincidieron en la pista,
uno al lado del otro. Se cruzaron sus miradas y se sonrieron mientras se balanceaban
al ritmo de la música rodeados por un montón de jóvenes que llenaban el espacio
que se encontraba bajo las luces de colores y las bolas giratorias plateadas.
Cuando acabó la canción,
Miguel se le acercó y le dijo al oído, pues el volumen era muy alto, que, si le
apetecía tomar algo que le acompañase hasta la barra. Elena asintió y fue tras
él sorteando a personas enajenadas y cimbreantes, que les impedían encontrar un
camino que les llevase hasta el bar. Una vez allí, pidieron unos combinados y
comenzaron a charlar. Lo típico. Primero los nombres, dónde vivían, qué
estudiaban... Ninguno propuso volver con sus respectivos amigos. Cuando se les
acabó la bebida, sonaban «las lentas», canciones melódicas de ritmo suave,
propicias para bailar pegados y Miguel le preguntó si le apetecía echar unos
bailes.
Se gustaron. El brillo de la mirada los delataba. Miguel no era bailarín, pero Elena le dijo que la cogiese por la cintura y se dejase mecer por el ritmo de sus caderas y el compás de la música. Hizo lo que pudo. Aguantó tres piezas porque Elena puso la cabeza sobre su pecho y eso le excitó. Señaló hacía un rincón donde había unos asientos de escay corridos que estaban vacíos. Allí podrían seguir hablando sin que nadie los incordiase, porque sus compañeros llevaban un rato alrededor de ambos metiendo bulla y algún empujón que otro.
Miguel nunca había sido muy
osado en las lides amorosas, así que siguió hablando de lo que le venía a la
cabeza, simplemente porque estaba pasando una velada agradable, aunque no se atrevía
a ir más allá. Elena le miraba a los ojos, se le acercaba hasta rozarlo, se le
insinuaba veladamente, pero él la rehuía, le salía de dentro ese brinquito, con
las posaderas hacia atrás, cuando Elena se le pegaba. Hasta que su espalda dio
con la pared y ella se decidió a lanzar el ataque definitivo al darse cuenta de
que Miguel no tenía escapatoria.
Le acarició la mejilla y se lanzó después, a
besuquearle por el cuello, ascendiendo hasta la oreja. El gustirrinín le
hizo cerrar los ojos. Ella se creció y le besó suavemente los párpados, bajó
por la nariz y puso los labios en forma de ventosa para posarlos directamente
en los de Miguel que abrió en ese momento los ojos de golpe, pues notó una
sensación viscosa entre los dientes. Por fin, «el hombre de hielo» reaccionó,
cuando Elena pensaba en arrojar la toalla y correspondió a sus apasionados
besos y caricias. Inició un torpe magreo bien acogido por la chica.
Llegaron las amigas de
Elena. Se tenían que marchar. En casa les habían puesto la una como hora límite
y, aunque el metro estaba al lado, ya eran las doce y media. Maldijo Miguel su
suerte y tuvo que volver a casa con un calentón y con una obsesión. Consiguió
que ella le garabatease en una servilleta el teléfono. Respiró tranquilo,
aunque le subía del ombligo hacia el pecho un efecto placentero que nunca había
experimentado. Los móviles se empezaban a ver, pero sólo los disfrutaban los comerciales
y los frikis, vocablo que empezaba a acuñarse, aunque era más usual el de personas
extravagantes. Todo en ella le gustaba: su espontaneidad, su risa, su forma de
moverse o de contar cualquier trivialidad. Sus besos le fascinaban.
Le tocó un poco de chufla a
la vuelta.
—Joder con el Miguelito,
parecía agua mansa, pero cómo se revolcaba.
—Tampoco te pases, Moisés.
Elena me gusta, nos hemos conocido, me cae bien y punto.
—¿Ahora llaman así a los
restregones?
—¿Qué restregones? ¿Cómo
puedes ser tan imbécil? Como te coja te voy a dar una colleja que lo vas a
flipar —dijo, mosqueado.
—¿Qué pasa rompecorazones?
¿Qué no me vas a aguantar una broma?
—Pero no tan basta.
—Entonces, ¿si te comento
que todavía llevas la bandera a media asta me despellejas vivo?
En ese momento intervinieron
el resto para apaciguar a Miguel, que se lanzaba puño en alto y a la carrera,
tras los pasos de Moisés.
No sabía cuando llamarla. Entonces el
control parental era más directo y había que pasar el filtro para poder hablar
con una chica. Tamiz que, en ocasiones, era inquisidor y renuente.
—Buenas tardes, ¿Está Elena?
Tres segundos de silencio al
oír una voz desconocida, joven y varonil. En este caso lo había cogido la madre
y tras la vacilación:
—¿De parte de quién?
—De un amigo.
—¿Ese amigo tiene nombre?
—Me llamo Miguel.
—¿Y de que conoces tú a
Elena, porque no me suena ni tu nombre ni tu voz?
Ahora el titubeo venía del
otro lado de la línea.
—Coincidimos en la
celebración de su cumpleaños. Estábamos en el mismo local…—se frenó aquí.
Pensaba que podía meterse en terrenos pantanosos. Por fin, surgió la voz de
Elena en el auricular. A pesar de ello, no era descartable que la madre se
mantuviese a la escucha en el teléfono supletorio.
Hicieron el amor, por primera vez, un
fin de semana que los padres de Elena se fueron a la sierra, un año después del
inicio de la relación. Tenían en Moralzarzal un chalé pareado que colindaba con
el de sus tíos. Los extrañó que ella no quisiese ir. La excusa de que tenía que
estudiar para la selectividad no les pareció muy creíble, en principio. Podía repasar
en la vivienda de fin de semana, le propusieron, pero ella se mantuvo firme. Les
dijo que allí con sus tíos y primos y con el pesado del hermano, que siempre la
estaba pinchando, no se iba a concentrar. Le iba a cundir más en Madrid, sola y
centrada todo el día en el estudio.
Ese fue un paso importante.
Después, alguna escapada de fin de semana, con la coartada de que iban en un
grupo de amigos, contribuyó a afianzar su compromiso. Congeniaban bien, tenían
gustos parecidos, aunque en política y en fútbol de vez en cuando había algún
rifirrafe.
Los fines de semana solían alternar el Retiro, haciendo una parada a la vuelta en la cuesta de Moyano, con el Rastro. Después, unas cañas, a veces en pareja, otras en grupo y, la mayoría de los domingos por la tarde, iban al cine. Se llamaban todos los días cuando no podían verse y su vínculo se estrechaba cada vez más.
Hasta que llegó el día en
que hablaron de formalizar su historia, independizarse y vivir en pareja. En ese
aspecto tuvo que ceder Miguel. Los padres de Elena eran tradicionales,
católicos practicantes y su niña no podía irse de casa a convivir con el novio
sino pasaba antes por el altar. Así que tocó preparar bodorrio, aunque la
familia de Miguel no quiso extenderse e hizo que se recortasen las previsiones
iniciales de sus futuros consuegros de juntar a quinientas personas. Aun así,
hubo bastante diferencia entre la asistencia de invitados de un lado y del
otro.
Los padres de Elena, Luis y
Fernanda, tardaron en transigir con el noviazgo. No les gustaba Miguel. Todo
les parecía poco para su hija y él no iba a ser menos. Tampoco es que
descendiesen de la «pata del Cid», como a veces le reprochaba a Elena. Luis era
funcionario, trabajaba en un ministerio y Fernanda, auxiliar de enfermería.
Tenían sueldos decentes, pero tampoco era para menospreciar a los demás. A
Miguel le costó un tiempo y algunas triquiñuelas, conseguir ablandarlos, que le
aceptasen y que tragasen con la boda.
El día del acontecimiento
transcurrió sin grandes sobresaltos, aunque Miguel y sus padres, Jerónima y
Ángel, se agobiaron con tanta gente a la que atender. Estaban deseando que acabase la jornada, a
pesar de que sus consuegros lo tenían todo milimetrado. Cuando consiguieron
desenredarse de todos los invitados, al final de la velada, los novios remataron
la fiesta en un Karaoke con sus amigos más cercanos. Se cambiaron en el hotel
donde se celebró la boda y donde habían reservado habitación para pasar esa noche.
Los años fueron pasando, la monotonía se
fue apoderando de ellos y la convivencia cambió, poco a poco, hasta llegar a
los extremos actuales en que los reproches y las voces eran constantes. Se
habían vuelto suspicaces en grado superlativo. En los últimos tiempos hubo
sospechas, por ambas partes, de infidelidades, nunca confirmadas.
Miguel miraba, en esos
momentos, la tele desde el sofá. El cotillón y las serpentinas inundaban la
sala de fiestas desde donde se estaba retransmitiendo la Gala «Bienvenido 2026»
con dos rutilantes presentadores de la cadena, flamantes ganadores ambos del
premio Planeta, y con actuaciones de artistas de primer nivel. Lo tenía de
fondo, no apreciaba tanto detalle. Estaba con la cabeza en otro sitio y un
torbellino de emociones encontradas le pasaban por la mente.
Habían visto a la Pedroche retransmitir
las campanadas porque así lo decidió Elena. Para ella era una mujer empoderada,
desinhibida, ecologista y emprendedora. Además de guapa y con tipazo. El traje
fue uno de los detonantes de la discusión después de una tarde noche que ya
venía calentita.
—No sé como te puede llamar
la atención la mujer del mejor cocinero del mundo. A mí me parece más noblote
él.
—No es la mujer de nadie.
—Perdón, la esposa.
—Ni mujer ni esposa, esas
palabras denotan posesión. Qué sepas que Dabid Muñoz esta asesorado por Cristina
en el marketing, publicidad, redes sociales y demás. Por eso triunfa. Qué manía
tenéis los del heteropatriarcado.
Miguel respiró hondo. Ese
tema le irritaba y, además, le gustaba buscarle las vueltas. Había llegado a un
punto en que no se cortaba con Elena, aunque observó que Benito e Irene estaban
visiblemente incómodos con el tono y los derroteros que había tomado la
conversación.
—¿Y se tiene que desnudar
para hacerse valer? Todo por la pasta y no hablo precisamente de macarrones.
—Qué zopenco. No se desnuda. Es un vestido de alta costura con transparencias. Innovador y que marcará tendencia. Confeccionado con materiales biodegradables.
—Pues no te veo yo a ti,
exhibiendo ese cuerpo serrano, aunque la prenda, por llamarle algo, sea
crecedera.
—Podemos cambiar de tema ya,
que os estáis enredando por nimiedades —terció Benito.
—Ya verás que audiencia
tiene y que cantidad de seguidores —perseveró Elena.
—Seguidoras, si acaso. Habrá
zumbadas que lo comprarán, aunque se arruinen.
—Bueno, cada uno hace con su
dinero lo que quiere, Miguel. Y vamos a cambiar de tema o, mejor, a apagar la
tele, que vaya nochecita que nos estáis dando —dijo Irene.
—Cállate gandul —prosiguió
Elena—. No me piques. Más vale que buscases trabajo y no pasases todo el día
zascandileando.
Miguel se esperaba cualquier
cosa, pero estaba claro que su mujer quería darle donde más mella le produjese.
Le pilló con el pie cambiado, se le hinchó la vena y se disparó.
—¿Serás gilipollas? Me
echaron hace menos de un mes, con una indemnización curiosa y un paro de dos
años. Estoy echando currículos. No es fácil encontrar un puesto equivalente siendo
cuarentón.
—Sin faltar.
—¿Qué más quieres que haga
payasa? —añadió Miguel—. Bastante agobiado estoy con mi situación. ¡Vete a la
mierda!
—De momento, me voy a ir de
casa y no sé si volveré. Te has pasado tres pueblos.
—Y tú cuatro aldeas, ¿no te
jode?
—Si al menos me pidieses
perdón…
—Jamones. Estoy calentito,
guapa. No tengo de que disculparme.
La mañana siguiente Irene va a recoger
las cosas de Elena. Miguel no está. Ha salido a comer en casa de sus padres. Se
ha ido a eso de las once, porque no había dormido bien. Tenía la cabeza cargada
y se le estaba haciendo larga la mañana. Ellos se extrañan de que aparezca solo
el día de año nuevo. El hijo echa el achaque de que su mujer se ha ido a comer
con sus padres.
—No era lo que teníamos
hablado hijo ¿les ha pasado algo? —pregunta su padre.
—No, que yo sepa, pero ya
sabes cómo es Elena.
—Es muy suya, sí, aunque no
entiendo que si comisteis allí el día de Navidad no venga el día de Año Nuevo a
comer con sus suegros como habíamos quedado ¿No os habréis enfurruñado?
—Para ser sincero, un poco
sí.
—Vaya hombre —intervino
Jerónima—. Ahora por cualquier chorrada preparáis el divorcio y por si fuera
poco en estas fechas.
—Eso no se calcula, mamá,
las cosas hay que afrontarlas cuando vienen, aunque todavía no es nada
definitivo.
—A ver si aparece a tomarse
un café.
—Lo dudo.
Los días que siguieron no hubo
comunicación entre ellos. Elena era maestra y no tenía clase hasta después de
Reyes. Miguel estaba en el paro y esas fechas son malas para buscar trabajo, a
no ser de reponedor o de hostelería en campañas de Navidad, que además ya
empezaba a agonizar. Trabajos de batalla para gente que está empezando, pero él
tiene una larga trayectoria laboral y no quiere ocuparse en cualquier cosa.
Prefiere buscar sin prisa, pero sin pausa y no quedarse con lo primero que le
ofrezcan. Para precarizarse tiempo tiene.
Ninguno de los dos se atreve
a romper el hielo y la situación se vuelve rara, no sólo por los días que
llevan sin verse, sino porque, deberían adoptar alguna determinación. Tienen
que hablar y decidir su futuro: si retoman la convivencia, se dan un tiempo o
se separan definitivamente. Miguel está harto y, aunque no tiene trabajo, está
decidido a dejarlo. Tirar con el finiquito y con el paro. Últimamente se le ha
hecho bola. No pilla sus gracias y se aburre soberanamente. Medita esos días y
piensa proponer a Elena que se quede con el piso y le de una cantidad pactada
por la parte que le corresponde. Quedaría libre de ataduras, aunque al
principio se le hiciese duro y extrañase su ausencia. Lo de volver con sus
padres le da mucha pereza. No quiere controles ni reproches de sus progenitores
a estas alturas.
A ella, que tanto ha
alardeado con separarse en varias ocasiones, de palabra y de obra, ahora le
tiemblan las piernas. Lo ha dejado entrever, a veces con demasiado desahogo y a
la hora de la verdad no lo tiene tan claro. Cree que todavía se pueden
arreglar. Miguel no es mala persona, aunque en los últimos tiempos parece que
lo goza sacándola de sus casillas. Siempre han tenido muchas complicidades y
gustos en común y aunque se han ido distanciando, en un desgaste lógico por el
paso de los años, no se pueden haber evaporado de golpe. Siempre quedará un
poso de los gratos momentos compartidos. Otras veces le da por pensar que le
pierde su vena romántica, pero que, en verdad, hace tiempo que no gozan de un
día completo de felicidad. Está hecha un lío.
El sexo también los
distancia. Miguel, sin mantener el apetito y los bríos de los primeros años,
todavía mantiene cierto deseo y, si por el fuese, harían el amor más a menudo.
La realidad es que llevan una media de un polvo a la semana. Generalmente los
sábados por la noche. A los viernes llegan fatigados después de la semana
laboral y el día siguiente ya tienen las pilas cargadas, aunque a veces salen a
cenar con amigos y llegan a casa achispados y con pocas ganas de folleteo. En
esos casos lo suelen suplir, tras un trabajo de aproximación y cortejo por
parte de Miguel, con un revolcón dominical.
Elena piensa que el sexo
está sobrevalorado y que, con sus casi cincuenta años, no son unos adolescentes
fogosos. Rara vez siente apetito y suele ser Miguel el que se pone sobón y a
veces la hace sucumbir. Al final se alegra, pero tarda un rato en ponerse a
tono y Miguel se desespera. Él suele decir, utilizando un símil hogareño, que
Elena es un horno que necesita un tiempo para calentarse y él, un microondas,
que en cuanto le aprietan el pulsador ya está encendido. «Qué ingenioso ¿Se te
ha ocurrido a ti o lo has escuchado a alguno de tus amigotes en el bar?», suele
ser la frase con que ella despacha sus picardías.
Entonces Miguel hace como que se enfada, le sacude un par de azotes y comienza a tirarle pellizcos y sumergirse debajo de las sábanas en busca de aventuras, para comenzar de nuevo los prolegómenos, pero Elena se defiende, le suelta varias patadas y empujones que, en ocasiones, le hacen dar con sus huesos en el suelo. Terminan cabreados y no cruzan palabra en un buen rato.
—Hola, cari.
—¿Cari?
—¿Cómo quieres que te llame?
—Por mi nombre.
—Qué seco eres, Miguel.
—Ya me conoces, no me vengas
con fingimientos.
—Chico, una intenta hacer
las paces…veo que estás crecidito.
—Supongo que en casa de Benito
e Irene tienes una habitación para ti.
—Sí, pero tampoco quiero
eternizar la situación. Para favor ya fue bastante.
—Precisamente quería pedirte
yo uno. Que permanezcas un poco más de tiempo con ellos.
—No me fastidies Miguel.
—Mientras que busco algo.
—¿En serio me lo dices?
Conviven, pero no son pareja. Se les
hace rarísimo. Llegaron a un acuerdo. Miguel habló claro. No quiere retomar la
relación y le jode gastarse un pastón en alquiler, pues últimamente están por
las nubes y en poco más de un año se comería una buena porción de sus ahorros.
Hicieron demanda de divorcio, pero Elena tampoco ha pagado la parte que le
corresponde a Miguel por el piso. Los dos están incumpliendo, de una o de otra
forma, las estipulaciones contempladas en el acuerdo firmado ante notario y,
sin embargo, cuando ante la ley son dos personas sin ningún tipo de vínculo es
cuando se soportan mejor. Quizá por eso, porque cada uno va a su bola. Cuando
coinciden en las zonas comunes se sonríen. Elena incluso se ilusiona porque
vuelven a compartir a veces el salón y ven alguna serie juntos, que después
comentan y la animadversión no se atisba por ningún lado.
Todo cambia una noche que Miguel, que había vuelto a encontrar trabajo, lleva a una compañera al piso. Vienen algo achispados. Se la presenta a Elena que salió de la habitación en pijama. Se había despertado al escuchar las risas y las llaves de Miguel que se le habían caído al suelo en medio del silencio de la noche.
—Cristina y yo vamos a tomarnos
una copilla. No te preocupes que procuraremos no hacer ruido.
Todo este tiempo en que
Miguel daba explicaciones con la lengua un poco trabada, tenía cogida por la
cintura a Cristina y se le veía muy cómoda con la situación. Elena les dijo que
vale, que se iba a dormir, que ellos verían, pues al día siguiente tenían que
ir a trabajar y la resaca es mala compañera. Pero la realidad es que estaba
celosa, a pesar de que técnicamente llevaban unos meses sin ser nada. Sin
embargo, ella no había perdido la ilusión.
Los acontecimientos se
precipitaron porque una hora después volvió a despertarse y esta vez porque oía
ruidos en la habitación colindante, la de invitados, que había pasado a ser la
de Miguel. Ruidos inequívocos. Se lo pasaron en grande. Toda la noche dale que
te pego y alternando los periodos de descanso con risas y charlas que se
transformaban en murmullos ininteligibles para Elena. No pegó ojo. No solo por
el fragor de la batalla que se estaba librando a escasos metros de su cabecera,
sino por el coraje que sentía, que le quemaba el pecho y le subía hasta las
raíces de los cabellos.
Al día siguiente por la
tarde, cuando Miguel abrió la puerta y entró en la vivienda pegó un respingo. Por
poco se lleva por delante un bulto que estaba en medio del recibidor. Se
sorprendió al pronto, pero su reacción no fue airada.
—¿Qué hace mi maleta aquí en
medio?
—Imagínatelo.
—Ahora que lo dices…puedo
sospecharlo, pero esto se avisa.
—Después de lo de anoche no
puedes permanecer un día más en mi casa.
—Elena, tu y yo, no somos
pareja. Eso quedó claro. Somos mayorcitos y tenemos vía libre en todo, también
en el amor.
—Perdona, Miguel, sé que es
irracional, pero no puedo soportar que estés con otras mujeres delante de mis
narices. ¿Se te hace raro que siga teniendo celos? El caso es que he pasado un
día mortal de necesidad.
—Perdóname tú, por no haber
medido las consecuencias. Creía que no te iba a afectar tanto, a hacerte tanto
daño. Pensé que te habías hecho a la idea, igual que yo, después del pacto. No
volverá a pasar.
Le explica que había ido
precisamente a recoger. No pensaba marcharse aún, pero como el equipaje estaba
empaquetado y, viendo las consecuencias que había traído su visita de la noche
anterior acompañado de Cristina, lo mejor era largarse. Le da las gracias por
haber sido comprensiva y haberle acogido durante estos meses.
—¿Dónde vas a ir? —preguntó
Elena. Ahora le entraba mala conciencia.
—A vivir con Cristina.
—¿Tan pronto? Ojalá salga
bien, pero permíteme decirte que es una decisión poco meditada.
—Permitido, pero no ha sido tomada
tan a la ligera como piensas. Cristina y yo tenemos cierta amistad. Llevamos un
par de meses quedándonos a tomar algo después del trabajo. Hemos hablado largo
y tendido. En este tiempo, hemos compartido complicidades y confianzas. Siento
algo por ella, creo que es recíproco y vamos a probar. A nuestras edades no
estamos para noviazgos de lustros. Si me equivoco tendré que apechugar.
—¿Es soltera? Disculpa la
curiosidad.
—Disculpada. Nuestra
situación es similar. Es divorciada y no tiene hijos, vive sola. Al final lo de
anoche sirvió como detonante. Es el empujoncito que faltaba para zanjar lo
nuestro.
—Ayer hubo algo más que
empujoncitos. ¡Madre mía! —Elena, se echa a reír.
—¡Hombre! Te puedes apuntar
al Club de la Comedia. Hasta chistecitos te salen. Eso me tranquiliza, sentía
bastante preocupación por ti. Bueno, adiós. Estaremos en contacto —se dirige a
la puerta.
— ¿Ni un beso me vas a dar
de despedida?
—Claro mujer, los que sean
menester. Tienes razón, después de tanto tiempo compartido, qué menos.
Le va a dar un beso en la
mejilla, pero Elena tuerce la cara, en el último instante, y se lo da en la
boca. Dos lagrimones le descienden hacia los labios. Miguel le da otro beso,
esta vez más sentido y duradero. Se da la vuelta y se aleja, arrastrando la
maleta.
Durante los meses siguientes
van solventando los asuntos que dejaron pendientes por pereza o por la vana
ilusión de que la relación se recondujese. Elena paga el dinero acordado por la
parte del piso que le correspondía a él. Miguel se ha ido de la vivienda que ha
sido el hogar familiar y que pasa a ser de Elena en su totalidad.
Cristina y Miguel están cada
día más pillados. En el trabajo hace tiempo que se enteraron y el jolgorio y
las bromas iniciales, han ido espaciándose y su relación forma parte de la
normalidad laboral. Miguel pensaba que
sería complicado que volviese a germinar ese sentimiento de nuevo, pero la vida
te da sorpresas. Además, el tiempo vuela y quiere exprimirlo al máximo.
Elena se resigna al poco tiempo de que Miguel abandonase el nido. Queda con él de tarde en tarde y se wasapean a menudo. Lo felicita por lo bien que le va su vida sentimental. «Vuelves a estar en el mercado», le dice a ella Irene, su mejor amiga. Tiene amistades y varias aficiones que le ocupan el tiempo. No se aburre. Si llega el amor no lo desdeñará, pero tampoco va a salir a buscarlo a pecho descubierto. Se encuentra bien así.







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