«¿Qué me dices a la propuesta?»
No pude resistirme. Nunca había
estado tan cerca de conseguirlo. Fueron años de lucha y Arturo estaba dispuesto
a ayudarme. Es más, se le notaba un brillo en la mirada que daba que pensar.
Siempre se había mostrado escéptico cuando le contaba alguna pesquisa, cualquier
ligero avance y ahora se quería involucrar a fondo. ¿Habría descubierto algo? ¿habría
conseguido sonsacar a los pocos paisanos que vivían cuando se produjo el inexplicable
suceso? Cuando yo me cruzaba con ellos siempre me dirigían una mirada torva,
huidiza y, si intentaba trabar conversación, aligeraban el paso mascullando.
Había sido un asunto
recurrente en mi abuela. Como todas las de su generación era una excepcional
narradora, contaba cuentos clásicos, de los de toda la vida, pero a menudo
sacaba a colación el misterioso caso de la desaparición de Celedonio. Le
echaron a faltar un buen día y no se volvió a saber de él. Sus padres y, sobre
todo, Natividad, su novia, removieron cielo y tierra. El pueblo se volcó. Las
autoridades de la provincia no escatimaron esfuerzos a la hora de movilizar a
medios y personal a su cargo. Al principio lo tomé como un relato más, sacado
de su imaginación, aunque, cuando fui juntando años, descubrí que fue un caso
real. Comencé a percibir miradas hacia mi persona y cuchicheos en las vecinas. Bajaban
el volumen cuando pasaba a su lado. Me extrañó, no sabía a qué podía deberse.
No le di más importancia. Era pequeña y soñadora.
Con once o doce años empecé a hilvanar
ideas, a dirigir la antena hacia los corros cuando notaba que la conversación
me atañía. Palabras sueltas al principio, frases cortas después. «María»;
«Celedonio»; «se entendían»; «bastarda». Así que me armé de valor y, después de
varias semanas rumiando por dentro y digiriendo esas palabras sueltas y
encapsuladas, lo solté en casa. Llegaba de la calle, hacía un día luminoso,
corrí la cortina y busqué a mi madre en semi penumbra. Estaba al fondo, en la cocina preparando un
guiso. En ese preciso instante se estaba llevando el cucharón a los labios para
probar el punto de sal. No me había sentido entrar.
—Mamá ¿qué es una bastarda?
Pegó un respingo, soltó el cucharón que aterrizó estrepitosamente en el suelo de terrazo produciendo un tintineo que se fue aminorando hasta que cesó. Fue a parar contra la pared, debajo de la mesa y me dirigí a recogerlo. Mi madre se trastabilló, aunque no llegó a caer. Empezó a resoplar y se abalanzó hacia el fregadero. Abrió el grifo, formó un cuenco con las manos y comenzó a embocar el agua en un gesto compulsivo y reiterado. Me asusté. Permanecí en el centro de la estancia. Paró tras un rato. Se secó el rostro con un paño que había sobre la encimera. Su respiración fue recuperando la cadencia normal. Sin soltar el trapo se dio la vuelta y se sentó en la silla de anea que había pegada a la pared, junto a la puerta.
—Hija, cualquier día me matas con estos sustos. Te he
dicho una y mil veces que des una voz o hagas algún ruido cuando entres a casa.
No me lo esperaba y me he quemado lengua y paladar. Gracias a Dios que no me he
caído. Podría haberme dado un mal golpe. ¡La madre que te pario!, que fui yo.
—Perdón, mamá. No volverá a ocurrir, de verdad.
¿Recuerdas lo que te he preguntado?
—Pues no, Cristina. Ha sido oír tu voz en mi cogote de improviso
y se ha producido la hecatombe. ¿Qué es lo que quieres saber?
—¿Qué es ser bastarda?
—¿Y eso a que viene?
—Me ha parecido que se referían a mí con esa palabra y no
sé lo que significa. ¿Me lo puedes aclarar? Si no lo sabes se lo pregunto
mañana al maestro.
—No hace falta. Ya te lo digo yo. Esa me la sé. Es una
palabra fea, que no me gusta. Son los hijos que se tienen fuera del matrimonio,
como yo te tuve a ti, de soltera. Eso ya lo sabes. El músico aquel que vino a
las fiestas, estuvo aquí unos días, siguió su periplo y vete tú a buscarlo
después, cuando se confirmó el embarazo. No es fácil localizar a una persona
sino sabes dónde para. Pero esa historia te la he contado muchas veces. Desde
bien chiquita has querido saber quién es tú padre.
— Si, pero ahora es distinto.
—No veo el por qué. Has aprendido una palabra que
desconocías, pero el relato no cambia por eso.
—Claro. Lucas se llamaba el músico, ¿no?
—
Lo sabes de sobra.
—Podíamos
ir al programa de Lobatón, ese que busca a las personas desaparecidas.
—¿Con
un nombre de pila? Es lo único que sabemos. Bueno, a lo mejor ni eso. Puede
habérselo inventado o ser el seudónimo de batalla. Ni foto, ni lugar de
procedencia. Estaría yo loca.
—Y
Celedonio ¿Quién se supone que es? —La cara le mudó de color. Se le puso roja,
abrió los ojos de par en par y e hizo un gesto de sorpresa.
—Acuérdate
de la historia que contaba la abuela.
—Si,
el señor que desapareció para siempre. No
comprendo porque lo relacionan conmigo, mamá.
—Tonterías.
Te habrá parecido. Eso no viene al caso.
La gente tiene una lengua que corta como las guadañas. No es la primera vez que
te lo digo. Si haces caso a todo lo que oyes estás perdida. Tuve un desliz, sí
y pagué las consecuencias con creces ¿Es que no me van a dejar en paz durante
el resto de mis días?
—Lo
que no entiendo...
—Es fácil de comprender. Son unas alcahuetas. La envidia les corroe porque de ese traspiés, vino la criatura más guapa que hay sobre la faz de la tierra. ¡Ven, que te como! —fui hacia la silla donde estaba sentada, me abrazó con mucha fuerza y me cubrió la cara de besos.
No quise replicar más. Limpié
el cucharón y la ayudé con el guiso. Muchas dudas se agolpaban en mi cabeza y
mi corazón palpitaba a gran velocidad. Guardé la compostura y me propuse, desde
aquel día, averiguar algo más sobre el señor Celedonio y si tuvo que ver algo
con mi madre.
Años después, ya en mi adolescencia,
como vio que el runrún no se me quitaba de la cabeza, que la seguía asediando
con preguntas y mostrando cada vez más recelo, mi madre claudicó y me contó su
verdad. Yo era hija de Celedonio, pero ella nunca supo su paradero. Las gentes del pueblo lo sospechaban porque
su mejor amiga, Gertrudis, a la única a la que confió el secreto de que se
veían a escondidas, resultó ser la peor. Fue indiscreta y filtró ese romance oculto.
Al no conocérsele otro varón le atribuyeron la paternidad al susodicho, aunque
ella lo negó siempre. Contó la versión del músico.
La desaparición de Celedonio también
supuso una sorpresa para ella. Bien es verdad, que la tarde anterior, cuando le
comunicó que estaba embarazada, su reacción la decepcionó totalmente. Le cambió
la cara. La sorpresa era lógica ante la nueva realidad, pero le molestó que se
mostrase parco en palabras, echándole la culpa veladamente. Cuando le preguntó que
si se iba a hacer cargo de la criatura, asintió tan levemente que no lo
percibió y le tuvo que repetir la pregunta: «que te he dicho que sí, mujer, que
siempre apechugo con mis obligaciones». La verdad es que tenía un papelón, pero
nunca pensó que fuese a huir para no hacer frente a la dura realidad que le
esperaba, después de su tajante afirmación. Mantenía amoríos con dos mujeres: la novia
oficial, Natividad, que ya pensaba en poner fecha para la boda, y la amante en
cinta, María.
Me obsesioné con esa volatilización. Me entrevisté con Concha, la madre de Celedonio, que todavía vivía, con la que mi madre no se trataba desde que se produjo aquel asunto. Me dejó hacer, aunque no le hacía ninguna gracia que su hija tuviese contacto con aquella familia que, a pesar de todo lo ocurrido, le echó en cara la desaparición de su hijo. La hermana de Celedonio, Marta, de la edad de mi madre, que vivía bajo el mismo techo que Concha, también colaboró y estuvo presente en esas entrevistas.
Parecían sinceras cuando
decían que no habían vuelto a saber nada de su hijo o hermano. Celedonio podía
haber huido, presa de un pánico irracional ante la situación que se le
avecinaba, haberle podido la presión y querer poner tierra de por medio. Hasta
ahí, aunque fuese un acto de cobardía, todo llevaba una lógica, pero no me
cuadraba que no se hubiese vuelto a comunicar con sus familiares ni a decirles cuál
era su paradero.
Eusebio, el padre de
Celedonio, ya fallecido, fue el que más tiempo persistió en la búsqueda,
incluso poniendo dinero de su bolsillo, después de que los organismos oficiales
y las brigadas de voluntarios diesen por finiquitado el asunto ante la ausencia
de indicios. Este hecho mermó las arcas de la familia y, junto con la ausencia
de su primogénito, que ya se había hecho con las riendas del negocio familiar, les
obligó a desprenderse de casi todo su patrimonio. Las excepciones fueron la
casa donde vivían y la tienda con horno en el sótano, una panadería confitería
que regentaron Eusebio y Concha hasta su jubilación, a la que llegaron a duras
penas. Entonces traspasaron el negocio por una cantidad sensiblemente inferior
a la que esperaban, pero el éxodo que se había producido en la España vaciada
no invitaba a abrir actividades comerciales de postín.
Después de terminar el
bachillerato, marché a Salamanca a estudiar periodismo. Posteriormente a Madrid
a trabajar en la redacción de un diario. Allí conocí a Arturo. Nos gustamos y comenzamos
una relación. Tres meses después nos fuimos a vivir juntos. Bueno, más bien fue
Arturo el que se trasladó al piso que yo tenía en alquiler, abandonando su casa
familiar.
Solía ir una vez al mes a visitar a mi madre,
además de una semana por navidad y una quincena en agosto. Continué mis pesquisas. Mi obsesión por
resolver el extraño caso de la desaparición de mi padre no decayó. Arturo lo
vio como una obsesión mía. No se interesó en un principio, aunque me daba
ánimos, me escuchaba y prestaba su ayuda en lo que podía. De tanto hablar del
tema le gané para mi causa. En cuanto sacábamos un hueco íbamos a Salamanca, a
la hemeroteca, a consultar las publicaciones que, con respecto al caso, salieron
a la luz en aquella época. Todavía no estaban digitalizadas, se empezaba
entonces con esa práctica por lo que el trabajo era ímprobo y los avances
escasos.
También visitamos las sedes de los periódicos que seguían en activo, pues algunos habían desaparecido. En general, fueron amables con nosotros, a pesar de su escepticismo. Nos facilitaron el acceso y un espacio para sumergirnos durante horas entre papeles. Fichas, legajos, libros con índices, bien por fechas, bien por temática. Ese era el escenario más favorable. En otros casos, tochos de folios atados con balduque y amontonados al fondo de estancias a las que no se había accedido en mucho tiempo. Por último, nos reconocieron que periódicamente enviaban la documentación a destruir sin ningún tipo de expurgo. En definitiva, una labor inabarcable que fuimos espaciando.
Cuando descubríamos alguna
noticia nos animábamos. Íbamos a mostrarla con gran alegría, el uno al otro. Poca
cosa. Se hablaba de las batidas que se realizaron en las que participaron
gentes no solo del pueblo sino de la comarca. Incluso venidos de la capital de
la provincia. La policía llevó perros adiestrados a los que se les dio a oler
ropas del desaparecido. Se interrogó a gran número de vecinos, pero no se
encontraron pistas. Cuando los agentes abandonaron el lugar, se mantuvieron los
rastreos, que se fueron diluyendo ante la ausencia de indicios. Eusebio
dilapidó su fortuna contratando a cazadores con sus rehalas e investigadores de
distinta catadura, que se presentaban en el pueblo a ofrecer sus servicios.
Arturo y yo, en una huida
hacia delante, nos dirigimos al Cuartel General de la Policía Nacional en
Salamanca exhibiendo el carné de periodistas. Gracias a algunos contactos de
nuestra empresa y, tras rellenar varios formularios, nos dejaron acceder al
expediente. Estábamos esperanzados, pero también sabíamos que era la última
bala. Si de aquí no sacábamos alguna pista que nos permitiese avanzar,
dejaríamos el caso en vía muerta. Arturo me hizo entrar en razón y prometer que
así sería.
Nos llevamos la sorpresa de
que habían entrevistado a mi madre como sospechosa meses después, cuando llegó
a oídos de la policía el embarazo y el chivatazo de su amiga Gertrudis. Registraron
la casa familiar. De eso no me había contado nada. También interrogaron a los
familiares de la novia oficial, Natividad, pues se había cerrado el caso al
mes, por ausencia de rastros fiables. Ninguna novedad reseñable en el Cuartel
General, así que tuve que cumplir la promesa. Supuso para mí un jarro de agua
fría.
Pocos años después, cuando
falleció mi madre, después del sepelio, me quedé en el pueblo una temporada,
para ventilar la herencia, trámites y demás papeleos. En el sobrado del granero,
una edificación que teníamos en una finca, a cierta distancia de la población, Arturo
encontró un mapa, más bien un plano con unas indicaciones de puño y letra de mi
abuelo Tomás. No sé si mi madre sabría de su existencia. Ese edificio llevaba
abandonado muchos años. En la parte de abajo había un tractor acumulando polvo,
una empacadora que prensaba la paja de trigo o de avena y la expulsaba por la
parte de atrás, transformada en alpacas atadas por dos cuerdas en sentido longitudinal.
También estaba abandonada.
Mi tío Andrés siempre había
trabajado en el campo con mi abuelo Tomás. Cuando este falleció se hizo cargo
de la labor de la familia y todos los años hacía cuentas con mi madre y le daba
un tercio de lo que cosechaba y vendía, principalmente cereales. Algunos
productos se los pagaba en especie, como el aceite. Llevaba las aceitunas a la
almazara y se las devolvían transformadas en garrafas de cinco litros del
preciado líquido, que usaban para el gasto. La que sobraba, después del reparto,
la vendía mi tío a algunos vecinos que ya estaban avisados de otros años. En
cuanto a los productos de huerta, surtía a mi madre desde la primavera hasta el
otoño. El grueso del género lo colocaba en cajones y lo llevaba a la plaza, de
donde salían unos camiones para trasladarlo hasta el mercado de abastos de
Salamanca. A final de mes iba a despachar con los asentadores y le pagaban lo acordado.
Hacía muchos años que no había ido a la finca ni a ese edificio que llamábamos el granero, al que, en mi niñez, acudía las tardes de verano con mis primas y jugábamos al escondite, a coger lagartijas o ranas y nos bañábamos en el estanque. Llevé a Arturo a que conociese ese espacio de mis recuerdos. Subimos al sobrado, como conocemos a la parte superior de la casa de labranza. Las escaleras eran de madera, estaban bastante gastadas y crujían según íbamos plantando los pies sobre los peldaños. Todos los rincones estaban llenos de telarañas. Los objetos, como garrafas de vidrio forradas y aperos obsoletos, cuajados de polvo. En una pared había pequeño armario colgado, con dos puertas que abrió Arturo, mientras yo observaba unos cencerros y unas alpargatas que estaban metidas en una fanega que hacía las veces de cajón zapatero.
Según me contó después, entre
los objetos había una balanza pequeña. Debajo de uno de los platillos que
soportaba varias pesas, asomaba lo que parecía un pico de un papel amarillento.
Lo liberó. Estaba doblado en cuatro partes.
Parecía un mapa, más bien un plano con indicaciones que me recordaron al
de la Isla del Tesoro.
Se aproximó hacia mí con el
folio abierto. Tenía orientaciones de puño y letra de mi abuelo Tomás. No había
duda, era su caligrafía. Lo que me puso alerta es que, en una de las esquinas, adonde
parecía que llevaban las directrices, había un muñeco dibujado con cuatro
rayajos y una letra “c” sobre la cabeza.
—Parece que la cosa está clara —dijo Arturo
—¿Sabría mi madre de la existencia de este papel?
—La pregunta correcta es si sabría que su padre lo había
asesinado.
—¿No crees que eres demasiado concluyente? ¿Y si este
papel no es lo que parece? Había veces que mi abuelo nos escondía objetos y después
dibujaba mapas, más escuetos, eso sí, para que pasásemos ratos buscándolos. Era
uno de nuestros pasatiempos favoritos.
—O sea, ¿que tenía práctica? Pues podemos nosotros jugar
a lo mismo. A ver si somos capaces de descifrar el plano, seguir sus
indicaciones y encontrar a C. ¿qué me dices a la propuesta?
—No veo la necesidad.
—Después de toda una vida condicionada por desentrañar el
misterio de la desaparición de tu padre ¿no lo crees conveniente? Parece que
has resuelto el misterio ¿No necesitas confirmación? Si es un juego o no
encontramos lo que pensamos, pues volveremos para Madrid sin más.
—¿Y si lo encontramos? Me remueve por dentro pensar que
mi abuelo, con el que he convivido tanto tiempo, fuese un asesino, que lo
tuviese delante de mis narices y no hubiese sospechado nada.
—Es duro, pero no puedo creer que prefieras quedarte con
la duda. Las personas que cometen delitos no llevan un cartel en la frente. Si
la policía no fue capaz de descubrirlo es que supo disimular bien, borrar
pruebas y obrar con cautela. Un hombre de campo sin más, en apariencia, pero
astuto y frío.
—No me cabe en la cabeza ¿sabes lo que te digo? Que vamos
a buscarlo, aunque si lo encontramos me lastime. Llegados a este punto quiero
saber la verdad.
—Ha pasado tanto tiempo que, primero, tenemos que
recuperar la práctica para desenmarañar las indicaciones y, segundo, tener la
suerte de que los puntos clave, que se marcan en el papel, sigan en el mismo
sitio. Puede que más de uno haya desaparecido o se haya borrado.
Pasamos un par de días sin
salir de casa, intentando desentrañar las escuetas indicaciones, las medidas anotadas
por mi abuelo (no sabíamos si en pasos o metros) y transitamos de simples
conjeturas a posibles certezas. Una vez hecho esto, nos dirigimos a la finca. Sobre
el terreno todo es más difícil, la escala puede fallar y los cálculos de las orientaciones,
en cuanto variasen un poco, se irían alejando del punto C. Deberíamos obrar con
especial cuidado.
Durante la segunda jornada,
conseguimos acotar el lugar donde debía encontrarse el cuerpo, o lo que quedase
de él, por lo menos esa sensación nos dio. Después vino el bajón, pues, según
el plano, debería encontrarse debajo de un árbol y allí no había ninguno en cincuenta
metros a la redonda. Habíamos llegado a una conclusión errónea y decidimos desistir.
No podíamos ni teníamos ánimos de comenzar otra vez con los cálculos y veíamos
imposible buscar nuevas claves en el papel, de por sí escuetas. A pesar de mi
obsesión de años, había llegado al límite y me tendría que quedar con la duda.
Arturo se quedó pensativo,
mirando en lontananza y dio una vuelta de trescientos sesenta grados sobre sí
mismo. Parecía abatido, derrotado. De repente pegó un grito recio, de desahogo
que se desparramó monte arriba. Comenzó a dar patadas en el suelo con la
puntera de la bota para canalizar su frustración. «¿Qué puede haber fallado?», hasta que, de
repente, se le escapó un quejido:
—¡Hostias! ¡qué daño! —comenzó a resoplar y a bailar en
una pata.
—Eres muy bruto. Habrás dado en una piedra.
—Si, está duro de cojones —echó mano al azadón que
habíamos cogido en el granero, antes de comenzar la búsqueda y comenzó a escarbar
en el punto que había socavado a base de punterazos.
—¿Qué pretendes?
—Espera, tengo una premonición. ¡Aquí está!
—No me asustes. ¿Quién está?
—De momento un tocón rebajado, ¿a conciencia? Está
astillado y medio podrido. ¡Este es el árbol del plano! Vendremos esta noche
con lo necesario.
Toda precaución era poca. Abandonamos el pueblo siendo noche cerrada. En el maletero del vehículo habíamos echado los útiles necesarios (pico, pala, soga, espuertas…). A esa hora era complicado coincidir con alguien, aunque no descartable, pero tampoco tendría por qué ser sospechoso hasta que abandonásemos la carretera y tomásemos el camino del páramo, estrecho, sinuoso y con el firme abandonado a su suerte. Aparcamos junto al granero, descargamos y apagamos las luces del coche. Para poder orientarnos durante el periplo, llevábamos portátiles sujetos en la cabeza. Ello nos permitiría distinguir la parte más próxima del terreno y, además, tener las manos libres para trajinar sin impedimentos. Todos los alrededores eran fincas de labor, por lo que se antojaba improbable que hubiera vecinos que nos pudieran descubrir.
Comenzamos a cavar en la parte
norte del tocón, tal como estaba señalado en el plano. Cuando llevábamos un
metro de profundidad, paramos. A pesar de que nos habíamos ido dando relevos el
cansancio afloraba. El terreno no estaba duro, aunque se mostraba más compacto según
íbamos ahondando. Dudábamos si seguir, pero Arturo tomo la iniciativa y dijo
que hasta que no amaneciese, por lo menos.
Al metro y medio de hondura, aproximadamente,
apareció un objeto pequeño, que blanqueaba la luz de los portátiles, pero no
brillaba como si se tratase de una piedra, era un blanco mate. Nos pusimos
alerta. Arturo se colocó en cuclillas y escarbó alrededor con los dedos, rasguñando
la tierra con las uñas hasta que lo liberó y me lo entrego para que lo viese a
luz de la linterna del móvil. Era un hueso de unos cinco centímetros, bastante reseco,
por lo que habría que manipularlo con cuidado para que no se quebrase. Después
aparecieron más, entre ellos un cráneo y una mandíbula, perfectamente reconocibles.
Discutimos si sacar a la luz
el descubrimiento. Llegados a este punto a Arturo le parecía incomprensible que
no lo denunciásemos, pero a mí me daba aprensión, pues se trataba de mi abuelo,
los hechos habían pasado mucho tiempo atrás e iba a mancillar su recuerdo. El
asesino había muerto hacía bastantes años, mi curiosidad estaba saciada y la
historia se podía quedar para consumo interno, en la intimidad de la pareja. Arturo
se sorprendió de mi actitud, discutimos y al final llegamos a un acuerdo: tapar
el agujero, pero llevándonos unos cuantos huesos, los más significativos y
reconocibles de los que habíamos hallado.
¿Cómo se enteraría el abuelo
de la relación? ¿Tan cegado estaría para matarlo? ¿Cómo se apañó para que nadie
se apercibiese de nada, con traslado y excavación incluida? Muchas eran las
preguntas que se agolpaban en mi mente, pero a estas alturas se tendrían que
quedar sin contestación. ¿Desvelarlo? Arturo decía que el asesino estaba
muerto, nadie iba a cumplir condena, pero a mí me dolía tanto que no quería
aceptar ni la justicia poética. Él porfiaba que, aunque solo fuera para
resarcir a los familiares de la víctima, deberíamos difundirlo. ¿Y mi madre?
¿Llegaría a enterarse? Yo creo que, si lo hubiese sabido, habría sido incapaz
de haberlo callado.
Ya amaneciendo, llegamos a la
casa familiar. Teníamos que descansar del ajetreo de esa madrugada y después
seguiríamos con el debate. Entre sueños el haz de una linterna me enfocó
directamente a los ojos. Era una ilusión, aunque tardé en darme cuenta de que
no era real. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Mi tío Andrés. Siempre que iba
al pueblo acudía a verlo el primer día y charlaba un rato con él, pero nunca se
me ocurrió sacarle el tema, al contrario que a mi madre, a la que le había
hecho juicios sumarísimos. Estaba en la residencia, pues sus hijas, Inés y
Elena, se marcharon a Madrid a trabajar y,
cuando no pudo defenderse solo en casa,
decidieron ingresarlo. Vienen a verlo de vez en cuando. Cuando falleció mi madre, fueron al entierro,
me dieron el pésame y hablamos largo y tendido, sobre nuestra vida anterior, crecimos
juntas en el pueblo, pero también de la herencia, aunque todo había quedado,
más o menos atado, entre los hermanos. Pero claro, entonces no les había podido
comentar el secreto tan bien guardado que acaban de descubrir.
Mi tío Andrés había estado toda su vida trabajando con el abuelo. Decidí entonces acercarme a visitarlo, a ver si sacaba algo en claro. Estaría atenta a su reacción. Lo había tenido guardado demasiado tiempo y se derrumbó a las primeras de cambio. No hubo que tirarle de la lengua. Entre sollozos comenzó su perorata. Aquella tarde, fue a la cuadra a coger unos aperos y se dio cuenta de que había alguien. Se quedó detrás de una telera y aguzó el oído. Escuchó la conversación entre su hermana y Celedonio. Algo le ardió en su fuero interno, en todo su cuerpo. Sintió una indignación bestial y un deseo irrefrenable de tomarse la justicia por su mano. Apartó el cortinón y con el astil del azadón que tenía en la mano le sacudió con todas sus fuerzas en la cabeza. Impactó a la altura de la sien. Celedonio cayó al suelo entre convulsiones, echando sangre por ambos oídos. A los dos minutos se quedó inmóvil.
Los hermanos no sabían qué
hacer. María se quedó ida, como se le hubiese dado un aire. En ese momento
apareció el abuelo. Su reacción dejó a Andrés pasmado. Les apremió para que cesasen
gritos y sollozos. Dispuso que cargasen a Celedonio en el carro, lo taparon con
unos sacos de arpillera, colocaron unos cajones encima y se fueron por el
camino del páramo hasta la finca. Antes de partir, el abuelo Tomás le dijo a
María que se fuese a casa en cuanto recuperase la presencia de ánimo y que se
hiciese fuerte porque la abuela no tenía que sospechar nada. Le dio un abrazo
fuerte, le acarició el pelo, la miró a los ojos y le dijo que iba a ser lo
mejor para que no se arruinase el nombre de la familia, que confiaba en ella.
Dejaron el cadáver en el
granero hasta la noche y fueron después a enterrarlo donde dijo el abuelo, que
era el que más entero estaba, porque Andrés no paró de reilar en tres días.
Durante las horas que restaban hasta la noche se dedicaron a borrar las pistas
a conciencia en la cuadra y alrededores, rastreando como sabuesos, por si pudiese
haber algún indicio que les arruinase el plan.
En cuanto a María, no se
explicaba cómo había aguantado el tipo. Y no sabía cómo había llegado Cristina
a este mundo con bien, después del disgusto, del plan tramado por su padre y de
los meses subsiguientes. El pueblo se movilizó haciendo batidas y se llenó de
voluntarios venidos de pueblos de la comarca e incluso de más allá. Los
policías y las autoridades menudearon durante un mes.
El plano lo hizo el abuelo Tomás
unos meses después, no sabía por qué, pero no lo dejó donde ellos lo habían encontrado,
lo guardó, no se sabía dónde, durante años. Después, cuando sus nietas se
fueron del pueblo y nadie iba a ese granero, descartando a los dos cómplices, se
le ocurrió ponerlo allí. ¿Para la posteridad? Luego murió el abuelo y él, desde
que se jubiló, fue espaciando las visitas. Hasta que según fue juntando años,
cada vez estaba más torpe y dejó de ir. Recordaba
que cada vez que labraba la tierra de los alrededores del sitio, pasasen los
años que pasasen, se le aceleraba el corazón, tenía que alejarse y respirar
hondo varias veces para recuperar el resuello.
Así que el asesino estaba
vivo. Les pidió por favor que no le delatasen, que ya estaba en las
postrimerías de su vida y quería que se le recordase en el pueblo por su
comportamiento, como una persona noble, que había ayudado a toda la gente
cuando tuvo ocasión e hizo múltiples favores. En su juventud cometió un error
vil, un acto repugnante, un calentón inexcusable, pero después de tantos años
era mejor dejarlo estar. Se lo pedía por lo más sagrado. Comenzó a llorar a
lágrima viva, desconsolado y entre hipidos. Tardó en sosegarse.
Sentí rabia, sobre todo por mi
madre. Me parecía increíble que estuviese en el ajo y hubiese guardado el
secreto con siete llaves. Soltó algo de lastre, pero nunca del meollo de la
cuestión. Actriz de primer nivel. No me explico como aguantó el tirón de las
primeras horas, después los interrogatorios de la policía y toda una vida con
esa losa inmensa que le tuvo que carcomer por dentro.
Tras la primera época, todo el
pueblo receloso, sospechando. Y en casa con mi abuela y, sobre todo, conmigo
que la sometí a interrogatorios exhaustivos. Al igual que los Corleone,
sacrificó su vida al servicio de la familia. ¿Cómo pudo vivir con ello? Definitivamente,
se me cayó un mito, aunque aprecié su valor y el cumplimiento de la encomienda sin
resquicios. Pero tenía que haber pensado también en la familia de Celedonio,
del padre de la criatura que llevaba en las entrañas. La tesitura que se le
presentó era peliaguda. Le gustaría tenerla delante para poder tener una charla
esclarecedora, a ver si así podía comprenderla.
¿Qué hacer? Había pasado tanto
tiempo. Me tuve que trabajar a Arturo. No fue fácil, su sentido de justicia le
impedía claudicar. Reconozco que si no se hubiese tratado de mi familia lo hubiese
tenido clarísimo. Al haber fallecido el culpable y los cómplices lo mejor era
dejarlo estar. Él argumentaba que había que reparar a las víctimas. «La única
persona damnificada y descendiente de Celedonio que queda con vida, la tienes
delante y te suplica que demos el asunto por zanjado».
Al día siguiente fuimos a la
finca, hicimos una fogata cerca de uno de los laterales del granero y quemamos
los huesos que habíamos rescatado la noche del desenterramiento. Después hicimos
un hoyo profundo, metimos dentro los restos y lo tapamos. Volvimos a Madrid. Continuamos
con nuestros quehaceres y rutinas. A los dos meses Andrés falleció. Fuimos a su
entierro. Nadie de los vivos supo el paradero de Celedonio, ni siquiera las hijas
del asesino, a las que dimos el pésame. No demoramos mucho la visita porque nuestro
instinto nos advertía que la chispa podía saltar en cualquier momento.





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