En los cursos de escritura a los que llevo acudiendo algunos años se etiqueta a los autores, por la forma de enfrentarse a la historia, en dos tipos que son: el escritor brújula y el escritor mapa. En medio una serie de subtipos con matices que suavizan esas dos denominaciones.
El escritor brújula es aquel que se deja llevar por su
intuición y creatividad, escribiendo sin un plan detallado y permitiendo que la
historia tome forma a medida que avanza. Confía en su instinto permitiendo que
los personajes y la urdimbre se desarrollen de manera espontánea. Riesgos que
conlleva: bloqueos, incoherencias en la trama y reescrituras constantes.
El escritor mapa planifica meticulosamente su obra antes de
comenzar a escribir. Crea un esquema detallado que incluye la trama, los
personajes y los escenarios, con lo que dispone de un guion claro a lo largo
del proceso de creación. Riesgos que conlleva: que al estar todo demasiado
encorsetado y planificado no queda mucho margen para la creatividad.
Los dos modelos tienen sus pros y sus contras. Y creo que lo
ideal es una combinación de ambos.
Os hablo de esto porque quiero explicaros como se ha fraguado
esta novela. El inicio fue mi grupo de relatos, un conjunto de personas que he
ido acrecentando por gusto o por fuerza. Con veladas amenazas cuando se
muestran recelosos ante mis sugerencias. Bromas aparte, el escritor de afición
tiene que buscar lectores casi a jornal, con vehemencia y a veces puede pecar
de pesado.
Pues bien, el germen de la novela Romper con Todo fue
una historia que, en principio, empezaba y acababa en seis o siete páginas, lo
que es un relato estándar. Al compartirlo a través de mi blog me dio una
especie de pálpito. No sé, pensé que, con esos personajes y escenas, que había
creado sucintamente, podía elaborarse una narración más extensa. El caso es que
debajo del último párrafo en vez de poner la palabra «Fin», escribí «Continuará…».
Y entonces comenzó mi periplo como escritor brújula, porque
fui subiendo capítulos al blog hasta un total de diez, sin encomendarme a nadie.
Fueron surgiendo nuevos personajes, escenarios, tramas y subtramas que me
tenían un poco sorprendido. En todos seguía poniendo al final «continuará…»
hasta que me brotó la esperanza de que esa historia podía desembocar en una
novela, pues estaba creciendo sin tino. Culminar la primera me había costado años
y, unos meses después de publicarla, estaba desbocado.
Decidí parar y mudarme al tipo de escritor mapa. Era cierto
que había adquirido una técnica para manejar mayor volumen de información, pero,
precisamente por eso, debía saber hasta dónde quería llegar. Trazar un esquema
o, más bien, una serie de escenas numeradas que es con lo que suelo trabajar
porque soy menos de diagramas y más de bosquejos. Hacer ciertas comprobaciones
en lo escrito hasta ese momento para ver si no contenía muchas contradicciones
en la trama y en la línea argumental de los personajes y, si era así,
corregirlas.
Llegado a este punto fue cuando compuse el guion en el que
incluía el final de la historia y los intríngulis que se iban sucediendo. Bien
es verdad, que mi otra versión de escritor se empeñaba en brujulear, en meter baza
e incluir nuevas aventuras que tenía que sopesar y filtrar si venían al caso, introducir
personajes variopintos y temáticas de total actualidad: España vaciada, medios
de vida, dicotomía campo y urbe; violencia de género, infidelidades, homofobia,
gestación subrogada, inmigración, precariedad laboral, inseguridad ciudadana,
desengaños, amistad, atención a la tercera edad, alzhéimer, separaciones, hijos
con custodia compartida, afán de superación…
Las relaciones humanas forman la columna vertebral, lo que ya
es marca de la casa o una característica que se ha convertido en inherente en
mi literatura, porque soy de la idea de que no es imprescindible un argumento
brillante, un escenario épico, un conflicto enorme. Las historias nacen también
de lo pequeño: la chispa puede estar en cualquier parte.
En cuanto al título, Renata tenía que aparecer, era
innegociable, porque es la protagonista y algunos habéis conocido sus andanzas,
aventuras y desventuras acaecidas en los primeros capítulos y, cuando coincidía
con alguno de mis fieles seguidores, los «muy cafeteros» como suelo tildarlos irónicamente, me solían preguntar:
«A ver cuando publicas la de Renata», pero
según ha ido avanzando la narración han surgido otros personajes potentes que la
flanquean y coinciden con ella un punto común: hacen un viraje radical en su
modo de vida, bien motu proprio, bien obligados y apremiados por las
circunstancias. Le he dado muchas vueltas y creo que es más fiel así.
Como anécdota final comentaré que mi primer título, que me encantaba
y creía que lo había clavado, fue «Renata sin más». No veáis la sorpresa y
decepción que me causó entrar un día en la Librería La Central, un local
emblemático al lado de la Plaza de Callao, y ver en el anaquel de los libros
más vendidos uno con la denominación exacta. Pude investigar después que se
trata de un libro de la autora francesa Catherine Guérard, publicado en 1967,
que estuvo a punto de ganar el premio Goncourt en su día. En la actualidad se está
relanzando y reivindicando su figura. Cosas veredes, amigo Sancho, que non
crederes.
Espero que disfrutéis de la historia que he logrado culminar
y de la forma en que está contada.
Atentamente,
Salvador Nombela Silván


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