lunes, 22 de marzo de 2021

ASTRAZENECA

 

Victorino apura la gelatina que está tomando como postre en la cena. Tiene prisa por terminar, se le ha echado la hora encima. Los viernes es el día en que habla con sus nietos por videoconferencia. Bueno, también con su hijo y con su nuera, pero las cosas como son, el pellizco que siente en su interior lo achaca a llevar tanto tiempo sin poder achuchar ni besar a sus tesorillos, como el los llama, Mónica y Víctor.

Ha de reconocer que ha sido un acierto el regalo de la Tablet que le hizo Rosa. César llevaba tiempo proponiéndoselo, pero siempre se sacudía. Se le antojaba complicado. Esas moderneces le producían desasosiego, no iba a saber manejarla. Hasta que su nuera, en su cumpleaños, el verano pasado, se presentó con el aparatejo. Se enfadó con ella, le dijo que si les sobraba el dinero estaba bien, pero que se iba a quedar sin abrir, ya no estaba en edad de manejar chismes, que eso era para la juventud. Ella no entró al trapo y allí se quedó, encima del aparador.

Victorino es una persona terca, difícil de convencer, pero Rosa en las siguientes visitas lo fue engatusando. Ella tiene otro carácter, calla y obra. Todavía no se lo explica, pero consiguió, primero que lo sacase de la caja «para que comprobase que no mordía», después le enseñó como se encendía y poco a poco, con bastantes tropezones, las nociones básicas para que se comunicase con ellos por wasap. Todo hay que decirlo, contó con el comodín de los nietos. En su presencia siempre se ablandaba y ellos, una vez abierto el camino, aquellas tardes en el patio, mediante risas y juegos, le terminaron de explicar lo más elemental. Lo fueron alternando con alguna partidilla de tute para que no se le hiciese tan tedioso. A ellos les gustaba jugar con el abuelo que les había enseñado los secretos de dos o tres juegos de naipes. ¡Hay que ver esos micos como entienden estos chismes! Él también se considera una persona mañosa y resuelta en otras actividades, las que ha vivido por edad.

Cuando está metiendo los cacharros en el fregadero escucha la llamada en la Tablet. A paso vivo acude a su despachito, como le gusta llamarlo a su hijo. Cuando murió Sofía, su mujer, habilitaron una habitación de la casa, más acogedora que el salón, sobre todo en las largas noches de invierno. Allí es donde tiene todas las cosas que le sirven de entretenimiento. Ahora, en estos tiempos convulsos, se sienta a pasar muchos ratos: álbumes de mandalas, sopas de letras y sudokus junto con lápices de colores, bolígrafos y material para completarlos; el libro que está leyendo en ese momento y la Tablet. A través de ella recibe videos, mensajes y curiosidades. Se acerca y descuelga pulsando el botón verde.

Aparecen en la imagen sus dos nietos, al fondo distingue a César y Rosa.

—Buenas noches tesorillos, ¿Qué me contáis?

—Hola, abuelo.

A partir de ahí todo le resulta ininteligible, porque empiezan a hablar el uno encima del otro, queriendo ser ambos los primeros que le pongan al corriente al abuelo de sus avatares cotidianos. Interviene César.

— Chicos, si habláis a la vez el abuelo no se entera de nada. Primero que hable Mónica y cuando acabe, Víctor.

No es fácil conseguirlo y se siguen pisando algunas veces, pero Victorino se pone al corriente, entre otras primicias, de que a Mónica le han dado un premio en el colegio por el trabajo que ha realizado para el día del padre. Un dibujo colorido que muestra a la cámara con unas letras que deben ser extranjeras porque no las entiende y, en cuanto a Víctor, parece que se ha caído en el patio jugando al fútbol y tiene las rodillas desolladas, pero, aun así, está contento porque ha marcado dos goles.

—Abuelo ¿Qué invento toca hoy? —le pregunta Mónica.

A Victorino, como a casi todos los abuelos del mundo, unos con más gracia que otros, le encanta contar historias. Tuvo una ocurrencia un día y a los nietos les ha caído en gracia. Les dijo, para darle realce, que había creado una serie llamada los inventos del siglo XX. Narró una anécdota sobre la primera vez que vio funcionar una cosechadora en el campo, en su niñez, salpimentada con expresiones y diferentes cadencias de voz, que a sus nietos les encantó. Como tiene tantos años a sus costillas no faltan capítulos. A ellos les parece increíble que sus padres y abuelos hayan podido vivir sin ciertos utensilios o aparatos que consideran imprescindibles y que pensaban que siempre habían estado ahí.

          —Las puertas que se abren solas.

          —¿Las puertas que se abren solas? —Preguntan los dos a la vez.

—Si, tesorillos. Cuando vais a la biblioteca o a los centros comerciales, hay unas puertas de entrada correderas, que se abren cuando os acercáis, sin necesidad de que las toquéis.

   ¿Cuándo eras pequeño no existían?

—No. Yo era más que mozo cuando las vi por primera vez.

Recuerda en ese momento una tontería, como se amoscó con lo de los dinosaurios. Resulta que sus nietos todo acontecimiento en tiempo pasado, por lejano que sea, cuando no son capaces de datarlo lo ventilan con una frase socorrida: «cuando el abuelo Victorino era pequeño». Pero aquella vez ya no lo pudo dejar pasar porque entró en el salón y en ese momento Mónica le estaba preguntando a Víctor: «entonces, ¿los dinosaurios dejaron de existir hace muchos años?» y este, sin despeinarse la contestó que «cuando el abuelo Victorino era pequeño». Saltó como un resorte: «de eso nada monada». Tuvo que dejar las cosas claras, ya va juntando años, pero no los quiere todos para él.

          —Empiezo. Como ya sabéis yo conducía un camión e iba a repartir productos a las tiendas de la comarca. Entonces tenía un ayudante que se llamaba Sixto. Abrieron un supermercado en San Martín, el primero de la zona. Su dueño era cliente mío, había tenido siempre una tienda de ultramarinos, le iba bien y quiso ampliar el negocio.

          —Abuelo ¿Qué es una tienda de ultramarinos? —preguntó Víctor.

          —Una tienda en la que se vende todo tipo de productos comestibles en pequeñas cantidades. Así eran casi todas. Pues bien, ese cliente me llamó y me dijo que iba a abrir un supermercado en las afueras del pueblo y que le llevara productos para el nuevo establecimiento. Fui donde me había dicho y aparqué en la parte de atrás, siguiendo unas flechas que indicaban la zona de carga y descarga. No se veía a nadie y le dije a Sixto que diese la vuelta, entrase por la puerta principal y le dijese al encargado que ya estábamos allí. A los dos minutos volvió dando grandes voces: «Victorino, ven, corre». Me asusté, abrí la puerta del camión, de un brinco me planté en el suelo y le seguí. Cuando estábamos a dos metros de la entrada puso la mano como los indios cuando saludan, para indicarme que me detuviese. «Mira esto, Victorino». Avanzó dos pasos al tiempo que exclamaba en alta voz: «¡Ábrete sésamo!». Siguió andando hacia la puerta y, cuál no sería mi sorpresa, cuando veo abrirse las dos hojas a su paso. Ya dentro, se da la vuelta mirando hacia mí y dice: ¡Ciérrate sésamo!» Se pone a andar para atrás, hacia el interior de la tienda y la puerta se cierra sin que nadie intervenga. Con los ojos en blanco me acerqué y, ¡oh, milagro!, la puerta se abrió ante mi presencia y, aunque os resulte extraño, permanecimos entrando y saliendo durante un cuarto de hora totalmente fascinados con el invento e incluso intentando averiguar si tenía truco, no nos lo terminábamos de creer. A Sixto, bastante más expresivo que yo, le dio por troncharse de risa, echaba lagrimones y no dejaba de repetir la frase del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones.

          —¡Qué guay!, cuantas cosas no existían cuando tú eras pequeño.

          —No os lo podéis imaginar y hemos sobrevivido sin ellas. Dan para muchos capítulos —se ríe Victorino.

          —Papá, en la tele han dicho que van a empezar a vacunar al personal y los internos de las residencias, después a enfermeros y resto de profesionales que están en primera línea de pandemia. ¿Os han dicho algo en el Centro de Salud?— comenta César.

          —Qué va. Pregunté anteayer y me comentaron que no sabían nada. Lo único que me confirmaron es que lo harían por franjas de edad. De más viejos a más jóvenes.

          —Joder, pues no veas como se están atrasando, desde enero anunciándolo a bombo y platillo.

          —Más lo siento yo, que hasta que no esté vacunado no podremos juntarnos de una vez. Podríais hacer una escapadita.

          —Papá, sé que otros lo hacen, pero aparte de que está prohibido no queremos liarla a última hora. Nos toca esperar un rato más. Te prometo que si se alarga el asunto iré algún día a verte, pero yo solo y con todas las cautelas.

         

Victorino tiene setenta y cinco años y está hasta las narices de la mascarilla. Si se lo hubiesen dicho hace un año se lo hubiese tomado a chufla, pero después de perder a Sofía en los primeros zarpazos del virus está dispuesto a hacer caso a todas las recomendaciones de las autoridades. Ha desarrollado una especie de psicosis, aunque no entienda por qué su familia no le puede visitar si están a poco más de una hora y a los vecinos del pueblo de al lado sí. El suyo pertenece a otra comunidad autónoma, Castilla La Mancha y eso lo complica todo, como si los microbios entendiesen de fronteras físicas.

La muerte de Sofía le dejó tocado. Allí, los dos prácticamente solos, sin poderla despedir como Dios manda, después de toda una vida juntos, con las fatigas, sinsabores y, por qué no decirlo, también los logros conseguidos. Comienza a evocar tiempos pasados. Cuando compró el primer camión no pudo pagar las últimas letras y se lo embargaron ¡Qué sofoco! Gracias a su amigo Patricio, que se portó fenomenal. Le prestó el dinero y pudieron seguir adelante y afianzar el negocio.  O el día que le pararon los guardias en Escalonilla y le pusieron una multa por llevar las ruedas lisas. Entonces no se pasaban todavía las ITV. Se había dado cuenta, pero andaban justitos para llegar a fin de mes, quiso apurar y al final le salió más caro el collar que el galgo. En otra ocasión recuerda que subió la temperatura del motor y tuvo que parar para evitar un calentón, pero estaba en medio de un páramo, no había teléfonos móviles. Comprobó que el radiador no tenía agua apenas, debía haber una fuga, así que como no tenía medio de conseguirla, abrió una garrafa de media arroba de las que llevaba en la caja del camión y echó más de la mitad. Ello le permitió llegar hasta un taller en el siguiente pueblo. Había que buscárselas, la gente era mañosa y, a falta de dinero y herramientas, recurría al ingenio.

Cuando pagaron el camión y zanjaron la deuda, cambió la decoración. Tenían muchos pedidos y eso les permitió vivir un poco desahogados e incluso pudieron pagar los estudios universitarios, la estancia y manutención en un colegio mayor, a su hijo en Madrid. Gracias a eso y a que hincó los codos no fue dinero perdido, se colocó poco después en una gran empresa. Fue ascendiendo y gana sus buenas perras.

Se conocían desde niños, el pueblo no es muy grande, pero se fijó en ella como mujer en una verbena de las fiestas. Tenía dieciocho añitos y estaba guapísima con un vestido de flores entallado que le había confeccionado su madre. El acercamiento fue curioso, pero típico en la época «¿Quieres bailar conmigo la próxima pieza?», le preguntó. «Sí, pero si es un pasodoble tengo que bailar con mi padre». ¡Hostias! el tío Mauricio estaba a dos pasos de él. Si le hubiera visto no se hubiera atrevido a decirle nada. Tenía fama de bruto y si alguien molestaba a la niña de sus ojos supuso que era capaz de cualquier barbaridad. Pero todo resultó bien. Sonó una rumba y Mauricio les dejó bailar sin intervenir. Ya no dejaron de hacerlo en toda la velada. Después le explicó que su padre era un mal bailarín, pero que en las fiestas le gustaba echarse algún pasodoble con su hija, pues era uno de los pocos bailes en los que se defendía.

 

El siguiente viernes, a petición de sus nietos que nunca se olvidaban, tocó el invento del mando a distancia.

—Habíamos ido a Madrid a cargar mercancía en el camión. Sixto me dijo que muy cerca de allí vivía su hermana, que si no me importaba que nos acercásemos a saludarla y así lo hicimos. Aparqué el camión y subimos al piso. Estuvo muy amable y nos sacó algo de picar.  Cuando estábamos los tres sentados en el sofá dando cuenta del aperitivo, oí que alguien hablaba cerca de nosotros y me sobresalté porque no había nadie más en la habitación. De repente, me di cuenta de que se iluminaba la pantalla de la televisión y que la voz que había oído era la del locutor.  Me puse en pie de un salto. «¿Qué pasa aquí?». Di dos vueltas al aparato mirando los botones con curiosidad. Le dije a Hortensia que tenían que llamar al técnico, que me había llevado un susto morrocotudo. Debía tener algún cable o contacto interno y se había encendido sola. Ella no podía aguantarse la risa. Me dijo que la había encendido con el mando a distancia. Le gustaba ver las noticias del telediario y esperaba que no nos importara. Ante mi sorpresa, me mostró un objeto que sujetaba en la mano. Me explicó que con él se podía apagar y encender la tele e incluso cambiar de canal. Totalmente novedoso para mí. ¡Pasmao, me quedé!

—¿Y cómo encendíais la tele hasta entonces?

—Pues levantándote y apretando el botón. Algunos avispados utilizaban el palo de la escoba para llegar desde el sofá, pero eran los menos. Entonces nada más había dos canales.  

—Vaya rollo.

—Papá, he hablado con mi amiga Mamen y va a ir un par de días por semana a dar una vuelta a la casa y a prepararte comidas para congelarlas y que vayas tirando de ellas. Se que no te gusta, pero creo que es un dinero bien empleado. No vas a estar siempre de latas y con los comistrajos que te haces.

—Qué bonito. ¡Cómo tiráis con pólvora ajena! Me apaño perfectamente. Desde que murió tu madre me he puesto las pilas. Bien es verdad que las labores del hogar no me gustan ni mucho ni poco, pero tampoco hay que limpiar sobre limpio. Además ¿no decís que cuanta menos gente entre en casa mejor?

—No seas tozudo, ya está apalabrado. Ella tendrá todo el cuidado del mundo, no se quitará la mascarilla mientras esté en casa. Lo sabe bien y es bastante profesional, ¿no ves que acude a unos cuantos domicilios?

—César, antes de que se me olvide. Siguen sin aclararme lo de las vacunas, cada vez que pregunto me miran de arriba abajo como si fuera un agonías. La única novedad es que han empezado a vacunar a los mayores de noventa.

—Qué bien, seguro que te toca pronto porque no serán muchos.

—Esos no, pero los mayores de ochenta se cuentan por manojos, ¿no ves que en este pueblo nada más que quedamos viejos?

Victorino sale únicamente tres veces por semana para ir a echar de comer a dos perros que tiene en una parcela en las afueras del pueblo. En el hogar del pensionista prohibieron jugar a las cartas desde que se decretó el estado de alarma, ese era uno de sus grandes divertimentos. Acudía a echar la partida todas las tardes, pero para ir solo a tomar café no le compensa, lo hace en casa y evita riesgos. Otra cosa que le entretenía bastante era el baile de los sábados. Apartaban el mobiliario contra las paredes y los de la directiva se encargaban de poner música. También lo suspendieron, además de que sin Sofía no tendría ánimos para salir de juerga. La comida se la encarga su hijo en las tiendas del pueblo. Después lo paga por internet y se lo llevan a domicilio. Ni para eso es necesario echarse a la calle. Lo que si ha retomado es la costumbre de salir todas las mañanas a andar, pero se va por caminos donde sabe que no se va a encontrar con nadie, para enredarse lo menos posible.

 

El siguiente viernes toca el microondas. Mónica y Víctor se quedan muy sorprendidos porque de la cocina, es el único aparato que manejan, siempre bajo la supervisión de sus padres.

—Ocurrió en una tienda del Sotillo. Llegué con un pedido y pregunté por el dueño. Su mujer estaba despachando y me dijo que pasase a la trastienda que estaba allí, tomando el desayuno. Acudí con el albarán para cotejarlo con él. Había unas galletas María encima de la mesa camilla. Me dijo que aguardase un momento, se puso en pie y encima del frigorífico tenía una especie de caja metálica blanca, más ancha que alta, que no había visto antes. La parte frontal era la puerta, de cristal transparente, con un asa de aluminio embutido en ella. La abrió y sacó un tazón de leche humeante. Le pregunté por el artilugio y me dijo que se trataba de un microondas, que con él se podían calentar los alimentos en el mismo cuenco que luego te los tomabas sin necesidad de pasar por sartén o cacerola. Todo eran ventajas. Ensuciabas menos cacharros y calentabas la cantidad justa que ibas a comer. «¿Y por donde se prende la lumbre?», pregunté yo intrigado. «No hace falta lumbre, se calienta con ondas por lo visto, de ahí el nombre». Me dejó muerto.

 

El viernes siguiente no se conecta a la videoconferencia. César lo intenta por segunda vez y nada. Los nietos quieren hablar con su abuelo y que les cuente su capítulo de inventos maravillosos. «Nos dijo que tocaba el teléfono móvil». César les dice que va a esperar un rato antes de intentarlo de nuevo, puede que esté en el servicio o haya bajado al patio a hacer alguna tarea. A la media hora le llama, pero directamente al teléfono de casa. Contesta a través del supletorio, le dice que le perdonen, pero que se había metido en la cama porque no se encontraba bien. A ver si descansa, no tiene ganas de videos. Eso le asustó porque lo de ver a los nietos y hablar con ellos era especial para él. Le explica que lleva dos días raro. Primero dejó de oler las cosas, después vinieron los carraspeos, luego le empezó a salir agüilla de las narices y cree que tiene algo de fiebre. El lunes irá al médico, hasta entonces no hay consultorio.

—Papá ¿Cómo que el lunes? Esos síntomas son compatibles con el COVID, lo habrás oído mil veces en la televisión. Voy a llamar a mi amigo Luis y le voy a decir que te acerque a Toledo, a urgencias. Yo me voy para allá desde aquí.

—Tampoco hay que tomárselo tan a la tremenda, hijo. Qué necesidad de andar incordiando a la gente a estas horas, que estarán haciendo sus cosas o tranquilamente en su casa. Total, dos días más o dos días menos tampoco creo que sean tantos.

—Victorino, qué manía tenéis los de vuestra generación de no molestar, aunque sea necesario —le llamaba por su nombre cuando se enfadaba con él—. En dos días te puedes ir para el otro barrio, parece mentira después de lo que pasó con mamá que todavía andes con dudas y con remilgos. Para eso están las amistades.

—Cómo te pones, hijo. Pues nada, llama a Luis o al Sunsum corda si lo crees necesario.

 

Llega a urgencias y pregunta por su padre en el mostrador. Le dicen que está ingresado, que tiene que esperar, por las circunstancias de la pandemia no se permiten acompañantes. Se dirige a la sala de espera. En ese momento le suena el móvil. Es Luis. Descuelga.

—Te estoy viendo, César. Levanta la vista, no, a la izquierda, más, ahora —se acercan, se abrazan, sin acordarse de protocolos pandémicos y le pregunta con la mirada—. Hemos llegado hace una media hora. Acaba de irse el doctor que me ha informado de la primera impresión, antes de diagnósticos definitivos. Parece que tiene ambos pulmones afectados, no saben si poco o mucho. De momento le van a intubar y le van a poner un respirador para ayudarle. Eso es lo que me han dicho. Lo siento, pero no queda otra que esperar.

—Es COVID, ¿verdad?

—Casi con toda seguridad.

—¿Dónde lo habrá pillado? Con lo meticuloso que se había vuelto y las precauciones que tomaba, no me lo explico. Gracias por todo, Luis. Vete ya para el pueblo, bastante has hecho.

—Estaría yo loco. Me quedo contigo. En compañía se te hará más llevadera la espera.

Hasta las dos de la madrugada no les vuelven a informar. Sale el doctor y les dice que la cosa es grave, tiene los dos pulmones infectados, le funcionan al cincuenta por ciento, le han puesto antibiótico y un tratamiento de choque. Depende de cómo responda el paciente en las próximas cuarenta y ocho horas.

          —Mi padre llevaba por lo menos diez años sin fumar.

          —Bueno, el tabaco no ayuda precisamente en estas situaciones, pero a veces hemos visto cuadros similares de gente que no ha fumado en la vida, por eso ni se lo he preguntado, le he dicho cual es la situación clínica que presenta Victorino en estos momentos. Confiemos en que la evolución sea favorable.

          Pero no lo fue, permaneció unos días agonizando, le administraron paliativos a continuación y el viernes siguiente a su ingreso, por la noche, a la hora aproximada en que la familia se comunicaba por videoconferencia, les informaron de que Victorino había fallecido.

 

          El martes, César se dispone a marchar para su casa en Madrid. Ha permanecido todo el fin de semana en el pueblo. Tanatorio, funeral, entierro y el lunes arreglando papeles. Lo más urgente. Todavía quedan muchos por remover. Nada más meterse en el coche le suena el móvil. Es un número desconocido, de esos larguísimos.

          —¿Es usted Victorino Membiela Núñez? No, es mi padre— No se acostumbraba todavía a hablar de él en pasado.

—Le llamamos de la Consejería de sanidad. Queríamos que tomase nota de la cita para que acuda a vacunarse del COVID en su centro de salud.


miércoles, 17 de febrero de 2021

EL TRÍO ESTRAMBÓTICO

 

En la calle desierta, brillan sobre el pavimento minúsculos cristales. La helada está fraguando. Se filtran voces atenuadas procedentes del interior del Gato canalla, local nocturno de la zona vieja de Madrid. Dentro, entre los clientes, se encuentran tres personajes cuyo aspecto choca bastante. Su indumentaria consiste en un traje cruzado negro, corbata y chistera del mismo color que contrastan con la camisa blanca.

— ¡Expéndenos otros tres gintonics, mancebo! —farfulla Tomás, con lengua gorda. Sus ojos rojo chillón impresionan.

—Creo que deberíamos romper filas, compadres —propone Pedro—. El día ha sido largo, ajetreado y nosotros ya no estamos para bailes.

—Habla por ti, picha fría, que un servidor todavía tiene su público y muy mal se tienen que poner las cosas para que no pegue el brinco a una de esas dos hembras que están acodadas en el esquinazo del mostrador porque no me quitan ojo.

— ¿Ojo? Eso es lo que debes tener tú, Sandokan del foro. ¿No te das cuenta, alma de cántaro, que lo que pretenden es sacarte los cuartos?

—Lo que te voy a sacar yo son las muelas, aguafiestas.

—Veniros a razones —tercia Blas—, quizá en otra ocasión. Después de patearnos media ciudad y con lo que llevamos ingerido —sólido, líquido y gaseoso (si se puede considerar como tal al humo de los habanos)—, lo más prudente, en mi modesta opinión, es irnos a dormir la mona. «El hombre voluptuoso es el único que puede ser feliz», como sentenció mi admirado y no siempre ponderado Giacomo Casanova, pero hay que llevar un ten con ten, no se puede atesorar toda la voluptuosidad en un rato. Lo de las gachises en nuestro estado es pinchar en hueso de antemano. Se va a quedar en el debe.

—Pues no se hable más, «lo dijo Blas, punto redondo» —ironiza, el hasta ahora malhumorado, Tomás—, pero por lo menos déjame apurar el brebaje que después de pagar cien duros por el vaso me da lacha dejarlo a medias.

—Cómo quieras, te esperamos, pero a mí desde luego no me entra ni una jícara más de líquido. Abrevia, si no te importa, que se me está subiendo la bebida a la azotea y tengo unas ganas locas de coger la horizontal —azuza Pedro.

—Está bien, amargaos. Vaya par de petardos que me he echado de amigos. Vámonos que se os nota a la legua que venís de un velatorio. 

Recogen sus largas capas, amontonadas en un asiento contra la pared, en las cuales nadie ha reparado —debido a la tenue luz del local y a su tono oscuro—, se las colocan sobre los hombros y salen intentando mantener la vertical.

Tanto su lenguaje como su vestimenta resultan improcedentes. Unos clientes preguntan al camarero sobre los rocambolescos individuos. Este les da una explicación que pone un punto de coherencia a la estampa. Son miembros de la Alegre Cofradía del Entierro de la Sardina —se hacen llamar así—. Castizos, especie prácticamente extinta. Todos los miércoles de ceniza, remate del carnaval, salen en procesión lúdico festiva y tras recorrer parte de la ciudad en comitiva, entierran la sardina en la fuente de los pajaritos de la Casa de Campo y dan por terminado el duelo.








viernes, 25 de diciembre de 2020

EN EL MALECÓN

 

Diminutos cristales brillan sobre la calzada. Aún no es de día. A los escasos transeúntes que caminan por la calle se les escapa el vaho a través de los tapabocas. Sus sombras se reflejan sobre los muros proyectadas por la amarillenta luz de los faroles. La Navidad se acerca. Siente frío, mucho frío. Un señor de los que le saludan todos los días le consiguió un gorro con orejeras, al estilo ruso y eso le ha venido fenomenal. Otro le ha regalado un abrigo de esos deportivos, con mucha guata, bastante resistente al frío. Su amigo Gerôme dice que le recuerda al muñeco de Michelín. Es muy gracioso. En su compañía es más llevadero este clima infernal.

Nicolás lleva unos meses en España y los recuerdos habaneros le fustigan de forma reiterada, más, si cabe, en las fechas que se acercan. Se recuerda corriendo en sandalias por el malecón, festejando junto a sus compadres. Formaban gran algarabía mientras quemaban el muñecón de año viejo. Un hervidero de gente bailando alrededor al son de guitarras y maracas. No tenían posesiones materiales apenas, pero eran felices y olvidaban sus miserias durante estas celebraciones. Música y algún tiento a la botella de ron que mercaba algún conocido, con eso pasaban la noche.

Aunque todo pasaba por el tamiz del gobierno, no dejaba de reconocer que era un privilegiado. Había realizado estudios superiores de manera gratuita, incluido transporte y manutención. Por ser médico rural disponía de un vehículo para desempeñar su trabajo. Lo aprovechaba para dejar a su esposa Evia en lugares estratégicos donde hacían parada los autobuses de turistas. Con la parte de sueldo que le quedaba, después de rendir cuentas al erario, compraban frutas variadas, exóticas para los visitantes y su mujer se dedicaba a hacer zumos y venderlos. Habían conseguido una vetusta licuadora en el mercado negro y con ella habían aumentado bastante la producción. Los turistas pagaban en dólares. Podían considerarse unos verdaderos afortunados si miraban a su alrededor. Entre los vecinos se socorrían. Los tenían que ayudar en muchas ocasiones porque la solidaridad estaba instaurada en todos los rincones de su barriada y había muchísima gente pasándolo mal. En Navidad adquirían y realizaban la distribución de los ingredientes necesarios para elaborar una provechosa cena en la que no faltasen postres típicos como las galletas de azúcar y los pasteles de ron.

          Tenía amigos que habían marchado a España. Mandaban dinero a sus familiares. Le enseñaron vídeos en que multitud de personas iba a Centros comerciales inmensos y compraba ropa y comida sin cortapisas. Se le metió en la cabeza que podía hacer como ellos. Parecía un buen lugar y el idioma, que suele ser un freno en los inicios, no supondría ningún obstáculo. Se lo comentó a Evia. Se sorprendió bastante. Le gustaba la vida que llevaban en la isla, siempre había pensado que a Nicolás también. A ella no la engatusaban con unos vídeos del gran despilfarro que suponía la sociedad de consumo.  Sabía a ciencia cierta que había muchos compatriotas que una vez allí no les iba tan fenomenal como lo pintaban los que le mostraban aquellas imágenes. Pasaban necesidad, no tenían techo donde cobijarse. Eso en Cuba, a pesar de las estrecheces, no ocurría. Pero Nicolás, desde aquel día cambio de actitud. Parecía que le habían activado un resorte en el cerebro. Dejó de prestar ayuda a sus convecinos. Nada más que vivía para reunir dinero y dar el salto en cuanto tuviera ocasión. Le presentaron a individuos que se dedicaban a preparar el tránsito, los contrarrevolucionarios.

          Meses después tuvo todo dispuesto y se lo comunicó a Evia, a hechos consumados. Ella había intentado desactivar la obsesión que acaparaba su mente durante ese tiempo. Se había mostrado activa, haciéndole nuevas propuestas para su vida en común. Nicolás callaba, se mostraba inexpresivo, contestaba con evasivas, pero como estaba comprobando esa noche, no había conseguido mermar ni un ápice su ilusión:

—Cariño, el lunes embarco, me han inscrito en un congreso médico en Guadalajara, una ciudad cercana a Madrid, me quedaré allí y no pienso regresar. Puedes acompañarme. Han falsificado un documento de identidad para ti, porque los milicos nunca consentirían que un matrimonio abandonase el país al mismo tiempo. Está muy logrado. Figuras en él como doctora y también te han confeccionado una invitación para el mismo congreso. Estos compañeros tienen experiencia. Aunque incómodo, el viaje en barco es más económico y no está sometido a un control tan férreo.

—Al final te vas a salir con la tuya. Necesito tiempo para pensarlo, veo que no dispongo de mucho. Es duro cambiar el decorado de tu vida de un día para otro, estoy muy a gusto aquí. Sabes que te quiero demasiado para dejarte ir sólo, pero me disgusta que hayas hecho todos estos planes sin consultarme.

—Era la única forma, la más rápida. Perdona mi egoísmo. Tu concurso hubiera ralentizado la decisión o la hubiera desbaratado. Sabes que es mi gran anhelo, pero sin ti no soy nada.  

 

Los planes iniciales zozobraron totalmente durante la travesía. Ya en el proceso de embarque descubrieron la añagaza que habían preparado para Evia. La interceptaron los del control aduanero. A pesar de que se le abrían las carnes mientras la bajaban por la escalerilla del trasatlántico, tuvo que mantenerse impasible para no levantar la más ligera sospecha. Fue desgarrador. Cuando llegó a Cádiz había desaparecido el equipaje. En su interior tenía todos los títulos que acreditaban su profesión y los contactos que le facilitarían sus primeros pasos en España. Consiguió llegar a Madrid y se le ocurrió presentarse en la embajada. Allí lo trataron como un perro por traidor. Fue un incauto. A los pocos días de llegar ya estaba pensando en el regreso. Contactó con cubanos que le consiguieron trabajo, ocupaciones que nunca había realizado, pero no había otra alternativa: limpiacristales, jardinero, peón de albañil. Le dijeron que en unos meses juntaría plata suficiente para la vuelta, pero que no se obsesionara, a lo mejor entonces ya no quería regresar, que lo peor son los inicios, pero al final te acostumbras. A Nicolás se le hizo todo muy cuesta arriba, no veía salida, se dio a la bebida y perdía en poco tiempo todos los trabajos que le iban ofreciendo. Echaba de menos Cuba y sobremanera a Evia. Según pasaban los días veía más difícil poderse reunir con ella de nuevo.

Acabó durmiendo entre cartones, bien acompañado. La solidaridad imperaba entre los sintecho. Cuando amanecía se sentaba en una esquina bastante transitada que le había aconsejado Gerôme y juntaba unos cuantos euros. Con ellos compraba comida y bebida en un supermercado cercano. El personal ya lo conocía, era amable y comprensivo, lo trataba bien. Cuando le faltaba un poco de dinero se lo perdonaban. En ocasiones le regalaban algo de comida y agua mineral. Nada de alcohol. Además, lo regañaban. No es fácil resistir a la intemperie sin caldearse un poco por dentro. Hoy hicieron una excepción. Le dieron tres botellas de sidra para compartir con sus amigos. Era Nochebuena. Los municipales hicieron la vista gorda, pasaron de largo a pesar de que habían hecho lumbre para calentarse y asar un poco de panceta en los soportales. Los voluntarios del Samur Social les hicieron una visita, les trajeron caldo que les templó el cuerpo. Animados por el ambiente festivo que se respiraba por doquier se arrancaron con unos villancicos tradicionales españoles que acompañó golpeando rítmicamente dos botellas entre sí.

Dieron cuenta de la sidra, la hoguera se extinguió, disminuyó el alboroto de la calle, le invadió de nuevo la tiritona. Llevaba una semana temblando sin tregua apenas. Sus compañeros lo aconsejaron que se lo dijera al personal del Samur. Estaban preocupados. Les prometió que se acercaría al día siguiente. Lo dejaron tumbarse cerca del rescoldo, se tapó con los cartones y no tardó en quedarse dormido. Su sueño le lleva una vez más a Cuba y a Evia, por fin se han reencontrado. Ella le dedica la mejor sus sonrisas, esa que siempre consigue desactivar todas sus defensas y sucumbir sin remisión. Están abrazados en el malecón, frente al mar. Su rumor cadencioso le transmite paz. Levanta la vista, el cielo lo envuelve cuajado de estrellas. 

Cuando apuntaba la claridad del día sus amigos se desperezaron y comprobaron que Nicolás había dejado de tiritar.


martes, 27 de octubre de 2020

PANDEMIO

—¡La noche está en pañales! —dijo Cristóbal, y echó un buen trago al gin tonic. Parte del líquido rebosó por las comisuras, le rodeo la barbilla y le escurrió garganta abajo.

—Lo que tu digas chaval, pero las órdenes del gobierno son clarísimas, son las diez y tengo que cerrar, me duele a mí más que a ti.

—Vaya cortarrollos que estás hecho, que le den por saco al gobierno. Sácame otra copa de estas con yerbajos, cierra y márchate a tu casa, yo me quedo aquí sentado en la terraza a tomármela tranquilamente con Dioni.

—Para nada, no puedes ser tan vivo con la coartada de que estas achispado. Tengo que dejar la terraza y todo el mobiliario recogido y encadenado, primero porque me lo pueden robar y segundo porque los municipales me van a crujir en cuanto la vean.

—Déjalo —dijo Dioni, no lo comprometas, es temprano, pero así están las cosas, nosotros nos vamos de marcha. Sí, no me mires con ese careto. Me han invitado a una fiesta privada. Sin normas, sin mascarillas ni distancia de seguridad ni pendejadas de esas. Alcohol, mujeres y alguna cosilla más.

—¿Qué me estás contando? Eres un crack, un tahúr, mi salvador.

—Pues ahuecad el ala, par de delincuentes, que yo recojo y me voy, pero ya os vale, que tenéis una edad para ser un poco más responsables y podéis joder a mucha gente.

Cagao, que eres un cagao. Nos limitamos a hacer caso a nuestro presidente «salimos más fuertes». Nosotros salimos a por todas, me han dicho que hay un ganao selecto en el garito. ¿Cómo se te ha quedao el cuerpo? —Dioni se echó a reír a carcajadas.

 

Empezaba a hacer frío en el otoño madrileño, se subieron las solapas de las cazadoras y avanzaron hacia la plaza de la Paja, lugar donde estaba el local donde se celebraba la fiesta clandestina.

—Me está guasapeando Pandemio, dice que hay un ambientazo, que llamemos al timbre y digamos que vamos de su parte, teniendo cuidado al entrar de que en ese momento no ronde ningún patrulla en los aledaños, no nos vayan a colocar los munipas.

—Sabes lo que te digo Dioni, que el par de copazos me han sentado de puta madre, vengo dispuesto a todo, con las tías me refiero, hace mucho que no me como una paraguaya.

—Pues según me han dicho aquí hay para escoger y revolver, además son facilonas, te entran sin ningún escrúpulo, ni te tienes que preocupar. Un chollo. 

Estaba todo bastante oscuro, luna nueva. La calle Segovia estaba bien iluminada, pero cuando torcieron por Costanilla de San Pedro hacia Príncipe de Anglona tuvieron que encender la linterna del móvil. Era inconcebible que, en pleno centro de Madrid, tuvieran que andar a tientas. Por fin llegaron a la Plaza. Allí las farolas, aunque con luz amarillenta y débil, iluminaban la explanada. Avanzaron de frente hasta un local con un cartel apagado encima del dintel de la puerta en el que se podía leer la leyenda «Madrid me mata». El cierre estaba echado, pero por los laterales de las cortinas se filtraban rendijas de luz. Se notaba algarabía en el interior. Llamaron al timbre.

Les abrió una chica morena, de ojos claros, figura esbelta, pechos aceptables, labios finos y vestido ceñido de tirantes que le llegaba por debajo de las rodillas. Amusgó la mirada y les pidió la contraseña.

—Venimos invitados por Pandemio.

—No es correcta, lo siento —y, ante su estupefacción, volvió dentro cerrando la puerta.

Maldijeron su suerte, se miraron abatidos. Antes de emprender la retirada con el rabo entre las piernas, Dioni marcó el número de su amigo. En ese momento se volvió a abrir la puerta y apareció Pandemio mostrando una amplia sonrisa.

—Qué caras más largas, chicos. Rosa es una cachonda dentro y fuera de la cancha, no se lo tengáis en cuenta. Y pasad, que al final, como aparezcan los municipales, nos empapelan. ¡Qué gentuza!

Reinaba la tranquilidad, aunque subía ruido de música y jolgorio procedente del sótano. Había una pared llena de alcayatas con un número asignado y una frase pintada con tiza arriba del todo. «Cuelga aquí tu mascarilla y memoriza».

Mientras descendíamos por las escaleras los decibelios iban aumentando de volumen. Al llegar abajo observamos que había bastante ambiente. Habían colocado en el techo unas bolas discotequeras que hacían girar luces de colores por las paredes. También había un DJ con micrófono en mano, que cambiaba la música e iba animando al personal para que no decayera la juerga.

Había gente bailando en el centro de la sala, otros charlaban con la copa en la mano. Era cierto, había un montón de tías, más que tíos y eso les sorprendió gratamente. Habría que tirar la caña, hacía tiempo que no veían tanta fémina junta.

Pidieron un par de copas en la barra y se acercaron al corro donde estaba Pandemio, un grupo numeroso. Entre sus miembros, Rosa, la que les hizo la recepción y les dejó el alma en un puño. Se sonreía por lo bajo y los miraba de reojo. Se unieron a la conversación. Tenían que hablar a voces por el volumen de la música y el tema de conversación era el apodo de su amigo. De primeras chocaba, pero ellos ya lo habían oído comentar en varias ocasiones.

 Lo estaba contando Beltrán, otro amigo de la panda, porque al interesado no le hacía mucha gracia recordarlo, aunque cada vez le resbalaba más lo que pensasen los demás. Tuvo un hijo a finales de marzo. Llevaban meses dando vueltas a que nombre ponerle y no se decidían. A finales de enero, escuchó en la tele al presidente de la OMS comunicar que declaraba al COVID 19 como pandemia mundial. Entonces se le encendió la lucecita y se le ocurrió una idea peregrina. En su familia había tradición por esas rarezas y por los nombres poco corrientes. Sin ir más lejos, él se llamaba Pancracio. Le dijo a su mujer que ya había dado con el nombre ideal, que le pondrían Pandemio. Ella pensó que estaba de coña y le rio la gracia en un principio, hasta que se dio cuenta de que iba en serio.  «Ahora dejan poner cualquier nombre y así tenemos un recuerdo del año que nació. También me hace ilusión porque empieza igual que el mío». Resumiendo, que tras una enconada disputa, prevaleció la cordura. Ganó ella. Aunque a regañadientes, dio su brazo a torcer y le pusieron Nicolás. Este episodio minó su relación que ya venía siendo tortuosa. Decidieron separarse al poco tiempo. Ahora se encontraba otra vez disponible. Los amigos, de broma, le habían apodado de esa forma y ya no le llamaban de otra manera. «¿Cómo puedes ser tan friki?» le dijo Susana, a lo que respondió con una subida y bajada de hombros desganada.

A Cristóbal le estaba cargando ya la conversación. Se acercó a Rosa y le preguntó si le apetecía bailar, porque la noche se estaba amuermando. Ella asintió. A él le pareció percibir brillo en sus ojos. Se colocaron en el centro de la pista y agitaron los cuerpos al ritmo de la música. Dos o tres canciones más tarde bajaron las luces y sonó la balada Still loving you. Se amarraron para bailarla unidos, mejilla con mejilla. Cuarto de hora más tarde Susana fue al baño y empezó a oír gruñidos, jadeos entrecortados y chillidos que procedían de uno de los habitáculos. «Estos no andan con preámbulos», pensó.

Al rato aparecieron agarrados de la mano, justo en el instante en que se apagaron las luces discotequeras y se encendieron las de sala. El encargado les dijo que tenían que irse, que ya eran las cuatro y era un milagro que no hubiese aparecido la policía. Más no se podía alargar la velada. Además, a las nueve tenía que subir la persiana para los desayunos. Necesitaba descansar unas horas.

Rosa y Cristóbal se pasaron los teléfonos entre el ir y venir de la gente que comenzaba a desfilar. Quedaron en citarse el fin de semana. Al día siguiente ambos tenían que trabajar. Cristóbal le comentó a Rosa que había decidido no acudir por la mañana, no estaría en condiciones. Era comercial. Comunicaría a su secretaria que tenía que visitar a dos clientes que a su vez dirían lo mismo a sus jefes. Lo tenían pactado y de vez en cuando utilizaban esa artimaña y se quitaban de algún madrugón.

Acompañado de Dioni se fue para casa. Además de amigos eran vecinos. Por el camino su compañero le preguntó por Rosa: «¿Ha sido solo un calentón o piensas que puede surgir algo serio?». «Me gusta, pero en un rato tampoco se puede saber, estaba muy necesitado. El tiempo lo dirá, amigo Dionisio», contestó engolando la voz. Llegaron al barrio y se despidieron. Cristóbal alcanzó a duras penas la habitación. Sin darse cuenta el alcohol le había ido subiendo. Todo le empezó a dar vueltas. Se dejó caer en la cama.

Se levantó a la hora de comer porque lo llamó su abuela Eulalia. Vivía con ella y con sus padres.

—¿Qué pasa Sandokán? ¿Qué la noche fue dura? Menudo ritmo llevas.

—Tampoco salgo tanto, papá. ¿Qué es eso de Sandokán?

—Déjalo, un personaje de mi juventud. Ahora lo que me preocupa es esta época. Estás todo el día mano sobre mano, sin oficio ni beneficio. En medio de una pandemia te marchas de juerga alegremente.

—Estáis todos cagaos. Además, llevaba la escafandra y guardé la distancia de seguridad. Sabes que le estoy dando vueltas para ver qué oposición elijo.

—Te vas a marear con tanta vuelta y aquí lo que hace falta es que entre algo de dinero en breve y no malgastarlo en jarana como tú. Mi sueldo ya no se puede estirar más. Lo que tienes que hacer es ponerte a trabajar cuanto antes, de lo que sea, pero ya.

—Es que no sale nada de lo mío.

—Vete a la mierda. Ordenación del territorio. Menuda patochada. Ya te lo dije cuando ibas a comenzar los estudios: «¡Pero si el territorio ya está muy bien ordenado, cada cosa en su lugar!» Pero te empeñaste y ahora nos vemos como nos vemos. Peón de albañil, camarero, barrendero o eso de Uber que está tan en auge. De lo que sea y más pronto que tarde.

 

Dos días más tarde Eulalia comenzó a tener los primeros síntomas. Estaba cocinando y al ir a probar las lentejas le pareció que no tenían sabor. Había echado lo de siempre, quería saber cómo estaban de punto de sal y estaban sosísimas. En la mesa, los tres comensales, cuando se llevaron la cuchara a la boca, escupieron a la vez.

—¡Esto es salmuera! —bramó Avelino— Eulalia, por Dios.

—Madre, ha echado sal a tontas y a locas ¿No lo ha ido probado poco a poco? Esto hay que tirarlo a la basura —le dijo Manuela.

—Claro que lo he hecho como siempre, pero me parecía insípido.

Por la tarde se le formó dolor de cabeza, que fue aumentando. Con la noche llegó la fiebre. De madrugada empezó a sudar y a tiritar.

Cuando amanecía Avelino y Manuela la llevaron a urgencias. Tras unas horas de tensa espera los informaron que el diagnóstico era de COVID y se tenía que quedar ingresada. No les permitieron pasar a verla, por lo que se volvieron a casa angustiados. Después de tantos cuidados, de tanto tiempo sin apenas salir, había cogido la enfermedad maldita. Siempre habían oído decir que los mayores eran grupo de riesgo. El día se les hizo larguísimo.

La mañana siguiente los llamaron por teléfono a primera hora desde el hospital para informarles que Eulalia estaba intubada porque no respiraba bien. Tenía una pequeña infección en los pulmones, aunque había pasado la noche tranquila. Les dijeron que todos los miembros de la unidad familiar tenían que acudir a lo largo de la mañana para hacerse una PCR. Zarandearon a Cristóbal, costó un poco despabilarlo porque había vuelto a llegar a las tantas y se fueron para allá.

Sufrieron la pequeña molestia, escozor y sobre todo el repelús que producía el bastoncillo arañando en los más profundo de sus fosas nasales. Por la tarde les dieron los resultados. Avelino y Manuela negativo, Cristóbal positivo.

—Joder, que coñazo, me han dicho que me va a llamar un rastreador de esos para preguntarme por las personas con las que he estado en contacto, pedirme sus teléfonos y no sé qué más pijadas. Además, tenemos que estar diez días metidos en casa.

 —Eso es lo que te preocupa, cacho cabrón. Mira que te decíamos que salieras lo imprescindible, que tuvieras siempre puesta la mascarilla. Ni puto caso. Te marchabas casi todas las noches a tomarla, ya sé yo con que cuidados y precauciones. Tu abuela grave en el hospital y tú, para no variar, en tu mundo —soltó a voz en grito y de un tirón, Avelino.

—Cristóbal, ve a tu habitación y sal solo para ir al servicio. En ella tienes todo lo imprescindible, si necesitas algo más me lo dices y te lo pongo al otro lado de la puerta, lo mismo que la comida, cuando esté daré unos golpes para salgas a por ella.

—Lo de la abuela me ha jodido, sabéis lo mucho que yo la quiero, pero me dijeron que lo de la pandemia era una fake que se habían inventado. Estar encerrado a mí me consume. Por cierto, tampoco es necesario que esté todo el rato en la habitación si estamos con mascarilla los tres. Es que, si no, menudo aburrimiento, no lo podré soportar.

—Todavía con cojones, parásito, te voy a pegar dos hostias que se te va a quitar la tontería acumulada de golpe —se abalanzó sobre él.

—Avelino, tranquilízate, el mal está hecho, se va a meter en su habitación y punto. A ver si te va a dar un jamacuco y tienes que ir a hacer compañía a mi madre. 

Las noticias que llegaban del hospital no eran buenas. Conforme iban pasando los días la infección pulmonar de Eulalia crecía y, a pesar del oxígeno, respiraba con mucha dificultad, iba perdiendo la consciencia jornada a jornada. Llegó el momento en que la tuvieron que sedar para evitar un sufrimiento innecesario. El fatal desenlace era cuestión de horas, de días siendo optimistas. Manuela no se lo terminaba de creer, preguntó y repreguntó que si había alguna posibilidad por pequeña que fuese de que mejorara. Le dijeron que no.

Cuando murió ni siquiera pudieron acudir al funeral. Los del seguro, que había pagado durante tantos años, se encargaron de todo. A Manuela se le hacía muy duro, después de toda una vida juntas, codo con codo, superando penurias.  Instalándose después, con gran esfuerzo, en una modesta clase media. Alegrías y penas, enganchones y abrazos, pero sobre todo la gran complicidad que se había generado entre ellas. Avelino siempre admiró a su suegra, trabajadora, tenaz y muy resuelta. Cuando enviudó no tuvo reparo en que se fuese a vivir con ellos.

En cuanto a Cristóbal le dedicaron su acusación silenciosa, aunque su padre, de vez en cuando, no podía más y soltaba alguna insinuación. Se lo pensó varias veces para no explotar. Cuando era un crío sentía veneración por su abuela, luego tuvo una pubertad complicada, haciéndole de menos, burlándose de ella, parodiando sus batallitas, incluso. En los últimos años las aguas habían vuelto a su cauce, escuchaba sus historias con atención, las que calificaba antes de tonterías de vieja. Había vuelto el cariño de antaño, de otra manera. Eulalia, en algunas ocasiones le hizo de escudo o de tapadera ante las amenazas de su padre. Para ella seguía siendo un niño. Cristóbal parecía bastante afectado, se sentía culpable y más desde hacía un rato en que el rastreador le había llamado para comunicarle que Rosa, la del rollete de la Plaza de la Paja, también había fallecido. 

sábado, 10 de octubre de 2020

MIS VIAJES A ARENAS: VIDAS SENCILLAS, RECUERDOS INOLVIDABLES

 

Durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo pasado conseguí, tras mucho insistir, que mi abuela, excepcional narradora, escribiera alguna de las costumbres de Almorox, las gentes, los medios de vida, sucedidos o alguno de sus viajes. Escribió unos cuantos y los pasé a limpio para que perduraran ¿Quién me iba a decir a mí entonces que en uno de sus viajes realizado hace un siglo iba a encontrar las imágenes de algunos de los lugares que aparecen en el relato?

Se trata de unos viajes que hizo a Arenas de San Pedro en los años 1916, 1918 y 1928. En ellos refleja estampas de la vida cotidiana. Inserto trozos de ellos en el libro, en el capítulo del tren. Las fotos que ilustran el texto son tres, todas las he conseguido a través de Juan José García Moreno, natural de La Parra y es que las nuevas tecnologías obran milagros y ponen en contacto a gente variopinta, que en principio no tienen ningún nexo en común y al final nos informamos y suministramos unos a otros.
• Autobús de la Línea Arenas-Ávila en 1910 (Del que habla mi abuela es Arenas-Almorox, pero coinciden los años y el modelo debía ser similar).
• Hotel La Dominica
• Salón de baile (posteriormente Cine) La Barraca.


Estuve en Arenas de San Pedro cuando tenía ocho años y el motivo fue, que mi tío Gerardo (hermano de mi madre) tenía allí la novia y quiso que yo la conociera. Él trabajaba en una empresa, conducía un coche de línea (marca Hispano Suiza), la compañía se llamaba “La Madrileña”, su recorrido diario era éste: salía de Almorox a Cenicientos, Sotillo de la Adrada, Piedralaves, Casa Vieja, Mijares, Gavilanes, Pedro Bernardo, Lanzahíta, Ramacastañas y Arenas de San Pedro.

1910-Línea Ávila-Arenas de San Pedro
Arenas de San Pedro 1910. Autobús de la línea Ávila-Arenas

        En Almorox teníamos ferrocarril; un tren tenía su llegada a las doce de la mañana y enlazaba con el autobús y los viajeros que venían con destino a estos pueblos se iban en él. Llegaba el coche a Arenas a las cuatro de la tarde y al día siguiente salía para Almorox a las once de la mañana, enlazando con un tren que salía a las cuatro de la tarde para Madrid.

        Yo estudiaba entonces solfeo y mi padre no me dejaba ir porque no quería que perdiera clases. Estaba en la segunda parte de música del “método de Eslava”. Ya empezaba a tocar algunos ejercicios y piezas sencillas al piano. Mi tío me buscó un profesor y realicé el viaje. Este señor se llamaba Ángel y era el maestro de la banda de música del pueblo. Los ejercicios de piano los hacía en casa de una amiga de la novia de mi tío, se llamaba Julita, tenía piano y sabía tocarlo. Por la tarde nos marchábamos allí. Ellas cosían su ajuar y yo hacía mis prácticas al piano.

        Cuando mi tío terminaba su trabajo, nos recogía y los tres regresábamos a casa. Vivía su novia con su madre viuda y un hermano pequeño, Samuel. Una familia que no olvidaré nunca porque se portaron muy bien conmigo. Vicenta, la que después fue mi tía, tenía tres hermanas casadas y sobrinos pequeños como yo. Con ellos jugaba, salíamos a pasear y disfrutábamos mucho; ¡qué campiña más bonita!, había pinos, castaños y arroyos por todo el campo. Una de sus hermanas tenía un molino junto al río que pasaba por la parte baja del pueblo y allí íbamos a ver moler el trigo.

Vi también un palacio muy bonito situado en la parte alta del pueblo, en una de las salas tenía instalado un colegio de enseñanza y allí iba Samuel todos los días a dar clase. Hay una ermita próxima al pueblo, dedicada a la virgen de Lourdes, todos los sábados dando un paseo, mi tía y yo llegábamos hasta ella a confesar, yo jugaba luego con las niñas que solía haber por allí.

Hotel Dominica
Este viaje lo realicé en 1916, estuve un mes y después en 1918 se casaron y fui a la boda con mi familia. ¡Qué novia tan guapa y tan buena moza!, el novio era un poco más bajo que ella, pero el poquito de estatura que le faltaba lo suplía con la gracia y salero que tenía. La comida la celebramos en el hotel “Dominica” que está en la calle Corredera, la calle principal de pueblo. Hicieron un buen matrimonio, se casaron muy enamorados, se llevaron bien y tuvieron dos hijos: Gerardo y Carlos, mis queridos primos.

Como la felicidad en este mundo nunca es completa, a los diez años de casados murió mi tío, siendo ya administrador de la empresa y viviendo muy bien; así que con esta desgracia todo se trastornó. Después de todo esto, mi tía vivió a temporadas entre Almorox y Arenas llevando con ella a sus hijos.

En la época de hacer las labores en el campo y recoger los frutos estaba en Almorox y el resto del año en Arenas. Por fin y sintiéndolo mucho, vendió las fincas y se quedó a vivir en Arenas. Ella se iba haciendo mayor y la cansaban los viajes, aunque no dejó de venir por aquí de vez en cuando y nos ha seguido queriendo como siempre, pues todo lo que se relacionaba con su “Gera” lo adoraba.

En el año 1928 invitada por una de sus sobrinas, Avelina que es de mis años, fui a la fiesta de San Pedro de Alcántara, patrón del pueblo. Tuve buenas amigas y lo pasé muy bien. Comíamos todos los días a las doce, para poder ir a la novena que era a las tres de la tarde en el convento de San Pedro que está a tres kilómetros del pueblo; íbamos andando por hacer un sacrificio, al final de la novena besábamos la reliquia de San Pedro, mientras cantábamos el himno al Santo. Su letra era así: “A San Pedro de Alcántara, nuestro padre y protector, tributemos alabanza y nos cantemos de amor, esta tierra fue su cuna, donde sus carnes dobló y con seréfico anhelo entregó su alma a Dios…”etc.

La fiesta es el 19 de octubre, la misa este día la oímos en la parroquia y por la tarde asistimos a la procesión al convento, la cual hacen alrededor de un patio que hay a la entrada, que ellos llaman el “campillo”. Los frailes dan a todos los que van a ella una corona que hacen con zarza milagrosa que crece sin espinas en la huerta del convento y San Pedro usaba para disciplinarse. Dios hizo que se le cayeran las espinas y desde entonces crece sin ellas a pesar de ser zarza. La campiña que rodea el convento es preciosa; todo es sierra cubierta de pinos, castaños y arbustos y por entre ellos corren arroyitos de agua cristalina que baja de la nieve que se derrite en la sierra y entre todo esto las familias de los pueblos próximos que vana a la fiesta, se sientan en corro alrededor de un mantel, y tomando el sol se comen su comida que llevan en cestas, ya preparadas acompañada con sus tragos de vino que llevan en las botas. Es una estampa preciosa, digna de verse, algo que cuando se ve te queda grabado.

Por la noche ya en el pueblo, al son de la gaita y el tambor, bailábamos en la plaza. Era un baile muy bonito, muy movido, ellos bailaban muy bien, es típico en la comarca, yo lo entendía peor, procuraba imitarles, pero he sido poco bailarina, luego como en todas las fiestas, se termina con fuegos artificiales y corridas de toros, a las que no asistí, pues es una fiesta que no me gusta.

El padre de Avelina, que era socio del casino, nos llevó un día al baile de sociedad que allí se celebraba. El salón era grande, bonito, muy adornado y tocaba una orquesta compuesta por piano, bandurrias y violines.

Salón de baile (Cine) La Barraca

Otros días íbamos a otro salón que llamaban “La Barraca”, su dueño era el “tío mochila”.  Allí bailábamos al son de una gramola eléctrica; una de las piezas que tocaba se titulaba “madre, cómprame un negro”, en este sitio también veíamos películas.

Una de las amigas, Isabel, tenía un castañar cerca del pueblo y allá fuimos a hacer el “calbote” que consiste en asar castañas, hicimos un hoyo en el suelo, prendieron fuego con unas ramas de castaño, echaron las castañas sobre él y las movíamos con palos, cuando estaban asadas echaron la tierra que sacaron para hacer el agujero, y al rato nos sentamos alrededor de la lumbre mientras nos las comíamos.

El año siguiente también fui a la fiesta y sucedió lo mismo, lo pasé muy bien. El estar en su casa era una delicia, no tengo palabras para expresar lo bien que se portaron conmigo mis primos, aunque vivimos lejos no me olvidan. Uno está en Arenas y otro en Madrid y cuando pueden vienen a verme.

Yo ya no me atrevo a salir de viaje porque, aunque estoy muy bien de salud, gracias a Dios, tengo ya ochenta y un años, doce más que Gerardo y quince más que Carlos.

Almorox, 4 de marzo de 1990

Sagrario Pedraza