viernes, 1 de marzo de 2024

Capítulo 5 - La propuesta

 

La sorpresa le hizo abrir los ojos y, a continuación, arrugó el entrecejo. Se tomó unos segundos para contestar. Algo sospechaba, pero no podía creer que llegase a tanto.

—¿Me lo estás diciendo en serio? Antonio, tenemos nuestro trabajo y nuestra vivienda en Madrid. Nuestra vida. Más vale que se te quiten esos pájaros de la cabeza porque, al final, como remolonees te van a echar. Date con un canto en los dientes que te han autorizado el mes de permiso sin avisar y sin justificar nada.

—Sabían que llevaba una temporada mal. Que no me centraba. Me tienen bien considerado. Tengo una trayectoria y por eso, a pesar de la sorpresa que les causó mi petición, accedieron.

— Te pueden permitir un calentón, una ocurrencia, una espantada, por una vez. Si empiezas a hacer aguas te pondrán, más pronto que tarde, de patitas en la calle por muy buen contable que seas, por mucho que tengas cogidos todos los intríngulis, subterfugios y zonas alegales donde poner a salvo las ganancias de la empresa para que declare lo mínimo, como me confiesas en confianza. Hay gente joven a patadas en el paro, con tanta o más valía que tú y se ahorrarían la antigüedad adquirida, los bonus y demás. Además, estarán deseando aprender y vendrán con fórmulas e ideas innovadoras en la cabeza.

—Por eso si me despiden me tienen que dar una pasta. Les voy a ahorrar el trago y les voy a pedir el finiquito.

—¿Te estás oyendo? ¿Y que vas a hacer con esa cantidad? ¿Venirte aquí? ¿A qué? ¿A teletrabajar? No lo veo. En cuanto a mí trabajo, ese no lo puedo realizar a distancia. Lo perdería sin indemnización. Iría directamente al paro.

—Por eso te he preguntado si estarías dispuesta a venirte a vivir aquí, con todo lo que ello conllevaría.

—No. No estoy dispuesta, Antonio. Y tú tampoco aguantaras mucho. Esto es precioso, pero los inviernos son eternos y abarcan medio año. Nada más que queda gente mayor, no hay actividades ni locales lúdicos; para cualquier gestión tienes que acercarte a Ponferrada, que no está a la vuelta de la esquina precisamente…


—No lo veas todo negro. Tampoco allí buscamos esparcimiento todos los días. La mayoría nos quedamos en casa enganchados al ordenador o a la tele. Casi no coincidimos los días de diario. Aquí también ha llegado internet, Neflix, Amazon. Si queremos ir un día al cine o al teatro en vez de acercarnos a la Gran Vía, pues vamos a Ponferrada que es una ciudad de tamaño medio y tiene de todo. No es que Silván sea el Edén, pero tiene sus ventajas. Principalmente, ofrece sosiego y tranquilidad. Date un tiempo. A mí también me parecía complicado, pero he dado con la tecla y prefiero esto al caos y al hormiguero de la capital de los cojones. Lo tengo todo pensado. Escucha.

Entonces Antonio comenzó su perorata. Con el dinero que le diesen y, si vendiesen el piso de Madrid, podrían conseguir una buena cifra y hacerse con una casa decente. No tendrían que vivir con sus padres. A eso no la podía obligar, incluso para él no era plato de gusto estar las veinticuatro horas compartiendo techo y comida, sobre todo por Mariana, que reconocía que era muy intensa. Había viviendas tiradas de precio, precisamente por la escasez de demanda, que con una buena reforma quedarían como nuevas. Aquí la vida pasaba despacio y se podía disfrutar, no es un corre corre que te pillo constante.

En cuanto a los medios de vida, tenía pensado hablar con su padre y, como estaba próxima su jubilación, le iba a proponer un trato: quedarse con la ganadería, modernizar las instalaciones y renovar el ganado. No se podía negar, seguramente se alegrase. Los últimos años se había dejado llevar, creyendo que sería el último ganadero de la familia, para después vender las cabezas y los terrenos y disfrutar del descanso merecido.

Había estado informándose y, para ganado de carne, lo que más rentaba era la raza Aberdeen. Construiría un par de naves en condiciones, con todos los adelantos, Se haría con un semental certificado y con una docena de hembras. Estas mejor autóctonas, mitad moruchas como las que tenía su padre, mitad Sayaguesas que dan muy buen rendimiento. Están más adaptadas al terreno y al clima y la mezcla puede resultar perfecta. Las Aberdeen puras aquí las pasarían canutas.

Renata no daba crédito a lo que oía. Primero, por la locuacidad con la que hablaba su marido, inusual en su carácter; segundo, por todas las ideas que se le habían pasado por la cabeza y de las que no había compartido ni una. A saber, cuanto tiempo llevaba dándole vueltas. Le asustó la convicción con la que se expresaba, el brillo de los ojos mientras le contaba su proyecto. Pero ella le echó un jarro de agua fría porque no estaba dispuesta a venirse a vivir a Silván, ni a vender el piso ni a perder su trabajo porque todo le parecía una locura, una insensatez.

Eso que proponía Antonio lo tenía ya a los dieciocho años y renunció a ello. Abandonó el pueblo porque se ahogaba, en busca de formación y de un futuro más digno que pudrirse en esa «aldeucha», fuente de chismes y sin ningún tipo de alicientes. Escapó de sufrir los rigores del clima, porque los ganaderos tienen que acudir al monte a por el ganado, o permanecer en él jornadas enteras, a veces; o pasar noches en blanco o a la intemperie porque tienen a una vaca de parto o a un ternero enfermo. Y ahora, veinte años después, añora lo que dejó y desdeñaba a todas horas. Hasta el punto de no visitar a sus padres nada más que en contadas ocasiones.

Pero él seguía su exposición sin hacerle mella la cara de haba que ponía Renata, de incredulidad, acompañada a veces con giros del cuello a izquierda a derecha, con resoplidos o con miradas al cielo y movimientos de brazos de los que se podrían deducir, sin tener grandes dotes de adivino, que todo eso la superaba, mascullando entre dientes, de cuando en vez: «Señor, dame paciencia». Antonio siguió explicando su proyecto, novedoso, según aseveraba.   Tenía pensado llevar las reses al matadero de Ponferrada, con el que firmaría un convenio y enviar la carne por toda España. De momento a Madrid, que es la que está mejor comunicada y es un mercado inagotable, también a Orense y a León que estaban más próximos. Si la cosa iba bien iría ampliando el radio. Se había enterado de que existía un servicio llamado «SEUR frío» con el que los problemas de conservación se solucionan.

A ella le reservaba que se ocupase de la parte administrativa: gestiones con el matadero, con la empresa de transporte; anuncios en las redes, control de pedidos y clientes. Podría solicitar que la diesen todo el dinero del desempleo de golpe presentando papeles como emprendedora porque está contemplado en la Ley si vas a montar una empresa. Unirían el dinero de las dos indemnizaciones, del piso y de las plazas de garaje y con eso tendrían más que suficiente para empezar a funcionar. El incremento exponencial de nutricionistas, dietistas o entrenadores personales convertidos en influencers o tertulianos de las cadenas de televisión, auténticos gurús de la alimentación, con una legión de seguidores, había motivado que se pagasen auténticas barbaridades por la carne de pasto certificada, por ser la más sana y equilibrada, pues contenía proteínas, minerales, nutrientes y un chorro de excelencias más. Estos charlatanes del siglo XXI les ayudarían sin pagar un duro.

Renata intentó meter baza para frenar la euforia y decirle su verdad. Que todo eso le parecía descabellado y que era muy bonito así, al pronto, pero pasarlo de la mente al mundo real era utópico. Ninguno de ellos tenía experiencia en el ramo, menos ella por supuesto, pero Antonio perseveraba, sus ideas iban más allá y todo lo que había estado atesorando durante este tiempo tenía que salir a flote una vez que había soltado el freno. Parecía que tuviese una fuerza ignota en el interior que le compeliese a escupir las palabras que se habían ido macerando y no estaba dispuesto a que se pudriesen en el averno de sus cavilaciones.

Si el proyecto funcionaba medianamente bien desde el principio y en un par de años se amortizasen todas las inversiones, el siguiente escalón, que haría grande al negocio y a sus dos socios fundadores, sería construir un pequeño matadero en Silván. Pequeño, pero matón. Con todas las exigencias de higiene y calidad que, a fuer de ser sincero, debido a normativas europeas, más estrictas cada vez, costaría una pasta levantar y poner a funcionar y más todavía, si montaban una reducida sala de despiece y una empaquetadora al vacío para poder comerciar con la carne desde allí. Tendrían que pedir más ayudas y subvenciones públicas, estatales o autonómicas, tanto daba. Y, por último, andando el tiempo, adquirirían dos o tres furgonetas con refrigeración, de segunda mano, y se desvincularían de la empresa de reparto. Serían autosuficientes.


Estas últimas fases, no cabía pensar en ellas de momento, no estaba tan zumbado. Habría que iniciar el camino de manera paulatina. Los principios serían duros, pero arrimando el hombro y si no se producían incidencias reseñables podían lograr que se completase todo el proceso: sacrificado de las reses, despiezado, envasado de los packs (carne picada, Solomillos, chuletones, falda, hamburguesas…). El resto de los desperdicios también se venderían a empresas que se dedicaban a tratarlos convenientemente y a convertirlos en alimento para perros y gatos. Por último, las pieles. El otro día había coincidido en la taberna con el pellejero de Pombriego y las de vacuno, bien desolladas, sin cortes ni mataduras, las estaba pagando a cuarenta euros.

En cuanto al personal, tendrían que empezar solos en el negocio, casi de cero, si descontaban los prados y el ganado de su padre. Irían aumentado la plantilla y, si eran capaces de llegar a la etapa última, que acababa de comentar, se ocuparían básicamente de tareas de dirección y gestión. Deberían tener en nómina: boyeros, que atendiesen al ganado, tanto en los prados como en las naves; un matarife para sacrificar las reses, desollarlas y vaciarlas; dos trabajadores que despiezasen las canales, un par de empleados para empaquetar todos los productos al vacío y meterlos en la cámara frigorífica en el orden preestablecido, tres repartidores y un comercial. Este último si llegaba un momento en que él no diera abasto. Aunque se lo podían ahorrar si potenciaban convenientemente las redes y hacían buenas campañas en ellas. Cuanto más personal, más subvenciones conseguirían. Al tratarse de la España vaciada había una línea de ayudas aparte y créditos a bajo interés exclusivos.  

—¿Qué me dices de la propuesta, Renata? No me tienes que contestar ahora, tómate tu tiempo. Dale vueltas, sopesa todo lo que te he dicho y piensa que yo te quiero mucho y deseo lo mejor para ti.

—Pero no hasta el punto de volver a Madrid a vivir conmigo.

—Madrid me ha dado muchas satisfacciones, pero hace tiempo que se me hizo bola. He intentado digerirla, aunque no se disuelve, más bien se apelmaza. No comentártelo antes sí que me lo puedes reprochar hasta el infinito.

—Pues sí, porque la excusa de que seas introvertido, un cerrojo, como dice tu padre, no te exime de que te hayas tragado todo, durante años quizá y ni siquiera te hayas sincerado con la persona que tanto dices amar, que convive contigo.

—Te reitero que lo siento Renata, pero lo pasado pasado está. No me has comentado nada del imperio que vamos a levantar. Ahora en serio, quiero que me digas algo sobre el proyecto, porque después del esfuerzo que me ha costado desembucharlo todo, me va a dar un jamacuco si te quedas tan pichi, como si no hubieses oído nada.

—No tengas cara. No me has dejado meter cuña. Menudo entusiasmo has puesto, cualquiera paraba tu alocución, pero habrás comprobado, por mis gestos y aspavientos, que no lo veo nada claro. Tengo que digerirlo, pero ya te digo de entrada que son las cuentas de la lechera. Pareciese como si nuestros dirigentes fuesen repartiendo el dinero a paladas. Yo te quiero mucho, pero no me puedes pedir que abandone todo para encerrarme en el monte, en un sitio inhóspito y con una incertidumbre que nos va a ir minando. Tengo un sueldo decente, amistades, compañeros y familia en Madrid.

—No te lo esperabas y tardarás en hacerte a la idea. Medítalo, sopésalo todo y llegarás a la misma conclusión que yo, que es factible. Querías que hablásemos, pues ya lo hemos hecho y tendremos que continuar.  Ahora vamos a merendar que se ha hecho tarde y tenemos las fiambreras, que nos ha preparado mi madre, muertas de risa. Coge agua del arroyo con el cazo que está dentro de la mochila, ya verás que fresca y que rica está. La corriente baja con alegría por el deshielo que se produce en primavera. Este sonido rumoroso, este aire puro que te invade los pulmones…

Volvió a envolverlos el silencio mientras daban cuenta de las viandas. Estaban encima de unas piedras lisas donde daba el sol, pero pronto cayó la tarde y se notaba fresco. Se puso el sol mientras recogían. «Un atardecer precioso en un paraje idílico». Antonio estaba desatado. Para volver tuvieron que guiarse con la linterna del móvil, oscureció casi de repente. Buscaron la vereda en el extremo opuesto del claro y cuando la localizaron, comenzaron la bajada hasta llegar al camino que les conduciría a la casa de Pancracio y Mariana.

En la cena, al calor de la lumbre de la chimenea, tampoco se habló mucho. Había una sensación como de hastío en el ambiente. Pancracio había llegado un rato antes, ya noche cerrada, de atender y dar la última vuelta al ganado. Algún formalismo para que se acercasen unos a otros el pan, el agua o la servilleta, pero sin hilar una verdadera conversación. De vez en cuando Mariana rompía la monotonía son sus salidas que a todos parecieron cargantes y nadie se molestó en disimular: «Madre mía, que serios estáis». «¿Quién se ha muerto?, esto parece un velatorio», fueron algunas de ellas. Pero lo que estaba deseando era quedarse a solas con su hijo para sonsacarle la parte mollar de la charla que habría tenido, sin duda, con su nuera.

En cuanto acabaron de cenar, subieron al dormitorio. Mariana se quedó recogiendo la cocina y Pancracio jugando al solitario. No era tarde, pero Renata estaba agotada. Llevaba dos noches casi sin pegar ojo y el día en Silván no le había dado tregua. Ya continuarían el diálogo, que habían dejado pendiente, a la mañana siguiente. Era imposible hacerlo en ese momento, pues se quedó dormida, como un cesto, en cuanto tocó la cama. Literal. Fue sentarse y cayó de lado, con cabeza sobre la almohada y las piernas colgando por fuera del catre. Antonio se ocupó de colocarla en horizontal y arroparla. Estuvo observándola durante un rato. Escuchando su respiración cadenciosa mientras el embozo de la sábana subía y bajaba al compás.

Cuando despertaron, Antonio comenzó a acariciar la espalda de Renata suavemente y a recorrer la columna hacia la parte inferior. Cuando iba a llegar a la rabadilla, ella se tensó y se separó unos centímetros de golpe. No tenía ganas de sexo. Su cabeza viajaba lejos, pensaba en la propuesta, en el órdago lanzado por su marido que, en principio le pareció un calentón, pero se había consolidado. Presa de inquietud y preocupaciones, lo último que le apetecía era un revolcón mañanero. Antonio, que ya tenía la bandera a media asta, comenzó a engolar la voz y a decirle entre susurros que precisamente en esos momentos era cuando venía mejor un desahogo para espantar a los fantasmas. Renata le llamó caradura.

Retomaron la conversación que habían dejado pendiente, con las cartas boca arriba, por parte de Antonio. Este añadió, sin querer, más crispación a la escena porque quiso jugar con los sentimientos de Renata y ella explotó. Después de que llevaba tres o cuatro años intentando convencerlo para tener un hijo y él siempre se sacudía las moscas y le daba largas, salió esa mañana con lo bien que se criaría aquí una chiquillo, en la tranquilidad del pueblo. Había una escuela para toda la comarca que estaba a ocho kilómetros. En coche, diez minutos.

Renata le dijo que era un chantajista, que ahora la salía con esas, después de negárselo durante años. Allí no había ningún futuro para un chaval.

—Si lo hay, cariño, estamos en un mundo global. Yo nací aquí y tengo mi carrera. Y mira si han pasado años. Ahora está todo interconectado.

—Vete a la mierda. Perdona que sea tan zafia, pero me sacas de mis casillas. ¿Ahora si te hace ilusión tener niños? ¿De repente?

—Un Antoñito, como me dices tú.

—No puedes jugar así con la sensibilidad de las personas y estirar la goma de esta manera porque se va a romper. Sabes que estoy enamorada de ti y recurres a cualquier subterfugio para que secunde tus demencias.

—Renata, vamos a hablar claro. Lo único que te preocupaba es si yo estaba follándome a otra tía. Tu misma lo confesaste. Te traía al pairo si estaba deprimido y me quería tirar por el balcón. ¿Cómo llamas a eso?

—Vamos a dejarlo aquí porque no quiero montar un espectáculo.  He sentido a tu madre trastear. Ha debido volver ya de misa. Bajemos a desayunar. Necesito sosegarme. A mediodía, en cuanto comamos me largo. Va a ser lo mejor, papanatas.

—¿Papanatas? Hacía tiempo que no oía esa palabra. Demasiada tibieza, ¿no?


—Efectivamente, estoy que exploto y prefiero sujetarme. Es lo primero que me ha salido. Como bien dice mi padre hay que pensárselo mucho antes de perder los papeles y decir barbaridades porque las palabras no se pueden recoger. No quiero tener que arrepentirme.

—Una explicación que puede pasar por creíble. Vete si quieres ahora mismo, pero espero que vuelvas porque yo, de aquí, no me muevo.

            Continuará…/…

jueves, 22 de febrero de 2024

CAPÍTULO 4 - SÁBADO DE GLORIA

 

Apareció bajo el quicio de la puerta Mariana y se acercó a Renata a paso vivo. Ella estaba saliendo del coche, cogió el plumas del asiento del copiloto y se disponía a abrir el maletero para sacar maleta de mano en la que había metido su escueto equipaje para el fin de semana. Pero antes se dirigió efusivamente a su suegra sin darse cuenta de un pequeño detalle. Se había plantado delante de ella llevándose el dedo índice a los labios pidiéndole silencio.

            —Buenos días, Mariana, qué bien te veo.

            —¡Chist! No vocees guapa, te lo estoy advirtiendo —dijo en tono quedo.

            —Perdona, no te había comprendido. ¿Cuál es el problema?

            —Antonio ha pasado mala noche y se ha quedado dormido hace un rato.

            —¿Y yo? ¿Qué noche he pasado yo? Conduciendo sin descanso por carreteras de todo tipo.

            —Ese es tu problema, que te crees el ombligo del mundo, «yo siempre más», deja que duerma a la criatura que él no tiene la culpa.

            —¿Qué no tiene la culpa? Mariana, tengamos la fiesta en paz. No quiero empezar con mal pie, pero por favor, un poco de respeto.

Mariana le hizo una seña, levantando el brazo y abriendo la palma de la mano, para que se apaciguase y volvió a hablar entre susurros.

            —Bueno hija, perdona. Tampoco hay que ponerse así. Dame tus pertenencias que te las meto dentro con cautela, no se vaya a despertar.

            —Pero ¿es que no voy a poder entrar a la casa? Por lo menos para poder echarme agua a la cara y adecentarme un poco.

            —Eso más tarde. No seas tan coqueta. Aquí agua es lo que sobra, te la echarás en la fuente que hay en el recodo, la que llaman de Matazorras.

            —¿Me lo estás diciendo en serio? —Preguntó, con sorpresa y desesperación.

            —Escucha. Todavía es temprano. Vámonos, tú y yo, dando un paseo a saludar a Pancracio. Sabes que te aprecia y estará deseando verte. Está en el aprisco atendiendo al ganado. En diez minutos estamos allí y dentro de un rato nos volvemos los tres, despertamos a Antonio y desayunamos.

            Enfilaron la cuesta abajo siguiendo la carretera. Renata bastante mosqueada y sin querer disimularlo. No esperaba este recibimiento y, encima, estaba abotargada del viaje. Al llegar a la primera curva, que giraba hacia la derecha, salía un camino, justo a la izquierda, y en el arranque de este había una fuente de un caño, cuyo chorro caía con fuerza sobre una pileta y la rebosaba, perdiéndose el agua por debajo del camino y siguiendo su curso, ladera abajo. Era un arroyo que bajaba de la montaña y con el deshielo estaba bravo.

            Se refrescó con el agua helada y eso le vino de maravilla. Sus ojos se despidieron de las legañas de golpe y su cuerpo se activó. Mariana le advirtió que no se mojase mucho el pelo porque, aunque el día iba a ser espléndido, todavía hacía fresco, tardaría en secarse y se podía constipar.

Robles, hayas y castaños son los árboles que más se dan en la montaña occidental leonesa. Este camino, concretamente, estaba flanqueado por robles no muy gruesos, pero de gran envergadura. Sus hojas, mecidas por el viento, rompían el silencio en que caminaban las dos mujeres.  Se cruzaron con un paisano que traía un cayado para ayudarse a andar, un gorro de lana en la cabeza y un zurrón a la espalda. Lo acompañaba un mastín barcino que tenía puesto un collar grande con púas. Esta era zona de lobos y a los perros que cuidaban del ganado se lo solían colocar para que tuviesen más defensa ante sus eventuales encuentros con las manadas. Se dieron los buenos días y continuaron andando un trecho hasta que divisaron unas porteras de hierro, un poco oxidadas, cerradas por un cerrojo interior. Lo descorrieron y avanzaron por una senda, en la que sólo se distinguían dos rodales entre la hierba.

Llegaron a un claro en cuyo fondo había una pequeña edificación de piedra, con tejado de pizarra. Era el establo donde Pancracio guardaba al ganado. Tenía un portalón de madera y cuatro ventanucos corridos y equidistantes en la fachada. No se veía a nadie en los alrededores. Renata señalo hacia la cuadra e interrogó con la mirada a Mariana. Esta asintió y allí se dirigieron. Dentro estaba el suegro ocupándose de las vacas y los terneros. Había un bloque de sal en cada pesebre y estaba esparciendo unas alpacas de alfalfa por encima de ellos. Las cortaba las cuerdas, las desmoronaba en el suelo con un bieldo y después con este mismo instrumento echaba porciones en los cubiles, poco a poco. La sal era necesaria para mantener una buena nutrición en los animales. Ayuda a que los nutrientes penetren en su organismo. Se lo había explicado su suegro a Renata en otra ocasión. Pancracio levantó la vista, un poco sorprendido, ante la claridad que había invadido, de repente, el espacio.

—Renata, cariño, qué alegría verte por aquí. ¿Cuánto hace que no nos regalabas tu presencia? He perdido la cuenta —La abrazó y le plantó dos besos hermosos.

—Cuatro meses. Desde navidades. No me creo que no te acuerdes.

—Eso es mucho, pero estamos acostumbrados. De ahí mi sorpresa cuando vi aparecer a mi hijo el otro día. ¿Qué ha pasado nuera? No me creo que no sepas nada.

—Coño, tenéis aquí a Antonio cuatro días y ¿todavía no le habéis preguntado? No os entiendo.

—Ya sabes que este muchacho es un cerrojo. No hay quien le sonsaque nada. Ha dicho algo de que Madrid le mata, pero tiene que haber algo más.

—¿No hay crisis de pareja? Yo no he nacido ayer y eso de venir cada uno por su lado…choca —opinó Mariana, metiéndose en la conversación.

—Bueno, mujer, todos hemos pasado crisis —dijo Pancracio.

—Pero que no se haga de nuevas.

—Ni de nuevas ni de viejas. Me estoy hartando ya de estas desconfianzas y de acusaciones gratuitas. He venido aquí para ver a Antonio y hablar con él. Así que vamos para casa cuanto antes mejor.

—Dadme diez minutos, que estoy acabando. Suelto al ganado y me subo con vosotras a echar un remiendo que ya empiezo a tener gazuza.

—¿Pueden las reses quedarse solas?

—Hombre, aquí todas las fincas están cercadas con muros de piedra y las que no, tienen pastor eléctrico. Aunque podemos tener visitas inesperadas, así que las dejaré al cuidado de Zipi y Zape, estos dos canes tan hermosos.

—Son enormes. ¿De qué raza son?

—El rubio, boyero de Berna y el moreno, mastín.

Veinte minutos más tarde llegaron a la casa. Renata dijo que iba a despertar a Antonio, que había venido para verlo. Dejó la cazadora en el perchero. Subió las escaleras, estrechas, con peldaños de madera y pasamanos rústico. Conocía bien la habitación. Allí había dormido unas cuantas veces. Abrió la puerta y penetró en el interior. Estaba en semi penumbra. Por los agujeritos de la persiana se filtraba el sol en porciones y se reflejaba por la pared en forma de pequeñas manchas luminosas.  Cerró la puerta a su espalda. Antonio estaba acostado de lado, girado hacia la pared de enfrente. A pesar de que en esta época del año las casas todavía estaban frías, la alcoba estaba caldeada, pues el tiro de la chimenea pasaba, adosado a la pared, en su camino hacia el exterior.

            Verle allí encamado, después de varios días, despertó en ella la ternura y se le ocurrió la idea de despertarle con unos arrumacos. Se sentó en la silla para quitarse las botas, a continuación, se despojó también de los pantalones y la sudadera. Se metió en la cama procurando no hacer mucho ruido y se pegó a la espalda de Antonio haciendo la cucharita. Él no movió ni pie ni pata. Al contacto, Renata notó piel con piel. Tampoco tenía puestos pantalones. Comenzó a acariciarle, por encima de la nuca, el cuero cabelludo con suavidad, haciendo círculos concéntricos. Eso le gustaba. Seguía sin reaccionar y empezó a preocuparse un poco. Su sueño era demasiado profundo.

 Tendría que actuar con más determinación. Metió el brazo entre sus piernas y palpó por encima del calzoncillo, en busca del juguete. En esa posición no resultaba fácil y comenzó a hurgar a bulto. Al poco lo notó en toda su dimensión. Había crecido en segundos. Lo apretó con fuerza. Sintió que, por fin, Antonio se rebullía y con tono, casi imperceptible, masculló: «Renata, no me busques que me encuentras». Ella removió aquello con más brío. Entonces Antonio se dio la vuelta en un plis plas, se puso frente a ella y, mirándole a los ojos, metió los brazos bajo su camiseta, liberó los senos del sujetador y comenzó a pellizcarle los pezones. Las niñas de sus ojos echaban chispas y la punta de la lengua le asomó entre los labios.

—Ay, ay, ay, ay…

—Canta y no llores —entonó Antonio.

—No empieces con tus gansadas —dijo Renata, entre suspiros y escapándosele una risa nerviosa.

—Me has engolosinado y ahora tengo que probar estas gominolas, ricas, ricas.

—Antonio, como te pasas. No seas zafio —añadió con travesura.

—Me paso y me propaso. Has empezado la guerra, has despertado a la bicha y ya no hay regresión posible.

Lo que siguió después fue una lucha encarnizada. Chillidos atenuados, suspiros, forcejeos, giros, fricciones y, por fin, el clímax.  Quedaron ambos exhaustos y jadeantes, boca arriba. Apartaron la sábana y el edredón y estuvieron un rato en esa posición, mirando los pies derechos que sustentaban a las vigas de madera que recorrían el techo. Cuando sus cuerpos volvieron a la temperatura y al ritmo respiratorio habituales, Renata rompió el silencio:

—Me sigue gustando hacer el amor contigo más, si cabe, cada día. No sé si a ti te pasa lo mismo.

—¿Por qué dices eso? Creo que ha quedado claro. Bajemos a desayunar con mis padres. Se está haciendo tarde.

—No empieces, Antonio. He venido a hablar. Llevas toda semana con evasivas y tu despedida fue rocambolesca. No me la esperaba para nada y me dejaste patidifusa. No sigas dando largas y dime lo que me tengas que decir.

—Lo que te tengo que decir te lo he adelantado, más o menos. Vamos a desayunar que se va a juntar con la comida. Después te prometo que nos iremos a dar un paseo y hablaremos largo y tendido, sin cortapisas.

—Respóndeme a una pregunta antes. Si no lo haces no pienso bajar. Una duda que me tiene trastornada. Pero, por favor, sé sincero. ¿Hay otra mujer?

—Ni mujer ni hombre.

—¡Antonio, joder! ¿Es que todo te lo tienes que tomar a chufla? Contesta a la pregunta, sin sandeces de las tuyas.

—Podía haberme convertido en bisexual —afirmó, girando la mano y meneando la muñeca con amaneramiento, pero viendo la congestión que experimentaba el rostro de Renata cambio el tercio—. Hablando en serio. No, cariño. No hay otra mujer. Tú eres la única. Y me sigues gustando. Lo acabas de sentir. Reconozco que me he excedí al marcharme sin una explicación, pero ya he contestado a la pregunta y quiero bajar. Tengo un hambre atroz.

Pancracio y Mariana habían acabado de desayunar hacía rato, pero estaban todavía sentados a la mesa esperando su llegada. Les dedicaron miradas suspicaces mientras se sentaban. Renata estaba hecha unos zorros. Llevaba muchas horas sin dormir. Tendría que echarse un poco después de comer, porque si no, no iba a ser persona, aunque quería aprovechar los dos días al máximo. Quiso ayudar a su suegra con el desayuno, pero le dijo que ya estaba todo preparado, que se sentase y que ella les serviría a los dos. Mientras, conversaron los cuatro. Renata le preguntó a Antonio por lo que había comentado su padre, que qué era eso de que Madrid le mataba.

—Tu no lo entiendes, pero cada vez me cuesta más vivir en la jungla de asfalto. No quiero acabar como Remigio.

—¿Qué Remigio?

Mariana le explicó que era un chico del pueblo, un poco más mayor que Antonio y que se fue a la capital hacía más de veinte años, como muchos otros. Era hijo del señor que se encontraron de camino al establo de Pancracio. Se había suicidado y la noticia en el pueblo había caído como un mazazo. Hacía dos meses de esto y todavía estaban todos los vecinos conmocionados. No era difícil imaginar como se sentían los padres.

            —Pero Antonio, es normal que te impacte la noticia al ser una persona conocida, pero no te pongas en lo peor. No todos los que se han ido a Madrid se van a suicidar. ¿No sabes los motivos que le han llevado a ello?

            —Se comenta que algún problema con la custodia de los hijos. Tenía niño y niña, la parejita, y se había separado hace un año. Pero debía haber algo más. Todo son especulaciones —dijo Pancracio.

            —Pues Antonio es el rey de las especulaciones y la persona más aprensiva que conozco. Esa mezcla te ha afectado mucho, pero lo tuyo no tiene nada que ver, cari, te lo digo yo. No lo metas en el mismo saco. A no ser que se me esté escapando algo que no me hayas contado.

            —Efectivamente, no es posible la comparanza de un caso con otro porque vosotros no tenéis niños. A ver si nos hacéis abuelos de una vez, que al final se os va a ir el vino en catas. ¿No queréis o es que no valéis? —soltó, sin anestesia, Mariana.

Renata abrió los ojos y la boca a la vez, de par en par. Conocía a Mariana y sus maneras burdas, pero esa señora no dejaba de abochornarla.

—Mamá, parece que lo gozas poniendo a la gente en tensión, pero esto pasa de castaño oscuro. Por ahí no sigas. En cuanto a ti, Renata, ya te he dicho que hablaríamos largo y tendido, pero no ahora.

—¿Qué pasa hijo? ¿Qué no quieres que los padres nos enteremos de vuestras intimidades? Creo que somos los más indicados y los que más os podemos comprender y aconsejar.

—No lo dudo, mamá. Vamos a dejarlo aquí. Renata y yo vamos a dar un paseo a las eras de Robrellano. Volveremos para comer. A eso de las dos y media.

—¿Y por qué no vamos todos y pasamos el día en el campo? Podemos comer allí —preguntó Mariana.

—Por mí no hay problema —comentó Pancracio—. Lo único que me volveré antes porque después la noche cae sin avisar y tengo que dar otra vuelta a los animales y dejarles aviados.

—Pues mira tú. Para mí si hay problema. ¿Es que no puedo estar un rato a solas con mi marido? He venido con esa intención. He quedado con él en eso. Pero, casualmente, no paran de surgir eventualidades.

—Para una vez que venís. Lleváis diez años casados. Ya estáis bastante tiempo juntos.

—Que no, Mariana, que este viaje no ha sido por gusto. Lo del día de campo en otra ocasión. Mañana quizá.

—«Ayer me decías que hoy, hoy me dices que mañana y mañana me dirás que de lo hablado no hay nada». Seguro que mañana después de comer quieres salir corriendo.

—No es que quiera es que tengo seis horas largas hasta Madrid si todo se da bien, pero vale, puedo quedarme. No entro hasta el lunes por la tarde. Tendría que pegarme un madrugón porque, si no, me va a tocar conducir otra vez toda la noche. De momento ahora nos vamos los dos y no se hable más.

—Esperad, entonces, a que os haga algo de merienda. Lo preparo en un periquete. Se ha hecho tarde y no creo que os de tiempo volver a la hora de comer. Te digo yo, que por hache o por be, no vamos a poder disfrutar de la visita.

—Mamá, no te pongas pesada.

«Menudo disfrute me estás apretando, cabrona» dijo, entre dientes, Renata, mientas esbozaba una sonrisa hipócrita dirigida a su suegra.

Salieron por la puerta y enfilaron una senda empinada que salía a pocos metros. Esa zona a Antonio le gustaba mucho, en las faldas de la montaña, aunque no pudieron hablar hasta que llegaron a un llano, veinte minutos después, y recuperaron el resuello. Se sentaron en unas piedras que había en un extremo, junto a una oquedad. Un peñasco gigante les protegía del viento.

—No me digas que no es un entorno privilegiado.

—Antonio, no es la primera vez que venimos, pero parece que has redescubierto la frondosidad, el verdor y la naturaleza que rodea a tu pueblo. Esta zona es muy bonita. Recuerda que yo te lo decía, a mí no me tienes que convencer. Eras tú el que lo mantenías en el olvido y sólo venías cuando no quedaba otra.

Estuvieron un rato en silencio observando el paisaje en la lejanía. Se distinguían las cumbres, todavía con nieve, de Cabeza de Manzaneda. Luego bajaron la vista hacia el suelo herboso. Evitaban cruzar las miradas. Renata se estaba impacientando e iba a dirigirse a Antonio cuando este se le adelantó.

—Pues, si no te tengo que convencer, eso que llevo ganado.

—¿A qué te refieres?

—Renata, ¿tú te vendrías a vivir a Silván conmigo? —balbuceó nervioso.

Continuará…/…

jueves, 15 de febrero de 2024

CAPÍTULO 3 - SILVÁN

 

—¿Diga?

—¿Pancracio?

—Sí, soy yo ¿Quién es?

—Soy Renata, ¿Se puede poner Antonio?

—¡Hola, nuera! Qué alegría oír tu voz. Pues mira, te voy a ser sincero. No se puede poner porque está durmiendo como un leño. Me acabo de asomar a su habitación. Ha debido pasar mala noche, le he sentido varias veces entre sueños. Si te parece bien en cuanto despierte le digo que has llamado. ¿Qué ha pasado?

—¿No te lo ha contado él? Porque yo estoy totalmente off.


—Háblame en cristiano porque no me entero. Lo que te puedo decir es que llegó anoche pasadas las once. Nos quedamos sorprendidos porque no había avisado y nos dijo que estuviésemos tranquilos que se iba a quedar aquí una temporada pero que llegaba cansado del viaje y hoy nos daría los detalles. Así que cuando abra el ojo a ver que se trae entre manos. Espera, te paso a María, que quiere hablar contigo.

— Renata, guapa ¿Qué ha pasado? ¿Habéis reñido? Que ahora ya se sabe.

—Ya se sabe ¿qué?, Maria.

—Que tenéis poco aguante y en cuanto se tuerce un poco la cosa pegáis el zapatazo y os vais cada uno por vuestro lado.

—¿Te ha dicho eso Antonio? Porque entonces sabes más que yo.

—No me lo ha dicho, pero algo me he barruntado. ¿De qué va a presentarse aquí, así, entre semana, de repente? Si no venía nunca, por más que se lo rogábamos.

—Claro que choca. Por eso, si no te causa molestia, le dices cuando se despierte que me llame y que cargue o encienda de una puta vez el móvil.

—Hija, qué genio. Ya sabía yo que habíais tenido zapatiesta. Descuida que se lo haré saber.

Llamó a Pablo, el supervisor y le dijo que no iba a ir al trabajo, que le había surgido un imprevisto, que la perdonase por avisar con tan poca antelación. Pablo era la discreción personificada, tenía fama de seco, pero en esta ocasión lo agradeció. No indagó en los motivos y, como Renata era una trabajadora ejemplar, que no solía dar problemas, le dijo que avisaría a una sustituta.

            No tenía ánimos de nada ese día, estaba muy confusa y deseaba que Antonio la llamase de una vez y arrojara luz en la situación. Creía que no había secretos entre ellos, pero la espantada la pilló con el pie cambiado, la había dejado como sin sangre. Que se hubiese ido a Silván le parecía inverosímil y según iban pasando las horas su cabeza recreaba explicaciones pintorescas, increíbles. Tenía que hablar con él porque sino se iba a volver loca.

            Por fin la llamó. Sonó el teléfono casi a la hora de comer. Antonio hablaba entre murmullos, no vocalizaba y ella se asustó. Quería saber que le había pasado y porque había tomado la decisión de irse sin avisar. Según avanzaba la conversación Renata cayó en la cuenta de que se había tomado algún somnífero para dormir y todavía no estaba del todo en este mundo. En casa también lo hacía cuando avanzaba la madrugaba y no lograba conciliar el sueño. Por eso estaba como sonado y tardaba en reaccionar ante sus preguntas y su exigencia de aclaraciones.

            «La terapia con el psicólogo le había venido muy bien, le había hecho ver la realidad tal cual era». Eso le dijo. La ansiedad que de un tiempo a esta parte le concomía por dentro, la que le hacía saltar con desafuero ante cualquier ruido, ya no necesariamente estridente, sin mirar ni reparar, era producida, aparte de los acúfenos, porque su cabeza se iba a otro lado, odiaba Madrid y toda su algarabía.  De ahí el espectáculo que brindó al vecindario aquella madrugada infausta. No lo relacionaba en un principio, pero le cuadraba con todo lo que le estaba sacudiendo.       

     

—Vamos a ver, Antonio. Hace tiempo que padeces de acúfenos. Escuchas zumbidos o silbidos, aunque no haya ruidos externos. Hemos ido al otorrino y te lo ha explicado.

—También me ha dicho que debo evitar los ruidos potentes y estridentes.

—Y el alcohol, y eso no lo destierras.

—¿Me estás llamando borracho?

—No. Pero no me gusta que llegues tarde a cenar, como te ocurre últimamente.

—Me quedo un rato con amigos de la oficina, pero sólo tomo cerveza 0,0 tostada.

—Tostada la que traes encima, pero, bromas aparte, vamos a centrar el tema. Huir no va a solucionar nada, aunque te lo hayan aconsejado, porque es una solución momentánea, tienes que volver y entonces te costará todavía más aclimatarte de nuevo.

—Ahora vas a saber tú más que el psicólogo.

—Mira Antonio lo que sé es que no es de recibo que te vayas sin más, sin una conversación previa, sin una charla en que se contrasten opiniones, que llegue una noche a casa y me encuentre una nota, que no me cojas el teléfono. ¿Tanto te costaba decírmelo a la cara? Es acojonante la confianza que tienes con tu esposa.

—¿Me hubieses dejado? Hubieses puesto una y mil trabas como estás haciendo ahora. Quitas importancia a mis angustias vitales. Así es mejor. A toro pasado.

—Me estás dejando ojiplática. No te reconozco. El sábado voy para allá a pasar contigo el fin de semana. Tendremos tiempo de hablar largo y tendido.

—Aquí te espero, aunque te advierto que ya he pedido el mes y tengo decidido quedarme ese tiempo. Llevo apenas un día y me había olvidado de este silencio. He salido un rato alrededor de la casa a dar un paseo y mis pulmones se han llenado de aire puro, me he puesto a aspirar oxigeno como si se fuese a acabar.  Qué sensación más placentera.

—Madre mía, pasas de un extremo al otro. De no pisar el pueblo porque te asfixiabas, con sus reducidas dimensiones y sus cotilleos, a parecerte la octava maravilla.

—Mi decisión es firme, Renata. Ven el sábado si es tu gusto. Cuando pase el mes veremos. —Se le notaba nervioso pero tajante en la voz y, en ese momento, colgó.

«Ni se despide, tócate los pies». Decide ir, a pesar del desapego mostrado por Antonio. Estaba dispuesta a permanecer sola durante el mes, podía estudiar un plan alternativo para las vacaciones de ese año. Irse con alguna amiga. Con sus padres no le apetecía, un mes entero le resultaría agotador, sobre todo por su madre que era muy controladora y fisgona. Le preguntaría por los motivos, sacaría de mentira verdad como le gustaba jactarse a ella. Vacaciones para estresarse, definitivamente no.

Transigiría si era por su bien, si los especialistas se lo habían aconsejado, pero sintió que había algo más. Había percibido en las palabras, pero, sobre todo, en los silencios de Antonio, un poso de amargura, que incluso podía ser una banalización, como si su relación careciese de importancia. Tenía cuatro días por delante en los que daría muchas vueltas, pero el sábado iría. Necesitaba aclarar si se trataba sólo del estado anímico de Antonio o algo más recóndito. Si se trababa de lo primero tendría que apoyarle, pero le producía desazón pensar que se tratase de lo segundo. Quería que quedase todo aclarado y zanjado tras su visita, para bien o para mal.

Los runrunes le acometieron durante la semana. Antonio había vuelto a cogerle el móvil, pero la despachaba rápido. Nunca había sido muy locuaz, pero sí de grata conversación y siempre la obsequiaba con algún piropo, chascarrillo o salida ocurrente, que la hacía sonreír, e incluso reír a mandíbula batiente. Su laconismo la hacía decantarse por una crisis en su relación. Otras veces se fustigaba por tener esos pensamientos y se decía que todo podía deberse a su melancolía, a una incipiente depresión. Estaba hecha un lío.

—Joder —dijo Sabas—. Esto ya pasa de castaño oscuro ¿Os habéis apuntado al ayuno impertinente? Porque ya es el tercer día con la misma excusa y canta un poco.

—Se dice intermitente —puntualizó Benigno— sin poder evitar una carcajada.

—Se de sobra como se dice. A ver si aprendes a coger las coñas, compañero.

—Simplemente vamos a estar unos días a plan, sin merendar y andando durante ese rato. Últimamente la báscula se ha ensañado con nosotras —comentó Natalia—. Cada día una probatura nueva. Que si tiramisú, que si bizcochos. Esto de tener compañeras tan buenas reposteras ha hecho que los cuerpos se expandan. Tenemos que tomar medidas.

—No seas exagerada, cari. Tú si que estás como un bollito, rica, rica.  

—Mira que zalamero. Veniros si queréis. Pero no, como sois unos zampabollos no podéis pasar un día sin merienda.

—Paulina, te voy a dejar las cosas meridianas. Soy un hombre beligerante, me apunto a todas las reivindicaciones, movilizaciones y broncas en defensa de los derechos de los trabajadores, pero ya se lo dije al secretario del sindicado: podéis contar conmigo para casi todo, pero huelga de hambre no, porque me sería imposible secundarla. Sin merendar no me quedo porque a la media hora pego tarascadas al aire como los perros cuando ven una mosca. Así que aquí os esperamos, andarinas.

Renata deseaba desahogarse, hablar con sus compañeras del asunto que le corroía las entrañas y la tenía hecha un mar de dudas. Natalia tuvo la idea porque sino era en ese hueco no podían hablar tranquilas y para quitarse a los dos moscones sedentarios nada mejor que hacerles andar y dejarles sin comer.

Agradeció Renata la complicidad de sus compañeras en una semana que se le iba a hacer larga, en la que los nervios le acometían desde que leyó la nota y se acrecentaban tras las conversaciones que iba manteniendo con su marido. A ellas les extrañó que no hubiese notado nada con anterioridad.

—A ver, ahora lo piensas y atas cabos. Esto pudo ser por tal o por cual, pero entonces ni se me hubiese ocurrido. Está claro que llevaba unos meses crispado, que los ruidos estridentes le hacían perder las formas. A veces lo pagaba conmigo, supongo que también con sus compañeros. Le convencí de que empezase una terapia con un psicólogo en paralelo con el otorrino, me contaba que estaba mejorando. Me alegró mucho oírle decir eso.

—Lo de que saliese corriendo sin avisar no me cuadra, a no ser que Antonio sea de esas personas que le dan revoleras —opinó Paulina—. Porque si es así, tenías que esperar cualquier reacción y veo que no es el caso.

—Es un gilipollas, no lo deis más vueltas. Mándalo a la mierda. Yo creo que se ha pegado un buen revolcón con otra, esa es la impresión que me da y se ha inventado la pamema de los ruidos y de los tratamientos porque no se atreve a decirte que está encoñado.

—¿Cómo puedes ser tan basta, Natalia?

—Me han pedido una opinión como amiga y la doy. No voy a andarme por las ramas, creo que tenemos suficiente confianza.

—No me importa, Paulina, puede que Natalia tenga razón, pero sólo en parte. Lo de los ruidos no se lo ha inventado porque no veas el espectáculo que montó una madrugada, qué bochorno me hizo pasar, no era capaz de que volviese a su ser.

—¿Y no podía ser una sobreactuación? ¿Pregunto? Te enteras de cada caso hoy día…

—No me fastidies, Nata, el que te haya ido regulinchi en tu matrimonio te impulsa a hacerlo extrapolable a todos los demás. Sería lo último que esperaría de Antonio.

—Pues mira, me parece bien que vayas a verle el sábado, pero no te andes con florituras, vete por derecho, sin circunloquios, que no tenga escapatoria ese cabronazo.

—Quizá sea buena táctica, pero ¿y si es verdad lo de sus angustias y lo termino de hundir?

—Que no está zumbao, que es más listo de lo que crees. Desconfía de las mosquitas muertas. En fin, tu misma.

El viernes en el trabajo fue un día raro para Renata. Hecha un manojo de nervios y en su mente girando el monotema. Se le hizo eterno. Para colmo libraban Natalia y Paulina y no pudo desfogarse con nadie. Cuando salió se fue para casa. Quería dormir unas horas antes de partir, pero le fue imposible conciliar el sueño. Así que decidió ponerse en ruta. Cuanto antes saliese antes llegaría. Bajó al garaje y cogió el coche. Tenían dos plazas de aparcamiento, una en propiedad y otra alquilada. Pasó la noche en la carretera. A Las cinco llegó a Benavente. A la Bañeza sobre las seis y media. Allí paró en una estación de servicio para tomarse un café bien cargado y un par de magdalenas.

 Al fin enfiló los últimos veinte kilómetros de una carretera estrecha y sinuosa, aunque recientemente asfaltada. Flanqueada de castaños y con hierba en los hipotéticos arcenes. Se distinguían muros de piedra sin argamasa que delimitaban los prados. Serían las ocho de la mañana, ya amaneciendo, cuando divisó la espadaña de una pequeña iglesia y, entre los cerros, algunas casas dispersas. Doscientos metros después apareció el cartel con el nombre de la población y al lado otro explicativo: «Bienvenidos a Silván, en la comarca de la Cabrera Baja».

Frenó de golpe ante el siguiente anuncio publicitario y abrió los ojos de par en par. Su texto sobreimpresionado la descuadró, además de por lo zafio, porque no concordaba con las imágenes promocionales que aparecían en él. No era un grafiti, las letras estaban perfectamente integradas en medio de la foto de una amazona sonriente y una chica rubia con ropa deportiva subida en una bici: «Putas a caballo. Putas en bicicleta». Se bajó del coche extrañada y se acercó. La humedad del ambiente y el relente mañanero la hicieron tiritar. Tras unos minutos, examinándolo detenidamente, descubrió el pastel. Algún cachondo se había tomado la molestia de borrar las rayas oblicuas de la derecha de las erres que pasaron a ser pes. El texto original era: «Rutas a caballo. Rutas en bicicleta». Soltó una risotada que le vino muy bien para sacar afuera parte de la tensión acumulada durante el viaje y despabilarse.

Volvió a subir al coche para dirigirse a la casa de sus suegros. Respiró hondo durante el breve trayecto y detuvo el vehículo en una pequeña explanación que había delante. Una casa de piedra, con tejado de pizarra a dos aguas y una chimenea que humeaba en ese momento. Paró el motor, echó el freno de mano y en ese momento se abrió la puerta de la casa.

Continuará .../...