lunes, 15 de junio de 2020

A LA SOMBRA DE LOS PINOS


¡Qué Tiritona! Cada vez que rememoro aquel día —aquella noche, sería más preciso decir—, se me eriza la piel, me quedo como destemplado durante un rato. Mi padre lo saca a colación de vez en cuando, se pone socarrón, empalagoso, cree que hace gracia, como si a él no le hubiera hecho mella, pero se reía poco cuando tuvo que acudir a la parroquia, sudoroso, entre jadeos entrecortados, para pedir que tocaran a niño perdido.

Sería el mes de noviembre de hace un buen manojo de años. Hacía una tarde soleada. Justo después de comer apareció mi tío por casa. Había terminado pronto su labor ese día y había quedado con mi padre. Dijeron que por qué no me iba con ellos al pinar a coger níscalos. Yo, deseandito, con tal de estar fuera de casa. Mi madre puso alguna objeción. «A ver si se cae y se da un mal golpe que este crío no ve el peligro, va siempre como cabra sin cencerro. Las piedras están resbaladizas en la otoñada». «No va solo, no te preocupes, le echaremos un ojo. Además, ya está hecho un zagal», dijo mi tío.
Mientras ellos andaban en conversaciones, ya estaba yo en la puerta con la cesta y la navaja en la mano. Nos metimos en la furgoneta, salimos de la población, circulamos unos kilómetros por la carretera hasta que, tras una curva pronunciada a la izquierda, la abandonamos para coger un camino que salía hacia la derecha. Era estrecho, empinado, moteado de piedras, con grietas producidas por las torrenteras de agua y flanqueado por pinos piñoneros. Al fin llegamos a un claro donde dejamos el vehículo.  Nos separamos, uno de otro, a cuatro o cinco metros de distancia, cada cual con sus pertrechos y nos dispusimos a rastrear en busca del preciado hongo.

Había llovido bastante el último mes, la maleza estaba tupida. En algunas zonas costaba abrirse paso entre las jaras. Sentí bajo mis pies el terreno mullido y alfombrado de jauga. Me puse a la tarea. Al poco me topé con un corro de alcahuetas (setas no comestibles conocidas con ese nombre porque su presencia suele denotar cercanía de níscalos). Estos acostumbran a estar tapados por lo que hay que estar ojo avizor a los bultos que presenta el suelo y poseer cierta pericia escarbando primero con un palo, después con los dedos, con sumo cuidado, cuando tenemos sospechas fundadas.  Encontré unos pocos terciados. Eso me animó e inconscientemente me fui alejando sin tomar referencias, lo que suele resultar arriesgado en el bosque. Seguí con el pensamiento único en mi cabeza, rastreando para intentar completar la cesta y mostrarla ufano.
Me fui distanciando del punto de partida ensimismado con la tarea. Un retazo de intranquilidad cruzó mi mente, levanté la vista del suelo. No tenía seguridad del lugar donde me encontraba. «Ningún problema», pensé. «Volviendo sobre mis pasos llegaré al punto de partida». Y así lo hice. Poco tiempo después, oí ruido de agua correr. Era un arroyuelo que bajaba de la montaña. Este imprevisto no entraba en mis planes. Si a la ida no había franqueado ninguna corriente de agua, cómo es que ahora aparecía en mi camino de vuelta. Esto me produjo bajón e incertidumbre. Me detuve a discurrir la decisión a tomar: Seguir hacia donde me dictaba la orientación, que con el avistamiento del arroyo se demostró errónea o darme la vuelta sin saber hacia dónde dirigía mis pasos. A lo mejor, con un poco de suerte daba con mis acompañantes. En ambos casos no tenía ninguna certeza. Estaba claro que me había perdido. Una tercera opción, quizás la más acertada, hubiera sido no moverme del sitio, pero no la baraje en ese momento.

Comencé a llamar a mis compañeros de aventura, primero con silbidos, luego a voces, finalmente con gritos desesperados, pero no obtuve respuesta y lo peor de todo es que estaba anocheciendo, así que decidí subir ladera arriba para ver si desde las alturas, divisaba terreno conocido, la furgoneta o algún camino o carretera hacia los que encaminar mis pasos. El terreno era abrupto, la vegetación espesa, lo que dificultaba la ascensión. Dejé la cesta a medio llenar junto a un pino por si la veían al pasar y les daba pistas de mi paradero, pero también porque era un inconveniente añadido a mis pretensiones de subida por los estrechos e intrincados vericuetos del monte.
Al saltar de una piedra a otra resbalé —la que había de servirme de aterrizaje tenía musgo húmedo en su superficie—, caí de bruces desde lo alto y rodé entre piñotas y matojos hasta que un tronco me detuvo. Sentía el cuerpo dolorido, diferentes magulladuras, pero lo que realmente me hizo apretar los dientes, gritar y resoplar fue la torcedura del tobillo. No sabía si estaba roto. En pocos minutos lo tenía como una bota. Resultó costoso incorporarme, así que andar ni por asomo. Lo único que se me ocurrió es volver a gritar, a ver si con un poco de suerte me escuchaba alguien y venía a rescatarme.
Cuando agoté la potencia de mis cuerdas vocales la oscuridad era completa. Me hice a la idea de que tendría que pasar la noche al raso. Anduve un trecho a la pata coja, cuando me fallaron las fuerzas me arrastré unos metros hasta llegar a la base de la piedra en la que me había resbalado. Había observado que tenía una oquedad no muy grande pero que podía servir para protegerme del relente. Me embutí semiincorporado, boca arriba. Subí la cremallera de la coreana, cerré la capucha para proteger la cabeza.  Me dispuse a pasar allí la noche.
Tras la puesta de sol los ruidos de bichos se hicieron notar y se fueron multiplicando durante el crepúsculo. Lo mismo ocurrió con las sombras. Estaba bastante asustado. Se oía el ulular de las aves nocturnas, pero también sonidos en el follaje cercano, lo que apuntaba la presencia de animales en la zona. Empezaron a oírse aullidos, de lo que me parecieron lobos, en la lejanía. Me cagué de miedo. La noche se me iba a hacer eterna si es que lograba salir con vida de aquella, por el frío y por las alimañas que se barruntaban por los contornos. Me vinieron a la mente, en esa coyuntura, imágenes de familia y amigos. Recordé la premonición de mi madre. Todo hacía indicar que mi suerte estaba echada.
Había leído en más de una ocasión que lo peor en estos casos es quedarse dormido, así que centré mis esfuerzos en que no me venciera el sueño. La verdad es que no fue difícil por los temores antedichos. En casos de alta montaña supongo que será más complicado ya que, por lo que tengo oído, la nieve y el hielo te inducen a una inevitable y dulce somnolencia. No sabía la hora que era ni el tiempo que llevaba extraviado, pero puedo asegurar que se me estaba haciendo eterno.
Un desánimo angustioso me carcomía. Cuando más aterido estaba percibí un reflejo en el valle. Esa imagen creó en mí un germen de esperanza, hizo que tensase los músculos y mantuviese ojos y oídos alerta durante unos instantes. ¿Empezaba a ver alucinaciones? Lo que me faltaba. Pero no. Al momento empecé a divisar luces temblonas a lo lejos, podían ser linternas. La duda se disipó cuando llegaron a mis oídos murmullos de gentío que se fueron haciendo cada vez más patentes. Acudían en mi auxilio. Mi padre debió acercarse a pedir ayuda al pueblo al ver que no era capaz de localizarme.

Traté de gritar, pero mi garganta estaba hecha unos zorros y emitió unos gañidos imperceptibles a medio metro. Entonces se me ocurrió coger un canto y arrojarlo contra la roca inmensa que me servía de protección. A continuación, otro. En la quietud de la noche sonaron como disparos. Al instante se oyó una voz: «Ha sido por ahí». Lancé otra piedra para orientarles. En dos minutos estaban delante de mí, con sus haces de luz, cuatro paisanos a los que reconocí. «Pielero, vaya susto que nos has dado». Me cogieron en volandas y me trasladaron al claro donde habíamos dejado horas antes la furgoneta. Ahora había ocho o diez coches más. Mi padre y mi tío se acercaron haciendo pucheros. «Gracias a Dios. ¿Dónde te habías metido?» Mi vecino Daniel cortó la conversación, me envolvió con una manta. Nos conminó a dirigirnos al pueblo para dar la buena nueva, que el chico se tome algo caliente, recupere la presencia de ánimo y, bajo techo y en familia, dé las explicaciones oportunas. «Habrá que avisar al practicante porque ese tobillo tiene mala pinta».
«Estaría yo loco», replicó mi padre. «Si vas a despertarle a estas horas te puede formar un espectáculo de pronóstico. Menudo pronto tiene el amigo. Que le dé unas friegas con linimento mi mujer y mañana, al ser de día, le avisamos a ver si puede hacerle una compostura».

martes, 21 de abril de 2020

MORIRÁS ENTRE ESTERTORES


—¡Por favor, que alguien me ayude, mi abuela no me deja salir! —grita Martina hacia la calle, agarrada a la barandilla de la terraza—. Quiero ir al parque.
—Pero niña, ¡Qué tonterías dices! ¡Métete para dentro!
—¡Policía! Me tienen secuestrada —sigue gritando mientras Gregoria se la lleva al salón casi a rastras.
—¡Qué bochorno! —murmura entre dientes la abuela.

Gregoria lleva tres semanas al cuidado de sus nietos y está hasta el gorro. A su hija se lo dejó claro desde el primer momento. Le pidieron que los llevara al parque porque había quedado para comer. Era la tercera vez en quince días. «Hija, ya os crie a vosotros y entonces era joven. Si necesitas una ayuda puntual no dudes en decírmelo, pero todos los días no. Os tenéis que turnar entre vosotros y si, por necesidades del trabajo, no lo podéis compaginar, buscad a alguien».
No lo encajó bien Marisol, se llevó un chasco, pensaba que su madre estaría dispuesta a sacrificarse por ella y sus nietos. La relación se tensó durante unos meses, pero poco a poco las cosas volvieron a la normalidad. Lo que pasa es que ahora era un caso de fuerza mayor. Su hija y su yerno trabajan en el hospital 12 de Octubre como enfermeros y debido al coronavirus de las narices doblan turnos. Además, decidieron, junto con otros compañeros, alojarse en un hotel cercano para evitar contagios a sus seres queridos. Los ven mediante una videoconferencia diaria, gracias a su nieto, que ella de esas cosas no entiende. Tras veinte días estaba al límite.
Lleva casi un mes sin ver a Nicolás, su mejor amigo en el Centro de la tercera edad. Bueno, más que amigos, son novios, pero sólo pasarle esa palabra por la mente se muere de vergüenza, se pone como la grana. Coincidieron en el grupo de teatro. Al principio se mostró arisca con él, le parecía un sabihondo que todo lo rebatía y no daba nunca su brazo a torcer. Así que cuando notó que se dirigía a ella con frecuencia, intentando hacerse el simpático y comenzó a mosconear, saltaron todas las alarmas. Le ponía malas caras y miradas recelosas. 
Cierra la puerta de la terraza y echa el cerrojillo superior para que no vuelvan a salir. Martina, de cinco años y Samuel, de nueve, se quedan en el salón mientras se dirige a la cocina a prepararles la merienda. Jamón York y yogurt, luego rematarán con una chocolatina. Aunque, en principio, dice que no, siempre claudica ante los morritos de Martina, la farandulera. A pesar de que es bastante trasto y la cansa mucho, reconoce que se lo pasa bien con ella. Se viste y se desviste cincuenta veces, de hada madrina, de princesa, de animalitos variados… será por disfraces. La ayuda a preparar teatrillos con materiales caseros y hace de público agradecido. También le gustan los rompecabezas y los puzles. Suele estar entretenida salvo cuando se le cruzan los cables o le sale la vena interpretativa y la pone en un compromiso.
Samuel, sin embargo, le preocupa más. Siempre enganchado al chisme ese diabólico y pegando tiros a diestro y siniestro. Su hija lo quita importancia, dice que está en la época de los videojuegos. Para que no les resulte traumático, en vez de sangre, salen estallidos de colores, como si fuera confeti. Y añade que ese juego los enseña a trabajar en equipo. A ella no le parece educativo, pero tiene que tragar, no son sus hijos. Encima, como juegan todos sus amigos a la vez y no se podía conectar, le formó un espectáculo sin que ella tuviera nada que ver. Están hartos de todo, su madre le compró por internet la última versión de la consola o como se llame, «para que todos los juegos vengan actualizados y pueda interactuar».
Así llama ella a estar una hora disparando, tirando bombas y voceando brutalidades: «¡morirás entre estertores, hijo de satanás!».
Se hace cruces, pero Marisol todo lo apaña con que ella es demasiado mayor para entender a los niños de ahora. El caso es que cuando no está liado con el aparato es retraído y no habla por no ofender. Pasa de un extremo al otro.
¡Ay, su Nicolás! Seguro que él sabría cómo solucionar estos desaguisados, igual que supo conquistarle a ella, el muy ladino. A pesar de los desaires iniciales fue ganando poco a poco su confianza, hasta que la engatusó. La verdad es que es tan galante y detallista, que da gusto con él.  La idea inicial tan negativa que tenía se fue desdibujando. Buen conversador y resolutivo cuando le pedía algún consejo. Ahora lo añora. Pero cualquiera les propone a sus hijos que si puede venir a visitarla en plena pandemia, con lo mal que les cae. «Mamá, tú no estás ya en edad de relaciones, ese viejo loco nada más que quiere tu dinero» «¡Qué novedad! ¿Y qué queréis vosotros?», les contesta irritada. Su marido le dejó una buena pensión, un par de pisos y el chalé del pueblo. Todo se lo gestionan ellos. Era jubilado de telefónica. Tenía un buen puesto. Con Nicolás habla todos los días, está deseando verlo. Ha vuelto a sentir cosquillas en el ombligo y se le aceleran los latidos. Pero es su secreto ¡Cualquiera se lo suelta a los herederos! Más vale que se escandalizaran del comportamiento de sus hijos y la dejasen vivir su vida.
La compra se la traen los de la tienda del barrio, son muy amables. Hacen la lista y Marisol los llama para que lo preparen todo. Cuando cierran, a eso de las dos y media, se pasan por casa y lo suben. Se lo dejan en la puerta por precaución y llaman al timbre para que sepa que lo tiene allí. Después su hija se encarga de pagarlo por el móvil, eso ya no está a su alcance. El primer día le trajeron dos mascarillas y unos cuantos pares de guantes, todo un detalle. 
Después de acostar a Martina se pone a ver la tele. Han vuelto a ampliar el estado de alarma. El presidente comunica que en unos días van a poder salir con los niños para que se desfoguen, pero todavía no explica los horarios ni de qué manera. Solo de pensar en Martina cuando tenga campo abierto se le pone la piel de gallina. Ya no está para carreras.
A esas horas le entra el sopor de todo el día trajinando, se queda traspuesta un par de veces y decide irse a dormir. Antes pasa por la habitación de Samuel a echar un vistazo. Hay días que ha caído y otros que está liado con el fornai ese, o como diantres se llame. Por muy terco que se ponga no consiente que se quede enganchado a esas horas, pero cada vez se le hace más cuesta arriba. ¡Son nueve años! Qué va a dejar para cuando tenga quince. Lo malo es que lloriquea a sus papás y encima sacan la cara por él ¡Adónde vamos a llegar!
A la mañana siguiente llamó su yerno. Gregoria se alarmó, pues siempre era su hija la que lo hacía. Después, en la videollamada de la tarde, ya participaban todos. Le informó que Marisol estaba ingresada en el hospital. Se había contagiado del maldito virus. Pidió que le hicieran la prueba porque empezaba a tener síntomas y había dado positivo. No estaba en la UCI, la cosa no era tan grave, pero había que estar al tanto para ver como evolucionaba. Había casos y casos. Ella se puso a llorar. Ángel la tranquilizó. «No hay que alarmarse. Usted siga como hasta ahora, haciéndose cargo de los niños, se que es duro.  Yo llamaré todos los días para informaros lo que me vayan contando los compañeros. En mejores manos no puede estar. Lo de vernos sigue estando complicado mientras no mejore la situación».
No pudo pegar ojo. Se le venían a la mente los peores augurios, mezclados con unas pesadillas rarísimas. Se levantó entre noche, puso la televisión, pero nada más que había músicas extrañas, videntes y venta de productos de todo tipo. Eso no la entretuvo y siguió dándole vueltas a la cabeza. Sola, encerrada con los críos tanto tiempo y lo que quedaba. Y ahora lo de Marisol. Estaba superada, entre la angustia y el agotamiento.
En cuanto empezó a clarear llamó a Nicolás para buscar alivio en su conversación, porque estaba echa un manojo de nervios. «Grego, cariño, cómo madrugas, me has pillado en el baño, con las legañas puestas. ¿Ha pasado algo?» Ella se puso a sollozar, no era capaz de articular palabra. Nicolás le intentó calmar. Su tono era suave e inspiraba ternura. Cuando al fin se sobrepuso un poco, le explicó la situación. No podía seguir así mucho tiempo, agotada por la responsabilidad del cuidado de sus nietos y con la preocupación por el estado de su hija. Ya habían fallecido bastantes sanitarios. «¿Quieres que vaya a echarte una mano?», tras unos segundos de silencio añadió: «es broma, mujer, pues ¡no está la cosa seria! y los viejos somos los primeros que estamos abriendo el desfile». Estuvieron casi una hora de charla. Nicolás la tranquilizó y le dio ánimos a su manera, alternando chascarrillos e historietas con los asuntos peliagudos. Cuando colgó, bastante más tranquila, fue a despertar a sus nietos.
A media mañana llamaron al portero. Era Nicolás.
—Pero ¿qué haces tú, aquí? ¿Quieres subir?
—Ya he subido y he bajado. Te he dejado la compra apoyada en la puerta. Me he pasado por la tienda. Cómo me dijiste que habías encargado algo, así lo recibes antes.
—Me dejas pasmada ¿Por qué te has molestado? Podías habérmelo dicho y habernos saludado guardando la distancia.
—Quita, quita, que está la cosa sería y además ese tipo de saludo, al menos para mí, es quedarse con la miel en los labios. Bueno, me vuelvo a casa que es dónde debemos estar todos.
Cuando abrió la puerta un ramo de flores cayó a sus pies. Lo dejó encima de la mesa del salón mientras colocaba las cosas. A continuación, puso las flores en un jarrón y abrió la tarjeta: «Grego, te quiero mucho. Tengo muchísimas ganas de estar contigo, de abrazarte, de acariciar tu pelo, de buscar la complicidad de tu mirada. Una corazonada me dice que eso va a ocurrir muy pronto, pero mientras tanto tienes que sacar fuerzas de flaqueza. Todo va a salir bien. Siempre has sido una luchadora y lo vas a conseguir. Tu enamorado, Nicolás». «¡Qué cosas tiene este hombre!», dijo en voz alta poniéndose colorada. Sonaba bien lo de enamorado, un poco cursi, quizá, pero había conseguido su objetivo. Se sentía pletórica después de la sorpresa de su pretendiente, como se decía en su juventud y, tras esta perorata interior, se sorprendió frente al espejo con una amplia sonrisa en el semblante.
Marisol tenía altibajos en la evolución de la enfermedad, pero las noticias que le transmitía Ángel últimamente eran alentadoras. Había estado a punto de ingresar en la UCI días atrás, pero la mejoría de la última semana era imparable. Desde anteayer ya se ponía al teléfono un ratito y hoy habían quedado en hacer una videoconferencia con los peques, todos juntos.
Tras la típica conversación insustancial y el cariñoso reencuentro virtual de Martina y Samuel con su madre, Gregoria les sorprendió a todos: «Ahora que parece que ya vas saliendo del pozo, aprovecho para daros una noticia. A lo mejor no lo entendéis y pensáis que estoy perturbada, pero está muy meditada y no hay marcha atrás. En cuanto toda esta pandemia pase y volvamos a la normalidad estáis invitados a mi boda. Me caso con Nicolás».

sábado, 4 de abril de 2020

CORONAVIRUS A OSCURAS


Hogar, dulce hogar. Llega a casa con Ulena, introduce las llaves a la primera. Tras la reforma ya se está familiarizando con las distancias y las referencias, pero le está costando. Cuando abre la puerta el olor a barniz del parqué asciende hasta las fosas nasales. El día ha sido complicado. Un patinete por poco los lleva por delante y un bolardo casi lo capa. Después de unas sentadillas resoplando y apretando dientes al subir y al bajar, el dolor disminuyó y ha podido seguir la marcha. En el metro, un viajero le pisó el rabo a Ulena, que lanzó un aullido lastimero. La gente se alborotó, se fue a la otra punta del vagón y casi provocan una estampida.

En el trabajo ni fu ni fa, nada que destacar. Bueno sí, Estrella sigue apareciendo de vez en cuando para darle conversación, le trae café, se ofrece a llevar los informes a la bandeja del correo… Tanta amabilidad le escama, aunque en el fondo reconoce que esos ratitos lo estimulan, rompen la monotonía laboral. Además, esa chica tiene algo especial, una complicidad crece entre ellos día a día, pero le da miedo que pase de ahí. No es lástima lo que le transmite como la mayoría de los compañeros y conocidos, pero no está preparado para nuevas relaciones ni lo va a estar nunca. Así que, cuando ella le lanza insinuaciones veladas, o la charla, entre bromas y veras, toma derroteros que transcienden la amistad, se tensa, se muestra cortante, antipático. Ella sale de escena resignada. Echa de menos a Elisa, su único amor verdadero, han sido tantos años.
Está agotado, se tumba en el sofá, recoge las manos bajo la nuca y entrecruza los dedos ¿cierra los ojos? Pues sí, los cierra, hasta ahora no había pensado en ello, pero es un gesto instintivo que ha realizado durante mucho tiempo, aunque ya de igual. Su mente lo traslada a Cedillo, el pueblo de Elisa. Recuerda aquellos días que pasaban en verano. Para soportar mejor las horas de calor iban a la piscina, aunque Victoriano, su suegro, les reprendía «¿Cómo se os ocurre salir con toda la flamaza? si a esta hora no hay quien pare por las calles. ¿Para poneros a remojo? Ya os doy yo un manguerazo en el patio y no tenéis necesidad». Más tarde, después de cenar, iban a pasear por los alrededores, el sol se había puesto hacía rato y había refrescado un poco. Les gustaba alejarse y contemplar las luces de la población desde la lejanía y el techo de estrellas sobre sus cabezas.  Rompían el silencio los grillos y el sonido de las aves nocturnas. Se miraban a los ojos, se abrazaban y empezaban a besarse poco a poco. En alguna ocasión el arrebato amoroso subía de tono, eran incapaces de refrenar los impulsos, se echaban tras una linde y hacían el amor. Era maravilloso. Cuando volvían agarrados de la mano por el camino, Elisa le decía que eran un par de insensatos, que si llegase a pasar alguien le hubiera ido con el cuento a sus padres. Daniel la contestaba que no estaban cometiendo ningún delito y que el amor y el dinero son difíciles de mantener ocultos.
Una de estas noches salió al patio para mear antes de acostarse, Victoriano fue tras él y cuando se estaba aliviando le dijo:
—Daniel, majo, te lo voy a decir una vez sola. La próxima ocasión que quieras revolcarte con mi hija tendrá que ser después de pasar por el altar; así ha sido siempre y así va a seguir siendo en mi familia si quieres tener tratos con ella.
Se quedó como sin sangre, acalorado y con los ojos fuera de las órbitas.
—¿Cómo ha sabido…?
—Soy casi analfabeto, pero no tonto. Sacúdete mejor la ropa, zangolotino.
Se ha quedado traspuesto y ahora le vienen otras imágenes muy distintas, las del día del accidente. «Estaban en casa haciendo las maletas para pasar unos días en Cullera. Marina llevaba su trolley rojo, el que compraron en Disneyland París». Le escuecen los ojos, se despierta bañado en sudor. A pesar de las terapias y del tiempo transcurrido el desánimo le puede, cree que no lo va a superar nunca.
Se levanta, se refresca la cara y echa un vistazo al móvil. Se le hace raro comprobar que tiene veinticuatro mensajes pendientes del grupo de trabajo. Los abre y, siguiendo el hilo de la conversación de los compañeros, deduce que han mandado un correo electrónico de la gerencia comunicando que el presidente del gobierno ha declarado el estado de alarma y hasta nueva orden no tienen que volver por la oficina. Se empezaba a sospechar algo por la evolución de los acontecimientos en la última semana, pero lo de quedarse en casa le ha sorprendido. En su caso lleva un año teletrabajando dos días a la semana, pero necesitaría varias cosas que tiene en el despacho. En fin, ya les informarían de cómo tenían que desarrollar la tarea. Su antiguo jefe le quiso echar a la calle en cuanto le hablaron de adaptar su puesto de trabajo y comprarle un ordenador especial ante su nueva circunstancia, pero los sindicatos se portaron fenomenal. Denunciaron ante inspección de trabajo y tuvo que claudicar. En los últimos tiempos, habían llegado nuevos vientos a la oficina, más tolerantes; se había convertido en una empresa pionera en la implantación de nuevas tecnologías y métodos de trabajo virtuales.
Por la noche puso la tele. El presidente se dirigía a la nación transmitiendo las nuevas normas que debían acatar los ciudadanos. En su caso le dejaban sacar a Ulena dos veces al día, pero el tiempo imprescindible para que hiciera sus necesidades. Hablaba de sanciones, de infectados, de muertos, de picos y de curvas. El problema era más serio de lo que algunos habían creído en un principio. La OMS había declarado pandemia mundial. En ese momento sonó su móvil, era Estrella. Le chocó, solían comunicarse por wasap.
Le dijo que le llamaba por lo del estado de alarma. Que si necesitaba ayuda ella le podía hacer la compra o llegarse hasta la farmacia a por medicinas. Aunque no dejaban alejarse de la zona de residencia de cada uno, podía pedir un salvoconducto, porque habían dicho en la tele que en casos excepcionales estaba contemplado. Lo que estaba oyendo le enfadó mucho. Era ciego, pero eso no significaba que no se pudiera valer por sí mismo; ya había superado esa etapa de pánico a salir de casa y con Ulena se manejaba perfectamente. Le dijo que, si sentía compasión por él, se podía ir al carajo y, fuera de sí, colgó. Le hervía la sangre. Se fue apaciguando poco a poco, la respiración recuperó su ritmo habitual. Al rato se dio cuenta de que había perdido los estribos sin ton ni son. Estrella le quería ayudar de verás, le caía bien y un rato en su compañía o de conversación le habría venido fenomenal. Pero con ese pronto, la había cagado. Como decía su suegro: «Hay que pensárselo mucho antes de desembuchar porque las palabras no se pueden recoger». Acababa de cortar toda comunicación con el exterior e iba a pasar la cuarentena sólo y sin nadie a quien acudir para desahogarse o aliviar sus preocupaciones en los días del encierro.
Tomó una pastilla para intentar descansar porque la cabeza le bullía y tenía claro que no iba a dormir si no se dopaba. A pesar de ello se despertó a cada rato y volvieron a reproducírsele las imágenes del fatídico día. «Elisa situó a Marina detrás del asiento del conductor, en su silla con anclajes Isofix, y se sentó en el asiento del copiloto. Siempre que hacían un viaje largo, fuera de los desplazamientos cotidianos, se iban relevando. Daniel haría el primer tramo de unos ciento cincuenta kilómetros, hasta que parasen a desayunar. Cuando arrancó chispeaba un poco, fue arreciando y, al incorporarse a la A-3, la lluvia era torrencial. Tendría que ir con cuidado. A pesar de que no era un loco del volante, con la calzada mojada y la visibilidad reducida, habría que extremar la precaución».
Ocupó los dos días siguientes con el teletrabajo, el grupo de wasap, Internet, la radio y la tele. Entretenimientos pasivos. No le apetecía hacer ejercicio. Salía con Ulena dos veces al día, daban una vuelta a la manzana, eso era todo. Recordó cien veces la salida de tono que tuvo con Estrella, estuvo tentado de llamarla, pero no se atrevió, era un cobarde. Para comprar bajaba a la tienda de la esquina, había que potenciar el comercio de barrio, aunque también hizo una compra de productos menos habituales, que se le iban acabando, en un supermercado. La realizó a través de la web y aunque la lista de espera, debido a la cuarentena, era de diez días, al estar en uno de los colectivos que el real decreto había incluido como desfavorecidos, se la trajeron al día siguiente.
Las noches eran muy jodidas, se empastillaba para que no aparecieran de nuevo las imágenes de la hecatombe, de la desgracia que cambió su vida para siempre. «Cuando iban por el kilómetro cien, a la altura de Saelices (siempre que pasaba por allí recordaba que se habían desviado varias veces para visitar las ruinas romanas de Segóbriga), de repente, entre las escobillas del parabrisas y el aguacero reinante, apareció un objeto que surcaba los aires y se dirigía hacia ellos a gran velocidad. ¿No pudo hacer nada por esquivarlo? Eso le dijo, tiempo después, la guardia civil y se lo habían repetido hasta la saciedad en los tratamientos a los que acudió después de la recuperación física, pero por mucho que le dijeran, en su foro interno, sigue pensando que lo hacían para que la losa se hiciera más liviana».
A la semana se armó de valor y llamó a Estrella. Lo había estado dando vueltas, pensando a veces empalmar el hilo truncado con un wasap para ver como reaccionaba ella, pero por una vez se dijo que al toro hay que agarrarlo por los cuernos. Se hizo un pequeño guión con algunas frases para romper el hielo, aunque al final lo hizo jirones, respiró profundamente varias veces y, con más miedo que vergüenza, se decidió por la espontaneidad:
—¿Qué quieres, Daniel?
—Pedirte perdón. El otro día me comporté como un imbécil.
—Perdonado. Te tengo que dejar que me has pillado planchando.
—Desenchufa la plancha, por favor —tras unos segundos de tenso silencio, que se le hicieron eternos, Estrella preguntó:
—¿Para qué? Te ofrecí ayuda y me dejaste claro que no la necesitabas.
—Te mentí y te repito que mi conducta fue impresentable. No necesito, como lo diría, asistenta, no preciso una criada. Me basto y me sobro. Te necesito a ti. Charlar contigo un rato me relaja, me agrada, no sabes el bien que me hace. Me gustas mucho y una semana entera enclaustrado y sin oír tu voz se me ha hecho interminable. Soy un cagón. Ya lo he dicho, tampoco era tan largo. Puedes seguir planchando. Adiós.
—¡No cuelgues! Daniel ¿Por qué dices que eres cobarde? Eres un guerrero. Después de que tu vida se desmoronara te has levantado para seguir. No te subestimes.
—Por eso me agrada hablar contigo, Estrella. Las cosas que me dices me suben la moral, pero no hay que llamarse a engaño, los altibajos son constantes y tengo días de tirarme por la ventana.
La ropa se quedó sin planchar. Estuvieron dos horas seguidas al teléfono y ninguno se decidía a cortar. Se hicieron confidencias, rieron, lloraron, hasta que Estrella le sorprendió proponiéndole un reto: «Si me invitas a comer, pasaré por tu casa mañana. Me apetece mucho achucharte». Daniel entró en pánico.
—Reconoce que te apetece tanto como a mí.
—Sí, no lo niego, pero qué me dices del estado de alarma. Te pueden parar y pedir los papeles.
—Ahora mismo entro en la web de la comunidad de Madrid y pido un salvoconducto para ir a atenderte, eres una persona vulnerable, no lo digo yo, lo dice el gobierno —y soltó una risita picarona.
—También recomienda no acercarse a menos de metro y medio, me parece que lo llaman distancia social.
—Iré con mascarilla, pero no sé si podré sujetarme.
La cita del día siguiente lo estimuló de tal manera que era incapaz de dormir, una agitación interna recorría su cuerpo, hasta que se reencontró con la escena una vez más. «El conductor de un todoterreno que venía en dirección contraria a gran velocidad, perdió el control y el vehículo saltó la mediana. El impacto fue brutal, el estruendo horrísono. El volante se le clavó en el pecho, el parabrisas estalló y una lluvia de cristales se le clavó por toda la cara. Lo último que oyó fue el alarido desgarrador de Marina. Despertó en la UCI de un hospital, luego supo qué había pasado un mes desde el accidente. Los psicólogos le fueron preparando para darle las malas noticias poco a poco. La primera fue que nunca volvería a ver. Se quedó frío. Ese mazazo pasó a segundo plano dos días después cuando, tras varias largas y ambigüedades a sus preguntas sobre el estado en que se encontraban Elisa y Marina, le comunicaron que habían muerto ambas. Aunque se temía lo peor, le quedaba una ligera esperanza. Oírlo de los labios de los especialistas, le dejó noqueado, la existencia dejó de tener sentido para él. Ni siquiera había podido despedirlas. No las vería nunca más. Cayó en un pozo».

Entre las brumas de los sueños mezclados con los recuerdos, percibió el sonido de un timbre lejano, reiterativo. Le despertó el sonido de su móvil. Ulena estaba dándole lametones en la cara y emitiendo gañidos. Palpó en la mesilla hasta que dio con el teléfono, lo cogió y descolgó. Era Estrella. Le dijo que se había asustado ¿Dónde estaba? ¿Por qué no le abría la puerta? Le contestó que se había quedado dormido y le preguntó por la hora. ¿Las doce ya? Se levantó torpemente y fue a abrirle la puerta.
—Perdona, pero no me ha dado tiempo de hacer nada de comida, a ver que me invento, me tomé un somnífero y…
No pudo seguir hablando porque sintió una succión en los labios. La sorpresa le hizo dar un respingo hacia atrás atrás.
—¡Embustera! Has venido sin mascarilla.
—No. La llevo en la mano.
Se le escapó una risa nerviosa que fue aumentando de volumen y contagiando a Daniel. Ulena, extrañada, se puso a ladrar y a correr, bajando y subiendo el tramo de escaleras. Pasaron adentro antes de que los vecinos se asomaran sorprendidos por el alboroto. Allí, como por arte de magia, se desactivaron todas las reservas e infringieron las recomendaciones más elementales de la cuarentena. Comenzaron a besarse compulsivamente al tiempo que se abrazaban, se acariciaban la espalda y seguían bajando. No podían ni querían parar.  Se saltaron la comida. A esa hora la mascarilla y las demás prendas de ambos estaban desparramadas por el suelo del pasillo y ellos en la cama. La tarde se les pasó en un suspiro, entre el sexo, las risas, las miradas acarameladas y la plática. Daniel propuso hacer una cena romántica, con velas y adornos. «Bajaré al trastero. Llevé allí todos los recuerdos. La primera intención era tirarlos, pero me los quedé por si alguna vez era capaz. Elisa era muy de perifollos». Después de cenar se acostaron y cayeron rendidos. Cuando amanecía Estrella se vistió y salió con los zapatos en la mano.
Daniel se despertó tarde, había descansado como hacía tiempo. Estiró el brazo, palpó la sábana. Estrella no estaba en la cama, ni en el baño, ni en la cocina. Se aseó y le puso un wasap. «Cariño ¿Por qué te has ido sin avisar? Eres una maleducada».
Al ver que no le contestaba y que ni siquiera lo había leído, por la tarde la llamó un par de veces, pero le contestó una voz impersonal diciendo que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. El día siguiente lo mismo, fue incapaz de comunicar con ella, cada vez estaba más angustiado. Dos días después de su cita preguntó en el grupo de wasap del trabajo si alguien sabía algo de Estrella. Le contestaron que no, que hacía tiempo que no participaba, pero que no era la única.  
Dio muchas vueltas a la cabeza, recordó que en el bloc de notas de su móvil tenía apuntada la dirección de Estrella. Hacía dos meses que había comprado un smarphone para ciegos de última generación, con pantalla táctil y múltiples apps como reconocimiento de textos y de voz, una pasada. Decidió saltarse la cuarentena e ir a su domicilio porque si no le iba a dar algo. Dadas sus circunstancias, pensó, la policía se mostraría comprensiva. Consultó como llegar. Línea 5 directa, ocho estaciones.
Llamó varias veces al portero automático, no obtuvo respuesta. Estaba cada vez más desesperado. Se le ocurrió probar con el vecino de rellano, le contestó que desde el confinamiento no la había vuelto a ver. Le pidió, por favor, que llamara al timbre de la puerta por si existía algún problema con el portero. Así lo hizo y al momento volvió y le comunicó que no estaba en casa. A lo mejor había ido a visitar a su abuela a la residencia, lo hace con frecuencia. Estaba muy cerca, al lado de la Plaza del Parterre, se llama María Auxiliadora y le dio el nombre de la abuela, Aurora.
Buscó en Google la dirección y el GPS, en modo voz, le fue indicando como llegar. Ulena estaba inquieta como siempre que salían de los recorridos habituales. Cuando llegó a la residencia preguntó en portería.
—Busco a Estrella Martínez, una chica baja, morena, con el pelo corto y ojos verdes que viene a menudo a visitar a su abuela que se llama Aurora.
—Si, se quién me dice, precisamente me acaba de comentar un compañero, que venía de su habitación, que Aurora estaba desecha porque su nieta está ingresada en la UCI.
—¿En la UCI? —repitió mecánicamente mientras una flojera recorría su cuerpo—¿Puedo subir a hablar con ella? Me pondré la mascarilla.
—Lo siento, pero no. Tenemos pacientes infectados, otros aislados, algunos han fallecido, la pandemia se ha cebado con la gente mayor y con las residencias. No está permitido el acceso a nadie ajeno.
—Pero necesito saber que le ha pasado, ¿ha tenido un accidente? ¿dónde está ingresada? Por favor se lo pido.
—Le puedo explicar lo que me han contado. Vino a visitarla anteayer, Aurora se dio cuenta de que tenía muy mal aspecto, por lo visto la frente le ardía, así que la mandó al ambulatorio de especialidades del edificio colindante y de allí se la llevaron en ambulancia al Doce de Octubre. Tiene coronavirus en estado avanzado, los pulmones bastante dañados. Le han dicho que no saben si saldrá de esta.
Un hachazo lo sacudió. En ese momento cayó en la cuenta de que desde el día anterior tenía una tos seca persistente y que le había costado un montón levantarse, tiritaba un poco y sentía dolores musculares por todo el cuerpo.

sábado, 21 de marzo de 2020

ESTADO DE ALARMA



Bajo las escaleras con cuidado, procurando no hacer ningún ruido que alerte a los vecinos y ponga en marcha el cronómetro. Franqueo la puerta de salida, cruzo la calle con las bolsas. Allí están como siempre, uno al lado del otro, perfectamente alineados. Marrón, naranja, amarillo, azul y verde. «Los daltónicos lo deben llevar crudo». Me viene ese pensamiento recurrente cuando veo una gama de colores, a pesar de que tiempo atrás, para saciar mi curiosidad, se lo pregunté a mi amigo León. Me sacó de dudas con suficiencia. «Es acostumbrarse y tener truquillos, te aprendes el orden como en los semáforos o en el mando de la tele. En los contenedores no hay problema, tienen dibujitos explicativos y a veces aparece escrita la palabra clave. Pasa lo mismo que con los zurdos. El mundo estándar no está pensado para ellos y se acostumbran a abrir las puertas del revés, cortar con tijeras en sentido contrario o adiestran la mano derecha para realizar ciertas funciones que no son de precisión». Me ilustró de propina con una palabra que desconocía, discromatopsia.
Salgo de mi ensimismamiento y diviso en la otra acera una fila de personas, pero no me alcanza la vista a distinguir su inicio. Seguro que es la tienda que hay al doblar la manzana. Están separadas entre sí como cuando guardas el turno en el cajero o realizas una gestión y, por respeto, dejas una distancia prudencial. Séptimo día de estado de alarma y se confirman las peores sospechas. Hace diez días que no salgo. La situación y la actitud de las personas ha cambiado diametralmente. Permanecen en silencio. Unos consultan los móviles, otros miran hacia el horizonte con la bolsa apretada en la mano.
Decido dar un paseo breve, por las calles colindantes, para airearme un poco después de tantos días metido en la gazapera. No hay que contravenir las instrucciones gubernamentales, pero lo necesito. «Total, van a ser diez minutos», me tranquilizo para que la infracción se diluya de mi mente. Hace fresco y se me ha olvidado la braga en casa, así que me subo las solapas de la cazadora hasta las orejas. Las calles están desiertas, pasa algún vehículo de vez en cuando. Veo a dos o tres dueños de perros paseándolos. Deben ser imaginaciones mías, pero me parece que los chuchos tienen cara de hastío. Estoy influido por los memes recibidos en el sentido de que las familias sacan a sus mascotas a pasear por turnos y los animales extrañan estos excesos y acaban el día derrengados.
Me cruzo con un par de humanos sin coartada, como yo, sin bolsa, sin carrito, con las manos en los bolsillos. Nuestras miradas se encuentran recelosas, inconscientemente ponemos los ojos achinaos, como queriendo decir «¿No me irás a inocular el coronavirus de los cojones, espabilao? ¡Cómo me tosas, te rebano el pescuezo!». La madre que me parió, cómo está el ambiente. La psicosis saca estas cosas, pero no es para menos, las noticias sobre los picos, curvas y repuntes nos tensan y no contribuyen a dar esperanzas. Abrevio la vuelta y alcanzo otra vez el portal tocando pomos y el quitamiedos de la escalera. Cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a reparar en estos detalles? Lavado de manos exhaustivo y desinfectante para asegurar. Todo en orden de nuevo.
Oigo una voz inconfundible cuando ya me había apoderado del mando.
—¿No te acuerdas de que hoy había que comprar sin falta? Son muchos días y estamos bajo mínimos.
—El que tiene el mando manda. Así que tienes que ir tú.
—No me vengas con simplezas. Estaba hablado y es asunto cerrado. Además, hay que hacer una compra en condiciones. Coge el coche y te acercas al Mercadona.
—¡No! Pídeme lo que quieras, pero no me mandes al Mercadona con la que está cayendo y desarmado, además. No estoy preparado para la batalla final.
—¿Cómo puedes ser tan ganso? Anda, coge la mascarilla y no te la quites para nada. Aquí tienes la lista.
Cuando llego al aparcamiento, compruebo para mi sorpresa que hay bastantes vehículos, pero no está petado. Las imágenes del fin de semana anterior eran espeluznantes. Una nota en el ascensor comunica que sólo lo puede utilizar una persona cada vez. Bajo los dos pisos por las escaleras y accedo al supermercado. El ambiente se me antoja raro, cojo la lista para completarla cuanto antes. Echo en falta algunos productos, varios palets están vacíos, pero he de reconocer que menos de los que creía. Llego al pasillo de la leche. El vigilante de seguridad y una pareja de edad avanzada están enfrascados en una discusión.
—Les he dicho ya tres veces que hay que comprar de uno en uno, mantener la distancia de seguridad.
—Nosotros no hacemos mal a nadie— replica el señor.
—Eso no se puede saber, pero de momento tienen que cumplir las normas, que no las he puesto yo, las ha puesto el gobierno.
—O sea, ¿que llevamos cincuenta años casados y nos vas a separar tú ahora, con lo que llevamos sufrido juntos? Lo que me faltaba por ver.
Abandono el pasillo a paso vivo, haciéndome cruces, por un lado, ante la intransigencia que manifiestan algunos ciudadanos a la hora de cumplir las normas y, por otro, sonriéndome ante la ocurrencia del señor. Lo que Dios ha unido que no lo separe el segurata.
Como en carnaval, unos llevamos máscara y otros no, pero se nota, se siente algo raro que fluye cuando te acercas a alguien para coger cualquier producto o en los cruces de carros. Desconfianza, temor, suspicacia, todo junto. Cuando termino me sitúo tras la cinta que han pegado en el suelo a lo largo de la línea de cajas. Me relaja comprobar que las cajeras no pierden el ingenio ante la adversidad, siguen destilando humor entre ellas y con los clientes. «Le ha tocado a usted la guapa, se tiene que fiar de mí, ya que no me puede ver la cara».
De vuelta al hogar entro descalzo. Desinfección, ducha, la ropa a lavar. A mí me parece excesiva tanta prevención, pero las noticias que llegan son abrumadoras. Para atenuar el susto y celebrar que la gymkhana ha acabado con pocos sobresaltos preparo un brebaje a base de jugo de enebro y bebida gaseosa azul, acompañado de unos cubitos de hielo y limón troceado, lo que viene siendo un gin tonic. Los he llegado a tomar a cien pesetas en el Capitol, pero entonces se llamaban medios. Otra vez vuelvo a la nostalgia y a las batallitas de juventud. ¿Carca o Vintage? Cada generación lo verá de una manera. Lo paladeo a pequeños sorbos. El gas sube hacia la nariz, produciéndome un picor placentero.
Cuando más relajado estoy, casi dormitando, suena el timbre. ¿Quién podrá ser? ¿Un vecino que necesita alguna cosa? Los carteros comerciales estos días no se dejan ver. «¡Chicas! ¿Podéis ir a ver quién está llamando a la puerta?» No hay respuesta. Me toca salir del estado de letargo, incorporarme, y echar un vistazo por la mirilla.
—Pero abuelo, ¿hace mucho que salió?
—A las cuatro en punto.
—Cuatro horas fuera ¿Se puede saber dónde ha estado tanto tiempo?
—Con mis amigos, de palique un rato mientras jugábamos a la brisca y al dominó.
—¡Pero si está todo cerrado!
—Por eso hemos estado al aire libre, en las mesas del parque.
—Se lo hemos explicado por activa y por pasiva. La población está afectada por una pandemia.
—¿Anemia? Eso en mi época que se nos marcaban las costillas, pero ahora estáis todos hartos de pan. ¡Menudo lustre gastan las mozas! carnes duras y prietas.
—¿Es la sordera o la guasa que se gasta? —digo levantando la voz—. No se puede salir de casa hasta nueva orden, lo ha dicho el gobierno y lo repiten en todos los telediarios que, por cierto, usted se traga varias veces.
—Ah, la tontá esa del virus. Son unos exagerados. Además, en nuestro grupo estamos todos como robles.
—Abuelo, que son población de riesgo y hay que tener solidaridad, si hacemos todos lo mismo esto se puede alargar mucho. ¿No ha visto la cantidad de muertos que van ya? ¡Me parece una frivolidad tremenda! Los que teníais que dar ejemplo sois los peores. ¿Le voy a tener que atar?
—Bueno, bueno, no te alborotes. A partir de mañana sólo saldré a por tabaco. ¿O eso también me lo vas a prohibir?
—Yo no le prohíbo nada, son recomendaciones de nuestros gobernantes, pero ahora que lo dice sería una buena oportunidad para dejar de fumar.
—Es lo único que me queda, lo demás, entre colesteroles y tensiones, me habéis ido metiendo el miedo en el cuerpo y lo he tenido que orillar, pero por ahí no paso.
—Vale, pero ida y vuelta, se lo advierto, sino no vuelve a salir.
Pa ti la perra chica. No puede uno ni irse un rato a que le de el aire. Yo no sé en qué va a parar esto. Pero, entre tu y yo, esta enfermedad la han inventado para quitarse del medio a los viejos, que cobramos y no producimos. Eso nadie va a quitármelo de la cabeza. Por cierto, ¿qué es esa algarabía que se oye de fondo?
—¡Casi se me olvida! Es la hora, tenemos que salir a la terraza.
—¿Lo de los aplausos? Lo que yo digo, parar no sabremos en que va a parar, pero que bien se nos dan los palmoteos y los bailoteos a los españolitos. La gente no se cansa de inventar, pero conmigo no cuentes, os espero en el salón, a ver si explican en el parte si por fin han descubierto de dónde dimana el mal.

jueves, 17 de octubre de 2019

ENERGÍA VERBORRÉICA


«No los vas a ver más si yo puedo evitarlo. Cuando estabas en casa no les hacías ni puto caso, me tocaba a mí apechugar con todo. Aparecías a las tantas con la excusa del trabajo y reuniones inaplazables. Vete tú a saber. Ahora, cada quince días, quieres hacer de papi maravilloso, darles todos los caprichos, pues va a ser que no. Además, son ellos los que se niegan. ¿No lo has notado? No, no les echo la mierda encima. Son niños, pero ya se han dado cuenta de que eres un mal bicho, del daño que has hecho a su madre. Ahora apechuga con tus actos. No me insultes que te denuncio».
«¿Qué te has quitado las bragas? A ver si te vas a constipar. En cuanto llegue a casa te voy a empotrar contra la pared. ¿No ves que me pongo cachondo cuando me dices esas cosas, hija de puta? Se me ha puesto morcillona y va a asomarse a saludar en cualquier momento, la cremallera va a dar un reventón. Cómo te gusta provocarme. ¿No tuviste bastante con lo de anoche? Tus tetas me hipnotizan y lo sabes Vane».
«Eres muy grande, el puto amo, un crack. Te quiero mucho machote. —Mientras habla a grandes voces, con lengua la lengua gorda y pastosa, su boca despide un chaparrón de perdigones que salpican el asiento delantero. Acaso algunas, salvan el parapeto y van a aterrizar entre los cabellos mechados de una joven, brillantes de peluquería—. No te vengas abajo chaval. Me jode mucho verte tan plof. La Patri es una furcia que no te merece. Voy para tu casa y nos vamos de fiesta toda la noche. Lo vamos a pasar de puta madre. Te presentaré a un montón de chicas súper simpáticas, pibones que te van a hacer olvidar las penas. Para eso estamos los amigos».
«Martuchi ¿Te acuerdas de mi Crush? Maikel, ese chico de segundo de bachiller, tan guapo y tan cachas. Lleva dos días tirándome fichas. Me ha pedido el número de wasap, quiere quedar a solas conmigo. ¿No te parece top? Tranqui, que va en plan legal, no es para un lío. Te digo que va en serio. ¿Te has fijado en el cuerpazo que tiene? Seguro que va todos los días al gimnasio. ¡Qué pesada con que ese lo que quiere es lo que quiere! Lo que pasa es que estás en plan celosa. Pero no es mi culpa. Deja a tu empanao. Búscate a un tío de verdad que te haga sentir viva. Me parece muy fuerte que no te alegres de que me vayan bien las cosas. ¿Superficial? ¡Vete a la mierda amargada!»
«¡Echa el arroz que ya estoy en plaza Elíptica! A fuego lento, que no se arrebate el guiso. No lo pierdas ojo que te conozco. Lo meneas de vez en cuando para que no se pegue, cogiéndolo por las asas. No andes metiendo el cucharón y removiendo sin ton ni son que pierde mucho sabor. Cuando notes que se está cuajando le pones una pizca de azafrán ¿Qué cuánto es una pizca? ¿No te fijas en mí cuando lo echo, so torpón? Un par de pellizcos bien espolvoreaos. ¡Pero si te lo dejo casi a punto y ni así! Hay que ver, qué poco te luce tanto seguir a Arguiñano. Nada más te quedas con los chistes y las tonterías. A ver si un día me das la sorpresa y haces la comida, pero no lo verán mis ojos».
«Buah chaval, ¿viste que gol de rabona metió ayer Ángel? Sí, el del Geta. Se vino abajo el Coliseum. Ese lo clava Messi y tenemos sesión continua toda la semana. Tertulianos futboleros, se os ve mucho el plumero. Si, me ha salido con rima y todo. Soy un artista. Tenemos un equipo muy compensado en todas sus líneas. Que sí, que este año nos metemos en Europa fijo.»
«No me cabe en la cabeza como tanta gente puede votar a partidos machistas, sexistas, xenófobos y homófobos. Deberían prohibirlos presentarse a las elecciones. No, no estoy de acuerdo contigo. En democracia no tenemos cabida todos, hay ciertas líneas que no podemos traspasar. ¿Qué se me ve mucho el plumero? Yo no me escondo, voy a votar a Errejón, savia nueva y progresismo para el país. No podemos volver atrás y perder los derechos conseguidos. No me digas más niñata, tú vas a votar al guaperas de Pedro Sánchez. Más a la derecha no te lo consiento».
Dejo la lectura. Con estos vecinos tan locuaces y estentóreos no hay quien se concentre. Además de que uno tiene su pudor. Saco el móvil del bolsillo para estar en igualdad de condiciones. Busco en Google el significado de las siglas GNC que han llamado mi atención. Gas natural comprimido. «Este autobús se desplaza con GNC» es el eslogan que aparece a menudo en la pantalla. Será uno de los combustibles que potencian nuestros gobernantes porque producen bajas emisiones a la atmósfera. Pienso que si algún equipo de científicos enfocara sus estudios hacia el almacenaje y reutilización de la energía verborréica sería la mejor solución, los autobuses levitarían. Sería de lo más ecológico y llegaríamos siempre en hora.
Mientras tanto, maldigo en mi interior a las operadoras de telefonía móvil por ofrecer como coletilla en todas sus ofertas las llamadas ilimitadas gratis.

lunes, 14 de octubre de 2019

11 S


   Los críos atan una barbaridad— dijo John.
   ¿Ahora me vienes con esas? Te recuerdo que por tu insistencia vinieron a este mundo Paul y Mariah —Se desahogó Melissa.
            — ¿Cómo iba a imaginar yo lo que te llegan a acaparar estos monstruos cuellicortos? ¿La cantidad de tiempo que hay que invertir en ellos? La vida en pareja no es que se resienta, es que desaparece.
            —No os quejéis tanto, chicos. Vosotros os lo habéis buscado. Si hubierais hecho caso a mis sabios consejos vuestro presente no sería tan azul oscuro casi negro. Siempre lo he tenido claro. No quería que mi vida se llenara de ruido y tiranía. La patochada de dejar a alguien en este mundo, que te recuerde y reivindique, conmigo no cuela. No lo añoro ni me he convertido en un viejo solitario y cascarrabias a pesar de vuestros sombríos augurios —desembuchó de un tirón, Roderick.
            —No sé cómo podéis pensar de ese modo —declaró Andrew—. Ni por un lado ni por el otro. Alice y yo, intentamos tener descendencia como sabéis, incluso nos sometimos a tratamientos de fertilidad, varios intentos de fecundación in vitro incluidos. Pasamos una época obsesionados y taciturnos, hasta la asunción de que nuestro tren había pasado. Entonces creímos que se acababa el mundo.
            —Hoy nos alegramos —matizó Alice—. La vida en pareja puede ser fructífera y completa sin vástagos. Ya sabéis que laboralmente andamos a salto de mata, por lo que de dinero siempre estamos a la cuarta pregunta. Imaginadnos sacando adelante a un pequeñín con las necesidades artificialmente adquiridas por esta sociedad snob.

Cinco amigos de facultad quedan para pasar la mañana en Central Park. Cada vez les cuesta más juntarse. Cuando instauraron esta costumbre, allá por el año noventa y dos, recién graduados por la Universidad de Columbia, quedaban todos los viernes en su barrio, Manhattan. Durante los cursos de carrera trabaron amistad con muchos compañeros, pero la verdad es que después de filtros y tamizados —para compartir apuntes primero y confidencias después— este grupo se hizo inseparable. En el transcurso de la década se fueron espaciando las quedadas, pasando a ser mensuales, trimestrales y así paulatinamente hasta convertirse en bianuales con el cambio de siglo. Lo importante es seguir manteniendo el contacto. Desde la aparición de los móviles se podían localizar al instante, pero no era lo mismo. 
            11 de septiembre de 2001. Por fin habían sincronizado agendas. Este año era la primera y única vez que se reunirían casi con toda seguridad. John y Melissa tienen que aparcar a los niños, por eso han quedado por la mañana mientras ellos permanecen en el cole. El plan es dar un gran paseo en el que las novedades surjan salpicadas. Después —ya en reposo, durante el conciliábulo— debatirán y harán matizaciones acerca de ellas. 
            Roderick se ha empeñado en llevar la bici. Ahora que vive en Queens prefiere este medio de locomoción. Es saludable y evita atascos. Resulta engorroso que, mientras el resto hacen la caminata, él aparezca y desaparezca dando pedaladas cada diez minutos. Al final se detienen en el paseo principal, junto al lago. Allí John, Melissa y Roderick se sientan en un murete de espaldas al World Trade Center. Alicia —sentada en una silla— y Andrew —en cuclillas— se colocan frente a ellos.
            El tema de conversación versa sobre niños sí, niños no. ¿Compensan los desvelos que ocasionan y el tiempo empleado en su cuidado? Transversalmente se cuelan las preocupaciones laborales. Escasez de trabajo, contratos precarios y pérdida paulatina de derechos. Hay una cosa en la que están todos de acuerdo. En el primer mundo, a pesar de las quejas esgrimidas, se vive fenomenal. Lejos de hambrunas, guerras y atentados que sacuden otras partes del planeta. Este gran país les protege y, a pesar de las preocupaciones cotidianas, nadie les puede hacer daño.

11S-Thomas Hoepker


            Alice divisa una columna de humo que tiñe de gris el cielo Neoyorquino. Sigue conversando, no lo da demasiada importancia. Diez minutos más tarde la mancha ha crecido mucho, se ha vuelto más densa y oscura. Lo comenta con sus tertulianos. El trío que está de espaldas al lago se vuelve al tiempo que el ruido ambiente se llena de sirenas. Ambulancias, coches de policía y bomberos. Lo que en principio tomó por incidente se está convirtiendo en un suceso bastante grave. Los cinco juntos de pie contemplan horrorizados como una de las torres gemelas se desploma. Una gran nube de polvo denso se eleva en su lugar. Salen de estampida, el tumulto los separa. John y Melissa con el rostro desencajado y el corazón al galope llegan hasta unas vallas colocadas por la policía para acordonar la zona.
            —Mis hijos están en el School of the Blessed Sacrament. Quiero saber lo que ha sido de ellos. Tiene que dejarme continuar, agente —se desgañita Melissa.
—Lo siento mucho, señora. De aquí no puede pasar nadie. Correría serio peligro. Son las órdenes.
Hace ademán de claudicar, pero aprovecha un descuido para saltar la valla. John la secunda. Un policía les persigue. Conforme se van acercando a la zona siniestrada el aire se hace irrespirable y la visión difusa. Sollozos, carreras, gritos. La gente choca entre sí, saliendo trompicada. Un gran caos les rodea. Ruido de helicópteros sobrevolando y de innumerables sirenas rematan el cuadro. La atmósfera se carga cada vez más hasta que la oscuridad lo llena todo.

A las doce de la noche los cinco amigos están en el hospital —el colegio de Paul y Mariah no ha sufrido daños—. Andrew, Alice y Roderick han acudido a visitar a John y Melissa. Nada grave. Les han tenido que poner oxigeno porque han inspirado partículas dañinas que llevaba el aire en suspensión. Mañana temprano los darán el alta.
—Nosotros departiendo amigablemente y a nuestro lado se estaba fraguando la tercera guerra mundial. La humanidad entrará en pánico, las bolsas se desplomarán, la opinión pública clamará venganza. Los gobiernos pondrán en funcionamiento toda su maquinaria para descubrir y detener a los autores intelectuales —expuso Alice.
—Todo eso son previsiones y futuribles que no sabemos si se confirmarán. Aquí lo único cierto y constatable es que, debido al barullo y el desconcierto imperante, un servidor se ha quedado sin bicicleta —dijo Roderick.
— ¿Perdoona? ¿Cómo puedes ser tan miserable? —Vociferó Alice— ¿Supongo que estarás de broma? Aunque tu egoísmo innato y tu racanería te preceden. Pero aun así me parecería de muy mal gusto ¿Tú sabes los muertos que van ya?
—Yo a ti no te he faltado, casi guapa.
—Bueno, tengamos la fiesta en paz —terció Andrew—. La jornada ha resultado agotadora. Estamos en shock. Vamos a recogernos que mañana va a ser un día durísimo para todos. 
—Y pasado, y al otro. No va a resultar fácil que los efectos de esta debacle cicatricen. Tendrán que pasar lustros para que se atenúe el odio y se mitigue el dolor producido por esta sinrazón —sentenció John.