martes, 19 de marzo de 2024

Capítulo 7 - Hondo vacío

 

Los meses siguientes fueron complicados para Renata. Quedó tocada. Habían sido quince años de relación. Diez bajo el mismo techo y añoraba a Antonio. Las rutinas, los hábitos adquiridos, las consultas ante cualquier duda que le acometiese, ya fuesen prosaicas o elevadas, hogareñas o laborales, de pareja o familiares.

            Echaba de menos sus manías, su conversación, aunque en los últimos tiempos hubiese perdido chispa y locuacidad, sus altercados y sus reconciliaciones.  Sabía hacerla subir al séptimo cielo con sus caricias y con su sexo, espaciado desde que empezó con sus fobias, pero que seguía siendo satisfactorio y vigorizante. Precisamente, ahora su libido andaba por los suelos y no sentía ninguna necesidad en ese sentido. Primero tenía que volver a quererse ella misma, recomponerse y poco a poco todo llegaría, a pesar de que ahora viese su futuro azul oscuro casi negro.

            Le vino bien el trabajo. Salir de casa durante unas horas. Allí intentaba desahogarse, fundamentalmente con Natalia y Paulina, aunque también Benigno y Sabas supieron respetarla en estos primeros tiempos. Se portaban bien con ella, dedicaron sus sornas y sus dardos hacía otras dianas y la dejaron en paz, hecho que le sorprendió bastante y les puso en valor ante su desgarrado corazón. Benigno era más comedido y tenía el freno de Natalia, pero Sabas, con el que compartía la tarea directamente, que siempre sacaba a colación algunos micromachismos o punzadas alusivos a diferentes situaciones de los compañeros cotilleadas previamente, la respetó, al menos por delante. Incluso le insufló ánimos a su estilo chabacano. Más no le podía pedir.

            Después de la faena, acostumbraba a quedar con Natalia y con Paulina. Más con esta última ya que Natalia tenía concedida la conciliación familiar en el trabajo debido a que mantenía la custodia compartida con Adrián, el hijo de su anterior matrimonio. La semana que la tocaba terminaba antes la jornada laboral. Benigno lo solicitó de igual manera, para turnarse con ella, pero al no ser el padre biológico tenía que cumplir unos requisitos que no reunía de momento. De todas formas, entre ellos, decidieron que fuese su madre la que asumiese esa responsabilidad. Aparte de que su relación era incipiente, de apenas diez meses, y consideraron que todavía no estaba consolidada hasta ese punto. Andando el tiempo se vería.

            Renata sentía un hondo vacío cuando entraba de puertas para adentro, así que quiso instaurar estas citas a diario para hacer más liviana su situación, llegar lo más tarde posible a su hogar. Bueno, a su casa, hasta la palabra hogar le parecía demasiado cálida en su estado de ánimo. Porque para soledad, de puertas para adentro, le quedaba la noche y la mañana. Durante esta última se buscó ocupaciones. Salía a comprar o a pasear. Se apuntó a algún club de lectura y a pilates en un gimnasio en días alternos. Cayó en la cuenta de que mantener cuerpo y mente ocupados le producía algo de sosiego. Pero las noches se le hacían eternas. Tomaba somníferos siempre. Comenzó con media pastilla y siguió con la pastilla entera. Aun así, no descansaba. Dormía unas horas, pero no era sueño de calidad y se levantaba sonada cuando se empeñaba en aguantar en la cama. Necesitaba su tiempo para activarse y desentumecerse y nunca lo conseguía del todo.

            En este contexto, decidió comunicarles la nueva situación a sus padres. Lo había ido demorando, dándoles largas con excusas cada vez menos sólidas, poco creíbles. Llegó a un punto en que resultaba insostenible la ocultación. Les extrañaba que, en las últimas semanas, Antonio nunca pudiese acudir cuando quedaban a comer y Renata, en cuanto terminaba, salía poco más que corriendo, sin hacer charla de sobremesa, excusándose con alguna obligación, que en sábado y domingo chirriaban. Su madre, que siempre había visto crecer la hierba, se barruntaba algo, alardeaba de que cuando su hija iba, ella había vuelto tres veces, aunque, en esta ocasión, cuando supo que se había divorciado, y todos los trámites estaban realizados, rubricados y concluidos, se le cayeron los palos del sombrajo.

Renata la temblaba. Sabía que la iba a zaherir. Nunca la había apoyado cuando compartió con ella, en confianza, alguna iniciativa. Al contrario, se mostraba criptica y agorera. Visto lo cual, optó por contarle menos inquietudes cada vez. Metiéndose en su concha y dejando las confidencias y las preocupaciones, que le rondaban por la cabeza, para otras personas y ambientes. Víctor, su padre, adolecía de todo lo contrario, por lo que tampoco podía abrirse con él. Era superprotector con su niña, nunca asumió que había crecido y en la adolescencia pasó muchos disgustos con él, pues lo que llamaba «espantar moscones» a ella la soliviantaba. Si la veía con algún chico, sin preámbulos ni ceremonias, le soltaba alguna barbaridad y ellos, ante el desahogo de ese adulto, progenitor de su amiga, flipaban y, la mayoría de las veces, salían por piernas.  

Todavía recuerda aquel día que fue a acompañarla hasta su barrio Julián, el abogado que les había tramitado los papeles de la separación. Fue su primer novio. Renata ya tenía una edad, pues iba a la facultad. Se pusieron a hacer carantoñas en la acera, junto a una rotonda que había próxima al bloque de viviendas donde residía con sus padres.  Comenzaron a despedirse, a darse unos besos tiernos, en principio, que se tornaron apasionados a continuación. Quiso la casualidad que pasase su padre conduciendo el coche por la rotonda y, según la contó después, estuvo dando vueltas sin creer lo que veían sus ojos, girando el cuello como un búho cuando el vehículo deambulaba por la parte opuesta. La que parecía ser su pequeña estaba amorrada con un joven que parecía un esperpento. A la quinta rotación no le quedó más remedio que claudicar y convencerse de que era cierto lo que veían sus ojos. Bajó la ventanilla del coche y sacando medio cuerpo fuera voceo: «¡Subnormal! ¡Qué la vas a dejar sin aire! Voy a aparcar y ahora mismo vengo a por ti. Te va a faltar calle para correr». Qué bochorno pasó.

—O sea que habéis partido los guarros y me entero a toro pasado. Muy bien hija, te estás superando —la riñó Sabina, su madre.

—Mejor así, sino me hubieses atosigado y bastante tenía yo encima.

—Muy bonito. Siempre se han confiado los problemas y las preocupaciones a los padres, pero ahora estáis por encima del bien y el mal. Menospreciáis la experiencia y el consejo de los mayores y así os va.

—Mamá, no generalices. Tengo compañeras que siguen desahogándose con sus madres, sincerándose con ellas, pero tú y yo no tenemos feeling. Hace tiempo que prefiero lamerme las heridas sola o con amigas. Lo sabes perfectamente.

—A mí háblame en cristiano para que te entienda.

—Que no sintonizamos, que en vez de tranquilizarme y buscar soluciones a los problemas me echas unas broncas que me dejan tiritando y me ponen mal cuerpo.

—Porque eres una flor de pitiminí y te pones a hacer pucheros por cualquier insignificancia. Tienes un carácter pusilánime.  Yo te quise hacer fuerte y que afrontases las cosas con determinación, pero está visto que fracasé.

—Cada una es como es y hay que asumirlo y no estar siempre fustigando al prójimo.

—¡Qué poca calle tienes!

—Déjame en paz, por favor y no empieces con tus sandeces. Mamá que estoy ya más cerca de los cuarenta que de los treinta.

—Antonio se lo pierde. Deja en paz a la chiquilla, Sabina. Vámonos tú y yo dar un paseo y me cuentas qué cojones ha pasado para que ese gilipuertas te abandone —intercedió Víctor.

—A ti si que te lo cuento, pero a solas. Dice que me sigue queriendo, pero tiene muchos pájaros en la cabeza. Vamos.

Sabina echaba humo por las orejas y no estaba dispuesta a dejarles marchar sin más ni más.

—Ah, muy bonito, la imagen idílica de padre bueno e hija abnegada, y yo aquí sola como perro malo. Por decir verdades como puños me dais de lado.  O los tres o ninguno.

—Ninguno, mamá. En mi estado no estoy para sonsonetes.

—Prometo que no voy a despegar los labios.

—Ja, y yo me lo creo. Me voy para casa, ya sabéis lo que teníais que saber y prefería que os enteraseis por mí antes que por terceros. Otro día, cuando pase más tiempo y esté de mejor humor prometo venir a contaros los detalles.

No llevaba ni veinte pasos andados desde que salió del portal cuanto le tocaron el hombro. Se dio la vuelta y era Víctor, su padre, con cara de circunstancias.

—Renata, te acompaño a tu casa. Te llevo en el coche y me cuentas por encima lo que ha pasado. Comprende que nos hemos quedado helados. No quiero que mi niña sufra.

—¿Ha claudicado? Ya me extraña.

—Quiere saber. Es natural. Pero tienes razón es mejor que yo haga de mensajero porque vosotras dos estáis siempre a la gresca. Por cierto, princesita mía, si quieres que escamoche a Antonio como a un conejo no tienes más que decirlo.

—¡Papá! Creía que habías superado ya la etapa de espantanovios.

Pasaron un par de meses y la herida fue cicatrizando, muy poco a poco, pero ya no se le caía la casa encima. Asumió su nueva situación, con dolor, pero se fue haciendo cargo. No tenía esa necesidad de salir, no se ahogaba por permanecer un rato haciendo cualquier tarea e incluso leyendo, aunque esto último, los días que hacía bueno, prefería hacerlo en un banco del parque.

En el trabajo la rutina siguió dominando sus días una vez que el impacto que causó su separación en los compañeros se diluyó, poco a poco, y a ella se la veía más animada. Incluso entraba al trapo en las bromas que gastaba Sabas cuando no se pasaban de burdas. Alguna noche, después de la jornada, la semana que a Natalia no le tocaba estar con Adrián, quedaban los cuatro e iban a cenar. Para Renata supuso una vía de escape e intentaba buscarse las mañas para hacerlo más a menudo, pero no era fácil. Ellos tenían sus obligaciones y ella no quería meterse en casa. Cuanto más tarde mejor.

Sabas, una de esas semanas que quedaban de non, porque Benigno se iba en cuanto salía para ver a Adrián antes de que se acostase y Natalia se había ido a media tarde aprovechando su horario reducido, Sabas le propuso a Renata que fuesen ellos a cenar. Se conocían lo suficiente, congeniaban y la semana siguiente volverían a las andadas juntándose el cuarteto. Renata le dijo que no, que estaba molesta, le había bajado la regla y prefería irse a casa a descansar. Se azoró un poco al decirlo y fue consciente de que Sabas se había dado cuenta de que era una trola.

En el curro trabajaban codo con codo. Eran inseparables salvo el rato de la merienda, pero Renata sabía que no se iba a sentir cómoda con un hombre a solas. «Es Sabas. Tu amigo y compañero Sabas», se repitió internamente. Parecía una tontería en los tiempos que corren, pero la herida estaba todavía muy fresca. Aunque se tratase únicamente de amistad, temía que la cosa subiese de tono e iba a estar violenta, así que zanjó la cuestión de esa manera, la primera excusa que le vino a la cabeza.  

Quince días después le repitió la misma propuesta y esta vez no supo decir que no. En principio, pensaba que sería charlar un rato en la cafetería del hospital, mientras picaban algo del buffet, pero Sabas le dijo que cerraban pronto y quería una cena un poco más formal, no opípara, pero tampoco de autoservicio y platos fríos. Además, del hospital estaban ya hasta el copete. Mejor fuera. La llevaría en el coche hasta Vallecas, su barrio, que tampoco se pensase que iban a ir al Ritz. Conocía un mesón que tenía comidas y raciones variadas y no desmerecía.

Cenaron de raciones, todas a compartir: Calamares a la romana, croquetas de boletus y gambas al ajillo. Con eso fue suficiente. Sabas insistió en que era poco, pero Renata no tenía muchas ganas y le dijo que las cenas tienen que ser ligeras. En cuanto a la bebida, Sabas se pidió una jarra de cerveza y Renata una clara con limón. Lo pasó bien. Su compañero era una persona jovial y divertida. En todo momento intentó que Renata se encontrase lo mejor posible. Contó unos cuantos chistes y anécdotas laborales que ella desconocía. Sabas era casi un profesional del Club de la Comedia y las historias las acompañaba con aspavientos, gestos y cambios en el tono de voz. Se podía decir que las teatralizaba.

Renata se sorprendió más de una vez riendo a mandíbula batiente después de mucho tiempo, hasta se le saltaron las lágrimas. Llegado un momento, miró el reloj y le dijo a Sabas que la tendría que llevar a su barrio porque a partir de esa hora el transporte público no funcionaba.

—Vale Renata, pero ¿dónde vas con hora? No tengas tanta prisa. Vamos a tomar una copilla. Mañana no tenemos que madrugar, gracias a Dios.

—Pero estoy cansada Sabas. Ha estado bien, pero no debes beber más porque tienes que conducir.

—Qué coñazo tener que contenerme. Por un gin-tonic no va a pasar nada. Yo controlo.

—¿Y si te hacen soplar? Además, no me fío de tu control, por beber no te vas a divertir más. Llévame a casa que estoy agotada y me estoy agobiando.

—No te angusties. Se me ha ocurrido una idea cojonuda.

—Miedo me das.

—No sé por qué. Me puedo pedir mi copa o mejor podemos subir a mi piso y tomarla allí y luego te quedas a dormir y aquí paz y después gloria.

—Y lo dices tan pancho.

—¿Cómo quieres que lo diga? Chica, no pienses mal. El piso tiene dos habitaciones y en cada una de ellas hay una cama. ¿Te va bien así? Mañana cuanto te despiertes coges el metro o te llevo, aunque a mi me cuesta mucho despegar la pestaña por la mañana.

—Llévame a mi casa ahora, por favor.

—Como quieras corta rollos.

—Perdona. Sabía que al final te ibas a enfadar. Prefiero estar sola.

Sabas estuvo seco durante unos días, pero después se le pasó el mosqueo. Renata no quiso hablar del tema por si salía con alguna indirecta. Cuando se ponía hiriente sabía donde pinchar. Aun así, siguieron como pareja de trabajo. Lo de quedar no lo volvieron a plantear ninguno de los dos. Eso sí, cuando tocaba la cita quincenal, junto con Benigno y Natalia, se apuntaban sin parpadear.

Tres meses después de la cena en pareja, Renata se ablandó un poco e invitó a Sabas. Le dijo que se lo debía después de la cena en su barrio. Tenía que devolverle la visita. Sabas le dijo que por él no se preocupase, que estaba cumplida, que no se sintiera obligaba a corresponder.

—Obligada no, simplemente te quiero invitar como tú aquella vez, pero ahora vamos a mi barrio. También conozco yo en mi zona algún restaurante en el que se come bien. Te puedo llevar a la casa del Pulpo en la calle Almendrales, por ejemplo. Aparte del pulpo a la gallega, hacen unos emparedados con queso de tetilla fundido que se deshace en la boca y champiñones al ajillo. En fin, que tienen mucha variedad en la carta.

—Suena apetecible. Vamos para allá.

Cuando entraron por la puerta, Montse, la matriarca de la familia orensana que regentaba el local desde los años sesenta del siglo pasado, salió al encuentro de Renata y sin encomendarse a nadie disparó:

—Hola, cuanto tiempo ¿No viene tu marido?

—Exmarido, nos hemos separado. Vengo con un compañero de trabajo.

—A rey muerto, rey puesto.

—Montse, no sabía que eras tan fresca, pero te estás pasando tres pueblos.

—Bueno, guapa, perdona, es que soy de otra época en que no dábamos tantos rodeos. Ahora todo es edulcorado, como la sacarina esa que os echáis en el café.

Sabas no podía contener la risa. Si dio media vuelta y se tapó boca y nariz. Con lo tímida que era Renata para sus cosas, pero esta señora iba por derecho.

—Venga, para suavizar la cosa os invito a una botellita de ribeiro de la casa. Fresquito, pasa solo. Cambia la cara vecina, que ya te he pedido disculpas. «¡Magín! Una botella de vino y dos taziñas, para la mesa cinco.

Cayó esa botella y otra más. Comieron pulpo, mejillones a la vinagreta y navajas. El pan de hogaza gallego estaba espectacular para pringar. Renata dijo que los emparedados eran sublimes, pero si se los comían a esas horas, aparte de que no iban a poder meter nada más, pasarían una noche toledana. Así que se conformaron con eso. «En otra ocasión, no te preocupes», añadió Sabas, más comprensivo, con respecto a la comida, que de costumbre. Con los efluvios del vino se fueron desinhibiendo según avanzaba la velada. Se echaron unas risas, más de las habituales, a pesar de que cuando alternabas con Sabas nunca faltaban y llegó un momento en que Montse les dijo que se subía a dormir a su casa y que los chicos querían recoger ya.

—Ya nos vamos señora, está todo tan bueno y ese vino entra solito, solito: «Dicen que del cielo vino,

 la semilla de la cepa,

siendo el vino dan divino,

¡bebamos cuanto nos quepa!».

 

Si tu madre no me quiere,

que se vaya a hacer puñetas,

que teniendo yo la flor,

¿ qué quiero la maceta?

—Sabas, si empiezas con los cantos regionales, malo.

—Tranquila, joven, que yo controlo. Cojo el coche y tiro para mi barrio. No está tan lejos.

—No estás para coches.

—No me conoces, lo difícil va a ser embocar la llave de contacto, pero una vez que arranca pongo el piloto automático y… ¡para el Valle del Kas!

—Quédate, anda. Yo duermo en el sofá.

—Y yo duermo encima. Perdona, no se lo que me digo, estoy peor de lo que pensaba. Quería decir que, encima de que me das cobijo, vas a tener que dormir en el sofá. En el sofá duerno yo —la lengua de Sabas engordaba por momentos y cada vez sus frases eran más ininteligibles.

—No te preocupes, es sofá cama.

Salieron del mesón. Renata a duras penas pudo llevarlo hasta su portal, eso que estaba a cien metros. Una vez en el piso lo echó encima de la cama, le ayudó a desvestirse y le puso una camiseta de Antonio que sacó de la cómoda. Cogió su pijama y salió al salón. Se cambió, dejó la ropa sobre una silla y sacó la cama nido de debajo. Ella también estaba achispada, pero a ver si podía dormir. Estaba preocupada con el inquilino. Abrió la puerta del dormitorio y oyó unos ronquidos que no eran de este mundo. Volvió a cerrar. Sonaban bastante amortiguados. Se lavó los dientes. El sueño, acelerado por los vapores del alcohol, la vencía. En cuanto cayó en el catre se quedó profundamente dormida.

Continuará…/…

lunes, 11 de marzo de 2024

Capítulo 6 - La decisión

             —Y ahora la pelota está en mi tejado.

—Joder Renata, cuanto lo siento. Ha sido culpa mía por malmeterte con lo de la infidelidad. No sé qué decir.

—No digas chorradas, Natalia. Eso le cabreó, pero yo también estaba con la mosca detrás de la oreja. Necesitaba confirmar. La película la tenía montada y a punto de estrenar y mi desconfianza le vino de perlas para apretarme las clavijas.

—¿Y que vas a hacer? ¿Te seduce tanto la idea como para dejar todo e irte a ese pueblo? —preguntó Paulina.

—Ni de coña. Nos hemos dado unos días. La semana que viene lo llamaré y que tome la decisión definitiva.

—Lo tienes clarísimo.

—Sí, tan claro que soy consciente de que vienen curvas pronunciadas.

Recuerda vagamente que llegó a casa. El viaje fue caótico. Le parecía que iba conduciendo otra persona. Ella estaba en otro sitio. La carretera era una línea difusa y la angustia le carcomía. ¿Paró siquiera a echar gasolina? Seguramente, porque el depósito no da para tanto.

Sus suegros se sorprendieron de que no se quedase a comer y Mariana le afeó su falta de palabra. «Te dije que la vela que va delante es la que alumbra, pero tu prometiste que lo dejásemos para el día siguiente y ahora has pensado otra cosa. Caprichosilla que me ha salido la nuera». Tuvieron que mediar los hombres entre las mujeres porque Renata se puso roja como la grana, se desafiaron con la mirada y el desahogo verbal tenía pinta de llegar a mayores.

Otra noche en blanco, presa de tribulaciones, a pesar de que, en cuanto llegó, se enchufó un Tranquimazin de los que tomaba Antonio y se quedó en el cajón de las medicinas tras su huida precipitada.  Su idea era que le hiciese efecto después de la cena y poder descansar. Pero no hubo cena ni descanso. Su cabeza no paró de dar vueltas durante la madrugada. Agradeció su horario de tarde. No tener que levantarse temprano le vino bien y, a eso de la diez de la mañana, cayó rendida un par de horas, aunque el descanso fue convulso, no reparador. Con ese escaso bagaje decidió ir al trabajo. No tenía ni pizca de ganas, podía haber llamado a Pablo, el supervisor, pero no lo hizo porque necesitaba fehacientemente hablar con alguien. Sus dos amigas más cercanas eran compañeras de trabajo. Por teléfono no era lo mismo. Además, estarían liadas con sus compras y tareas.  Era así de mirada. Aunque, en verdad, lo hacía por ella misma. Tenía que salir y airearse porque si no se le iba a caer la casa encima.

Hubiese querido detener el tiempo, pero la semana voló. Había quedado con Antonio en darse ese plazo y tomar la decisión final. Persuadirlo parecía imposible. A pesar de que en los últimos meses la relación se había resentido, principalmente por las fobias que le habían producido inseguridades y ansiedad, lo seguía queriendo. Tenía mucho cuajo al pedirle que se encerrarse entre montañas el resto de su vida. El Paradigma de la España vaciada, tan nombrada en estos últimos tiempos. Un lugar Inhóspito, la mayor parte del año. Y dejando todo el petate atrás: amistades, compañeros, familia…

Aparte, el futuro idílico que pintaba Antonio, a ella se le antojaba incierto. Primero porque, aunque su padre era ganadero, él quería avanzar varios peldaños de golpe en el oficio, modernizarlo, sí, pero poniendo todos los huevos en la misma cesta. Los animales tienen enfermedades, se mueren. Hay años secos, cada vez más frecuentes debido al cambio climático, en los que el pasto y el forraje escasea y hay que hacer acopio de piensos y cereales, que son muy caros. Sin hablar del ganado en sí, cuyo número quería quintuplicar en poco tiempo. El vacuno certificado se mueve en unas cifras que asustan. Llevaba una semana navegando por internet, metiéndose en páginas del ese sector y no todo era de color de rosa. Sacaban a la luz la multitud de inconvenientes existentes y quejas en los que se dedicaban a ese trabajo.

En cuanto la gestión administrativa, que Antonio le tenía reservada, ella estaba muy oxidada. Hacía años que trabajó para una asesoría, pero nunca le gustó esa ocupación. Si hubiese que ponerse las pilas se las pondría, pero para eso tenía que haber pleno convencimiento. Cuando el negocio es tuyo lo das todo, pero, aun así, muchas familias se habían arruinado. Los casos más frecuentes eran los de los ganaderos neófitos que creen que el campo y el monte son espacios bucólicos, pero los comerciales, los tratantes e intermediarios no perdonan. Quieren cobrar sin demora, cosa natural y aumentar sus márgenes continuamente, cosa menos lógica. Tienen fama de comisionistas insaciables. Había hecho en pocas jornadas un máster del universo ganadero, carnicero y distribuidor.

Intentaba convencerse de que no era para tanto, que no debía verlo todo oscuro, pero estaba claro que no le apetecía nada y que si daba el paso sería por estar al lado de Antonio. En sus largas noches de pesadillas se veía abocada a perder marido, piso y plazas de garaje, todo de una tacada. Aunque iba a explotar, adoptó la técnica de la dilatación, dejar correr el tiempo para no decantarse, de momento, auto engañarse, pero fue Antonio el que la llamó al día siguiente del vencimiento del plazo pseudo oficial.  

—Buenos días, princesa, ¿Qué tal estás?

—Jodida, Antonio, muy jodida.

—¿En serio? ¿Y quién es el agraciado?

—No empieces con tus sornas que llevo días sin pegar ojo.

—Estás dando vueltas a la pelota, ¿eh? Yo tardé en verlo, pero tenía la solución delante de las narices y ahora te la pongo en bandeja y no te cobro, por ser vos quien sois.

—Necesito más tiempo.

—No me fastidies Renata, esto tiene que ser ya. No se llegará en un rato al ideal que te predije, pero hay que echar a andar cuanto antes para alcanzarlo. No dispongo de tiempo. Acordamos un plazo y lo has sobrepasado.

—Qué estricto. Nadie dijo que fuera improrrogable.

—Mira cariño, si no lo tienes claro, da igual dejar pasar una semana que un mes. Nos tendremos que divorciar.

—¿Y te quedas tan fresco? Lo sueltas sin preámbulos. Lo despachas de un plumazo como si fuese uno de tus futuros tratos. El fin de semana que estuve allí me dijiste que me seguías queriendo. Después de quince años de vida en común, me decepcionas.

—Añadí muchas más cosas después de esa afirmación que sigo sosteniendo. Si lo miras bien, ya estamos separados. Cada uno en un sitio. Va a ser lo mejor y no me taches de insensible. Esto me cuesta muchísimo, pero hay prioridades y necesito dinero. Si no quieres participar de la aventura al cien por cien, no puedo arrastrarte a cambiar tu vida, vender todas tus pertenencias, sacar todo el dinero del banco y que me lo entregues. Tendremos que hacer dos partes y cada uno correr la suerte que le corresponda, vivir en el sitio que ha decidido y con los medios que la vida le depare.

—Me dejas como sin sangre. Creía que era algo más que una entidad financiera para ti.

—No digas chorradas. Te amo Renata, eres mi mujer…todavía. Hemos vivido muchas batallas juntos. Alegrías, angustias, incertidumbres. De todo ha habido. Mi garganta se anuda por la congoja cuando te estoy diciendo esto. Me cuesta hablar. Estoy nervioso. No soy un iceberg. O lo hago como un autómata o no me atrevería. Mi semana también ha sido dura, pero he tomado la decisión de dejar a un lado el corazón y que hable la razón. Lo siento, pero tendremos que empezar a liquidar la sociedad de gananciales.

—Qué vértigo me da y que aprensión me producen tus términos, tan técnicos, de repente. ¿Ni rescoldo te queda?

—¿Otra vez preguntas lo mismo? Tengo que mostrarme firme y no ablandarme. A esa conclusión he llegado, lo siento.

—Soy como una de tus futuras cabezas de ganado, si no dan rendimiento se sacrifican y a otra cosa, mariposa.

—¿Tan burdo te parezco? Los dos somos mayores de edad y hemos tomado una decisión. La de uno es incompatible con la del otro y nuestros caminos se tienen que dividir. Si te parece nos damos otra semana para localizar papeles y comenzar los trámites.

No haber tenido hijos facilitaría las gestiones, no sólo en la documentación, que el papel todo lo soporta, más bien en los asuntos de custodia y régimen de visitas. De común acuerdo decidieron que se encargase de todo Julián, un amigo de ambos, compañero de facultad de Antonio, que era noviete por entonces de Renata y que los presentó. Luego dejaron la relación, que no la amistad y, poco tiempo después, Renata, que sentía algo especial por Antonio y no se atrevía a entrarle, le pidió encarecidamente a Julián que le hiciese de intermediario. Una tarde lluviosa, en la que las gotas de agua resbalaban por los cristales de la cafetería La Mucama, céntrica, aunque discreta, sellaron el inicio de su aventura cogiéndose de las manos y juntando los labios tímidamente. Ese local se convirtió en emblemático para ambos.

Julián estaba especializado en casos de separación y era de la absoluta confianza de ambos. Se quedó sorprendido cuando recibió la llamada de Antonio. Hacía una larga temporada que no se veían y desconocía por completo que su relación estaba pasando tiempos convulsos. Antonio le explicó sucintamente que en su caso no se había gastado el amor de tanto usarlo, como dice la canción. Se echó todas las culpas por haber tomado una decisión sin haberla compartido con Renata hasta que no le cupo más remedio. Pero el mal ya estaba hecho y no pensaba pasar el resto de su vida fustigándose. Ahora quería que el horizonte quedase despejado para comenzar una nueva vida. Necesitaba dinero para invertir. Le puso al día, le dijo que empezase a mover papeles y que llamase tanto a Renata como a él para pedirles lo necesario e ir informándoles de cómo iban las gestiones.

Renata no quería abandonar el que había sido su hogar durante diez años. Medio año antes habían cancelado la hipoteca. Decidieron pagar el resto que les faltaba hasta los quince años en que habían fijado el vencimiento de golpe porque tenían dinero suficiente y así no necesitarían seguir ingresando todos los meses. «Al final no te creas que te desgravas tanto en los últimos años», le había comentado Antonio. Y ahora, tenían que malvender, deprisa y corriendo, porque él la apremiaba. Y buscarse cualquier cochiquera de alquiler hasta que se hiciese con algo decente y presentable para vivir. Por ahí no iba a pasar. Le propuso a su todavía marido, a través de Julián, que estaba dispuesta a hipotecar su parte de nuevo y pagarle su mitad, aunque tardase en conseguir que le aceptasen el préstamo, porque tendría que negociar con el banco unas condiciones asequibles. En cuanto a las plazas de garaje la cosa era menos complicada. Cada uno se quedaría con una y que Antonio la hiciese calderilla de inmediato si ese era su deseo.

Cuatro meses después, cuando todo estuvo dispuesto y los papeles preparados, sólo a falta de la firma, Julián les citó en la cafetería La Mucama y ellos, tras la sorpresa inicial accedieron a liquidar su matrimonio en el lugar en que todo comenzó. Literalmente no se iban a rubricar allí todos los papeles, pero sí algunos y esta reunión previa era imprescindible, para que después, con todo aclarado y acordado se encaminasen a la notaría para certificarlo. Antonio no quería ver Madrid ni en pintura, parecía que le hubiesen marcado a fuego como a uno de los terneros que ansiaba en adquirir, pero al final consintió. Aprovecharía y mataría dos pájaros de un tiro porque su jefe se había mostrado inflexible y le dijo que no le aceptaba firmar el finiquito telemáticamente. Por otro lado, quería despedirse de Vanesa, su compañera de trabajo y de confidencias, de desayunos y comidas. Le apetecía mucho. Tendría que explicar la película una vez más, aunque a ella era a la única persona que le había deslizado algo y con su don intuitivo no se quedó tan pillada cuando la comunicó que no pensaba volver por la oficina.

Fueron al Bar baridad de Sigfrido, como cualquier otra jornada laboral. Este le recordó a Antonio que la última vez que estuvo por allí le montó un pollo por el ruido que hacía el calentador de líquidos de la cafetera. Y ahora se iba para no volver. A criar vacas. Le dijo que era una caja de sorpresas y que era lo último que se esperaba de él. Estaba claro que no le conocía como había creído. Vanesa se puso a llorar en cuanto se sentaron en la mesa con el café y las tostadas delante y eso le descuadró. Le tensaba mucho que se pusiese a llorar nadie delante de él. Si era una mujer, que casi siempre lo era, no sabía dónde meterse. Intentó calmarla hablándole en susurros y secándole las lágrimas con un kleenex que sacó del bolsillo.

—Prométeme que conservaremos la amistad y que hablaremos de vez en cuando. Desde que te fuiste al pueblo ni un mísero wasap me has mandado. Menos mal que has contestado algunos de los míos, pero con una parquedad desesperante.

—Prometido, pero no llores Vane, que no merece la pena. Un pazguato se va, otro vendrá.

—No, Antonio. Sabes que cuesta mucho congeniar con alguien. El trabajo es un nido de arpías que te están mirando siempre de soslayo. Hay gente maja, aunque es escasa. Intentaré arrimarme a ella. Te voy a echar muchísimo de menos, así que menos paños calientes. Te ha dado fuerte, aquí tenías contrato indefinido y una vida hecha.

—Llámame loco si quieres. La verdad es que estaba harto de ser una persona gris y previsible. Le he dado vueltas y he pensado que lo mejor era esto, un giro radical. Sobre todo, tener ilusión en algo y te aseguro que en eso voy a tope.

—Eso me queda claro si has cortado de raíz con todo, hasta con Renata. Está visto que tendré que resignarme y acostumbrarme a no verte más. Vamos al hotel.

—¿A qué hotel?

—Al NH de enfrente.

—No te entiendo, Vanesa.

—Me han dicho que alquilan habitaciones por horas. Quiero despedirte como Dios manda.

—¡No jodas! Me dejas loco. Abrumado, porque una tía como tú se interese por mis huesos, por darme placer, pero no quiero líos ni enredos de última hora. He venido a Madrid a lo que he venido.

—Lo siento. Han sido muchos días añorándote y ahora te vas para no volver y me ha dado un calentón.

—¿No van bien las cosas en casa? ¿Crisis con Luis?

—Ni bien ni mal, van. Gracias a que los niños están en una edad estupenda y todo lo compensan. No nos da tiempo de pensar mucho en nosotros.

—Lo siento, Vanesa. Hablaremos de vez en cuando, te lo prometo, pero ahora tengo que irme. He quedado con Renata para ventilar flecos y esta tarde, sino surge nada raro, me vuelvo al norte. Por cierto, veniros algún fin de semana a Silván, ya verás que comarca más bella. En casa de mis padres no cabéis todos, aunque tengo un amigo que alquila una casa rural arreglada de precio.

—¿Por qué no? No sé qué opinará el resto de la familia. Adiós, Antonio.

—Adiós, Vanesa.


Cuando entró en La Mucama, ya estaban sentados en su mesa favorita Julián y Renata. Saludó con comedimiento y se puso en la silla que habían dejado vacante. Todo estaba hablado previamente y Julián les fue enseñando los papeles y explicando como resultaba todo y lo que tenían que firmar. Después irían al notario y quedaría zanjado. A Antonio le mandaría los papeles definitivos, pasados por el registro de la propiedad, por correo postal y el dinero se lo ingresaría en cuanto el banco se lo proporcionase a Renata. La hipoteca estaba concedida con todos los parabienes y era cuestión de días.

—¿Quieres tomar algo?, preguntó Renata.

—No, gracias. La cosa está clara y si los dos estamos de acuerdo quiero ventilar el asunto cuanto antes. Y largarme sin demora.

—De todas formas —intervino Julián—, hasta dentro de una hora no tenemos la cita con el notario y tardamos poco más de media en llegar. Podemos hacer tiempo aquí tranquilamente.

—Bueno, si es así, pídeme una Coca cola.

 Renata se levantó y se dirigió a la barra. Julián aprovechó para hablar con Antonio y decirle que se mostrase un poco más condescendiente con ella. Lo estaba pasando realmente mal.

—Para mí tampoco es plato de gusto haber terminado así. Todavía la quiero, pero tengo que mostrarme frío y distante porque no quiero flaquear ahora que ya he dado el paso y estamos llegando al final.

—Intenta mostrarte tibio, al menos. Tú tienes un aliciente, una vela encendida que alumbra tu camino, pero ella ahora mismo está bastante tocada.

—Que poético te has puesto, abogado. Lo intentaré. Renata lo merece.

Charlaron un rato en la cafetería. A ella se le notaba violenta con la situación. Le costaba cruzar la mirada con Antonio. Este le dedicó alguna carantoña y le dijo que fuese a Silván cuando quisiese, que allí sería siempre bien recibida. Después fueron hasta la oficina, donde no les hicieron esperar mucho tiempo. Entraron en el despacho del notario, que tenía una mesa enorme y alargada, en uno de sus extremos estaba sentado el susodicho con una pluma en la mano. Cuando se sentaron a ambos lados de su persona, les fue leyendo todos los documentos y prestándose a aclararles cualquier duda que les pudiese surgir. Firmaron al final, donde se les dijo y se despidieron en la puerta de la calle.

—Bueno, pues que te vaya bien Renata. Te deseo lo mejor, de verdad. Julián cuídamela, estate atento y espero que a ti también te vaya estupendamente. Me voy. En cuanto llegue el dinero compraré el semental que ya tengo apalabrado y a partir de ahí, espero lograr mi sueño.

—Adiós Antonio, me parece mentira. Dame un beso, al menos.

 

Continuará…/…

viernes, 1 de marzo de 2024

Capítulo 5 - La propuesta

 

La sorpresa le hizo abrir los ojos y, a continuación, arrugó el entrecejo. Se tomó unos segundos para contestar. Algo sospechaba, pero no podía creer que llegase a tanto.

—¿Me lo estás diciendo en serio? Antonio, tenemos nuestro trabajo y nuestra vivienda en Madrid. Nuestra vida. Más vale que se te quiten esos pájaros de la cabeza porque, al final, como remolonees te van a echar. Date con un canto en los dientes que te han autorizado el mes de permiso sin avisar y sin justificar nada.

—Sabían que llevaba una temporada mal. Que no me centraba. Me tienen bien considerado. Tengo una trayectoria y por eso, a pesar de la sorpresa que les causó mi petición, accedieron.

— Te pueden permitir un calentón, una ocurrencia, una espantada, por una vez. Si empiezas a hacer aguas te pondrán, más pronto que tarde, de patitas en la calle por muy buen contable que seas, por mucho que tengas cogidos todos los intríngulis, subterfugios y zonas alegales donde poner a salvo las ganancias de la empresa para que declare lo mínimo, como me confiesas en confianza. Hay gente joven a patadas en el paro, con tanta o más valía que tú y se ahorrarían la antigüedad adquirida, los bonus y demás. Además, estarán deseando aprender y vendrán con fórmulas e ideas innovadoras en la cabeza.

—Por eso si me despiden me tienen que dar una pasta. Les voy a ahorrar el trago y les voy a pedir el finiquito.

—¿Te estás oyendo? ¿Y que vas a hacer con esa cantidad? ¿Venirte aquí? ¿A qué? ¿A teletrabajar? No lo veo. En cuanto a mí trabajo, ese no lo puedo realizar a distancia. Lo perdería sin indemnización. Iría directamente al paro.

—Por eso te he preguntado si estarías dispuesta a venirte a vivir aquí, con todo lo que ello conllevaría.

—No. No estoy dispuesta, Antonio. Y tú tampoco aguantaras mucho. Esto es precioso, pero los inviernos son eternos y abarcan medio año. Nada más que queda gente mayor, no hay actividades ni locales lúdicos; para cualquier gestión tienes que acercarte a Ponferrada, que no está a la vuelta de la esquina precisamente…


—No lo veas todo negro. Tampoco allí buscamos esparcimiento todos los días. La mayoría nos quedamos en casa enganchados al ordenador o a la tele. Casi no coincidimos los días de diario. Aquí también ha llegado internet, Neflix, Amazon. Si queremos ir un día al cine o al teatro en vez de acercarnos a la Gran Vía, pues vamos a Ponferrada que es una ciudad de tamaño medio y tiene de todo. No es que Silván sea el Edén, pero tiene sus ventajas. Principalmente, ofrece sosiego y tranquilidad. Date un tiempo. A mí también me parecía complicado, pero he dado con la tecla y prefiero esto al caos y al hormiguero de la capital de los cojones. Lo tengo todo pensado. Escucha.

Entonces Antonio comenzó su perorata. Con el dinero que le diesen y, si vendiesen el piso de Madrid, podrían conseguir una buena cifra y hacerse con una casa decente. No tendrían que vivir con sus padres. A eso no la podía obligar, incluso para él no era plato de gusto estar las veinticuatro horas compartiendo techo y comida, sobre todo por Mariana, que reconocía que era muy intensa. Había viviendas tiradas de precio, precisamente por la escasez de demanda, que con una buena reforma quedarían como nuevas. Aquí la vida pasaba despacio y se podía disfrutar, no es un corre corre que te pillo constante.

En cuanto a los medios de vida, tenía pensado hablar con su padre y, como estaba próxima su jubilación, le iba a proponer un trato: quedarse con la ganadería, modernizar las instalaciones y renovar el ganado. No se podía negar, seguramente se alegrase. Los últimos años se había dejado llevar, creyendo que sería el último ganadero de la familia, para después vender las cabezas y los terrenos y disfrutar del descanso merecido.

Había estado informándose y, para ganado de carne, lo que más rentaba era la raza Aberdeen. Construiría un par de naves en condiciones, con todos los adelantos, Se haría con un semental certificado y con una docena de hembras. Estas mejor autóctonas, mitad moruchas como las que tenía su padre, mitad Sayaguesas que dan muy buen rendimiento. Están más adaptadas al terreno y al clima y la mezcla puede resultar perfecta. Las Aberdeen puras aquí las pasarían canutas.

Renata no daba crédito a lo que oía. Primero, por la locuacidad con la que hablaba su marido, inusual en su carácter; segundo, por todas las ideas que se le habían pasado por la cabeza y de las que no había compartido ni una. A saber, cuanto tiempo llevaba dándole vueltas. Le asustó la convicción con la que se expresaba, el brillo de los ojos mientras le contaba su proyecto. Pero ella le echó un jarro de agua fría porque no estaba dispuesta a venirse a vivir a Silván, ni a vender el piso ni a perder su trabajo porque todo le parecía una locura, una insensatez.

Eso que proponía Antonio lo tenía ya a los dieciocho años y renunció a ello. Abandonó el pueblo porque se ahogaba, en busca de formación y de un futuro más digno que pudrirse en esa «aldeucha», fuente de chismes y sin ningún tipo de alicientes. Escapó de sufrir los rigores del clima, porque los ganaderos tienen que acudir al monte a por el ganado, o permanecer en él jornadas enteras, a veces; o pasar noches en blanco o a la intemperie porque tienen a una vaca de parto o a un ternero enfermo. Y ahora, veinte años después, añora lo que dejó y desdeñaba a todas horas. Hasta el punto de no visitar a sus padres nada más que en contadas ocasiones.

Pero él seguía su exposición sin hacerle mella la cara de haba que ponía Renata, de incredulidad, acompañada a veces con giros del cuello a izquierda a derecha, con resoplidos o con miradas al cielo y movimientos de brazos de los que se podrían deducir, sin tener grandes dotes de adivino, que todo eso la superaba, mascullando entre dientes, de cuando en vez: «Señor, dame paciencia». Antonio siguió explicando su proyecto, novedoso, según aseveraba.   Tenía pensado llevar las reses al matadero de Ponferrada, con el que firmaría un convenio y enviar la carne por toda España. De momento a Madrid, que es la que está mejor comunicada y es un mercado inagotable, también a Orense y a León que estaban más próximos. Si la cosa iba bien iría ampliando el radio. Se había enterado de que existía un servicio llamado «SEUR frío» con el que los problemas de conservación se solucionan.

A ella le reservaba que se ocupase de la parte administrativa: gestiones con el matadero, con la empresa de transporte; anuncios en las redes, control de pedidos y clientes. Podría solicitar que la diesen todo el dinero del desempleo de golpe presentando papeles como emprendedora porque está contemplado en la Ley si vas a montar una empresa. Unirían el dinero de las dos indemnizaciones, del piso y de las plazas de garaje y con eso tendrían más que suficiente para empezar a funcionar. El incremento exponencial de nutricionistas, dietistas o entrenadores personales convertidos en influencers o tertulianos de las cadenas de televisión, auténticos gurús de la alimentación, con una legión de seguidores, había motivado que se pagasen auténticas barbaridades por la carne de pasto certificada, por ser la más sana y equilibrada, pues contenía proteínas, minerales, nutrientes y un chorro de excelencias más. Estos charlatanes del siglo XXI les ayudarían sin pagar un duro.

Renata intentó meter baza para frenar la euforia y decirle su verdad. Que todo eso le parecía descabellado y que era muy bonito así, al pronto, pero pasarlo de la mente al mundo real era utópico. Ninguno de ellos tenía experiencia en el ramo, menos ella por supuesto, pero Antonio perseveraba, sus ideas iban más allá y todo lo que había estado atesorando durante este tiempo tenía que salir a flote una vez que había soltado el freno. Parecía que tuviese una fuerza ignota en el interior que le compeliese a escupir las palabras que se habían ido macerando y no estaba dispuesto a que se pudriesen en el averno de sus cavilaciones.

Si el proyecto funcionaba medianamente bien desde el principio y en un par de años se amortizasen todas las inversiones, el siguiente escalón, que haría grande al negocio y a sus dos socios fundadores, sería construir un pequeño matadero en Silván. Pequeño, pero matón. Con todas las exigencias de higiene y calidad que, a fuer de ser sincero, debido a normativas europeas, más estrictas cada vez, costaría una pasta levantar y poner a funcionar y más todavía, si montaban una reducida sala de despiece y una empaquetadora al vacío para poder comerciar con la carne desde allí. Tendrían que pedir más ayudas y subvenciones públicas, estatales o autonómicas, tanto daba. Y, por último, andando el tiempo, adquirirían dos o tres furgonetas con refrigeración, de segunda mano, y se desvincularían de la empresa de reparto. Serían autosuficientes.


Estas últimas fases, no cabía pensar en ellas de momento, no estaba tan zumbado. Habría que iniciar el camino de manera paulatina. Los principios serían duros, pero arrimando el hombro y si no se producían incidencias reseñables podían lograr que se completase todo el proceso: sacrificado de las reses, despiezado, envasado de los packs (carne picada, Solomillos, chuletones, falda, hamburguesas…). El resto de los desperdicios también se venderían a empresas que se dedicaban a tratarlos convenientemente y a convertirlos en alimento para perros y gatos. Por último, las pieles. El otro día había coincidido en la taberna con el pellejero de Pombriego y las de vacuno, bien desolladas, sin cortes ni mataduras, las estaba pagando a cuarenta euros.

En cuanto al personal, tendrían que empezar solos en el negocio, casi de cero, si descontaban los prados y el ganado de su padre. Irían aumentado la plantilla y, si eran capaces de llegar a la etapa última, que acababa de comentar, se ocuparían básicamente de tareas de dirección y gestión. Deberían tener en nómina: boyeros, que atendiesen al ganado, tanto en los prados como en las naves; un matarife para sacrificar las reses, desollarlas y vaciarlas; dos trabajadores que despiezasen las canales, un par de empleados para empaquetar todos los productos al vacío y meterlos en la cámara frigorífica en el orden preestablecido, tres repartidores y un comercial. Este último si llegaba un momento en que él no diera abasto. Aunque se lo podían ahorrar si potenciaban convenientemente las redes y hacían buenas campañas en ellas. Cuanto más personal, más subvenciones conseguirían. Al tratarse de la España vaciada había una línea de ayudas aparte y créditos a bajo interés exclusivos.  

—¿Qué me dices de la propuesta, Renata? No me tienes que contestar ahora, tómate tu tiempo. Dale vueltas, sopesa todo lo que te he dicho y piensa que yo te quiero mucho y deseo lo mejor para ti.

—Pero no hasta el punto de volver a Madrid a vivir conmigo.

—Madrid me ha dado muchas satisfacciones, pero hace tiempo que se me hizo bola. He intentado digerirla, aunque no se disuelve, más bien se apelmaza. No comentártelo antes sí que me lo puedes reprochar hasta el infinito.

—Pues sí, porque la excusa de que seas introvertido, un cerrojo, como dice tu padre, no te exime de que te hayas tragado todo, durante años quizá y ni siquiera te hayas sincerado con la persona que tanto dices amar, que convive contigo.

—Te reitero que lo siento Renata, pero lo pasado pasado está. No me has comentado nada del imperio que vamos a levantar. Ahora en serio, quiero que me digas algo sobre el proyecto, porque después del esfuerzo que me ha costado desembucharlo todo, me va a dar un jamacuco si te quedas tan pichi, como si no hubieses oído nada.

—No tengas cara. No me has dejado meter cuña. Menudo entusiasmo has puesto, cualquiera paraba tu alocución, pero habrás comprobado, por mis gestos y aspavientos, que no lo veo nada claro. Tengo que digerirlo, pero ya te digo de entrada que son las cuentas de la lechera. Pareciese como si nuestros dirigentes fuesen repartiendo el dinero a paladas. Yo te quiero mucho, pero no me puedes pedir que abandone todo para encerrarme en el monte, en un sitio inhóspito y con una incertidumbre que nos va a ir minando. Tengo un sueldo decente, amistades, compañeros y familia en Madrid.

—No te lo esperabas y tardarás en hacerte a la idea. Medítalo, sopésalo todo y llegarás a la misma conclusión que yo, que es factible. Querías que hablásemos, pues ya lo hemos hecho y tendremos que continuar.  Ahora vamos a merendar que se ha hecho tarde y tenemos las fiambreras, que nos ha preparado mi madre, muertas de risa. Coge agua del arroyo con el cazo que está dentro de la mochila, ya verás que fresca y que rica está. La corriente baja con alegría por el deshielo que se produce en primavera. Este sonido rumoroso, este aire puro que te invade los pulmones…

Volvió a envolverlos el silencio mientras daban cuenta de las viandas. Estaban encima de unas piedras lisas donde daba el sol, pero pronto cayó la tarde y se notaba fresco. Se puso el sol mientras recogían. «Un atardecer precioso en un paraje idílico». Antonio estaba desatado. Para volver tuvieron que guiarse con la linterna del móvil, oscureció casi de repente. Buscaron la vereda en el extremo opuesto del claro y cuando la localizaron, comenzaron la bajada hasta llegar al camino que les conduciría a la casa de Pancracio y Mariana.

En la cena, al calor de la lumbre de la chimenea, tampoco se habló mucho. Había una sensación como de hastío en el ambiente. Pancracio había llegado un rato antes, ya noche cerrada, de atender y dar la última vuelta al ganado. Algún formalismo para que se acercasen unos a otros el pan, el agua o la servilleta, pero sin hilar una verdadera conversación. De vez en cuando Mariana rompía la monotonía son sus salidas que a todos parecieron cargantes y nadie se molestó en disimular: «Madre mía, que serios estáis». «¿Quién se ha muerto?, esto parece un velatorio», fueron algunas de ellas. Pero lo que estaba deseando era quedarse a solas con su hijo para sonsacarle la parte mollar de la charla que habría tenido, sin duda, con su nuera.

En cuanto acabaron de cenar, subieron al dormitorio. Mariana se quedó recogiendo la cocina y Pancracio jugando al solitario. No era tarde, pero Renata estaba agotada. Llevaba dos noches casi sin pegar ojo y el día en Silván no le había dado tregua. Ya continuarían el diálogo, que habían dejado pendiente, a la mañana siguiente. Era imposible hacerlo en ese momento, pues se quedó dormida, como un cesto, en cuanto tocó la cama. Literal. Fue sentarse y cayó de lado, con cabeza sobre la almohada y las piernas colgando por fuera del catre. Antonio se ocupó de colocarla en horizontal y arroparla. Estuvo observándola durante un rato. Escuchando su respiración cadenciosa mientras el embozo de la sábana subía y bajaba al compás.

Cuando despertaron, Antonio comenzó a acariciar la espalda de Renata suavemente y a recorrer la columna hacia la parte inferior. Cuando iba a llegar a la rabadilla, ella se tensó y se separó unos centímetros de golpe. No tenía ganas de sexo. Su cabeza viajaba lejos, pensaba en la propuesta, en el órdago lanzado por su marido que, en principio le pareció un calentón, pero se había consolidado. Presa de inquietud y preocupaciones, lo último que le apetecía era un revolcón mañanero. Antonio, que ya tenía la bandera a media asta, comenzó a engolar la voz y a decirle entre susurros que precisamente en esos momentos era cuando venía mejor un desahogo para espantar a los fantasmas. Renata le llamó caradura.

Retomaron la conversación que habían dejado pendiente, con las cartas boca arriba, por parte de Antonio. Este añadió, sin querer, más crispación a la escena porque quiso jugar con los sentimientos de Renata y ella explotó. Después de que llevaba tres o cuatro años intentando convencerlo para tener un hijo y él siempre se sacudía las moscas y le daba largas, salió esa mañana con lo bien que se criaría aquí una chiquillo, en la tranquilidad del pueblo. Había una escuela para toda la comarca que estaba a ocho kilómetros. En coche, diez minutos.

Renata le dijo que era un chantajista, que ahora la salía con esas, después de negárselo durante años. Allí no había ningún futuro para un chaval.

—Si lo hay, cariño, estamos en un mundo global. Yo nací aquí y tengo mi carrera. Y mira si han pasado años. Ahora está todo interconectado.

—Vete a la mierda. Perdona que sea tan zafia, pero me sacas de mis casillas. ¿Ahora si te hace ilusión tener niños? ¿De repente?

—Un Antoñito, como me dices tú.

—No puedes jugar así con la sensibilidad de las personas y estirar la goma de esta manera porque se va a romper. Sabes que estoy enamorada de ti y recurres a cualquier subterfugio para que secunde tus demencias.

—Renata, vamos a hablar claro. Lo único que te preocupaba es si yo estaba follándome a otra tía. Tu misma lo confesaste. Te traía al pairo si estaba deprimido y me quería tirar por el balcón. ¿Cómo llamas a eso?

—Vamos a dejarlo aquí porque no quiero montar un espectáculo.  He sentido a tu madre trastear. Ha debido volver ya de misa. Bajemos a desayunar. Necesito sosegarme. A mediodía, en cuanto comamos me largo. Va a ser lo mejor, papanatas.

—¿Papanatas? Hacía tiempo que no oía esa palabra. Demasiada tibieza, ¿no?


—Efectivamente, estoy que exploto y prefiero sujetarme. Es lo primero que me ha salido. Como bien dice mi padre hay que pensárselo mucho antes de perder los papeles y decir barbaridades porque las palabras no se pueden recoger. No quiero tener que arrepentirme.

—Una explicación que puede pasar por creíble. Vete si quieres ahora mismo, pero espero que vuelvas porque yo, de aquí, no me muevo.

            Continuará…/…