lunes, 11 de marzo de 2024

Capítulo 6 - La decisión

             —Y ahora la pelota está en mi tejado.

—Joder Renata, cuanto lo siento. Ha sido culpa mía por malmeterte con lo de la infidelidad. No sé qué decir.

—No digas chorradas, Natalia. Eso le cabreó, pero yo también estaba con la mosca detrás de la oreja. Necesitaba confirmar. La película la tenía montada y a punto de estrenar y mi desconfianza le vino de perlas para apretarme las clavijas.

—¿Y que vas a hacer? ¿Te seduce tanto la idea como para dejar todo e irte a ese pueblo? —preguntó Paulina.

—Ni de coña. Nos hemos dado unos días. La semana que viene lo llamaré y que tome la decisión definitiva.

—Lo tienes clarísimo.

—Sí, tan claro que soy consciente de que vienen curvas pronunciadas.

Recuerda vagamente que llegó a casa. El viaje fue caótico. Le parecía que iba conduciendo otra persona. Ella estaba en otro sitio. La carretera era una línea difusa y la angustia le carcomía. ¿Paró siquiera a echar gasolina? Seguramente, porque el depósito no da para tanto.

Sus suegros se sorprendieron de que no se quedase a comer y Mariana le afeó su falta de palabra. «Te dije que la vela que va delante es la que alumbra, pero tu prometiste que lo dejásemos para el día siguiente y ahora has pensado otra cosa. Caprichosilla que me ha salido la nuera». Tuvieron que mediar los hombres entre las mujeres porque Renata se puso roja como la grana, se desafiaron con la mirada y el desahogo verbal tenía pinta de llegar a mayores.

Otra noche en blanco, presa de tribulaciones, a pesar de que, en cuanto llegó, se enchufó un Tranquimazin de los que tomaba Antonio y se quedó en el cajón de las medicinas tras su huida precipitada.  Su idea era que le hiciese efecto después de la cena y poder descansar. Pero no hubo cena ni descanso. Su cabeza no paró de dar vueltas durante la madrugada. Agradeció su horario de tarde. No tener que levantarse temprano le vino bien y, a eso de la diez de la mañana, cayó rendida un par de horas, aunque el descanso fue convulso, no reparador. Con ese escaso bagaje decidió ir al trabajo. No tenía ni pizca de ganas, podía haber llamado a Pablo, el supervisor, pero no lo hizo porque necesitaba fehacientemente hablar con alguien. Sus dos amigas más cercanas eran compañeras de trabajo. Por teléfono no era lo mismo. Además, estarían liadas con sus compras y tareas.  Era así de mirada. Aunque, en verdad, lo hacía por ella misma. Tenía que salir y airearse porque si no se le iba a caer la casa encima.

Hubiese querido detener el tiempo, pero la semana voló. Había quedado con Antonio en darse ese plazo y tomar la decisión final. Persuadirlo parecía imposible. A pesar de que en los últimos meses la relación se había resentido, principalmente por las fobias que le habían producido inseguridades y ansiedad, lo seguía queriendo. Tenía mucho cuajo al pedirle que se encerrarse entre montañas el resto de su vida. El Paradigma de la España vaciada, tan nombrada en estos últimos tiempos. Un lugar Inhóspito, la mayor parte del año. Y dejando todo el petate atrás: amistades, compañeros, familia…

Aparte, el futuro idílico que pintaba Antonio, a ella se le antojaba incierto. Primero porque, aunque su padre era ganadero, él quería avanzar varios peldaños de golpe en el oficio, modernizarlo, sí, pero poniendo todos los huevos en la misma cesta. Los animales tienen enfermedades, se mueren. Hay años secos, cada vez más frecuentes debido al cambio climático, en los que el pasto y el forraje escasea y hay que hacer acopio de piensos y cereales, que son muy caros. Sin hablar del ganado en sí, cuyo número quería quintuplicar en poco tiempo. El vacuno certificado se mueve en unas cifras que asustan. Llevaba una semana navegando por internet, metiéndose en páginas del ese sector y no todo era de color de rosa. Sacaban a la luz la multitud de inconvenientes existentes y quejas en los que se dedicaban a ese trabajo.

En cuanto la gestión administrativa, que Antonio le tenía reservada, ella estaba muy oxidada. Hacía años que trabajó para una asesoría, pero nunca le gustó esa ocupación. Si hubiese que ponerse las pilas se las pondría, pero para eso tenía que haber pleno convencimiento. Cuando el negocio es tuyo lo das todo, pero, aun así, muchas familias se habían arruinado. Los casos más frecuentes eran los de los ganaderos neófitos que creen que el campo y el monte son espacios bucólicos, pero los comerciales, los tratantes e intermediarios no perdonan. Quieren cobrar sin demora, cosa natural y aumentar sus márgenes continuamente, cosa menos lógica. Tienen fama de comisionistas insaciables. Había hecho en pocas jornadas un máster del universo ganadero, carnicero y distribuidor.

Intentaba convencerse de que no era para tanto, que no debía verlo todo oscuro, pero estaba claro que no le apetecía nada y que si daba el paso sería por estar al lado de Antonio. En sus largas noches de pesadillas se veía abocada a perder marido, piso y plazas de garaje, todo de una tacada. Aunque iba a explotar, adoptó la técnica de la dilatación, dejar correr el tiempo para no decantarse, de momento, auto engañarse, pero fue Antonio el que la llamó al día siguiente del vencimiento del plazo pseudo oficial.  

—Buenos días, princesa, ¿Qué tal estás?

—Jodida, Antonio, muy jodida.

—¿En serio? ¿Y quién es el agraciado?

—No empieces con tus sornas que llevo días sin pegar ojo.

—Estás dando vueltas a la pelota, ¿eh? Yo tardé en verlo, pero tenía la solución delante de las narices y ahora te la pongo en bandeja y no te cobro, por ser vos quien sois.

—Necesito más tiempo.

—No me fastidies Renata, esto tiene que ser ya. No se llegará en un rato al ideal que te predije, pero hay que echar a andar cuanto antes para alcanzarlo. No dispongo de tiempo. Acordamos un plazo y lo has sobrepasado.

—Qué estricto. Nadie dijo que fuera improrrogable.

—Mira cariño, si no lo tienes claro, da igual dejar pasar una semana que un mes. Nos tendremos que divorciar.

—¿Y te quedas tan fresco? Lo sueltas sin preámbulos. Lo despachas de un plumazo como si fuese uno de tus futuros tratos. El fin de semana que estuve allí me dijiste que me seguías queriendo. Después de quince años de vida en común, me decepcionas.

—Añadí muchas más cosas después de esa afirmación que sigo sosteniendo. Si lo miras bien, ya estamos separados. Cada uno en un sitio. Va a ser lo mejor y no me taches de insensible. Esto me cuesta muchísimo, pero hay prioridades y necesito dinero. Si no quieres participar de la aventura al cien por cien, no puedo arrastrarte a cambiar tu vida, vender todas tus pertenencias, sacar todo el dinero del banco y que me lo entregues. Tendremos que hacer dos partes y cada uno correr la suerte que le corresponda, vivir en el sitio que ha decidido y con los medios que la vida le depare.

—Me dejas como sin sangre. Creía que era algo más que una entidad financiera para ti.

—No digas chorradas. Te amo Renata, eres mi mujer…todavía. Hemos vivido muchas batallas juntos. Alegrías, angustias, incertidumbres. De todo ha habido. Mi garganta se anuda por la congoja cuando te estoy diciendo esto. Me cuesta hablar. Estoy nervioso. No soy un iceberg. O lo hago como un autómata o no me atrevería. Mi semana también ha sido dura, pero he tomado la decisión de dejar a un lado el corazón y que hable la razón. Lo siento, pero tendremos que empezar a liquidar la sociedad de gananciales.

—Qué vértigo me da y que aprensión me producen tus términos, tan técnicos, de repente. ¿Ni rescoldo te queda?

—¿Otra vez preguntas lo mismo? Tengo que mostrarme firme y no ablandarme. A esa conclusión he llegado, lo siento.

—Soy como una de tus futuras cabezas de ganado, si no dan rendimiento se sacrifican y a otra cosa, mariposa.

—¿Tan burdo te parezco? Los dos somos mayores de edad y hemos tomado una decisión. La de uno es incompatible con la del otro y nuestros caminos se tienen que dividir. Si te parece nos damos otra semana para localizar papeles y comenzar los trámites.

No haber tenido hijos facilitaría las gestiones, no sólo en la documentación, que el papel todo lo soporta, más bien en los asuntos de custodia y régimen de visitas. De común acuerdo decidieron que se encargase de todo Julián, un amigo de ambos, compañero de facultad de Antonio, que era noviete por entonces de Renata y que los presentó. Luego dejaron la relación, que no la amistad y, poco tiempo después, Renata, que sentía algo especial por Antonio y no se atrevía a entrarle, le pidió encarecidamente a Julián que le hiciese de intermediario. Una tarde lluviosa, en la que las gotas de agua resbalaban por los cristales de la cafetería La Mucama, céntrica, aunque discreta, sellaron el inicio de su aventura cogiéndose de las manos y juntando los labios tímidamente. Ese local se convirtió en emblemático para ambos.

Julián estaba especializado en casos de separación y era de la absoluta confianza de ambos. Se quedó sorprendido cuando recibió la llamada de Antonio. Hacía una larga temporada que no se veían y desconocía por completo que su relación estaba pasando tiempos convulsos. Antonio le explicó sucintamente que en su caso no se había gastado el amor de tanto usarlo, como dice la canción. Se echó todas las culpas por haber tomado una decisión sin haberla compartido con Renata hasta que no le cupo más remedio. Pero el mal ya estaba hecho y no pensaba pasar el resto de su vida fustigándose. Ahora quería que el horizonte quedase despejado para comenzar una nueva vida. Necesitaba dinero para invertir. Le puso al día, le dijo que empezase a mover papeles y que llamase tanto a Renata como a él para pedirles lo necesario e ir informándoles de cómo iban las gestiones.

Renata no quería abandonar el que había sido su hogar durante diez años. Medio año antes habían cancelado la hipoteca. Decidieron pagar el resto que les faltaba hasta los quince años en que habían fijado el vencimiento de golpe porque tenían dinero suficiente y así no necesitarían seguir ingresando todos los meses. «Al final no te creas que te desgravas tanto en los últimos años», le había comentado Antonio. Y ahora, tenían que malvender, deprisa y corriendo, porque él la apremiaba. Y buscarse cualquier cochiquera de alquiler hasta que se hiciese con algo decente y presentable para vivir. Por ahí no iba a pasar. Le propuso a su todavía marido, a través de Julián, que estaba dispuesta a hipotecar su parte de nuevo y pagarle su mitad, aunque tardase en conseguir que le aceptasen el préstamo, porque tendría que negociar con el banco unas condiciones asequibles. En cuanto a las plazas de garaje la cosa era menos complicada. Cada uno se quedaría con una y que Antonio la hiciese calderilla de inmediato si ese era su deseo.

Cuatro meses después, cuando todo estuvo dispuesto y los papeles preparados, sólo a falta de la firma, Julián les citó en la cafetería La Mucama y ellos, tras la sorpresa inicial accedieron a liquidar su matrimonio en el lugar en que todo comenzó. Literalmente no se iban a rubricar allí todos los papeles, pero sí algunos y esta reunión previa era imprescindible, para que después, con todo aclarado y acordado se encaminasen a la notaría para certificarlo. Antonio no quería ver Madrid ni en pintura, parecía que le hubiesen marcado a fuego como a uno de los terneros que ansiaba en adquirir, pero al final consintió. Aprovecharía y mataría dos pájaros de un tiro porque su jefe se había mostrado inflexible y le dijo que no le aceptaba firmar el finiquito telemáticamente. Por otro lado, quería despedirse de Vanesa, su compañera de trabajo y de confidencias, de desayunos y comidas. Le apetecía mucho. Tendría que explicar la película una vez más, aunque a ella era a la única persona que le había deslizado algo y con su don intuitivo no se quedó tan pillada cuando la comunicó que no pensaba volver por la oficina.

Fueron al Bar baridad de Sigfrido, como cualquier otra jornada laboral. Este le recordó a Antonio que la última vez que estuvo por allí le montó un pollo por el ruido que hacía el calentador de líquidos de la cafetera. Y ahora se iba para no volver. A criar vacas. Le dijo que era una caja de sorpresas y que era lo último que se esperaba de él. Estaba claro que no le conocía como había creído. Vanesa se puso a llorar en cuanto se sentaron en la mesa con el café y las tostadas delante y eso le descuadró. Le tensaba mucho que se pusiese a llorar nadie delante de él. Si era una mujer, que casi siempre lo era, no sabía dónde meterse. Intentó calmarla hablándole en susurros y secándole las lágrimas con un kleenex que sacó del bolsillo.

—Prométeme que conservaremos la amistad y que hablaremos de vez en cuando. Desde que te fuiste al pueblo ni un mísero wasap me has mandado. Menos mal que has contestado algunos de los míos, pero con una parquedad desesperante.

—Prometido, pero no llores Vane, que no merece la pena. Un pazguato se va, otro vendrá.

—No, Antonio. Sabes que cuesta mucho congeniar con alguien. El trabajo es un nido de arpías que te están mirando siempre de soslayo. Hay gente maja, aunque es escasa. Intentaré arrimarme a ella. Te voy a echar muchísimo de menos, así que menos paños calientes. Te ha dado fuerte, aquí tenías contrato indefinido y una vida hecha.

—Llámame loco si quieres. La verdad es que estaba harto de ser una persona gris y previsible. Le he dado vueltas y he pensado que lo mejor era esto, un giro radical. Sobre todo, tener ilusión en algo y te aseguro que en eso voy a tope.

—Eso me queda claro si has cortado de raíz con todo, hasta con Renata. Está visto que tendré que resignarme y acostumbrarme a no verte más. Vamos al hotel.

—¿A qué hotel?

—Al NH de enfrente.

—No te entiendo, Vanesa.

—Me han dicho que alquilan habitaciones por horas. Quiero despedirte como Dios manda.

—¡No jodas! Me dejas loco. Abrumado, porque una tía como tú se interese por mis huesos, por darme placer, pero no quiero líos ni enredos de última hora. He venido a Madrid a lo que he venido.

—Lo siento. Han sido muchos días añorándote y ahora te vas para no volver y me ha dado un calentón.

—¿No van bien las cosas en casa? ¿Crisis con Luis?

—Ni bien ni mal, van. Gracias a que los niños están en una edad estupenda y todo lo compensan. No nos da tiempo de pensar mucho en nosotros.

—Lo siento, Vanesa. Hablaremos de vez en cuando, te lo prometo, pero ahora tengo que irme. He quedado con Renata para ventilar flecos y esta tarde, sino surge nada raro, me vuelvo al norte. Por cierto, veniros algún fin de semana a Silván, ya verás que comarca más bella. En casa de mis padres no cabéis todos, aunque tengo un amigo que alquila una casa rural arreglada de precio.

—¿Por qué no? No sé qué opinará el resto de la familia. Adiós, Antonio.

—Adiós, Vanesa.


Cuando entró en La Mucama, ya estaban sentados en su mesa favorita Julián y Renata. Saludó con comedimiento y se puso en la silla que habían dejado vacante. Todo estaba hablado previamente y Julián les fue enseñando los papeles y explicando como resultaba todo y lo que tenían que firmar. Después irían al notario y quedaría zanjado. A Antonio le mandaría los papeles definitivos, pasados por el registro de la propiedad, por correo postal y el dinero se lo ingresaría en cuanto el banco se lo proporcionase a Renata. La hipoteca estaba concedida con todos los parabienes y era cuestión de días.

—¿Quieres tomar algo?, preguntó Renata.

—No, gracias. La cosa está clara y si los dos estamos de acuerdo quiero ventilar el asunto cuanto antes. Y largarme sin demora.

—De todas formas —intervino Julián—, hasta dentro de una hora no tenemos la cita con el notario y tardamos poco más de media en llegar. Podemos hacer tiempo aquí tranquilamente.

—Bueno, si es así, pídeme una Coca cola.

 Renata se levantó y se dirigió a la barra. Julián aprovechó para hablar con Antonio y decirle que se mostrase un poco más condescendiente con ella. Lo estaba pasando realmente mal.

—Para mí tampoco es plato de gusto haber terminado así. Todavía la quiero, pero tengo que mostrarme frío y distante porque no quiero flaquear ahora que ya he dado el paso y estamos llegando al final.

—Intenta mostrarte tibio, al menos. Tú tienes un aliciente, una vela encendida que alumbra tu camino, pero ella ahora mismo está bastante tocada.

—Que poético te has puesto, abogado. Lo intentaré. Renata lo merece.

Charlaron un rato en la cafetería. A ella se le notaba violenta con la situación. Le costaba cruzar la mirada con Antonio. Este le dedicó alguna carantoña y le dijo que fuese a Silván cuando quisiese, que allí sería siempre bien recibida. Después fueron hasta la oficina, donde no les hicieron esperar mucho tiempo. Entraron en el despacho del notario, que tenía una mesa enorme y alargada, en uno de sus extremos estaba sentado el susodicho con una pluma en la mano. Cuando se sentaron a ambos lados de su persona, les fue leyendo todos los documentos y prestándose a aclararles cualquier duda que les pudiese surgir. Firmaron al final, donde se les dijo y se despidieron en la puerta de la calle.

—Bueno, pues que te vaya bien Renata. Te deseo lo mejor, de verdad. Julián cuídamela, estate atento y espero que a ti también te vaya estupendamente. Me voy. En cuanto llegue el dinero compraré el semental que ya tengo apalabrado y a partir de ahí, espero lograr mi sueño.

—Adiós Antonio, me parece mentira. Dame un beso, al menos.

 

Continuará…/…

viernes, 1 de marzo de 2024

Capítulo 5 - La propuesta

 

La sorpresa le hizo abrir los ojos y, a continuación, arrugó el entrecejo. Se tomó unos segundos para contestar. Algo sospechaba, pero no podía creer que llegase a tanto.

—¿Me lo estás diciendo en serio? Antonio, tenemos nuestro trabajo y nuestra vivienda en Madrid. Nuestra vida. Más vale que se te quiten esos pájaros de la cabeza porque, al final, como remolonees te van a echar. Date con un canto en los dientes que te han autorizado el mes de permiso sin avisar y sin justificar nada.

—Sabían que llevaba una temporada mal. Que no me centraba. Me tienen bien considerado. Tengo una trayectoria y por eso, a pesar de la sorpresa que les causó mi petición, accedieron.

— Te pueden permitir un calentón, una ocurrencia, una espantada, por una vez. Si empiezas a hacer aguas te pondrán, más pronto que tarde, de patitas en la calle por muy buen contable que seas, por mucho que tengas cogidos todos los intríngulis, subterfugios y zonas alegales donde poner a salvo las ganancias de la empresa para que declare lo mínimo, como me confiesas en confianza. Hay gente joven a patadas en el paro, con tanta o más valía que tú y se ahorrarían la antigüedad adquirida, los bonus y demás. Además, estarán deseando aprender y vendrán con fórmulas e ideas innovadoras en la cabeza.

—Por eso si me despiden me tienen que dar una pasta. Les voy a ahorrar el trago y les voy a pedir el finiquito.

—¿Te estás oyendo? ¿Y que vas a hacer con esa cantidad? ¿Venirte aquí? ¿A qué? ¿A teletrabajar? No lo veo. En cuanto a mí trabajo, ese no lo puedo realizar a distancia. Lo perdería sin indemnización. Iría directamente al paro.

—Por eso te he preguntado si estarías dispuesta a venirte a vivir aquí, con todo lo que ello conllevaría.

—No. No estoy dispuesta, Antonio. Y tú tampoco aguantaras mucho. Esto es precioso, pero los inviernos son eternos y abarcan medio año. Nada más que queda gente mayor, no hay actividades ni locales lúdicos; para cualquier gestión tienes que acercarte a Ponferrada, que no está a la vuelta de la esquina precisamente…


—No lo veas todo negro. Tampoco allí buscamos esparcimiento todos los días. La mayoría nos quedamos en casa enganchados al ordenador o a la tele. Casi no coincidimos los días de diario. Aquí también ha llegado internet, Neflix, Amazon. Si queremos ir un día al cine o al teatro en vez de acercarnos a la Gran Vía, pues vamos a Ponferrada que es una ciudad de tamaño medio y tiene de todo. No es que Silván sea el Edén, pero tiene sus ventajas. Principalmente, ofrece sosiego y tranquilidad. Date un tiempo. A mí también me parecía complicado, pero he dado con la tecla y prefiero esto al caos y al hormiguero de la capital de los cojones. Lo tengo todo pensado. Escucha.

Entonces Antonio comenzó su perorata. Con el dinero que le diesen y, si vendiesen el piso de Madrid, podrían conseguir una buena cifra y hacerse con una casa decente. No tendrían que vivir con sus padres. A eso no la podía obligar, incluso para él no era plato de gusto estar las veinticuatro horas compartiendo techo y comida, sobre todo por Mariana, que reconocía que era muy intensa. Había viviendas tiradas de precio, precisamente por la escasez de demanda, que con una buena reforma quedarían como nuevas. Aquí la vida pasaba despacio y se podía disfrutar, no es un corre corre que te pillo constante.

En cuanto a los medios de vida, tenía pensado hablar con su padre y, como estaba próxima su jubilación, le iba a proponer un trato: quedarse con la ganadería, modernizar las instalaciones y renovar el ganado. No se podía negar, seguramente se alegrase. Los últimos años se había dejado llevar, creyendo que sería el último ganadero de la familia, para después vender las cabezas y los terrenos y disfrutar del descanso merecido.

Había estado informándose y, para ganado de carne, lo que más rentaba era la raza Aberdeen. Construiría un par de naves en condiciones, con todos los adelantos, Se haría con un semental certificado y con una docena de hembras. Estas mejor autóctonas, mitad moruchas como las que tenía su padre, mitad Sayaguesas que dan muy buen rendimiento. Están más adaptadas al terreno y al clima y la mezcla puede resultar perfecta. Las Aberdeen puras aquí las pasarían canutas.

Renata no daba crédito a lo que oía. Primero, por la locuacidad con la que hablaba su marido, inusual en su carácter; segundo, por todas las ideas que se le habían pasado por la cabeza y de las que no había compartido ni una. A saber, cuanto tiempo llevaba dándole vueltas. Le asustó la convicción con la que se expresaba, el brillo de los ojos mientras le contaba su proyecto. Pero ella le echó un jarro de agua fría porque no estaba dispuesta a venirse a vivir a Silván, ni a vender el piso ni a perder su trabajo porque todo le parecía una locura, una insensatez.

Eso que proponía Antonio lo tenía ya a los dieciocho años y renunció a ello. Abandonó el pueblo porque se ahogaba, en busca de formación y de un futuro más digno que pudrirse en esa «aldeucha», fuente de chismes y sin ningún tipo de alicientes. Escapó de sufrir los rigores del clima, porque los ganaderos tienen que acudir al monte a por el ganado, o permanecer en él jornadas enteras, a veces; o pasar noches en blanco o a la intemperie porque tienen a una vaca de parto o a un ternero enfermo. Y ahora, veinte años después, añora lo que dejó y desdeñaba a todas horas. Hasta el punto de no visitar a sus padres nada más que en contadas ocasiones.

Pero él seguía su exposición sin hacerle mella la cara de haba que ponía Renata, de incredulidad, acompañada a veces con giros del cuello a izquierda a derecha, con resoplidos o con miradas al cielo y movimientos de brazos de los que se podrían deducir, sin tener grandes dotes de adivino, que todo eso la superaba, mascullando entre dientes, de cuando en vez: «Señor, dame paciencia». Antonio siguió explicando su proyecto, novedoso, según aseveraba.   Tenía pensado llevar las reses al matadero de Ponferrada, con el que firmaría un convenio y enviar la carne por toda España. De momento a Madrid, que es la que está mejor comunicada y es un mercado inagotable, también a Orense y a León que estaban más próximos. Si la cosa iba bien iría ampliando el radio. Se había enterado de que existía un servicio llamado «SEUR frío» con el que los problemas de conservación se solucionan.

A ella le reservaba que se ocupase de la parte administrativa: gestiones con el matadero, con la empresa de transporte; anuncios en las redes, control de pedidos y clientes. Podría solicitar que la diesen todo el dinero del desempleo de golpe presentando papeles como emprendedora porque está contemplado en la Ley si vas a montar una empresa. Unirían el dinero de las dos indemnizaciones, del piso y de las plazas de garaje y con eso tendrían más que suficiente para empezar a funcionar. El incremento exponencial de nutricionistas, dietistas o entrenadores personales convertidos en influencers o tertulianos de las cadenas de televisión, auténticos gurús de la alimentación, con una legión de seguidores, había motivado que se pagasen auténticas barbaridades por la carne de pasto certificada, por ser la más sana y equilibrada, pues contenía proteínas, minerales, nutrientes y un chorro de excelencias más. Estos charlatanes del siglo XXI les ayudarían sin pagar un duro.

Renata intentó meter baza para frenar la euforia y decirle su verdad. Que todo eso le parecía descabellado y que era muy bonito así, al pronto, pero pasarlo de la mente al mundo real era utópico. Ninguno de ellos tenía experiencia en el ramo, menos ella por supuesto, pero Antonio perseveraba, sus ideas iban más allá y todo lo que había estado atesorando durante este tiempo tenía que salir a flote una vez que había soltado el freno. Parecía que tuviese una fuerza ignota en el interior que le compeliese a escupir las palabras que se habían ido macerando y no estaba dispuesto a que se pudriesen en el averno de sus cavilaciones.

Si el proyecto funcionaba medianamente bien desde el principio y en un par de años se amortizasen todas las inversiones, el siguiente escalón, que haría grande al negocio y a sus dos socios fundadores, sería construir un pequeño matadero en Silván. Pequeño, pero matón. Con todas las exigencias de higiene y calidad que, a fuer de ser sincero, debido a normativas europeas, más estrictas cada vez, costaría una pasta levantar y poner a funcionar y más todavía, si montaban una reducida sala de despiece y una empaquetadora al vacío para poder comerciar con la carne desde allí. Tendrían que pedir más ayudas y subvenciones públicas, estatales o autonómicas, tanto daba. Y, por último, andando el tiempo, adquirirían dos o tres furgonetas con refrigeración, de segunda mano, y se desvincularían de la empresa de reparto. Serían autosuficientes.


Estas últimas fases, no cabía pensar en ellas de momento, no estaba tan zumbado. Habría que iniciar el camino de manera paulatina. Los principios serían duros, pero arrimando el hombro y si no se producían incidencias reseñables podían lograr que se completase todo el proceso: sacrificado de las reses, despiezado, envasado de los packs (carne picada, Solomillos, chuletones, falda, hamburguesas…). El resto de los desperdicios también se venderían a empresas que se dedicaban a tratarlos convenientemente y a convertirlos en alimento para perros y gatos. Por último, las pieles. El otro día había coincidido en la taberna con el pellejero de Pombriego y las de vacuno, bien desolladas, sin cortes ni mataduras, las estaba pagando a cuarenta euros.

En cuanto al personal, tendrían que empezar solos en el negocio, casi de cero, si descontaban los prados y el ganado de su padre. Irían aumentado la plantilla y, si eran capaces de llegar a la etapa última, que acababa de comentar, se ocuparían básicamente de tareas de dirección y gestión. Deberían tener en nómina: boyeros, que atendiesen al ganado, tanto en los prados como en las naves; un matarife para sacrificar las reses, desollarlas y vaciarlas; dos trabajadores que despiezasen las canales, un par de empleados para empaquetar todos los productos al vacío y meterlos en la cámara frigorífica en el orden preestablecido, tres repartidores y un comercial. Este último si llegaba un momento en que él no diera abasto. Aunque se lo podían ahorrar si potenciaban convenientemente las redes y hacían buenas campañas en ellas. Cuanto más personal, más subvenciones conseguirían. Al tratarse de la España vaciada había una línea de ayudas aparte y créditos a bajo interés exclusivos.  

—¿Qué me dices de la propuesta, Renata? No me tienes que contestar ahora, tómate tu tiempo. Dale vueltas, sopesa todo lo que te he dicho y piensa que yo te quiero mucho y deseo lo mejor para ti.

—Pero no hasta el punto de volver a Madrid a vivir conmigo.

—Madrid me ha dado muchas satisfacciones, pero hace tiempo que se me hizo bola. He intentado digerirla, aunque no se disuelve, más bien se apelmaza. No comentártelo antes sí que me lo puedes reprochar hasta el infinito.

—Pues sí, porque la excusa de que seas introvertido, un cerrojo, como dice tu padre, no te exime de que te hayas tragado todo, durante años quizá y ni siquiera te hayas sincerado con la persona que tanto dices amar, que convive contigo.

—Te reitero que lo siento Renata, pero lo pasado pasado está. No me has comentado nada del imperio que vamos a levantar. Ahora en serio, quiero que me digas algo sobre el proyecto, porque después del esfuerzo que me ha costado desembucharlo todo, me va a dar un jamacuco si te quedas tan pichi, como si no hubieses oído nada.

—No tengas cara. No me has dejado meter cuña. Menudo entusiasmo has puesto, cualquiera paraba tu alocución, pero habrás comprobado, por mis gestos y aspavientos, que no lo veo nada claro. Tengo que digerirlo, pero ya te digo de entrada que son las cuentas de la lechera. Pareciese como si nuestros dirigentes fuesen repartiendo el dinero a paladas. Yo te quiero mucho, pero no me puedes pedir que abandone todo para encerrarme en el monte, en un sitio inhóspito y con una incertidumbre que nos va a ir minando. Tengo un sueldo decente, amistades, compañeros y familia en Madrid.

—No te lo esperabas y tardarás en hacerte a la idea. Medítalo, sopésalo todo y llegarás a la misma conclusión que yo, que es factible. Querías que hablásemos, pues ya lo hemos hecho y tendremos que continuar.  Ahora vamos a merendar que se ha hecho tarde y tenemos las fiambreras, que nos ha preparado mi madre, muertas de risa. Coge agua del arroyo con el cazo que está dentro de la mochila, ya verás que fresca y que rica está. La corriente baja con alegría por el deshielo que se produce en primavera. Este sonido rumoroso, este aire puro que te invade los pulmones…

Volvió a envolverlos el silencio mientras daban cuenta de las viandas. Estaban encima de unas piedras lisas donde daba el sol, pero pronto cayó la tarde y se notaba fresco. Se puso el sol mientras recogían. «Un atardecer precioso en un paraje idílico». Antonio estaba desatado. Para volver tuvieron que guiarse con la linterna del móvil, oscureció casi de repente. Buscaron la vereda en el extremo opuesto del claro y cuando la localizaron, comenzaron la bajada hasta llegar al camino que les conduciría a la casa de Pancracio y Mariana.

En la cena, al calor de la lumbre de la chimenea, tampoco se habló mucho. Había una sensación como de hastío en el ambiente. Pancracio había llegado un rato antes, ya noche cerrada, de atender y dar la última vuelta al ganado. Algún formalismo para que se acercasen unos a otros el pan, el agua o la servilleta, pero sin hilar una verdadera conversación. De vez en cuando Mariana rompía la monotonía son sus salidas que a todos parecieron cargantes y nadie se molestó en disimular: «Madre mía, que serios estáis». «¿Quién se ha muerto?, esto parece un velatorio», fueron algunas de ellas. Pero lo que estaba deseando era quedarse a solas con su hijo para sonsacarle la parte mollar de la charla que habría tenido, sin duda, con su nuera.

En cuanto acabaron de cenar, subieron al dormitorio. Mariana se quedó recogiendo la cocina y Pancracio jugando al solitario. No era tarde, pero Renata estaba agotada. Llevaba dos noches casi sin pegar ojo y el día en Silván no le había dado tregua. Ya continuarían el diálogo, que habían dejado pendiente, a la mañana siguiente. Era imposible hacerlo en ese momento, pues se quedó dormida, como un cesto, en cuanto tocó la cama. Literal. Fue sentarse y cayó de lado, con cabeza sobre la almohada y las piernas colgando por fuera del catre. Antonio se ocupó de colocarla en horizontal y arroparla. Estuvo observándola durante un rato. Escuchando su respiración cadenciosa mientras el embozo de la sábana subía y bajaba al compás.

Cuando despertaron, Antonio comenzó a acariciar la espalda de Renata suavemente y a recorrer la columna hacia la parte inferior. Cuando iba a llegar a la rabadilla, ella se tensó y se separó unos centímetros de golpe. No tenía ganas de sexo. Su cabeza viajaba lejos, pensaba en la propuesta, en el órdago lanzado por su marido que, en principio le pareció un calentón, pero se había consolidado. Presa de inquietud y preocupaciones, lo último que le apetecía era un revolcón mañanero. Antonio, que ya tenía la bandera a media asta, comenzó a engolar la voz y a decirle entre susurros que precisamente en esos momentos era cuando venía mejor un desahogo para espantar a los fantasmas. Renata le llamó caradura.

Retomaron la conversación que habían dejado pendiente, con las cartas boca arriba, por parte de Antonio. Este añadió, sin querer, más crispación a la escena porque quiso jugar con los sentimientos de Renata y ella explotó. Después de que llevaba tres o cuatro años intentando convencerlo para tener un hijo y él siempre se sacudía las moscas y le daba largas, salió esa mañana con lo bien que se criaría aquí una chiquillo, en la tranquilidad del pueblo. Había una escuela para toda la comarca que estaba a ocho kilómetros. En coche, diez minutos.

Renata le dijo que era un chantajista, que ahora la salía con esas, después de negárselo durante años. Allí no había ningún futuro para un chaval.

—Si lo hay, cariño, estamos en un mundo global. Yo nací aquí y tengo mi carrera. Y mira si han pasado años. Ahora está todo interconectado.

—Vete a la mierda. Perdona que sea tan zafia, pero me sacas de mis casillas. ¿Ahora si te hace ilusión tener niños? ¿De repente?

—Un Antoñito, como me dices tú.

—No puedes jugar así con la sensibilidad de las personas y estirar la goma de esta manera porque se va a romper. Sabes que estoy enamorada de ti y recurres a cualquier subterfugio para que secunde tus demencias.

—Renata, vamos a hablar claro. Lo único que te preocupaba es si yo estaba follándome a otra tía. Tu misma lo confesaste. Te traía al pairo si estaba deprimido y me quería tirar por el balcón. ¿Cómo llamas a eso?

—Vamos a dejarlo aquí porque no quiero montar un espectáculo.  He sentido a tu madre trastear. Ha debido volver ya de misa. Bajemos a desayunar. Necesito sosegarme. A mediodía, en cuanto comamos me largo. Va a ser lo mejor, papanatas.

—¿Papanatas? Hacía tiempo que no oía esa palabra. Demasiada tibieza, ¿no?


—Efectivamente, estoy que exploto y prefiero sujetarme. Es lo primero que me ha salido. Como bien dice mi padre hay que pensárselo mucho antes de perder los papeles y decir barbaridades porque las palabras no se pueden recoger. No quiero tener que arrepentirme.

—Una explicación que puede pasar por creíble. Vete si quieres ahora mismo, pero espero que vuelvas porque yo, de aquí, no me muevo.

            Continuará…/…

jueves, 22 de febrero de 2024

CAPÍTULO 4 - SÁBADO DE GLORIA

 

Apareció bajo el quicio de la puerta Mariana y se acercó a Renata a paso vivo. Ella estaba saliendo del coche, cogió el plumas del asiento del copiloto y se disponía a abrir el maletero para sacar maleta de mano en la que había metido su escueto equipaje para el fin de semana. Pero antes se dirigió efusivamente a su suegra sin darse cuenta de un pequeño detalle. Se había plantado delante de ella llevándose el dedo índice a los labios pidiéndole silencio.

            —Buenos días, Mariana, qué bien te veo.

            —¡Chist! No vocees guapa, te lo estoy advirtiendo —dijo en tono quedo.

            —Perdona, no te había comprendido. ¿Cuál es el problema?

            —Antonio ha pasado mala noche y se ha quedado dormido hace un rato.

            —¿Y yo? ¿Qué noche he pasado yo? Conduciendo sin descanso por carreteras de todo tipo.

            —Ese es tu problema, que te crees el ombligo del mundo, «yo siempre más», deja que duerma a la criatura que él no tiene la culpa.

            —¿Qué no tiene la culpa? Mariana, tengamos la fiesta en paz. No quiero empezar con mal pie, pero por favor, un poco de respeto.

Mariana le hizo una seña, levantando el brazo y abriendo la palma de la mano, para que se apaciguase y volvió a hablar entre susurros.

            —Bueno hija, perdona. Tampoco hay que ponerse así. Dame tus pertenencias que te las meto dentro con cautela, no se vaya a despertar.

            —Pero ¿es que no voy a poder entrar a la casa? Por lo menos para poder echarme agua a la cara y adecentarme un poco.

            —Eso más tarde. No seas tan coqueta. Aquí agua es lo que sobra, te la echarás en la fuente que hay en el recodo, la que llaman de Matazorras.

            —¿Me lo estás diciendo en serio? —Preguntó, con sorpresa y desesperación.

            —Escucha. Todavía es temprano. Vámonos, tú y yo, dando un paseo a saludar a Pancracio. Sabes que te aprecia y estará deseando verte. Está en el aprisco atendiendo al ganado. En diez minutos estamos allí y dentro de un rato nos volvemos los tres, despertamos a Antonio y desayunamos.

            Enfilaron la cuesta abajo siguiendo la carretera. Renata bastante mosqueada y sin querer disimularlo. No esperaba este recibimiento y, encima, estaba abotargada del viaje. Al llegar a la primera curva, que giraba hacia la derecha, salía un camino, justo a la izquierda, y en el arranque de este había una fuente de un caño, cuyo chorro caía con fuerza sobre una pileta y la rebosaba, perdiéndose el agua por debajo del camino y siguiendo su curso, ladera abajo. Era un arroyo que bajaba de la montaña y con el deshielo estaba bravo.

            Se refrescó con el agua helada y eso le vino de maravilla. Sus ojos se despidieron de las legañas de golpe y su cuerpo se activó. Mariana le advirtió que no se mojase mucho el pelo porque, aunque el día iba a ser espléndido, todavía hacía fresco, tardaría en secarse y se podía constipar.

Robles, hayas y castaños son los árboles que más se dan en la montaña occidental leonesa. Este camino, concretamente, estaba flanqueado por robles no muy gruesos, pero de gran envergadura. Sus hojas, mecidas por el viento, rompían el silencio en que caminaban las dos mujeres.  Se cruzaron con un paisano que traía un cayado para ayudarse a andar, un gorro de lana en la cabeza y un zurrón a la espalda. Lo acompañaba un mastín barcino que tenía puesto un collar grande con púas. Esta era zona de lobos y a los perros que cuidaban del ganado se lo solían colocar para que tuviesen más defensa ante sus eventuales encuentros con las manadas. Se dieron los buenos días y continuaron andando un trecho hasta que divisaron unas porteras de hierro, un poco oxidadas, cerradas por un cerrojo interior. Lo descorrieron y avanzaron por una senda, en la que sólo se distinguían dos rodales entre la hierba.

Llegaron a un claro en cuyo fondo había una pequeña edificación de piedra, con tejado de pizarra. Era el establo donde Pancracio guardaba al ganado. Tenía un portalón de madera y cuatro ventanucos corridos y equidistantes en la fachada. No se veía a nadie en los alrededores. Renata señalo hacia la cuadra e interrogó con la mirada a Mariana. Esta asintió y allí se dirigieron. Dentro estaba el suegro ocupándose de las vacas y los terneros. Había un bloque de sal en cada pesebre y estaba esparciendo unas alpacas de alfalfa por encima de ellos. Las cortaba las cuerdas, las desmoronaba en el suelo con un bieldo y después con este mismo instrumento echaba porciones en los cubiles, poco a poco. La sal era necesaria para mantener una buena nutrición en los animales. Ayuda a que los nutrientes penetren en su organismo. Se lo había explicado su suegro a Renata en otra ocasión. Pancracio levantó la vista, un poco sorprendido, ante la claridad que había invadido, de repente, el espacio.

—Renata, cariño, qué alegría verte por aquí. ¿Cuánto hace que no nos regalabas tu presencia? He perdido la cuenta —La abrazó y le plantó dos besos hermosos.

—Cuatro meses. Desde navidades. No me creo que no te acuerdes.

—Eso es mucho, pero estamos acostumbrados. De ahí mi sorpresa cuando vi aparecer a mi hijo el otro día. ¿Qué ha pasado nuera? No me creo que no sepas nada.

—Coño, tenéis aquí a Antonio cuatro días y ¿todavía no le habéis preguntado? No os entiendo.

—Ya sabes que este muchacho es un cerrojo. No hay quien le sonsaque nada. Ha dicho algo de que Madrid le mata, pero tiene que haber algo más.

—¿No hay crisis de pareja? Yo no he nacido ayer y eso de venir cada uno por su lado…choca —opinó Mariana, metiéndose en la conversación.

—Bueno, mujer, todos hemos pasado crisis —dijo Pancracio.

—Pero que no se haga de nuevas.

—Ni de nuevas ni de viejas. Me estoy hartando ya de estas desconfianzas y de acusaciones gratuitas. He venido aquí para ver a Antonio y hablar con él. Así que vamos para casa cuanto antes mejor.

—Dadme diez minutos, que estoy acabando. Suelto al ganado y me subo con vosotras a echar un remiendo que ya empiezo a tener gazuza.

—¿Pueden las reses quedarse solas?

—Hombre, aquí todas las fincas están cercadas con muros de piedra y las que no, tienen pastor eléctrico. Aunque podemos tener visitas inesperadas, así que las dejaré al cuidado de Zipi y Zape, estos dos canes tan hermosos.

—Son enormes. ¿De qué raza son?

—El rubio, boyero de Berna y el moreno, mastín.

Veinte minutos más tarde llegaron a la casa. Renata dijo que iba a despertar a Antonio, que había venido para verlo. Dejó la cazadora en el perchero. Subió las escaleras, estrechas, con peldaños de madera y pasamanos rústico. Conocía bien la habitación. Allí había dormido unas cuantas veces. Abrió la puerta y penetró en el interior. Estaba en semi penumbra. Por los agujeritos de la persiana se filtraba el sol en porciones y se reflejaba por la pared en forma de pequeñas manchas luminosas.  Cerró la puerta a su espalda. Antonio estaba acostado de lado, girado hacia la pared de enfrente. A pesar de que en esta época del año las casas todavía estaban frías, la alcoba estaba caldeada, pues el tiro de la chimenea pasaba, adosado a la pared, en su camino hacia el exterior.

            Verle allí encamado, después de varios días, despertó en ella la ternura y se le ocurrió la idea de despertarle con unos arrumacos. Se sentó en la silla para quitarse las botas, a continuación, se despojó también de los pantalones y la sudadera. Se metió en la cama procurando no hacer mucho ruido y se pegó a la espalda de Antonio haciendo la cucharita. Él no movió ni pie ni pata. Al contacto, Renata notó piel con piel. Tampoco tenía puestos pantalones. Comenzó a acariciarle, por encima de la nuca, el cuero cabelludo con suavidad, haciendo círculos concéntricos. Eso le gustaba. Seguía sin reaccionar y empezó a preocuparse un poco. Su sueño era demasiado profundo.

 Tendría que actuar con más determinación. Metió el brazo entre sus piernas y palpó por encima del calzoncillo, en busca del juguete. En esa posición no resultaba fácil y comenzó a hurgar a bulto. Al poco lo notó en toda su dimensión. Había crecido en segundos. Lo apretó con fuerza. Sintió que, por fin, Antonio se rebullía y con tono, casi imperceptible, masculló: «Renata, no me busques que me encuentras». Ella removió aquello con más brío. Entonces Antonio se dio la vuelta en un plis plas, se puso frente a ella y, mirándole a los ojos, metió los brazos bajo su camiseta, liberó los senos del sujetador y comenzó a pellizcarle los pezones. Las niñas de sus ojos echaban chispas y la punta de la lengua le asomó entre los labios.

—Ay, ay, ay, ay…

—Canta y no llores —entonó Antonio.

—No empieces con tus gansadas —dijo Renata, entre suspiros y escapándosele una risa nerviosa.

—Me has engolosinado y ahora tengo que probar estas gominolas, ricas, ricas.

—Antonio, como te pasas. No seas zafio —añadió con travesura.

—Me paso y me propaso. Has empezado la guerra, has despertado a la bicha y ya no hay regresión posible.

Lo que siguió después fue una lucha encarnizada. Chillidos atenuados, suspiros, forcejeos, giros, fricciones y, por fin, el clímax.  Quedaron ambos exhaustos y jadeantes, boca arriba. Apartaron la sábana y el edredón y estuvieron un rato en esa posición, mirando los pies derechos que sustentaban a las vigas de madera que recorrían el techo. Cuando sus cuerpos volvieron a la temperatura y al ritmo respiratorio habituales, Renata rompió el silencio:

—Me sigue gustando hacer el amor contigo más, si cabe, cada día. No sé si a ti te pasa lo mismo.

—¿Por qué dices eso? Creo que ha quedado claro. Bajemos a desayunar con mis padres. Se está haciendo tarde.

—No empieces, Antonio. He venido a hablar. Llevas toda semana con evasivas y tu despedida fue rocambolesca. No me la esperaba para nada y me dejaste patidifusa. No sigas dando largas y dime lo que me tengas que decir.

—Lo que te tengo que decir te lo he adelantado, más o menos. Vamos a desayunar que se va a juntar con la comida. Después te prometo que nos iremos a dar un paseo y hablaremos largo y tendido, sin cortapisas.

—Respóndeme a una pregunta antes. Si no lo haces no pienso bajar. Una duda que me tiene trastornada. Pero, por favor, sé sincero. ¿Hay otra mujer?

—Ni mujer ni hombre.

—¡Antonio, joder! ¿Es que todo te lo tienes que tomar a chufla? Contesta a la pregunta, sin sandeces de las tuyas.

—Podía haberme convertido en bisexual —afirmó, girando la mano y meneando la muñeca con amaneramiento, pero viendo la congestión que experimentaba el rostro de Renata cambio el tercio—. Hablando en serio. No, cariño. No hay otra mujer. Tú eres la única. Y me sigues gustando. Lo acabas de sentir. Reconozco que me he excedí al marcharme sin una explicación, pero ya he contestado a la pregunta y quiero bajar. Tengo un hambre atroz.

Pancracio y Mariana habían acabado de desayunar hacía rato, pero estaban todavía sentados a la mesa esperando su llegada. Les dedicaron miradas suspicaces mientras se sentaban. Renata estaba hecha unos zorros. Llevaba muchas horas sin dormir. Tendría que echarse un poco después de comer, porque si no, no iba a ser persona, aunque quería aprovechar los dos días al máximo. Quiso ayudar a su suegra con el desayuno, pero le dijo que ya estaba todo preparado, que se sentase y que ella les serviría a los dos. Mientras, conversaron los cuatro. Renata le preguntó a Antonio por lo que había comentado su padre, que qué era eso de que Madrid le mataba.

—Tu no lo entiendes, pero cada vez me cuesta más vivir en la jungla de asfalto. No quiero acabar como Remigio.

—¿Qué Remigio?

Mariana le explicó que era un chico del pueblo, un poco más mayor que Antonio y que se fue a la capital hacía más de veinte años, como muchos otros. Era hijo del señor que se encontraron de camino al establo de Pancracio. Se había suicidado y la noticia en el pueblo había caído como un mazazo. Hacía dos meses de esto y todavía estaban todos los vecinos conmocionados. No era difícil imaginar como se sentían los padres.

            —Pero Antonio, es normal que te impacte la noticia al ser una persona conocida, pero no te pongas en lo peor. No todos los que se han ido a Madrid se van a suicidar. ¿No sabes los motivos que le han llevado a ello?

            —Se comenta que algún problema con la custodia de los hijos. Tenía niño y niña, la parejita, y se había separado hace un año. Pero debía haber algo más. Todo son especulaciones —dijo Pancracio.

            —Pues Antonio es el rey de las especulaciones y la persona más aprensiva que conozco. Esa mezcla te ha afectado mucho, pero lo tuyo no tiene nada que ver, cari, te lo digo yo. No lo metas en el mismo saco. A no ser que se me esté escapando algo que no me hayas contado.

            —Efectivamente, no es posible la comparanza de un caso con otro porque vosotros no tenéis niños. A ver si nos hacéis abuelos de una vez, que al final se os va a ir el vino en catas. ¿No queréis o es que no valéis? —soltó, sin anestesia, Mariana.

Renata abrió los ojos y la boca a la vez, de par en par. Conocía a Mariana y sus maneras burdas, pero esa señora no dejaba de abochornarla.

—Mamá, parece que lo gozas poniendo a la gente en tensión, pero esto pasa de castaño oscuro. Por ahí no sigas. En cuanto a ti, Renata, ya te he dicho que hablaríamos largo y tendido, pero no ahora.

—¿Qué pasa hijo? ¿Qué no quieres que los padres nos enteremos de vuestras intimidades? Creo que somos los más indicados y los que más os podemos comprender y aconsejar.

—No lo dudo, mamá. Vamos a dejarlo aquí. Renata y yo vamos a dar un paseo a las eras de Robrellano. Volveremos para comer. A eso de las dos y media.

—¿Y por qué no vamos todos y pasamos el día en el campo? Podemos comer allí —preguntó Mariana.

—Por mí no hay problema —comentó Pancracio—. Lo único que me volveré antes porque después la noche cae sin avisar y tengo que dar otra vuelta a los animales y dejarles aviados.

—Pues mira tú. Para mí si hay problema. ¿Es que no puedo estar un rato a solas con mi marido? He venido con esa intención. He quedado con él en eso. Pero, casualmente, no paran de surgir eventualidades.

—Para una vez que venís. Lleváis diez años casados. Ya estáis bastante tiempo juntos.

—Que no, Mariana, que este viaje no ha sido por gusto. Lo del día de campo en otra ocasión. Mañana quizá.

—«Ayer me decías que hoy, hoy me dices que mañana y mañana me dirás que de lo hablado no hay nada». Seguro que mañana después de comer quieres salir corriendo.

—No es que quiera es que tengo seis horas largas hasta Madrid si todo se da bien, pero vale, puedo quedarme. No entro hasta el lunes por la tarde. Tendría que pegarme un madrugón porque, si no, me va a tocar conducir otra vez toda la noche. De momento ahora nos vamos los dos y no se hable más.

—Esperad, entonces, a que os haga algo de merienda. Lo preparo en un periquete. Se ha hecho tarde y no creo que os de tiempo volver a la hora de comer. Te digo yo, que por hache o por be, no vamos a poder disfrutar de la visita.

—Mamá, no te pongas pesada.

«Menudo disfrute me estás apretando, cabrona» dijo, entre dientes, Renata, mientas esbozaba una sonrisa hipócrita dirigida a su suegra.

Salieron por la puerta y enfilaron una senda empinada que salía a pocos metros. Esa zona a Antonio le gustaba mucho, en las faldas de la montaña, aunque no pudieron hablar hasta que llegaron a un llano, veinte minutos después, y recuperaron el resuello. Se sentaron en unas piedras que había en un extremo, junto a una oquedad. Un peñasco gigante les protegía del viento.

—No me digas que no es un entorno privilegiado.

—Antonio, no es la primera vez que venimos, pero parece que has redescubierto la frondosidad, el verdor y la naturaleza que rodea a tu pueblo. Esta zona es muy bonita. Recuerda que yo te lo decía, a mí no me tienes que convencer. Eras tú el que lo mantenías en el olvido y sólo venías cuando no quedaba otra.

Estuvieron un rato en silencio observando el paisaje en la lejanía. Se distinguían las cumbres, todavía con nieve, de Cabeza de Manzaneda. Luego bajaron la vista hacia el suelo herboso. Evitaban cruzar las miradas. Renata se estaba impacientando e iba a dirigirse a Antonio cuando este se le adelantó.

—Pues, si no te tengo que convencer, eso que llevo ganado.

—¿A qué te refieres?

—Renata, ¿tú te vendrías a vivir a Silván conmigo? —balbuceó nervioso.

Continuará…/…