jueves, 15 de febrero de 2024

CAPÍTULO 3 - SILVÁN

 

—¿Diga?

—¿Pancracio?

—Sí, soy yo ¿Quién es?

—Soy Renata, ¿Se puede poner Antonio?

—¡Hola, nuera! Qué alegría oír tu voz. Pues mira, te voy a ser sincero. No se puede poner porque está durmiendo como un leño. Me acabo de asomar a su habitación. Ha debido pasar mala noche, le he sentido varias veces entre sueños. Si te parece bien en cuanto despierte le digo que has llamado. ¿Qué ha pasado?

—¿No te lo ha contado él? Porque yo estoy totalmente off.


—Háblame en cristiano porque no me entero. Lo que te puedo decir es que llegó anoche pasadas las once. Nos quedamos sorprendidos porque no había avisado y nos dijo que estuviésemos tranquilos que se iba a quedar aquí una temporada pero que llegaba cansado del viaje y hoy nos daría los detalles. Así que cuando abra el ojo a ver que se trae entre manos. Espera, te paso a María, que quiere hablar contigo.

— Renata, guapa ¿Qué ha pasado? ¿Habéis reñido? Que ahora ya se sabe.

—Ya se sabe ¿qué?, Maria.

—Que tenéis poco aguante y en cuanto se tuerce un poco la cosa pegáis el zapatazo y os vais cada uno por vuestro lado.

—¿Te ha dicho eso Antonio? Porque entonces sabes más que yo.

—No me lo ha dicho, pero algo me he barruntado. ¿De qué va a presentarse aquí, así, entre semana, de repente? Si no venía nunca, por más que se lo rogábamos.

—Claro que choca. Por eso, si no te causa molestia, le dices cuando se despierte que me llame y que cargue o encienda de una puta vez el móvil.

—Hija, qué genio. Ya sabía yo que habíais tenido zapatiesta. Descuida que se lo haré saber.

Llamó a Pablo, el supervisor y le dijo que no iba a ir al trabajo, que le había surgido un imprevisto, que la perdonase por avisar con tan poca antelación. Pablo era la discreción personificada, tenía fama de seco, pero en esta ocasión lo agradeció. No indagó en los motivos y, como Renata era una trabajadora ejemplar, que no solía dar problemas, le dijo que avisaría a una sustituta.

            No tenía ánimos de nada ese día, estaba muy confusa y deseaba que Antonio la llamase de una vez y arrojara luz en la situación. Creía que no había secretos entre ellos, pero la espantada la pilló con el pie cambiado, la había dejado como sin sangre. Que se hubiese ido a Silván le parecía inverosímil y según iban pasando las horas su cabeza recreaba explicaciones pintorescas, increíbles. Tenía que hablar con él porque sino se iba a volver loca.

            Por fin la llamó. Sonó el teléfono casi a la hora de comer. Antonio hablaba entre murmullos, no vocalizaba y ella se asustó. Quería saber que le había pasado y porque había tomado la decisión de irse sin avisar. Según avanzaba la conversación Renata cayó en la cuenta de que se había tomado algún somnífero para dormir y todavía no estaba del todo en este mundo. En casa también lo hacía cuando avanzaba la madrugaba y no lograba conciliar el sueño. Por eso estaba como sonado y tardaba en reaccionar ante sus preguntas y su exigencia de aclaraciones.

            «La terapia con el psicólogo le había venido muy bien, le había hecho ver la realidad tal cual era». Eso le dijo. La ansiedad que de un tiempo a esta parte le concomía por dentro, la que le hacía saltar con desafuero ante cualquier ruido, ya no necesariamente estridente, sin mirar ni reparar, era producida, aparte de los acúfenos, porque su cabeza se iba a otro lado, odiaba Madrid y toda su algarabía.  De ahí el espectáculo que brindó al vecindario aquella madrugada infausta. No lo relacionaba en un principio, pero le cuadraba con todo lo que le estaba sacudiendo.       

     

—Vamos a ver, Antonio. Hace tiempo que padeces de acúfenos. Escuchas zumbidos o silbidos, aunque no haya ruidos externos. Hemos ido al otorrino y te lo ha explicado.

—También me ha dicho que debo evitar los ruidos potentes y estridentes.

—Y el alcohol, y eso no lo destierras.

—¿Me estás llamando borracho?

—No. Pero no me gusta que llegues tarde a cenar, como te ocurre últimamente.

—Me quedo un rato con amigos de la oficina, pero sólo tomo cerveza 0,0 tostada.

—Tostada la que traes encima, pero, bromas aparte, vamos a centrar el tema. Huir no va a solucionar nada, aunque te lo hayan aconsejado, porque es una solución momentánea, tienes que volver y entonces te costará todavía más aclimatarte de nuevo.

—Ahora vas a saber tú más que el psicólogo.

—Mira Antonio lo que sé es que no es de recibo que te vayas sin más, sin una conversación previa, sin una charla en que se contrasten opiniones, que llegue una noche a casa y me encuentre una nota, que no me cojas el teléfono. ¿Tanto te costaba decírmelo a la cara? Es acojonante la confianza que tienes con tu esposa.

—¿Me hubieses dejado? Hubieses puesto una y mil trabas como estás haciendo ahora. Quitas importancia a mis angustias vitales. Así es mejor. A toro pasado.

—Me estás dejando ojiplática. No te reconozco. El sábado voy para allá a pasar contigo el fin de semana. Tendremos tiempo de hablar largo y tendido.

—Aquí te espero, aunque te advierto que ya he pedido el mes y tengo decidido quedarme ese tiempo. Llevo apenas un día y me había olvidado de este silencio. He salido un rato alrededor de la casa a dar un paseo y mis pulmones se han llenado de aire puro, me he puesto a aspirar oxigeno como si se fuese a acabar.  Qué sensación más placentera.

—Madre mía, pasas de un extremo al otro. De no pisar el pueblo porque te asfixiabas, con sus reducidas dimensiones y sus cotilleos, a parecerte la octava maravilla.

—Mi decisión es firme, Renata. Ven el sábado si es tu gusto. Cuando pase el mes veremos. —Se le notaba nervioso pero tajante en la voz y, en ese momento, colgó.

«Ni se despide, tócate los pies». Decide ir, a pesar del desapego mostrado por Antonio. Estaba dispuesta a permanecer sola durante el mes, podía estudiar un plan alternativo para las vacaciones de ese año. Irse con alguna amiga. Con sus padres no le apetecía, un mes entero le resultaría agotador, sobre todo por su madre que era muy controladora y fisgona. Le preguntaría por los motivos, sacaría de mentira verdad como le gustaba jactarse a ella. Vacaciones para estresarse, definitivamente no.

Transigiría si era por su bien, si los especialistas se lo habían aconsejado, pero sintió que había algo más. Había percibido en las palabras, pero, sobre todo, en los silencios de Antonio, un poso de amargura, que incluso podía ser una banalización, como si su relación careciese de importancia. Tenía cuatro días por delante en los que daría muchas vueltas, pero el sábado iría. Necesitaba aclarar si se trataba sólo del estado anímico de Antonio o algo más recóndito. Si se trababa de lo primero tendría que apoyarle, pero le producía desazón pensar que se tratase de lo segundo. Quería que quedase todo aclarado y zanjado tras su visita, para bien o para mal.

Los runrunes le acometieron durante la semana. Antonio había vuelto a cogerle el móvil, pero la despachaba rápido. Nunca había sido muy locuaz, pero sí de grata conversación y siempre la obsequiaba con algún piropo, chascarrillo o salida ocurrente, que la hacía sonreír, e incluso reír a mandíbula batiente. Su laconismo la hacía decantarse por una crisis en su relación. Otras veces se fustigaba por tener esos pensamientos y se decía que todo podía deberse a su melancolía, a una incipiente depresión. Estaba hecha un lío.

—Joder —dijo Sabas—. Esto ya pasa de castaño oscuro ¿Os habéis apuntado al ayuno impertinente? Porque ya es el tercer día con la misma excusa y canta un poco.

—Se dice intermitente —puntualizó Benigno— sin poder evitar una carcajada.

—Se de sobra como se dice. A ver si aprendes a coger las coñas, compañero.

—Simplemente vamos a estar unos días a plan, sin merendar y andando durante ese rato. Últimamente la báscula se ha ensañado con nosotras —comentó Natalia—. Cada día una probatura nueva. Que si tiramisú, que si bizcochos. Esto de tener compañeras tan buenas reposteras ha hecho que los cuerpos se expandan. Tenemos que tomar medidas.

—No seas exagerada, cari. Tú si que estás como un bollito, rica, rica.  

—Mira que zalamero. Veniros si queréis. Pero no, como sois unos zampabollos no podéis pasar un día sin merienda.

—Paulina, te voy a dejar las cosas meridianas. Soy un hombre beligerante, me apunto a todas las reivindicaciones, movilizaciones y broncas en defensa de los derechos de los trabajadores, pero ya se lo dije al secretario del sindicado: podéis contar conmigo para casi todo, pero huelga de hambre no, porque me sería imposible secundarla. Sin merendar no me quedo porque a la media hora pego tarascadas al aire como los perros cuando ven una mosca. Así que aquí os esperamos, andarinas.

Renata deseaba desahogarse, hablar con sus compañeras del asunto que le corroía las entrañas y la tenía hecha un mar de dudas. Natalia tuvo la idea porque sino era en ese hueco no podían hablar tranquilas y para quitarse a los dos moscones sedentarios nada mejor que hacerles andar y dejarles sin comer.

Agradeció Renata la complicidad de sus compañeras en una semana que se le iba a hacer larga, en la que los nervios le acometían desde que leyó la nota y se acrecentaban tras las conversaciones que iba manteniendo con su marido. A ellas les extrañó que no hubiese notado nada con anterioridad.

—A ver, ahora lo piensas y atas cabos. Esto pudo ser por tal o por cual, pero entonces ni se me hubiese ocurrido. Está claro que llevaba unos meses crispado, que los ruidos estridentes le hacían perder las formas. A veces lo pagaba conmigo, supongo que también con sus compañeros. Le convencí de que empezase una terapia con un psicólogo en paralelo con el otorrino, me contaba que estaba mejorando. Me alegró mucho oírle decir eso.

—Lo de que saliese corriendo sin avisar no me cuadra, a no ser que Antonio sea de esas personas que le dan revoleras —opinó Paulina—. Porque si es así, tenías que esperar cualquier reacción y veo que no es el caso.

—Es un gilipollas, no lo deis más vueltas. Mándalo a la mierda. Yo creo que se ha pegado un buen revolcón con otra, esa es la impresión que me da y se ha inventado la pamema de los ruidos y de los tratamientos porque no se atreve a decirte que está encoñado.

—¿Cómo puedes ser tan basta, Natalia?

—Me han pedido una opinión como amiga y la doy. No voy a andarme por las ramas, creo que tenemos suficiente confianza.

—No me importa, Paulina, puede que Natalia tenga razón, pero sólo en parte. Lo de los ruidos no se lo ha inventado porque no veas el espectáculo que montó una madrugada, qué bochorno me hizo pasar, no era capaz de que volviese a su ser.

—¿Y no podía ser una sobreactuación? ¿Pregunto? Te enteras de cada caso hoy día…

—No me fastidies, Nata, el que te haya ido regulinchi en tu matrimonio te impulsa a hacerlo extrapolable a todos los demás. Sería lo último que esperaría de Antonio.

—Pues mira, me parece bien que vayas a verle el sábado, pero no te andes con florituras, vete por derecho, sin circunloquios, que no tenga escapatoria ese cabronazo.

—Quizá sea buena táctica, pero ¿y si es verdad lo de sus angustias y lo termino de hundir?

—Que no está zumbao, que es más listo de lo que crees. Desconfía de las mosquitas muertas. En fin, tu misma.

El viernes en el trabajo fue un día raro para Renata. Hecha un manojo de nervios y en su mente girando el monotema. Se le hizo eterno. Para colmo libraban Natalia y Paulina y no pudo desfogarse con nadie. Cuando salió se fue para casa. Quería dormir unas horas antes de partir, pero le fue imposible conciliar el sueño. Así que decidió ponerse en ruta. Cuanto antes saliese antes llegaría. Bajó al garaje y cogió el coche. Tenían dos plazas de aparcamiento, una en propiedad y otra alquilada. Pasó la noche en la carretera. A Las cinco llegó a Benavente. A la Bañeza sobre las seis y media. Allí paró en una estación de servicio para tomarse un café bien cargado y un par de magdalenas.

 Al fin enfiló los últimos veinte kilómetros de una carretera estrecha y sinuosa, aunque recientemente asfaltada. Flanqueada de castaños y con hierba en los hipotéticos arcenes. Se distinguían muros de piedra sin argamasa que delimitaban los prados. Serían las ocho de la mañana, ya amaneciendo, cuando divisó la espadaña de una pequeña iglesia y, entre los cerros, algunas casas dispersas. Doscientos metros después apareció el cartel con el nombre de la población y al lado otro explicativo: «Bienvenidos a Silván, en la comarca de la Cabrera Baja».

Frenó de golpe ante el siguiente anuncio publicitario y abrió los ojos de par en par. Su texto sobreimpresionado la descuadró, además de por lo zafio, porque no concordaba con las imágenes promocionales que aparecían en él. No era un grafiti, las letras estaban perfectamente integradas en medio de la foto de una amazona sonriente y una chica rubia con ropa deportiva subida en una bici: «Putas a caballo. Putas en bicicleta». Se bajó del coche extrañada y se acercó. La humedad del ambiente y el relente mañanero la hicieron tiritar. Tras unos minutos, examinándolo detenidamente, descubrió el pastel. Algún cachondo se había tomado la molestia de borrar las rayas oblicuas de la derecha de las erres que pasaron a ser pes. El texto original era: «Rutas a caballo. Rutas en bicicleta». Soltó una risotada que le vino muy bien para sacar afuera parte de la tensión acumulada durante el viaje y despabilarse.

Volvió a subir al coche para dirigirse a la casa de sus suegros. Respiró hondo durante el breve trayecto y detuvo el vehículo en una pequeña explanación que había delante. Una casa de piedra, con tejado de pizarra a dos aguas y una chimenea que humeaba en ese momento. Paró el motor, echó el freno de mano y en ese momento se abrió la puerta de la casa.

Continuará .../...

lunes, 5 de febrero de 2024

Capítulo 2 – Renata

 

Renata sale de casa sobre la una. Tarda media hora en llegar al hospital, tres cuartos si se le da mal. Tiene el tiempo suficiente para comer, pues su jornada va de las dos y media a las nueve y media. Hay una cafetería auto servicio que no está mal de precio. Sobre todo, influye la comodidad de no tener que cocinar. Come un plato principal, con eso le vale. A veces pide postre si se queda con hambre. Queda con Sabas, un compañero con el que lleva trabajando desde que entró, hace seis años y con el que ha hecho muy buenas migas. Es un poco simplón y ordinario, pero bastante sanote y gracioso. No tiene maldad, aunque le guste mucho pinchar y se cubren mutuamente cuando tienen que ausentarse por cualquier circunstancia.

La lavandería está en el segundo sótano. Hay tres lavadoras, tres secadoras y cinco equipos de planchado. Todo en plan industrial, bastante grande. Ella no pensaba que existiesen aparatos tan enormes antes de entrar a trabajar aquí. Solo conocía los domésticos. Su cometido estriba en que esté todo limpio, lavado y planchado, que no falte ropa en ningún momento. Se encargan de la ropa de cama (sábanas, colchas y fundas de almohada), así como la vestimenta del personal sanitario (batas, pantalones, chaquetas y blusas) y la de los enfermos (pijamas y camisones). El trabajo se organiza por parejas y va rotando por días. Las tareas consisten en poner lavadoras y secadoras; planchado, servicio de ventanilla para entregar la ropa al personal y recogida de ropa sucia. Sabas y Renata van siempre juntos, salvo los días en que alguno de los dos libre. Hoy les ha tocado, en el cuadrante, acudir por las plantas a recoger la ropa sucia para lavar. En cada piso hay un cuarto donde se van echando las prendas en una especie de contenedor con ruedas. Ellos lo recogen y lo bajan en el montacargas hasta la lavandería.

Después de tantos años, conocen a casi toda la plantilla. Cuando se cruzan con alguno nuevo lo comentan. También, como en todos los ambientes cerrados, los cotilleos vuelan. Ligues, separaciones, enfermedades graves, fallecimiento de seres queridos…

—Oye, Renata, esa doctora que nos hemos encontrado a la salida del ascensor es nueva, ¿no?

—No, yo la he visto más veces, pero debe llevar poco tiempo.

—Pues yo es la primera vez que me topo con ella, te lo aseguro. Menudas hechuras tiene la moza, como para olvidarme. Mejorando lo presente.

—Cómo te pasas Sabitas. A los hombres siempre os sale esa vena machista.

—Si llamar al pan pan y al vino vino es ser machista, que me detengan.

—¿A que si es un chico no te fijas en eso?

—No le hubiese dedicado ni uno solo de mis pensamientos, tienes razón. Pero quizá tú sí. Pues menudas miradas echas a veces, los desnudas, jodía.

—Mentiroso, a mi me importa que sean buenos o malos profesionales.

—Sí, sí

—¿Qué?

—Ya, ya

—No empieces con tus gansadas, Sabas.

—Ay, Renata, no me des tanto la lata. Vamos a ver, si son buenos profesionales nos enteramos también porque esas noticias se propagan por el hospital, pero déjame que si me cruzo conuna moza fermosa disfrute la vista de este mortal. Tú también eres mona, pero cualquiera te lo dice, porque empezarías con tus micromachismos que para mí son macro tonterías.

—No seas faltón. Eres buen compañero, me gusta trabajar codo con codo contigo, lo sabes, a pesar de que te pierdan estas vulgaridades y tengas pensamientos retrógrados.

—Entonces lo de darte un azote con todas mis ganas ni te lo comento. Es que tu culito respingón me trae por la calle de la amargura.

—Por ahí no sigas, Sabas. Si quieres que sigamos llevándonos bien.

—Vaaale, Renata, he captado el mensaje. Cambio el tercio.

—¿Qué es lo que cambias? No te sigo.

—Argot taurino. Quiero decir que acepto tus protestas. Hablemos de cualquier otra cosa.

—De toros no. Otra afición primaria y salvaje. No se cómo te aguanto, Sabas. Y no solo eso, te echo de menos cuando no vienes. Soy masoquista.

—Debe ser por lo que has dicho antes. Soy buen compañero, una persona ejemplar, simpática, dicharachera, única…

—Para, para. Eres divertido, ocurrente y eso hace que se hagan más llevaderas estas horas, pero no te vengas tan arriba, que la alabanza en uno mismo es una estupidez.

—¿Y yo soy el faltón? ¿No pillas la ironía? Venga, será mejor que bajemos la ropa, que ya están todos los carros de esta planta preparados en la puerta del montacargas.


La merienda la hacen en un cuarto que tienen habilitado en la misma planta, que tiene fregadero, frigorífico y microondas, entre otras cosas. También una mesa grande con bancos corridos. Durante este receso no suelen subir a la cafetería. Aprovechan para sociabilizar con los compañeros. Charlan de todo. Un poco de su vida personal y un mucho de la laboral, las condiciones de trabajo, pero también de los dramas que se viven en el hospital, que les siguen afectando a veces, a pesar de que después de tanto tiempo deberían estar inmunizados. Y eso que no los viven en primera persona, pero, quieras que no, les llegan a través de los diversos compañeros sanitarios.

Casi siempre coinciden los mismos en este sitio y en este descanso de la jornada: Natalia, su pareja que se llama Benigno y Paulina. No es que se lleven mal con el resto, pero algunos prefieren subir a la cafetería con otros compañeros y conocidos en vez de quedarse en la sala aneja a la lavandería. También los hay que aprovechan para dar un paseo y estirar las piernas.

Natalia es regordeta, no obesa. De carácter apacible. Lleva el pelo corto, no usa pendientes y tiene un tatuaje pequeño y discreto de una rosa en el esternón, encima del pecho, que sólo se le ve en la estación veraniega porque trae camisetas con algo de escote o se desabrocha los dos botones de la blusa. Está separada desde hace dos años y desde hace diez meses vive con Benigno, que es más bien bajo, tiene perilla en la que se distingue alguna cana y es calvo en la parte de la coronilla. Más bien delgado, aunque últimamente se está dejando y tiene unos kilos de más. Dice que tiene que retomar el gimnasio, que lleva meses sin aparecer por allí y lo está empezando a pagar. Se fatiga con cualquier esfuerzo.

En cuanto a Paulina, es rubia, con media melena, de complexión delgada, pero con caderas y senos generosos, de estatura media. Actualmente vive sola. Ha tenido varias parejas, pero con ninguna ha cuajado más de un año. Ese es su récord. Está obsesionada con ese asunto. Quiere conocer el secreto para mantener una relación estable, dar con la tecla. Se sincera a veces con Renata y le pide consejo, pero esta le contesta que ella también desconoce la receta. Supone que es dar con la persona adecuada y mantener un ten con ten, ceder en unos casos, pero no siempre. Aún así todo se va desgastando por lo que hay que currárselo continuamente.

—Hoy, cuando hemos ido a recoger la ropa nos han contado un caso bastante truculento —dice Sabas—. Un padre, que había ido a recoger a su hijo con el coche a la salida de la discoteca, de regreso a casa han tenido un accidente y ha fallecido. El hijo se debate entre la vida y la muerte. Dicen que es complicado que salga del trance sin secuelas. Por lo visto un Kamikaze se había metido en la autovía de Toledo en sentido contrario y se han encontrado, de manos a boca, con él.

—Sabas, que estamos de lunes, ya de por sí bastante decaídos, con toda la semana por delante y, parece que lo gozas, siempre tienes que sacar algún tema luctuoso.

—Siempre no, Renata, simplemente me ha impresionado la historia y la quería compartir con vosotras.

—Pues si te parece cambiamos de tema, no estoy hoy para más tristezas.

—¿Qué pasa Paulina, que el tarzán ese del Tinder con el que habías quedado el fin de semana te ha salido rana?

—¿y tú como sabes que había quedado con un chico, Sabas? —Replicó Paulina poniéndose más colorada que un pavo—. Desde luego, Renata, qué decepción, creía que eras buena amiga, pero ya veo que la discreción no es lo tuyo.

—Eres un cabrón, compañero, te digo un secreto y a las primeras de cambio me dejas con el culo al aire.

—Que no lo vean mis ojos que no me sujeto. Ese culito respingón que me tiene loco.

—Imbécil, no estoy para choteos, está claro que no se puede confiar en ti.

—Perdona Renata, de verdad, me tenía que haber mordido la lengua, pero cuando ha dicho Paulina que no estaba para bailes, he atado cabos y se me ha escapado, me ha entrado el interés repentino.

—¡¿Cómo puedes ser tan cotillo y tan miserable?! —remachó Natalia.

—Vamos a ver —terció Benigno— lo que ha hecho Sabas está fatal, quebrantando el secreto prometido, pero una vez que ha salido a la luz quizá Paulina se sienta mejor desahogándose, sacándolo fuera, porque parece que la cosa no fue bien y haciendo partícipes a los compañeros, que para eso estamos, la consolaremos y la aconsejaremos.

—Pero bueno, tú y yo tenemos que hablar. ¿Cómo puedes tener tanta cara?

—Muy fácil, Natalia, porque entre ellos se aúnan y defienden las causas, por muy peregrinas que sean, como es el caso —añadió Renata.

—El caso es que…—vaciló Paulina—El caso es que llevo todo el día dándole vueltas, la cabeza me va a estallar y cuando terminemos el trabajo cada uno se irá a su casa y yo seguiré con el run run en la mía. Así que no me importa desahogarme, estoy hecha un lío.


—Si me tengo que quedar un rato contigo me quedo, pero estos dos gaznápiros no se pueden salir con la suya. ¿Es verdad que no te da corte o lo dices con la boca pequeña?

—Me da un poco de reparo, no te lo niego, pero prefiero desembuchar cuanto antes.

Sabas no pudo evitar frotarse las manos, lo que hizo que Renata y Natalia le dirigiesen una mirada furibunda. Él abrió los brazos, levantándolos al tiempo que abría las palmas, como cuando los forajidos de las películas te apuntan con una pistola e hizo el gesto de abrocharse la cremallera, pasando índice y pulgar, por encima de sus labios.

Paulina les contó que ese chico era como todos, que sólo la quería para la cama, pero que fuera de ahí era un petulante y un ordinario. No tenía conversación. Ella quería ver una película el sábado y tuvo que tragarse el fútbol y en cuanto acabó ya la estaba presionando para follar sin preámbulos ni gaitas. Un imbécil de manual. En su perfil todos ponen aficiones brillantes y cualidades atrayentes, pero a la hora de la verdad son patrañas. Es que ya no guardan las formas ni en la primera cita.

—Pero dime una cosa, Paulina, De cero a diez, ¿Qué puntuación le darías al mozo en el sexo? ¿Se manejaba bien? —se interesó Sabas.

—¿Cómo puedes se tan primario y basto? —Natalia echaba humo.

—Ya te he dicho —comentó Paulina—que eso es lo de menos, era un pobre infeliz y me hizo sentir fatal.

En ese momento tuvieron que disolver la reunión porque entró el revisor tocándose el reloj de muñeca en señal de que se habían pasado del tiempo establecido.

—Una cosa es que os retraséis diez minutos y otra es que os olvidéis de volver a vuestros puestos, como hoy. Cuanto más cuartelillo os doy, veo que es peor, estiráis el chicle y es a mí al que me van a pedir explicaciones. Además, hoy hay mucha faena. Poneros las pilas, hostias.

—Vale, vale, Pablo, tampoco hay que ponerse así ¿Te hemos fallado alguna vez? Ya verás como se queda todo ventilado —le contestó Benigno mientras que el resto de la tropa se levantaba para retomar el trajín.

Remataron la jornada a eso de las diez, media hora más tarde de lo habitual. Cuando no hay tanto trabajo también los dejan irse antes, así lo tienen pactado. Renata le dijo a Paulina que podían ir a la cafetería, que podía quedarse un rato y así hablarían tranquilamente.

—Te lo agradezco Renata, pero tú tienes que ir a casa con tu marido. Son horas intempestivas. Tendréis que cenar. Lo mío siempre es lo mismo.

—No te preocupes, avisaré a Antonio. A él no le va a importar y te prometo que esta vez no le voy a contar nada a ese lenguaraz de Sabas.

—Gracias, amiga.

Media hora después, Natalia está más tranquila. La charla le ha relajado, aunque siga triste, porque lo de encontrar al amor de su vida lo ve casi imposible. Tiene ya cuarenta años. Renata le dice que siempre habrá tiempo para el amor, no tiene que agobiarse y que está segura de que encontrará a un hombre que la comprenda, con el que se encuentre a gusto y que no sea egoísta. Debe tener paciencia. Ella se tiene que ir ya. Ha llamado a casa y Antonio no le coge el teléfono. Le ha podido surgir algo, pero lo que más la preocupa es que tiene el teléfono móvil apagado o fuera de cobertura. Ya es casualidad que no esté en casa y que, precisamente ahora, se haya quedado sin batería. Le pide que la excuse. Paulina le da las gracias y van las dos juntas andando hacia el metro.

Cuando llega a casa Renata, todo está en silencio y las luces apagadas. Está claro que Antonio no se halla, pero sigue sin cogerle el móvil. No sabe a quien acudir. Debió salir del trabajo hace horas. Es raro que no le haya comunicado nada, cada vez está más nerviosa, hasta que enciende la luz de la cocina y sobre la mesa descubre una nota manuscrita.

«Renata, perdona la precipitación, pero me voy un mes al pueblo de mis padres. Sí, ya sé que no voy casi nunca, pero el psicólogo me ha aconsejado que me vendrá bien para apaciguar mis ánimos, últimamente bastante crispados. Tú lo sabes mejor que nadie, ya que los has tenido que sufrir en numerosas ocasiones. Mañana, una vez que me haya instalado allí, te llamaré. Estoy de bajón y hablar contigo me suponía un mundo. Hoy era imposible. Espero que me comprendas. En el trabajo no me han puesto muchas pegas. El jefe se ha ofuscado un poco por decirlo sin antelación, pero al final ha cedido. Es una putada para ti porque me quedo sin vacaciones de verano. Tendrás que preparar un plan alternativo. En fin, estas menudencias ya las hablaremos con más detalle mañana. Te quiero. Antonio».

«¿Menudencias?», se dijo, para sí, Renata. Crees que conoces a una persona, pero la vida siempre te sorprende. Se había ido a Silván, una aldea en los montes de León, lindando con la provincia de Orense. Allí había nacido, pero últimamente decía que no pensaba volver por allí nada más que lo estrictamente necesario. De año en año por Navidad para cenar con sus padres. «Y ahora se va un mes entero», susurró. «Este tío, ¿de qué va?», gritó con desconsuelo.

Estaba claro que no iba a poder pegar ojo. El fin de semana iría para allá, aunque todo dependía de la conversación y las explicaciones que tenían pendientes.

Continuará.../...

lunes, 22 de enero de 2024

Capítulo 1- Melodías urbanas

 

¡Hijos de diez mil putas! Antonio esta asomado a la ventana, con medio cuerpo fuera, fuera de sí, gritando barbaridades en plena madrugada. Son las siete de la mañana, todavía no ha amanecido. Algunos vecinos corren la cortina y pegan la nariz al cristal extrañados, quieren saber a que se deben estas voces estentóreas, pero no se atreven a enseñar el rostro. Antonio siempre ha tenido fama de hombre tranquilo y sosegado, de los que nunca pierden las formas.

 

El día comenzó como todos. Renata se había levantado a prepararle el desayuno. Le tiene dicho que se quede en la cama, ella que puede, pero parece que le gusta ese servilismo. Después se vuelve a arrebujar entre las sábanas y duerme como un tronco. A Antonio le resultaría imposible. Mientras él se mete en el baño a darse una ducha, afeitarse y asearse, ella va hasta la cocina y exprime unas naranjas, calienta dos tostadas, las prepara con tomate rallado y una loncha de jamón por encima. También calienta leche y hace café.

Cuando Antonio entra a la cocina está todo dispuesto y colocado en la mesa. Viene sin chaqueta. Se pone una sudadera encima de la camisa y de la corbata para evitar estropicios y burlas por parte de Renata. «Tú eres de Castilla La Mancha, pero más de “la mancha” que de Castilla». Ha adquirido una fama que ya hace tiempo que optó por no desmontar. La bola de nieve había crecido demasiado y no le compensa. Tampoco se solivianta, forma parte de su cotidianeidad, si acaso se le escapa un gesto de hastío o un suspiro, como diciendo «otra vez con la monserga de siempre, qué cansinos».

Renata trabaja en la lavandería de un hospital, en turno de tarde. Se ven apenas un rato cuando llega a casa por la noche, por eso prefiere iniciar la jornada así, en la cocina, charlar un rato, comentar los formalismos típicos de cómo se ha pasado la noche, si se ha descansado. Aparte de esto se ponen al día con pequeñas cápsulas informativas, sobre el ambiente y las novedades laborales y, a veces, temas domésticos o de economía familiar. Por la noche, Antonio la compensará preparando la cena. Aunque no es un maestro de la cocina, se defiende. Suelen hacerla ligera, no hay que atiborrarse porque después se duerme fatal. El almuerzo, la comida fuerte del día, la hacen los dos fuera de casa: Renata en el hospital y Antonio en el restaurante que está en los bajos del edificio de su oficina.

Cuando ha llegado al trabajo, se ha encontrado el estor de su ventana en el suelo. Menos mal que el incidente ha ocurrido durante la noche, sino le podía haber caído encima. Se ha desprendido con cajetín y todo, por lo que el trastazo podría haber sido serio. Ha llamado a mantenimiento para que arreglen el estropicio cuanto antes. A partir de las diez el sol da de plano y no hay método alternativo de protección. Le han dicho que se puede arreglar, no ha sufrido desperfectos graves, se puede volver a utilizar. Allí mismo, a su lado, se ponen a dar martillazos para enderezar el cajetín, lo que ocasiona un ruido metálico seco que le resulta molesto.

A continuación, un operario se sube a una escalera y lo sujeta, contra el techo, para colocarlo en su lugar de origen. Otro compañero se sube en otra, con una taladradora que tiene ya la broca acoplada. Funciona con batería, no es necesario enchufarla a la pared. Cada vez existen más adelantos que nos hacen la vida más cómoda. Antonio abandona este pensamiento de golpe. La broca comienza a girar al introducirse en el falso techo y un sonido chirriante le taladra los oídos. Se los tapa y aprieta los dientes al tiempo. Vanesa, su compañera, que se sienta justo enfrente de él se ríe de su poco aguante. Le llama exagerado. En un rato todo habrá acabado. Se trata de tres agujeros y se cumplen los pronósticos de Vanesa, en diez minutos los tienen hechos, introducen los tacos pertinentes y en media hora han acabado todo el proceso y se van por donde han venido.

Vanesa es muy maja y buena compañera, le ayuda en todo lo que le solicita. Son ocho personas en el módulo, pero ha congeniado fenomenalmente con ella. Además, al llevar casi cinco años juntos, también hablan a menudo de la vida extralaboral, se desahogan y se piden consejo. Salen a desayunar juntos a eso de las diez y media. Lo hacen en el bar de la esquina, que se llama Bar baridad. Les hace gracia el nombre. Muchas veces lo han comentado con Sigfrido, el dueño.

—Tuviste una idea brillante, un juego de palabras ingenioso, pero, por otra parte, con el nombre que te pusieron al nacer, se lucieron tus padres. Es un nombre de otra época —le comenta Antonio.

—El de mi abuelo —replica Sigfrido—, siguiendo la tradición familiar y la costumbre del momento.  Podían haberse acogido a otra usanza que era la del santoral del día y hubiese salido mejor librado. Me hubiese llamado Salvador. Lo he visto en el calendario. Nací el 18 de marzo.

—Ahora se pueden cambiar los nombres, creo que no es complicado —dice Vanesa.

—Paso. A estas alturas de la película estoy más que acostumbrado. A la gente le extraña, pero a mí no me incomoda lo más mínimo.

—¡Otra vez no! —vocea desalentado Antonio —¿hay alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que cese ese ruido infernal? No puedo ni seguir la conversación.

Antonio se refiere a la estridencia que se produce cuando el camarero tiene que calentar la leche o el agua. Coloca la jarra en el extremo derecho de la cafetera, por donde emerge un tubo curvo de acero inoxidable, con pitorro en la punta, que expulsa el vapor de agua que va templando los líquidos. Le parece increíble que en pleno siglo XXI, época de grandes avances e hitos en todos los campos, en la que la inteligencia artificial pide paso sin demora, no se haya inventado un proceso silencioso para este fin. Ahora el que le llama exagerado es Sigfrido. «Pues si que me has salido tú delicado».

Suben a la oficina para continuar la jornada hasta la hora de comer. Tienen que cuadrar balances y cotejar los datos de unos albaranes que han llegado. Trabajan en una multinacional que se dedica a la fabricación y distribución de todo tipo de pinturas y cuentan entre sus mejores clientes con sociedades de la importancia de Leroy & Merlín y Obramart. Sirven también al pequeño comercio. La empresa marcha bien, demasiado bien, pero contratar refuerzos no entra en los planes de los directivos.  Desde hace unos meses se tienen que quedar una hora después de acabar su horario y eso no figura en ningún lado. Aun así, no se queja, el sueldo que cobra es aceptable para los tiempos que corren. La mañana les está cundiendo, pero vuelve a interrumpirse el ritmo porque algo le corta el rollo. Antonio observa frente a la ventana a un operario encaramado en el plátano de sombra que está frente a ella y blandiendo una motosierra está cortando ramas sin parar, como si no hubiera un mañana. Abre la ventana y se dirige haciendo aspavientos al trabajador, parece ser, por lo que pone en la camiseta, que de la división de Parques y Jardines del ayuntamiento. Por fin, el trepador, repara en su presencia y para el motor de la motosierra.

—Hombre de Dios, ¿no ve que así no podemos concentrarnos en el trabajo?, aparte de que podar los árboles en primavera es una aberración.

—No estoy podando, estoy saneando, caballero. Precisamente, hemos venido porque algún vecino ha puesto una reclamación ante la Junta Municipal ya que el árbol está torcido y tiene algunas ramas que, si se levanta viento, podrían caer sobre la calzada, lesionar a transeúntes o dañar a vehículos.

—Pues vaya puñeta. ¿Y va a tardar mucho en acabar, si puede saberse? Porque estamos a tope y con el ruido no nos cunde.

—Tranquilo, en media hora habré terminado.

¡Media hora! Medita impaciente, mientras cierra la ventana y dedica una falsa sonrisa al trabajador arboricida. Vanesa sonríe frente a la pantalla del ordenador, parece que no le afecta tanto. Al rato finaliza el ruido y Antonio retoma la rutina. Cuando dan las dos se marchan a la cafetería de los bajos a comer. Aunque Sigfrido les cae bien y les trata fenomenal, no tiene menú, solo bocadillos y raciones, aparte de que los vales de comedor de la empresa los tienen que gastar allí preferentemente. Saludan a los parroquianos, clientes habituales y viejos conocidos la mayoría, con el manido «que aproveche», mientras se dirigen a su mesa reservada, la de todos los días. Hoy la conversación deriva, no sabe Antonio por qué llegan hasta ahí, a su situación familiar. Niños sí, niños no.

—¿Qué pasa, Antonio, por lo que veo al final no os decidís? Cada vez, según vais cumpliendo años, os va a dar más pereza, te lo digo yo, pero si quieres mi consejo no os vais a arrepentir. A mí me cambió la vida. Criar a los hijos tiene inconvenientes, pero es reconfortante, es mucho más amplia la lista de compensaciones.

—Gracias por la información, aunque no te la puedo comprar.

—No te entiendo.

—Me violenta un poco este tema de tertulia. Contigo es raro que algún tema me tense. Me parece que ese tren ya ha pasado para nosotros, Vanesa.

—¿Qué dices?, ahora hay muchos padres con cuarenta años.

—Y con cincuenta, pero lo nuestro es distinto. No llegan por el método natural y nos hemos resignado. Si te soy sincero me daría un poco de yuyu si viniese una criatura. No se si estaría a la altura.

—Seguro que sí, eso lo pensamos todos, pero después no queda otra, tiras hacia delante y aprendes sobre la marcha, a pesar de haberte leído tochos enteros, tutoriales y consejos de pseudo expertos. No me habías comentado nada, por cierto.

—Tienes razón. Contigo me confieso de casi todo, a pesar de mi hermetismo.

—Hay otras salidas, no desesperéis.

—Te refieres a la adopción. No gracias. Ya lo tenemos hablado. Estamos bien así.

—¿Puedo saber por qué ese descarte tan categórico?

—Sí, pero tendrá que ser otro día. Tenemos que subir, se ha hecho tarde.

—Por cinco minutos más no se va a hundir la empresa.

—Es la hora y prefiero que subamos, ya te dicho que no me apetece hablar de ello. En otra ocasión te doy los detalles. Perdona.

A las seis sale del trabajo, coge el autobús y se baja a dos manzanas de casa. Cinco minutos andando es lo que suele emplear, más los veinte aproximados en el medio de transporte. No le pilla mal desde su domicilio. En una ciudad como Madrid el tiempo empleado para llegar a su puesto de trabajo se puede considerar breve.

En cuanto se apea del autobús, todo su cuerpo comienza a vibrar, de la cabeza a los pies. Hay una obra del Canal de Isabel II, delimitada con vallas metálicas y están rompiendo las aceras con martillos neumáticos. Los operarios tienen unos cascos de diadema puestos, pero a él se le mete el sonido hasta el tuétano. Sale escopetado de allí para alejarse cuanto antes.

Entra en casa, Renata no ha ido a trabajar hoy. Libraba.  Está en medio del pasillo secándose el pelo. «¡Renata, joder! ¿Se puede saber qué haces?». Ella sigue, no le hace ningún caso, pero es porque no le oye. Se acerca a ella y le da unos toques en el hombro.

—¡Ay, qué susto! No te he oído llegar —apaga el secador.

—No me extraña, con la escandalera que estás formando ¿Qué haces en el pasillo? ¿Por qué no te metes en el baño? Ese ruido me saca de mis casillas.

—Perdona cariño. Es que hacía mucho calor dentro por el vapor del agua caliente y el aire que expulsa el calefactor. Lo he apagado, he abierto la puerta para que se ventile y he salido porque estaba empezando a sudar. No te esperaba todavía.

—Cada día salgo más tarde y ¿no me esperabas tan pronto?

—Perdona Antonio. Como a estas horas suelo estar trabajando no me aclaro bien de tu hora de regreso. De todas formas, me pareces un poco tiquismiquis. No es para tanto.

—Si supieses el día que llevo. Parece que la UNESCO lo hubiese declarado el día mundial de las cacofonías. Bueno, preparo la cena mientras terminas de acicalarte.

—Es un poco pronto. Podemos ver un capítulo de una serie que me ha dicho mi amiga Carolina que está fenomenal. Es una distopía: «Los robots están entre nosotros» creo que se titula. Después cenamos y vemos el segundo capítulo antes de acostarnos, incluso el tercero si nos engancha.

—Muchos capítulos son esos. Ya sabes que a mis las series no me suelen hacer gracia y las de extraterrestres o robots que nos invaden me acojonan un poco. Prefiero las películas que se acaban y no tengo que estar con el come come esperando la continuación. En fin, vemos uno y decido. Si no me engancha, me iré a leer al cuarto hasta que me entre el sueño.

Todavía no hace ese calor tórrido de pleno verano, temporada en la que es inevitable enchufar el aire acondicionado, por lo que hay gente que duerme con las ventanas abiertas y otra con ellas cerradas. Renata y Antonio son de los primeros. A eso de las tres de la madrugada comienza la sinfonía que producen los camiones de la basura al vaciar los contenedores y aplastar su contenido entre chasquidos. Antonio resopla de impotencia. Cuando parece que ha vuelto a coger el sueño se despierta de golpe. Mira a través de la ventana. Un camión con una pluma adosada ha levantado el contenedor del vidrio y una vez encima de la caja, mediante una palanca, han abierto el fondo y han comenzado a caer botellas y tarros a plomo produciendo un estrépito que se debe oír en todo el barrio. Aprieta los dientes y vuelve al catre. Esta vez le cuesta un triunfo caer rendido. Si lo hubiera sabido se hubiese tomado media pastilla de Diazepan o, visto lo visto, una entera, así descansaría e iría fresco mañana al trabajo, pero va a llegar hecho unos zorros con total seguridad.

 

Y a eso de las siete ponen la guinda en el pastel. Unos operarios, blandiendo sopladoras, hacen volar hacia la calzada las hojas caídas de los árboles, papeles y materiales livianos que se encuentran en la acera para que un vehículo conducido por un compañero, que tiene adosados unos peines giratorios, los engulla. El sonido de las sopladoras es desesperante. A base de aceleraciones con breves pausas de ralentí pone a Antonio los pelos como escarpias. Está fuera de sí, con una rabia acumulada que se ha convertido en inabarcable, los ojos como platos y la mente dándole vueltas.

Se levanta de un brinco, va al cuarto de la plancha y coge la aspiradora. La enchufa, gira el botón de las revoluciones hasta mil ochocientas, que es el tope. Libera tres metros de cable y sale corriendo hacia el dormitorio. Roza con el hombro contra el quicio de la puerta al pasar. Se desequilibra un poco, pero no se detiene. Una vez allí, enciende el aparato apretando el interruptor, lo saca al exterior a través de la ventana, echa medio cuerpo fuera, clavando la barriga en los rieles de las correderas mientras que, echando espumarajos por la boca y con ojos vesánicos, lanza grandes gritos, dirigiéndose a los operarios de las sopladoras que lo observan atónitos: «¡Hijos de diez mil putas! ¿A que jode?»

Continuará.../...

miércoles, 3 de enero de 2024

EL POETA

 

Se sentía a los quintos cantando por la calle. Era tarde. Marcos ya se había acostado. Salió de la cama. El suelo del piso superior era de madera, pero a pesar de ello, sintió frío en la planta de los pies. El invierno estaba cerca. Se aproximó a la ventana en la oscuridad. Giró la falleba para liberar las contraventanas y desde allí vio pasar a la cuadrilla a la luz del farol. Quince más o menos. Una guitarra y una bandurria, botellas de anís rasgadas con objetos metálicos, almireces, cencerros y panderos. Las voces recias, no muy aunadas y la entonación pasable. El vaho que expulsaban sus bocas ascendía hasta desaparecer cuando llegaba a la altura de los tejados. El volumen de la música se fue atenuando conforme se alejaba el grupo. Permaneció pegado al cristal hasta que se dejó de oír del todo.  Volvió a meterse en la cama y se arropó. Todavía guardaba algo de calor.

Le gustaban las coplas de quintos y las de carnaval —su madre decía que eran ordinarias—. También las de navidad. Las había muy bonitas, algunas lanzaban requiebros a las mujeres, otras eran ocurrentes, las menos subidas de tono. Desde su más tierna infancia la música y el ritmo le habían cautivado. Siempre que sonaba una canción en la radio se ponía a tamborilear los dedos intentando seguir el ritmo. En el pueblo era difícil aprender a tocar un instrumento. Nadie vivía de la música. Su abuelo Moisés, el padre de su madre, le contó que en tiempos hubo una banda municipal de la que formó parte en su juventud como trompeta, aunque se deshizo pronto. No sabía dónde había ido a parar el instrumento.

El señor Matías, que amenizaba siempre los festejos —acababa de pasar con los quintos—, enseñaba a tocar guitarra, bandurria o laúd por poco dinero. Su intención era formar una rondalla de pulso y púa, así la llamaba. No terminaba de cuajar. Los alumnos se aburrían pronto. Daba clases por la noche cuando volvía de sus quehaceres en el campo. Marcos había planteado esa posibilidad en más de una ocasión a su padre. Su contestación siempre había sido la misma: «Pon todo tu empeño en estudiar unos años, aprender las cuatro reglas y escribir con soltura. Después a labrar la tierra, que será lo que te dé de comer, lo demás son tontás y pérdidas de tiempo». Intentó replicar, pero sabía que era en vano. Su padre era retrógrado, terco y tradicional en grado sumo. Su única afición conocida era acudir a la taberna a echar la partida los fines de semana. Contradecirlo suponía una pérdida de tiempo y le podía acarrear un castigo o un bofetón.

En la intimidad de su cuarto gustaba de escribir. Lo que más, poemas. No recordaba en qué momento comenzó su inclinación. Desde que aprendió las primeras letras le agradaba imitar las coplas tradicionales o componer cuartetos propios rimados, al estilo de los que oía por las calles del pueblo. Después fue alargando sus composiciones, cambiando el estilo inconscientemente, aumentando su complejidad. Este pasatiempo le aliviaba de las tensiones cotidianas, le cargaba de energía. Alejaba las burlas a las que sus compañeros le sometían por su constancia e interés en los estudios. Lo consideraban un ejemplar muy raro. Alguna vez le habían birlado una poesía y la habían leído a grandes voces en el aula, acompañada de gestos ostentosos lo que producía carcajadas por doquier. Pasaba unos sofocos terribles. Ya en casa, en su cuarto, disminuía un poco la angustia, pero no podía bajar la guardia, ya que estas “simplezas” no se concebían. Si lo descubrían la prohibición sería inmediata y eso no lo quería ni pensar.

Don Antonio —su profesor— conocía su pasión y lo alentaba. Era con la única persona que era capaz de sincerarse, se encontraba a gusto en su compañía. Sus pocos amigos estaban en otra onda, consideraban su afición como una extravagancia. Don Antonio le daba ánimos, ensalzaba sus escritos y la imaginación que desplegaba en ellos —impropia de un niño de doce años que no había conocido nada fuera del ambiente rural, le comentaba a su mujer—. Marcos devoraba con pasión los libros que cogía en préstamo de la bibliobús que aparecía por el pueblo un jueves sí y otro no. Ponía especial atención en el estilo con el que escribían sus autores favoritos.

Un día —cuando acabaron las clases— dejó varios poemas al profesor para que los leyese y le diera su opinión. Esto lo había hecho en otras ocasiones. La novedad radicó esta vez en que —sin previo aviso—, el maestro los pasó a máquina y los envió a un concurso infantil que venía anunciado en el periódico.

Dos meses más tarde, la Diputación provincial —entidad organizadora— le concedió el primer premio. Se lo notificó al docente y este le entregó la nota sin poder ocultar su alegría. Marcos rompió a llorar con desconsuelo mientras la leía. Don Antonio intentó calmarlo. Poco a poco fueron aminorando los hipidos. Conocía la gran sensibilidad de su alumno, por lo que achacó este episodio a la emoción que le había producido enterarse de la noticia. Pero no era tal. Se llevó un chasco cuando Marcos, sin estar calmado del todo, le pidió, por favor, que renunciara al premio en su nombre. Tenía pavor a comunicárselo a la familia, bueno, por mejor decir, a su padre.

—Yo te acompañaré y se lo explicaré todo— le dijo.

—Será aún peor. Mi padre es bruto y terco y, si se siente acorralado, puede salir con cualquier barbaridad, incluso faltarle a usted al respeto.

—Marcos, rendirse sin intentarlo no va conmigo. Aquí puede estar tu futuro.

 

Encogido como un gazapo, siguió su estela hasta el domicilio familiar. Una vez allí —ante la extrañeza de sus progenitores—, el maestro expuso el motivo de su visita. El sábado, si a ellos les parecía bien, le llevaría a Guadalajara a recoger el premio. Estarían allí, entre otras personalidades, el presidente de la Diputación y el alcalde de la ciudad. Cuando terminó de hablar, su padre hizo una seña a Marcos para que subiera a su alcoba.

Una hora después se abrió la puerta y aparecieron su madre y don Antonio. Le contaron la existencia de una segunda carta que le había omitido el profesor. El primer premio llevaba aparejada una beca para cursar estudios en Sigüenza, la población cabeza de partido. Una hora diaria aparte del temario oficial estaría destinada a su pasión, la literatura, a potenciar sus aptitudes. Había resultado duro que el padre diera su brazo a torcer, pero al final —como no tenía que rascarse el bolsillo—, le había picado el orgullo. Nunca lo iba a admitir, pero le gustaría que su hijo se ganase la vida en un trabajo menos duro e incierto que sus ancestros. La literatura como mal menor, como divertimento en un principio, pero no debía quitarle demasiado tiempo. Se debía centrar en sus estudios para ser alguien de provecho, abogado o arquitecto, por ejemplo.

Los primeros tiempos fueron bastante duros, acostumbrado desde que nació al pueblo, a sus gentes y sobre todo a su casa familiar. Aquí estaba en un colegio interno e iba una vez al mes. Pero tenía claro lo que tenía que hacer si no quería volver allí como un fracasado y, lo que es peor, permanecer toda su vida como labrador, un oficio agotador e inseguro. Era lo último a lo que quería dedicarse. Así que hincó codos sin descanso para sacar el bachiller y aprovechó lo mejor que pudo ese curso novedoso de literatura creativa.

 

Hacía diez años que no volvía por el pueblo —desde que falleció su madre—. Le había llamado un amigo para decirle que había muerto don Antonio, su mentor. Acudió a darle la última despedida. Ahora vivía de juntar letras, toda una proeza en este país. Era un poeta reputado. Había ganado unos cuantos premios de renombre y formaba parte del selecto club de personas que tenían como único medio de vida la literatura. Aparte de su predilección por la poesía, también había publicado un par de novelas con cierto éxito.

 Hacía mucho que no tenía contacto con el maestro. Cruzaron correo durante mucho tiempo, pero con el paso de los años esta costumbre pasó a ser residual. Al final, los típicos christmas de navidad. Hacía un par de años que no sabía nada de él. Le habían contado que se había jubilado, pero que a los pocos meses le descubrieron un cáncer de hígado que había resultado letal.

Venía de tarde en tarde a visitar a sus padres. Un par de veces al año. Después de fallecer ambos vendió, a través de su gestor, la casa, todas las tierras y demás pertenencias familiares porque se había desvinculado totalmente de lo relacionado con el pueblo. 

El día después del entierro de don Antonio, antes de irse del lugar —quizá para siempre— pasó por el cementerio, visitó la sepultura de sus progenitores y, a continuación, permaneció largo rato ante la tumba del profesor, pensativo, rumiando algo por dentro. Según contó después en el mercadillo Basilisa, vecina de la villa y que estaba en la sepultura contigua, le oyó murmurar: «Gracias por sacarme de la cueva. Hasta siempre», como epílogo de su perorata. A continuación, se giró y, con pasos lentos y brillo en los ojos, abandonó el camposanto.

jueves, 14 de diciembre de 2023

WHITTLES EN LA CAVERNA

 

—Permítame que disienta de las conclusiones de su exposición, profesor Wormster.

—Por supuesto, señor Jason. Siempre he defendido que el contraste de pareceres desde la educación, sin exabruptos, es muy sano y enriquecedor. 

 

En el aula magna de la Facultad de filosofía de la Universidad de Yale no cabe un alfiler. Se ha anunciado durante las semanas anteriores, tanto en redes sociales como en carteles por todo el campus, el enfrentamiento más esperado de los cursos de verano, esponsorizados por una popular marca de refrescos. La presentación del profesor Wormster ha concluido con la fotografía de Harold Whittles en el momento en que percibe un sonido por primera vez. La imagen continúa sobre la pantalla situada encima de la mesa presidencial. Su caso es muy estudiado en el ámbito universitario, marcó un hito en el tratamiento de los trastornos auditivos y la foto del primer plano del niño tan ilustrativa, con los medios existentes en la época, conlleva un mérito enorme por la pericia demostrada al captar el momento justo. 

El profesor Wormster defiende la tesis de que existe un paralelismo notorio entre la vida llevada por Harold, alterada al percibir el ruido por primera vez y el mito de la caverna de Platón. Los hombres encadenados dentro de la cueva consideran como verdad, como realidad, a las sombras de los objetos, debido a que es lo único que han visto desde su nacimiento y no saben lo que realmente ocurre detrás del muro: «colega Jason, fíjese con atención en la expresión del niño. ¿Qué le sucede? Su mirada es reveladora, encierra algo mágico. El hombre que salió de la caverna quedó igual de deslumbrado. En su caso por la luz del sol, en el que nos ocupa, por el descubrimiento del sonido. Ambos experimentaban esa vivencia por primera vez, hasta entonces no habían conocido nada similar en su vida y habían dado por hecho que eso era todo, que su existencia era como las demás. Sucede un punto de giro inesperado y ahora sienten miedo por lo desconocido, por lo que ocurrirá a partir de ese instante. 

El doctor Jasón piensa, en su fuero interno, que esa teoría no está suficientemente sustentada y se dispone a rebatirla mostrando lo que considera vías de agua manifiestas. Tras un ligero carraspeo, y un par de golpes con el dedo índice para probar su micrófono, toma la palabra: «Harold es consciente de que tiene una deficiencia desde edad muy temprana. Sabe que su percepción del mundo no es igual a la del resto. Ahí estriba la diferencia principal. Si el prisionero que fue liberado volviera luego a la caverna, tendría dificultades para ver, puesto que sus ojos estarían adaptados a la luz del sol. Despertaría las burlas de sus compañeros porque les contaría con angustia que su experiencia en el exterior le había gastado los ojos».

    —¿Y no obtuvo esa reacción de burla Harold Whittles por parte de sus amigos cuando les comunicó que había sentido algo maravilloso, inenarrable, que podía oír? —. Replicó Wormster.

         —Puede que sí, lo que diría muy poco en favor de ellos. Pero si así hubiera ocurrido, la hilaridad vendría producida por una causa totalmente distinta. En el caso de la caverna estaría motivada porque los prisioneros que quedaron en el interior no creyeron ni una palabra de lo que les dijo su compañero, pensaron que les mentía. Es una alegoría para explicar la situación del ser humano frente al conocimiento. En el caso de Harold la burla no estaría producida por considerarlo un mentiroso sino por la nula empatía de los otros niños. Tenían el sentido del oído en perfectas condiciones desde su nacimiento y banalizaron el logro conseguido por Harold gracias a la actuación y al tratamiento, culminado con la colocación el audífono y su conexión neuronal, por parte del doctor Bradley.

El decano Skinner toma la palabra a continuación. Agarra el micrófono y se dirige al público: «los postulados han quedado claramente explicados y defendidos. Se abre un turno de palabra en el que haré de moderador. Podéis participar levantando la mano, así como dirigir preguntas a los profesores para aclarar dudas y sacar vuestras propias conclusiones. Después procederemos a la votación». 

 

En 1974 el médico Jack Bradley fue capaz de fotografiar ese momento que pasó a la historia.