martes, 8 de octubre de 2024

Capítulo 12 - De aquellos polvos...

 

—¡Qué fuerte tía! Todavía no me lo creo.

—Pero, ¿cómo surgió la cosa? ¿Te sugirió algo Julián?

—Pues es que no me acuerdo bien. Yo le dije dónde vivía, a la salida del mesón, recuerdo que todavía estabas tú. Luego fuimos para el metro y cuando llego el convoy al andén nos metimos en un vagón. Estaba un poco alegre después de la ingesta de albariño y tenía ganas de marcha, pero como eres una corta rollos me había resignado a irme para casa.

—Corta rollos no, Vanesa. Era tarde y cada vez dabas más miedo. En el servicio dijiste unas burradas que me sacaron los colores. Además, tenía toda la pinta de que ibas a perder el control si seguías bebiendo y tendríamos que sacarte a la calle como un saco de patatas, pedir un taxi y acompañarte hasta tu piso.

—Pues al final te tengo que estar agradecida porque no veas el fin de fiesta que tuvimos.  Estaba tan caliente que en cuanto me chistó no me pude sujetar —soltó una carcajada y Sigfrido se acercó receloso.

—Buenas tardes, damas, veo que tenéis una charla muy animada. Lástima que tenga el local prácticamente lleno, sino me uniría. Por eso no os había visto hasta ahora, pero esa risa me es familiar.

—Tráenos dos Coca colas, la mía con un hielo sólo, por favor —dijo Renata, que estaba impaciente por enterarse de toda la película.

—A me gusta fría de la nevera, sin hielos, que luego os volvéis locos echando cubitos y las enaguazáis. Bebes más agua que refresco.

—Pero bueno chicas, con menos cariño también se apaña uno ¿es que no me vais a dar dos besos? Si no lo veo no lo creo.

—Hombre —terció Vanesa—. Dos y hasta tres. Pensábamos que no te podías entretener. Algunos clientes te empiezan a hacer señas.

—Antes es Dios que todos los santos —dijo Sigfrido, mientras guiñaba un ojo—. Saldrá Javiera de la barra un momento a atenderlos. Es lo que hace cuando hay apreturas.

—¡Madre mía! —Exclamó Renata. Disculpa que me tome tantas confianzas. ¿En este local hacéis casting de nombres para seleccionar al personal? porque vaya rarezas.

—Es pura casualidad, pero si estos te parecen raros ahora he contratado a un haitiano que está desde la apertura hasta las cinco de la tarde, que se llama Constante.

—Venga ya, eso es mote y se lo habrás puesto tú.

—Qué no, que es nombre. He visto su documentación. No hace honor a él porque es más bien gandul, aunque le voy cogiendo cariño. Pero no me cambiéis el tercio, que tengo faena y no me voy a ir sin mis besos, par de siesas. A las Coca colas invito yo.

—Si es así, te como a besos, Sigfridín, guapetón.

—Ay Vanesa, como me estresas. Si no fuera por tu estado civil te iba a dar tu merecido, por zalamera.

—Ya está bien, que estoy seca y además estas conversaciones me hacen sentir incómoda.

—Si es broma, mujer, pues por poca cosa te violentas en los tiempos que corren. Me faltan tus besos. Hasta que no me los des no pienso ir a por las consumiciones.

Renata le da un par de besos y las dos le observan alejarse hacia la barra. Entonces prosigue la conversación interrumpida. Vanesa le explica como transcurrió la velada. Dentro del vagón del metro, de los ojos de Julián saltaban chispas o eso le pareció a ella. De repente, se puso galante, le comentó que eran muchas estaciones hasta el Pinar de Chamartín y que en su casa había una habitación de sobra, que no tenía necesidad de ir hasta tan lejos, además la notaba un poco achispada y algún aprovechado la podía levantar el bolso o, lo que es peor, la falda.

—¿Así te lo soltó?

—Parecido. No recuerdo exactamente las palabras que empleó. El caso es que me propuso que durmiese en su casa y yo acepté sin poner excusas baratas. Te recuerdo que el alcohol suelta la lengua, pero también desinhibe bastante y no necesito mucho para desmelenarme.

—¡Qué descarada! Y ya en su casa ¿Qué pasó?

—Nada grave. En cuanto cerró la puerta a mis espaldas le hice la trece catorce.

—¿Y eso que es?

—Una jugarreta ¿tú, Renata, de dónde sales?

Y comenzó la descripción de los hechos, brevemente interrumpida por Javiera que vino a traerles las bebidas. Sigfrido se había quedado en la barra cambiando el barril de cerveza, pues se había terminado.

Prosiguió Vanesa la perorata. Cuando Julián pasó por delante de ella dando explicaciones y señalaba hacia donde se encontraba la habitación libre, le puso la zancadilla, lo que le hizo trastabillarse y caer de bruces encima del sofá. Se dio la vuelta con cara de asombro y su sorpresa aumentó cuando ella se dejó caer encima de él y empezó a morrearle con avidez. Se resistió unos instantes, pero pronto se relajó y se dejó a hacer, mudó su pasividad y pasó a la acción. Su respiración era agitada. Comenzaron a friccionar las lenguas. Ella tenía las bragas como un campo de arroz tras notar el bulto recio que se apretaba contra ellas y que aumentaba de tamaño en segundos. Entonces se levantó, le quitó el cinturón y le pegó dos hebillazos en el pecho, a lo vivo. No sabía porque leches había hecho esa barbaridad, debía ser por la influencia de Cincuenta sombras de Grey, que había leído hacía poco.  

Julián, que tenía los ojos entrecerrados y se estaba mordiendo el labio inferior de gustirrinín, comenzó a gruñir como un cochino y, ante la perspectiva de que se acabase la fiesta, decidió bajarle la cremallera de la bragueta y hacerle una felación. Eso le fue calmando, aunque tardó un rato de pasar de los gañidos a los suspiros y, por último, a los gemidos de placer. Le podía parecer burdo, pero ella necesitaba sexo y después de encerrarse con Julián en su casa, de atreverse a dar ese paso y de la calentura que arrastraba desde que se tomó las dos primeras copas de vino, supuso una huida hacia delante. Nunca había hecho eso a las primeras de cambio, pero consiguió apaciguarle y comprobó que las ganas de sexo eran recíprocas. Ella estaba salida, pero él no le iba a la zaga.

A continuación, tras recuperar el aliento, se incorporó, le lanzó una mirada libidinosa y la indicó que lo siguiera. Según avanzaba, se iba quitando prendas y las tiraba contra el techo, mientras se reía. Ella le siguió el rollo e hizo lo mismo. Iban cayendo a sus pies, las dejaban atrás, en el suelo, como el rastro de migas de pan de Pulgarcito. Por fin, llegó hasta una puerta, que abrió de par en par, y la invitó a franquearla. Como había supuesto, era su alcoba. Ella deshizo la cama con cuidado, pero él hizo una bola con la colcha y la sábana y la arrojó a un rincón. Después se lanzó en plancha sobre el lecho y se puso boca arriba. Estaban totalmente desnudos. Moviendo ostensiblemente las palmas de las manos hacia sí, le pidió que lo acompañase. En esta ocasión fue Julián el que tomó la iniciativa. Ella, no pudo evitar desviar la mirada hacia el pene, enhiesto como una estaca.

—Bueno, no sigas dando detalles que ya me hago yo a la idea.

—Qué noche, Renata, que mal rato le hicimos pasar a esa cama. No sé cómo tengo cuerpo. Imagínate, irme a trabajar directamente por la mañana. Estoy hecha unos zorros. Y ahora a volver a casa, a la cruda realidad.

Renata no estaba enfadada, pero si un poco picada. No tenía derecho, aunque ese sentimiento era el que le afloraba. Julián siempre había sido un buen amigo y fue ella la que le dejó, poco después de la adolescencia, pero Vanesa era una desahogada. Tenía una familia y estaba casada.

—¿Se lo vas a decir a Luis?

—De momento, no. Te dije que tenía un poco de prisa. Por cierto, aunque no tienes comunicación con mi marido, que sepas que para él he pasado la noche en tu piso. La versión, que es perfectamente creíble, es que se alargó la cena y no estaba en las mejores condiciones de volver a casa. ¿Te quedas?

—¿Qué dices? ¿Aquí sola? Aprovecho y voy a visitar a mis padres que siempre lo agradecen, sobre todo él. Hace tiempo que no voy. Mi madre nada más que para chismorreos y para preguntarme por novios con retintín. Ella no pierde la esperanza de que Antonio yo volvamos a arreglarnos. Aunque sólo sea por eso, Sabina se alegra de verme, pero tardamos y menos en lanzarnos dardos y a mi padre, como siempre, le toca templar gaitas.

Vanesa llamó por la noche a Renata. Era bastante tarde. Acababa de llegar a casa después de la visita a sus padres, Víctor y Sabina. Cuando vio su nombre en la pantalla del móvil estuvo por no cogérselo. «Esta tía querrá seguir regodeándose en su aventura o, lo que es peor, contarme algún drama familiar ocurrido en su vuelta al hogar». Después de varios tonos de llamada descolgó.

—No tengo perdón, Renata. Se me olvidó que para ti también era un día importante. ¡Qué cabeza! ¿Qué pasó en tu cita con Montse? ¿Habéis llegado a un acuerdo?

—La verdad es que tenía ganas de salseo, de que me contases tu aventura con Julián, así que no te fustigues. Montse y yo hemos hablado largo y tendido. A esas horas hay pocos parroquianos. Creo que seré capaz. Me ha dado unas pautas. Lo que más me va a costar es mantener el equilibrio con la bandeja. Las comandas es cosa de apuntar e ir mejorando mi memoria a base de técnicas y práctica.  En cuanto al sueldo, si paso el periodo de prueba será similar al que tenía en la lavandería del hospital. Eso sí, tendré que echar alguna hora más. Mi horario será por la tarde hasta la hora de cierre, que suele ser a las doce, pero los fines de semana se alarga.

—El horario queda un poco en el aire y lo de estar de pie tantas horas no sé que tal lo vas a llevar. Supongo que te acostumbrarás, como todo.

—Tú lo has dicho. Me haré a ello y lo de tener la casa al lado del trabajo es un chollo en una ciudad como Madrid. En cuando al horario, en las terrazas veraniegas suele prolongarse. Para ellos también es novedad así que lo iremos viendo. Le he comentado que las propinas suelen ser para los camareros y ella, sin mostrar atisbo de racanería, me ha respondido que en mi turno serían para mí. No niego que me ha sorprendido esa generosidad, sin siquiera regatear algo o repartirlo con ella que también va a estar en las mesas de dentro.

—Criatura, a veces tu ingenuidad exaspera. Ella se ha apuntado un tanto con esa concesión y en realidad, a estas alturas, las propinas han disminuido exponencialmente. Casi todo el mundo paga con tarjeta o con el móvil.

—Bueno, bueno, veremos. A mí si me atienden bien y quedo satisfecha, después de pedir el datáfono dejo unas monedas.

—Pero sois los menos, la mayoría no caemos, nos hacemos los olvidadizos con el achaque de que se paga justo y no hay vueltas en esta modalidad de pago. En fin, ya me irás contando si ese punto de la negociación mereció la pena.

La relación entre ambas se resintió. Renata se consideraba una persona cabal y la actitud de Vanesa la había descuadrado bastante. Antes de ese episodio se daban novedades casi todos los días a través de wasap. Se espaciaron esas comunicaciones y pasaron de ser diarias a un par de veces a la semana. También es verdad, consideraba Renata, que le estaba pasando con Vanesa como con otras amistades anteriores. Vanesa interactuaba, contestaba a sus wasaps, pero si ella no era la primera que rompía el hielo no recibía mensajes. Le parecía además que estos cada más eran más cortos, como de obligado cumplimiento, en los que decía vaguedades y no se metía en honduras.

Se fue ablandando poco a poco, recapacitó y fue consciente que su amistad había resultado fundamental en los tiempos convulsos con Sabas y el resto de los compañeros de trabajo. Quedó de nuevo con ella y fue muy sincera. La actitud de Vanesa, su volubilidad la parecía fatal y le afeaba su conducta. Aunque a ella, parecía no afectarle, era fachada como comprobó tiempo después.

—Vanesa, creo que tendrías que hablar seriamente con Luis y plantearles las cosas como son.

—Renata, todavía no sé como son exactamente. Después de aquella noche no he vuelto a verme con Julián, aunque no será por falta de ganas, pero las pocas veces que he tenido un hueco libre en el que poder escaquearme de las cargas familiares a él no le venía bien. Y no creo que me esté dando largas porque te juro que quedó satisfecho, exhausto sería mejor la palabra.

—Bueno, bueno, no me gusta nada la gente que se alaba a sí misma. Además, no es eso lo que te estoy planteando. ¿Vas a seguir con Luis o vas a dejarle y vas a probar suerte con Julián?

—Lo dices como si fuesen opciones excluyentes.

—¿Cómo puedes ser tan fresca? ¿Tienes la conciencia tranquila?

—Absolutamente. Estoy falta de sexo y Julián me lo puede proporcionar, pero no quiero renunciar a la vida familiar, al menos hasta que los gemelos se hagan mayores o, por lo menos, pasen la edad del pavo. Una separación podía afectarles psicológicamente y es ahora cuando se están formando tanto en estudios como en valores.

—¿Hablas de valores? ¿Pues no serás los que estás demostrando con este doble juego? Si ya no le quieres lo suyo es decírselo y separar vuestros caminos.

—No todo es tan diáfano. Tú así lo hiciste, pero no tenías hijos.

—Ni cuernos que yo sepa. El motivo de nuestra ruptura fue otro, nos seguíamos queriendo, pero Antonio me propuso un cambio de vida radical, un chantaje encubierto que, después de sopesar, no pude aceptar.

—Que tampoco soy tan taimada y astuta como haces ver. Ni tan calculadora. Además de momento Julián y yo hemos follado una noche loca y no voy a tirar todo por la borda por ese calentón. Iré viendo.

—Tu misma, pero que sepas que no me gusta ni mucho ni poco el que no quieras aclarar las cosas.

—Para aclararlas me tienes que ayudar a discernir algunas dudas. Quiero saberlo todo de Julián y tú me lo vas a contar, te lo pido por favor y por la amistad que nos une.—. Puso las palmas de las manos encontradas en actitud de ruego y una media sonrisa acompañando al ademán.

Renata le aclaró que sabía poco de su vida sentimental. Había tenido varias parejas desde que lo dejaron ellos, había tantos años, pero ninguna estable. No le duraban mucho las relaciones. De todas formas, tampoco estaba al corriente de los detalles de su vida sentimental o amorosa. Su relación de amistad no se resintió después de que ella le dejase y de ahí que fuese Julián, después de tanto tiempo, el que continuase llevándole sus papeles y gestiones y contestando a cualquier duda laboral o tributaria que le surgiese.

Vanesa decide quedar con Julián para aclarar su situación, lo que tiene pensado él con respecto a su relación. Si la conversación sigue los derroteros que ella tiene pensados acabará en revolcón y después de abierto el melón, que siempre es lo que cuesta más, cree que a Julián le gustará reencontrarse, de vez en cuando, tanto o más que a ella. Se relame sólo de pensarlo.


Continuará …/…

miércoles, 17 de julio de 2024

Capítulo 11 - La Casa del Pulpo

 

Quedó con Julián en La Casa del Pulpo. Un lugar que conocía desde que se mudó al barrió de Usera y en el que la relación calidad precio era excelente. Productos gallegos, con el pulpo a la gallega como plato estrella. Con Sabas la cosa salió de aquella manera, pero no siempre tenía que ocurrir lo mismo. Quería agradecer a su abogado y exnovio de muchos años atrás, con el que mantenía una relación de amistad además de la profesional, las gestiones realizadas cuando pidió la cuenta en la sección de Recursos Humanos del hospital. A partir de ese momento, él se encargó de todo. Su situación no era precisamente boyante, ateniéndose a lo que estaba por llegar, pero se sentía en deuda con él.

Para curarse en salud, citó también a su nueva amiga y confidente Vanesa, pero esta acudiría un poco más tarde. Tenía que esperar a que llegase Luis para que se hiciese cargo de Felipe y Raquel, los gemelos. Así que pensaron en pedir las bebidas y algo de picoteo mientras la esperaban.

En cuanto Montse, la regenta del local divisó a Renata acudió presta a saludarla y a acomodar a ambos comensales.  

—Pero bueno Renata. Tres con este. Estás que te sales. ¿Otro amigo? —dijo con tonillo.

—No sé porque sigo viniendo aquí. La última vez casi me marcho por no aguantar tus groserías, pero en esta ocasión te has pasado de castaño oscuro. Julián, vámonos a otro sitio. Se lo diré a Vanesa —estalló Renata, mientras hacía el ademán de abrir el bolso para coger el teléfono móvil.

Julián se quedó cortado en medio de la sala y comenzó a darse la vuelta para buscar la puerta de salida.

—No es para tanto, Renata. Con lo que tenemos aquí disfrutado y no me vas a aguantar una bromilla. Eres una de mis mejores clientas. ¿Te acuerdas cuando Antonio se bajaba la guitarra? Que veladas tan bonitas.

—Ya estás como siempre. Ahora me dirás que hablabas en broma y lo solucionas con una botella de Ribeiro. Pues yo hablo en serio cuando digo que tienes una lengua muy larga e intentas dar donde más duele. Así que perdono el bollo por el coscorrón.

—Venga Renata, me has hablado montones de veces de La Casa del Pulpo y de sus especialidades. Y de Montse y su carácter peculiar también —soltó una carcajada contenida—. Haced las paces y no me tendré que quedar con la miel en los labios. Seguro que ella está dispuesta a disculparse.

—Claro, si esta es como los políticos, primero suelta la coz y después se exculpará con la manida frase de: «Si en algo te he ofendido, que no veo en qué, te pido perdón».

—No soy tan soberbia. Prefiero tirar de las disculpas que dio el emérito en su día: «Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir». Ya en serio, Renata, quédate, te aprecio mucho y lo sabes.

—Pues no lo parece, fisgona. Y deja ya tranquilo a Antonio. Hace meses que nos separamos y parece que lo gozas trayéndole siempre a colación.

—Prometido. Y esta vez una botella de Albariño y media ración de pulpo a Feira, corren a cargo de la casa.

—Bien sabe Dios que transijo por Julián, porque tú no lo mereces.

—Vamos, mujer —terció Julián—. Dejémoslo ya e intentemos disfrutar de la velada, de la comida y de la bebida. Tiene todo una pintaza… —miró de soslayo a las viandas de las mesas cercanas.

Se sentaron por fin y en el momento en que les sirvieron las taziñas de vino apareció Vanesa. Renata los presentó y enhebraron los tres una animada charla. Renata se sentía un poco culpable todavía de la decisión que había tomado, le salía un hilo de voz. Aunque después del primer vino se puso más locuaz e intentó justificarse. Pero eso era agua pasada y ya no había marcha atrás así que «comentarlo sí, pero tampoco iban a estar toda la noche dándole vueltas», opinó Julián.

Sus dos amigos coincidieron en la reacción ante la primicia. Primero mostraron extrañeza, aunque cuando comprobaron que la decisión era firme y sus razones respetables, ya que el miedo es libre, fueron sus apoyos fundamentales para desvincularse del trabajo. Paulina supuso también un báculo fundamental, además desde dentro. Sin ella, alentándola en las últimas jornadas, hubiese caído, probablemente, en una sima de ansiedades. Sabas era una persona muy tóxica y todos los que le rodeaban estaban impregnados, en mayor o menor medida, de esa toxicidad. Tenía que huir para descansar y tranquilizarse. Dicen que huir es de cobardes, pero ella había oído otro dicho y lo acuño para su causa y más con lo cargado que se había puesto el ambiente: «soldado que huye vale para otra guerra».

—Pues ya está Renata, con los papeles que te pedí que firmaras ha sido suficiente. Tuve que apretar un poco las tuercas al jefe de Personal, pero tampoco mucho, porque has cumplido con creces tus cometidos durante estos años. Te guardan cariño y han accedido a darte el despido más favorable. Mañana o pasado, a más tardar, te harán la transferencia.

—Es reconfortante oír eso. Paulina, Pablo y los jefes son los únicos que me han demostrado su amistad, han reconocido mi valía y han intentado ayudarme. El resto me ha decepcionado profundamente.

—Ahora todo eso ha quedado atrás y tienes que centrarte en buscar trabajo cuanto antes —dijo Vanesa—. ¿Sabes que no va a ser fácil?

—Lo sé y espero que me ayudéis, sobre todo Julián que por sus actividades debe conocer a autónomos y pequeños empresarios que podrían contratarme. Ya os he dicho que estoy dispuesta a cualquier trabajo.

—Eso suena muy burdo. Permíteme la broma, aunque sé a lo que te refieres. Lo intentaré, Renata, pero no va a ser fácil según está el mercado de trabajo. Y eso que tienes una edad aprovechable. Me refiero a que si fueses cincuentona te podías olvidar. Con el dinero que te van a pagar tienes para ocho o diez meses de tranquilidad. Después, si no has encontrado nada, vendrán los problemas. Pero pensemos en positivo.

—Tengo un último comodín bajo manga que me incomodaría usar. Pedir dinero a mi padre. Seguro que se ablanda con su niña, pero tampoco los quiero poner en un brete. Son pensionistas y, aunque tienen dinero ahorrado y un apartamento en la playa, les espera la vejez. Veremos si necesitan cuidadores u optan por residencia. En fin, de uno u otro modo todo lo relacionando con los mayores es caro sin contar con que pueden caer enfermos. A esas edades, de un día para otro, puede haber sorpresas.

—Me acabas de dar una idea —dijo Vanesa—. ¿Por qué no te conviertes en su cuidadora y en vez de pagar a un extraño todo quedaría en casa? Ellos estarían más tranquilos bajo tu supervisión y atenciones.

—Absolutamente descartado. Primero, porque el trabajo lo tengo que buscar cuanto antes y ellos todavía se manejan perfectamente. Son mayores, pero no tanto. Además, cuando llegue ese día, prefiero que lo haga un profesional. Yo, después de una tarde con mi madre, salgo tarumba, así que mañana, tarde y noche, aguantando el tirón no lo veo. Tendríamos una agarrada después de otra.

—Ya verás como entre todos encontramos algo en poco tiempo. No te pongas en lo peor —la animó Julián.

—Gracias a los dos.

A continuación, Renata, que se sentía un poco incómoda tanto rato hablando de sus circunstancias pregunta a Julián por Antonio, su ex. Se interesa por cómo le va en Silván su nuevo negocio, en la ganadería ecológica que quiere montar. Quiere saber si ha contado con él para todo el asunto de papeles y autorizaciones que va a necesitar para ponerlo en marcha. Julián le dice que no sabe mucho de él. Para ese tipo de negocios rurales no tiene la suficiente capacidad y tardaría mucho en ponerse al día. No le merece la pena para un solo caso así que delegó en un compañero de facultad que estableció su asesoría en la zona, porque era natural de Astorga y se dedicaba a gestiones agrícolas y ganaderas fundamentalmente (Ayudas, subvenciones, solicitudes, plazos, concesiones…). Se lo presentó y no había vuelto a saber de él. De eso hacía más de seis meses.

Vanesa tiene información más reciente. Se wasapea a menudo con Antonio. Está un poco contrariado porque pensaba que todo iba a ir más rápido, pero ya le ha dicho ella que «principio requieren las cosas». Compró el semental Aberdeen y ocho vacas de las dos razas que tenía su padre, moruchas y sayaguesas, pero estas certificadas y con carta de genealogía. Zamora no se ganó en una hora y las gestaciones del ganado no se pueden acelerar. Son nueve meses, igual que las de los humanos. Últimamente estaba más ilusionado porque se habían quedado preñadas todas y esperaba el primer ternero en poco más de dos meses. Los demás nacerían escalonadamente en menos de un mes desde el primer alumbramiento. Mientras, sigue atendiendo al ganado que tiene su padre, aunque ya ha sacrificado a dos vacas, las más viejas, pues quiere hacer una renovación total. Ella le había aconsejado que, poco a poco, que todo suponía un desembolso muy grande, pero él no tenía paciencia y decía que iba a exprimir a la Consejería de ganadería, que se iba a acoger a todas las ayudas de las que tuviese conocimiento.

—Pues sí que tienes trato, sí. Veo que hasta entiendes de razas y del negocio ganadero —se sorprendió Renata.

—Ya te he dicho que me wasapeo todas las semanas con él y es lo que se me queda. Lo repite tantas veces y muestra tanto entusiasmo. Me da cosa de que no salga como lo ha previsto. En fin, querías saber de Antonio y te he contado lo que conozco de sus andanzas.

—Y yo te lo agradezco, de verdad. También quiero que le vaya bien. Aunque a mí me haya jodido un poco la vida, le guardo mucho cariño.

—No le eches la culpa también de tus episodios con Sabas ni de tu despido.

—Parece que una cosa llevó a la otra. Pero tienes razón, las vicisitudes han venido así, tengo que asumirlo.

En ese momento Montse que les estaba sirviendo las raciones y, fiel a su naturaleza, no había perdido detalle de la conversación, le dijo a Renata que si de verdad quería trabajar en cualquier cosa ella le podría ofrecer una ocupación. Renata se mostró sorprendida y le contestó que si se trataba de materia de cocina la descartaba de inmediato, a pesar de lo necesitaba que estaba, porque, aparte de que sus conocimientos culinarios eran escuetos, siempre había sentido cierta aversión a esos cocineros que deambulan por tantos programas televisivos y que venden el arte de los fogones como sencillo y entretenido. No se veía capaz de aprender las especialidades de un día para otro.

Montse le aclara que no hablaba de cocina. Su hermana y su cuñado se sobraban y se bastaban. Su marido también para atender la barra y ella las mesas del comedor. Llevaban muchos años haciéndolo y no necesitaban a nadie en el local.

—¿Entonces? Montse, no estoy para guasas. ¿Me ofreces un trabajo y después me dices que estáis cubiertos? Luego quieres que no me enfade contigo. ¿O es algo del barrio que ha llegado a tus oídos?

Parte de retranca había en la afirmación de Montse, pero lo aclara rápidamente al comprobar que Renata se ofusca. El local está cubierto, no necesita más personal, pero han habilitado el patio como terraza y la van a abrir el mes siguiente. Están dando los últimos retoques. La idea es tenerlo abierto todo el verano y, si va bien, ampliarlo, hacer una puerta y sacar unas mesas a la Avenida de Andalucía, que es colindante por la parte trasera. Ya han hecho la consulta a la Junta Municipal y les había dicho su gestor que se lo permitirían. El Ayuntamiento, ya se sabía, con tal de recaudar, lo que hiciese falta. Pondrían toldos y agua pulverizada. La gente, después de la pandemia, estaba desatada y, aunque estuviese bañada en sudor y se levantase con la culera empapada, quería exteriores.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Esta vez sí, con las cosas de comer no se juega. Pero te tendrás que poner las pilas y en un mes aprender a manejar la bandeja, coger las comandas y atender a los clientes como Dios manda, con buenas caras y sin aspavientos.

—¿Y lo dices tú con la lengua que gastas? Bueno, no sé, lo de la bandeja me da un poco de miedo. Puedo formar algún estropicio.

—Yo te enseño. Hay tiempo suficiente. Además, ahora ponemos como un tapete de goma, que amortigua para que no resbale la cristalería y la vajilla. Un truco que facilita bastante el equilibrio que hay que mantener. Luego, si la cosa va bien, dejaremos en invierno la terraza del patio. Ya sabes, para los fumadores. Pondremos unas estufas y, aunque estén un poco arrecidos, con tal de echar humo son capaces de aguantar las inclemencias más adversas.

—Pues desde ya te digo que sí. No estoy para desdeñar nada. El sueldo y las condiciones ¿Cuáles serían?

—Sería un contrato en prácticas el primer mes. Sin abusos, te conocemos de muchos años. Si cumples te haríamos uno en condiciones. De todas formas, pásate mañana y lo hablamos tranquilamente.

—A la hora que me digas. Ahora tengo todo el tiempo del mundo.

—A las doce, por ejemplo.

Montse se aleja para recoger la mesa contigua y proseguir su trabajo y Renata comenta a sus compañeros que, por poco que la paguen, le parecerá bien. No hace una semana que se ha quedado en la calle y ya tiene nueva ocupación. No la importará echar horas. Ahora necesita pasar tiempo fuera del hogar, se le cae la casa encima. Será duro pasar tantas horas de pie, pero a todo se acostumbrará una.

Vanesa le hace una seña y se dirigen las dos juntas a los aseos. Están ya un poco alegres por los efluvios de ese vino blanco fresquito denominación de origen «Rías Baixas», aunque la inmensa mayoría de la gente lo siga llamando «Alvariño», a pesar de que haya mudado de nombre hace unos años.

Vanesa, nada más franquear la puerta del baño y, sin venir muy a cuento, le suelta a Renata que Julián está como un queso. Los ojos le brillan y una risa nerviosa se le escapa por la boca. Pregunta que, si no quiere nada con él, ahora que lleva meses soltera de nuevo. Ella le contesta que no, que son buenos amigos y no quiere estropear su amistad forzando la situación. Vanesa se ríe y dice que tiene las bragas mojadas y no precisamente porque se le haya escapado el pis. Es atractivo, tiene agradable porte y conversación sensata y no le va mal en su negocio. Parece todo un profesional por cómo había llevado el caso del despido. No le faltaba un perejil.

—No se dónde quieres ir a parar, Vanesa. Te repito que lo quiero como amigo, que lo nuestro acabó hace mucho. Pero veo que tus feromonas siguen esparciéndose a pleno rendimiento. ¿Como era la dicotomía que estableciste con respecto a los hombres? Ah, sí, follables e infollables.

—Chica, también lo digo por ti. Es un buen partido. No se como no le tiras los trastos. Hace meses que no te pegas un buen revolcón, por lo que me has dicho.

—Ni bueno ni malo, lo tenemos hablado. Vanesa, sé que aquí dentro no nos puede oír nadie, pero escucharte hablar con esa naturalidad de temas íntimos me sube los colores y los calores de golpe. Tú si que follas de vez en cuando, con Luis, pero veo que nuestros cuerpos y apetencias varían de medio a medio.

—Si a esperar la muerte del gorrión una vez a la semana lo llamas follar, sí, follo. Cae a plomo el pajarito. Pero, en fin, si tu cuerpo no se pone cachondo, tampoco vas a forzar.

—Me tienes loca con el desparpajo y ese despliegue de lenguaje soez. Yo también estoy alegrilla con el vino, se me suelta la lengua, pero nunca creo que llegue a esos extremos.

—¿Qué no? Que venga un príncipe azul de esos que te pillan con la guardia baja y te sueltan un flechazo directo al corazón. Verás como se te caen las bragas a los tobillos de golpe y le pides que te folle sin preámbulos ni ceremonias.

—No te conozco, tía. Te estás poniendo muy borrica y, por qué no decirlo, ebria. Lo mejor será volver a la mesa. Tal como os dije hoy invitaba yo. Os debo mucho a los dos. Voy a cobrar el finiquito en breve. Después cada mochuelo que se vaya a su olivo e iremos hablando.

Julián se quedo extrañado por la prisa con que quería rematar Renata la velada. Dijo que él quería pedir postre, que le habían hablado de que la tarta de Santiago de este lugar era verdaderamente espectacular y le quedaba hueco en el estómago para degustarla. Que, si era por el dinero, que no se preocupase que él pagaba los postres. Renata accedió, pero le dijo que se diese prisa. Julián no entendía el motivo de tanta premura. Al fin y al cabo, ella vivía al lado y podía ir andando hasta su casa. Para rematar la velada, Montse les acercó una frasca de medio litro con cuatro vasos de barro, tamaño chupito.

—Ahí tenéis, alquitrán. Invita la casa.

—Montse te pones espléndida el día que tenemos más prisa. Para lo que eres tú, más agarrada que un chotis, me estás dejando pasmada.

—Pues si yo, según tú, tengo la lengua larga, la tuya es una tralla. Con menos cariño también se apaña una. ¿Quieres que me lleve el orujo de café?

—Ni se te ocurra —le pidió Vanesa—. Tendremos que brindar por esta bonita amistad que ha germinado hoy.

—Jolines, parece que tiene razón Renata —dijo Julián—. Esa lengua se tropieza demasiado, vocalizas regular. Haremos un brindis, pero sólo mojarnos los labios y después romperemos filas. Si no, no llegaremos ni a la boca del metro.

Así lo hicieron a los cinco minutos. Renata fue hacia su casa andando y los otros dos hacia la boca del metro de Usera que está en la calle Mirasierra, la más cercana. Él tenía que ir hasta Mendez Álvaro, vivía al lado del Parque de Tierno Galván. Ella tenía que ir hasta el Pinar de Chamartín, así que le tocaba hacer transbordo en Pacífico y quince estaciones más hasta el final de la línea uno. Renata los observo alejarse por la calle que dirigía al metro. Curiosamente mantenían la verticalidad y no se trompicaban mucho. A lo mejor había cometido un error con Vanesa y no tenía tanta cogorza. Puede que no la hubiese calado lo suficiente y fuera zafia por naturaleza. Los vio avanzar en animada charla, alguna risa se les escapaba y llegaba amortiguada hasta sus oídos.  

Vanesa la wasapea al día siguiente: «He dormido en la casa de Julián, todo un caballero. No consintió que hiciese un trayecto tan largo. Estaba un poco achispada y me lo notó.  “a ver si la daban un disgusto a esas horas”», le dijo. «necesito contártelo. No sé cuándo, pero lo necesito. Hoy no me puedo quedar. Dos días seguidos diciendo a Luis que me cubra es complicado y más porque anda con la mosca detrás de la oreja».

 «¿Pero ha pasado algo entre vosotros?»

«Ha pasado todo, pareces lela».

Renata sintió una punzada muy dentro, pero tampoco podía cabrearse, pues le había dicho que no estaba enamorada de Julián, que sólo era amistad, pero le dolió, ni ella misma lo esperaba. Vanesa estaba casada. «Puedo ir esta tarde a la salida de tu trabajo al Bar baridad, igual que la otra vez. Un rato si podrás hablar»

«Pues si es allí, tan cerca del curro, puedo echar una parrafada o dos. Lo que pasa es que Sigfrido es un cotilla, vamos a otro»

«A Sigfrido lo tendremos a raya, no le dejaremos que se acerque por allí, solamente cuando tenga que poner las consumiciones y en ese momento estaremos más calladas que en misa».

«No le conoces tú bien, mejor cambiamos».

 «Vanesa, ese bar me trae muy buenos recuerdos, fue donde nos conocimos, pasamos una tarde memorable y me reconfortaste ante la papeleta que me esperaría en el trabajo al día siguiente».

«Vale, pero que sepas que nos la puede jugar, al final se entera de todo. En fin, allí te espero, a las siete y media y te pondré al día.»

 

Continuará …/…

jueves, 27 de junio de 2024

Capítulo 10 - Abyecto

 

Casi no pegó ojo en toda la noche. En previsión se había tomado una pastilla de diazepam de las que quedaban en el cajón de las medicinas y que tan bien surtido dejó Antonio. En los últimos tiempos se medicaba bastante. Eso la hizo caer un par de horas cuando ya amanecía.

            Salió a comprar. Tenía la nevera bajo mínimos, no le quedaba fruta ni verdura. Por unas cosas o por otras lo había ido posponiendo durante la semana y hoy no quedaba otra solución. Además, contraria a su costumbre, hoy no comería en la cafetería del hospital. Quería ir directamente al tajo. No le apetecía encontrarse con algunos de los compañeros en el almuerzo como casi siempre. Así que, también la tocaría cocinar. Algo sencillo, no era ducha en el arte culinario y hoy no era ocasión de lucirse. Subsistir con cualquier cosa. Cocería algo de pasta, la mezclaría con carne picada y salsa boloñesa. Y una ensalada de tomate y atún ¿Para qué más?

            Por el camino pensó otra cosa. Los nervios se la habían agarrado al estómago. Haría la compra para tener víveres en casa, pero la comida de medio día la despacharía con la ensalada y gracias. Había perdido el apetito y conforme se acercaba la hora de entrada mas azorada se ponía. Las manos y los pies eran témpanos y la cabeza una noria. El tiempo pasa y no puede demorar más su partida. Coge el autobús y sigue con el estado de nervios y los malos pensamientos. «¿Por qué seré así? No he hecho nada malo», intenta autoconvencerse durante el trayecto, mientras que mira sin ver, hacía el exterior, a través del cristal.

Llega con un poco de retraso, sobre las tres menos cuarto, y se dirige directamente al vestuario femenino. Saluda al pasar a los compañeros que encuentra a su paso con un rictus serio. Parece que el personal está menos locuaz que otras tardes, puede ser producto de su imaginación, esa que no le rige con claridad en los dos últimos días. Entra dentro y no hay nadie, cosa lógica por la demora. Se dirige a su taquilla y empieza a desnudarse para ponerse la ropa laboral. Cuando casi ha terminado oye un ruido que la hace ponerse alerta. Pensaba que estaba sola, pero oye girar el pomo de una puerta. Mira al fondo. Es la de los aseos. Alguna compañera debía estar dentro. Se abre la puerta de par en par y aparece frente a ella Sabas con mirada desafiante y sonrisa sardónica.

— ¿Qué haces aquí?

—¿Tú que crees, Renata? Hacerte un recordatorio de la conversación con la que me despachaste anteayer de tu casa. No son maneras, compañera.

—Claro, son mejor tus modales. Tu comportamiento y tus tocamientos. Tus abusos.

—Para el carro, engreída. Que rápido habláis de abusos y de violaciones. Me abriste las puertas de tu casa de madrugada. Macho y hembra, mayores de edad. No creo que fuese para echar una partida de ajedrez.

—¿Cómo puedes ser tan cínico? Tu estado era lamentable ¿Sabes cómo me dejaste la casa? Te acogí para que durmieses la mona y cuando la dormiste querías un desahogo, pero hay que contar con la otra persona para eso.

—¡Gilipolleces! ¿Solo sí es sí? A eso se le ha llamado siempre ser una calienta pollas y ahora resulta que estáis empoderadas y nos mandáis a hacer puñetas y os quedáis tan panchas, después de provocarnos y engatusarnos. Pero te dije que te iba a pesar y lo mantengo.

—Sabas, no te provoqué, te repito que quería hablar y cenar contigo sin más. Somos amigos. Te pido perdón si me expresé mal o me malinterpretaste.

—No somos amigos ¡Éramos amigos! Y, o poco puedo, o tus tardes laborales se van a convertir en un infierno. La cagaste y conmigo no hay bromas, flor de pitiminí. Para bajarte los humos te podría dar dos hostias de entrada, pero los tiempos han cambiado y seguro que te pones a chillar como una histérica y se formaría aquí un guirigay. Es lo que buscáis. Tengo tiempo de sobra. Un poco de paciencia y encontraré lugares más discretos y momentos más oportunos.

—¡No puedo creer lo que estoy oyendo!

—Yo no he oído nada. En los vestuarios no hay cámaras ni, en este momento, testigos. Me voy a trabajar. —Se dirigió a la puerta del pasillo, la abrió, se asomó discretamente, miró hacia ambos lados y la cerró a sus espaldas.

Renata se sentó en un banco, temblaba como un flan. Se puso a sollozar. En ese momento entró Paulina.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—A mi no me tienes que engañar. Te voy a ayudar. No me creo las patrañas que nos contó ayer Sabas. Estuvo un buen rato poniéndote a caldo.

—¿Qué os contó ese miserable?

—Que te habías insinuado durante la cena, habíais subido a tu piso y de buenas a primeras le echaste de tu casa a voces y a empellones. Pero si que debió ser buena la discusión, pues erais unos compañeros casi inseparables y ahora lo llamas miserable.

—Me voy a trabajar Paulina, no tengo ganas de dar más pábulo a este episodio. Además, puede entrar Pablo, el supervisor, y cantarme las cuarenta. Encima de que llego tarde me quedo de cháchara.

—¿En el vestuario femenino? No sería capaz.

—Puede mandar a buscarme. No quiero líos. Ya hablaremos durante el paseo de la merienda.

—¿Volvemos a los paseos? Avisaré a Natalia. Creo que hoy la han puesto con Sabas a recoger ropa por las plantas.

Natalia se excusó. Cuando llegó la hora dijo que ya había quedado a merendar con Benigno, su pareja y, por ende, con Sabas, pues eran uña y carne. Primer jarro de agua fría. Paulina sí que la acompañó. A ella le contó todo lo que había pasado sin omitir ningún detalle. Quizá se equivocó al forzar una segunda cita, pero en ningún momento ella le dijo nada que pudiese hacer pensar en enrollarse ni en acabar en la cama. Sabas tenía una trompa monumental y el despertar que tuvo fue soez, baboso y magreante. Siguió diciendo barbaridades y zafiedades, agarrándose el pene por encima del calzoncillo. Salido no, lo siguiente.

—Tuve que echarle porque me dio miedo. No tengo porque tolerar esas actitudes. Estaba descontrolado.

—Hiciste bien. Yo te creo. Lo que nos dijo ayer no tiene nada que ver, pero pienso que conociéndoos a los dos nadie puede dar un duro por su versión. Aunque te advierto que está metiendo mucha mierda por toda la sección. Ya sabes que es un personaje muy popular.

—Y enlace sindical.

—Eso no significa que no puedas denunciar. Díselo a los de otro sindicato.

—No creo que sacasen la cara por mí. Se tiran los trastos durante la campaña de las elecciones sindicales, pero después son íntimos y van juntos a todas las negociaciones. Son estómagos agradecidos y se ríen de los trabajadores.

—Seguro que encontramos a alguien honrado. Pablo, por ejemplo, no suele casarse con nadie. No seas tan negativa.

—Negativa, no, realista. Hasta las tías como Natalia prefieren irse con ellos antes que conmigo. Qué decepción.

—Ella está en una posición delicada con Benigno de por medio.

—¿No era una mujer tan liberal, que no necesitaba a los hombres para nada? Hasta les cantaba las cuarenta entre bromas y veras, pero cuando ha llegado una situación verdaderamente delicada ha hecho fu, como el gato. No, Paulina, no voy a denunciar. De momento no tengo nada. A ti, y ya eso me parece un triunfo. Gracias.

Las jornadas siguientes se convirtieron en un suplicio. Hubo gente que le retiró el saludo sin que ella recordase haber tenido ningún conflicto. Estaba claro que la máquina del fango de Sabas y sus secuaces había causado efecto. Natalia la evitaba. Siempre se habían contado todo, no entendía su postura por mucho que Paulina la exculpara. Podía sacar la cara por ella perfectamente, pero prefirió no posicionarse, ponerse de perfil y eso fue peor. Si ella no se mojaba pocos más lo harían.  Para hablar, para respirar en los ratos muertos, le quedó Paulina, que permaneció fiel. Muchos la tachaban por detrás de simplona, de rubia tonta, pero demostró nobleza y amistad verdadera.

Sólo con los ánimos que le insuflaba Paulina no hubiese podido soportar la presión. Tenía una nueva baza. Otra amiga que había surgido casi de la nada y con la que se wasapeaba a diario para contarle como había ido el día. Vanesa, sorpresas que da la vida. Las casualidades existen. Ella le hablaba de sus problemas familiares y domésticos, pero pasaron a segundo plano según avanzaban los días y Renata le ponía al corriente de su situación. Sabas, taimado, astuto y embustero, estaba consiguiendo poco a poco que la gente mirase con recelo a Renata por una infamia. O estaban con él o contra él. Ella, que nunca había generado problemas con nadie en los diez años que llevaba empleada en la lavandería del hospital, al contrario que él, que era conocido por sus frecuentes reyertas que habían acarreado un puñado de faltas disciplinarias, las cuales quedaban impunes. Borradas, después, con la connivencia existente entre los sindicatos y la gerencia del hospital.

Sabas era el puto amo. Contaba chistes, jaleaba a las mujeres, alardeaba de lenguaje sexista y de piropos de mal gusto. Y si divisaba lo que consideraba un buen culo le daba un azote con ganas y se reía la gracia «¡Dios, eso es granito, se me ha quedado la mano en carne viva! Groserías que parecían superadas. Todo le era permitido, nadie se le enfrentaba ni le ponía coto. En las fiestecillas de navidad o por motivo de jubilaciones y despedidas de compañeros, cuando no preparaba algún disfraz, cantaba una chirigota o declamaba algún ripio que hacía las delicias del personal. Incluso, en ocasiones, reunía a dos o tres conocidos y parodiaba alguna escena de hospital, como operaciones quirúrgicas utilizando el material sanitario e instrumental de plástico que compraba en algún bazar chino.


A ella, ahora, le parecía absurdo la amistad que mantuvo con semejante cavernícola, quizá porque le cautivó el lado lúdico y festivo y siempre quitó hierro, inconscientemente, a la cara sombría, de bravatas y ordinarieces.  

Pablo no es tonto, sabe que ha pasado algo entre ellos e intenta sonsacar a Renata, pero esta echa balones fuera.

—Renata, tengo que saber lo que ha ocurrido para tomar medidas.

—Es un asunto extralaboral.

—Si no me lo cuentas no puedo imponer correctivos ni elevar el caso a mis superiores.

—Hemos discutido. Te repito que no pertenece a vuestro ámbito, por lo que no podréis hacer nada.

—Depende. Como te dije cuando me llamaste para pedirme el día de libranza y que no te pusiera con él en el turno, Sabas no trabaja mal, pero enrarece el ambiente, enfrenta al personal y, hace tiempo, que tengo ganas de pillarle en falta. Denúncialo, te apoyaré.

 —No hay testigos.

—Con la Ley nueva no hace falta.

—Sí, porque no es pareja ni expareja. Además, no soy de las que se inventa una movida, no creo que sea para meter a una persona en la cárcel.

—Depende. Si has estado repasando la Ley y pensando ciertas cosas es que te ha violentado. Paulina, me dijo que te vio echa polvo en los vestuarios ¿pasó algo allí con Sabas? Él no puede entrar.

—No, nada que se pueda demostrar. No le vio nadie y es mi palabra contra la suya. Contra uno de los pesos pesados del Comité de empresa.

—Torres más altas han caído. En fin, Renata, en tus manos lo dejo. Creo que algo se podía mover a pesar de los atenuantes que ves por todos lados, pero no te puedo forzar. Eso sí, medítalo y si cambias de opinión me lo dices y, si Sabas te molesta o te amenaza no lo dudes, por favor. Sabes dónde estoy.

—Gracias, Pablo.

No podía seguir así. Cada vez que iba al trabajo pasaba una enfermedad, en cuanto bajaba del autobús ya tenía las manos heladas y un mal cuerpo que en cuanto entraba en el vestuario se iba directamente a hacer de vientre. La gente cada vez la ignoraba más, la obsequiaba con miradas torvas y así no podía continuar. ¿Denunciar o no denunciar? Ese era su dilema. Pero había dejado pasar un tiempo precioso, el revuelo inicial se había sosegado y ahora le parecía fuera de lugar. Pensarían que quería aprovecharse. Además, que hasta que se resolviese el asunto podían pasar meses y el ambiente, ya de por sí cargado, se convertiría en infernal.

Está tan hastiada que en su siguiente cita con Vanesa le comenta una idea que está germinando en su cabeza para ver cual es su opinión. Quiere pedir el finiquito, poner tierra de por medio y buscar otro trabajo, de lo que sea.

—Renata, ¿tanto te afecta? No pensaba que estuvieses tan sobrecogida, tan superada por el ambiente laboral.

—Tú lo has dicho. Es insufrible. Las horas se me hacen eternas. El reloj no avanza. Me he vuelto invisible para los compañeros. Todos me ignoran. La única que me alienta y reconforta es Paulina, pero no siempre nos toca juntas y a ella también le han hecho el vacío por mi culpa. La tengo que liberar de esta losa.

—Por tu culpa, no. Eso no te lo admito. Por culpa del embaucador y chantajista de Sabas y por el rebaño de borregos que, no solo no le planta cara, sino que se une a su causa indigna. Qué pandilla. Pero no es un caso aislado, conozco más, aunque este es tan flagrante que clama al cielo.

—No me apetece nada seguir en estas condiciones.

—Pues denuncia. Perder un puesto de trabajo hoy en día, a nuestras edades, me parece una locura. Resulta muy difícil reengancharse al mercado laboral.

—Denunciar no va a solucionar nada y el ambiente se volverá más hostil, si cabe. Por otro lado, estoy acojonada con la advertencia que me hizo Sabas aquel día en el vestuario. Más bien parecía un ultimátum y cuando vea un momento propicio me temo lo peor. No puedo continuar soportando esta angustia, Vanesa. Mi vida en unos meses ha dado un giro radical a peor. He perdido a Antonio y la mitad de mis escasas pertenencias. Ahora me despido del trabajo. ¿Qué será lo próximo?  

—Mi consejo es que aguantes un poco más, a ver si las aguas vuelven a su cauce. Un trabajo fijo y bajo techo no se puede desdeñar de un día para otro, aunque te paguen un despido aceptable. Que no te tengas que arrepentir. Si quieres hablo yo con Pablo o con Sabas incluso. Tu carácter hace que intentes vadear los problemas, pero creo que en la situación que estás no puedes quedarte en la calle.

—Lo tengo todo pensado. La hipoteca no es muy elevada, te recuerdo que el piso ya estaba pagado. Ahora tengo que recuperar la otra mitad tras el acuerdo con Antonio. Con el finiquito que me den puedo tirar unos cuantos meses y asumir todos los gastos. Malo ha de ser que no encuentre nada cuando estoy dispuesta a casi todo. Además, tengo que corregirte en lo del trabajo fijo. Soy interina y aunque lleve diez años nadie me garantiza que saquen una oposición, otro ocupe mi lugar y me despachen sin más.

—Eso no lo pueden hacer de un día para otro. De todas formas, mi consejo sigue siendo el mismo, pero tomes la decisión que tomes te ayudaré, intentaré insuflarte ánimos y estar a tu lado todo el tiempo que me sea posible.

—Lo que me da más miedo aún que el impresentable de Sabas es decírselo a mis padres ¿Cómo y cuándo? Lo puedo demorar unos días, pero al final se acaban enterando y me afean con razón que no les haya informado, como me pasó con la separación de Antonio. Me cuesta mucho, lo voy alargando, dándole vueltas y siempre lo digo tarde, mal y en el peor momento.

—Si quieres te acompaño, con una desconocida delante se sujetarán un poco.

—No hace falta, no te preocupes, pero las cosas por orden. Lo primero que voy a hacer es comentárselo a Julián, mi abogado, el que ha llevado la separación y lleva todos mis papeleos y asuntos legales. Que me diga como quedaría la situación y que se ponga en contacto con la gerencia del hospital. Quiero acabar cuanto antes. Con esta desazón no puedo vivir de continuo.

—La decisión ya estaba tomada. No entiendo porque me pides consejo, Renata.

—Tienes razón. No he obrado con nobleza. Perdóname. Necesitaba que alguien reforzase mi postura para que no pareciese una necedad, pero, a pesar de que nuestros puntos de vista no coincidan, tiro para delante. La aversión cada día que pasa es más grande y va a llegar un momento que voy a caer enferma de ansiedad. No quiero acabar depresiva, prefiero no alcanzar esos extremos.

La despedida de Paulina fue bastante emotiva, ninguna de las dos pudo sujetar las lágrimas. La del resto de los compañeros casi inexistente. Lo de Natalia le pareció abyecto y sorprendente. Una mujer como ella, a la que creía independiente y que no se callaba ante nada. Con la que tenía una amistad consolidada o, al menos, eso creía y la dejó tirada como una colilla.

Tocaba cargar las pilas y ponerse en valor para volver a trabajar cuanto antes. Para eso, como estaba bastante oxidada y no quería dar palos de ciego, también pediría ayuda a Julián.

Continuará …/…