viernes, 7 de junio de 2024

Capítulo 9 - Vanesa

 

—Perdonadme, chicas. Vamos a cerrar —les dijo Sigfrido con cara de resignación.

—¿Qué hora es? —Preguntó Vanesa.

—Las once y media y mañana amanece a traición. A las siete tiene que estar todo presto y dispuesto para los cafés mañaneros. Compréndelo, Vanesa.

—Faltaría más. Claro que lo comprendo Sigfrido. Es que el tiempo ha volado.

—La exmujer y la ex mejor amiga de Antonio ¿Os conocíais de antes?

—Qué va —respondió Renata.

—Pues parece que ha habido flechazo —se rió comedidamente Sigfrido—. Qué pasión, cuanta vehemencia, que chorreo verbal.

—Y qué chismoso.  Quizá el sitio elegido no ha sido el mejor.

—Para el carro Vanesa. Sabes que me alegro de todo lo bueno que te pase. Sólo he observado, nada más. Aquí hay muchos ratos muertos. Brillo en los ojos, gestos cómplices, sonrisas francas. He podido comprobar que entre vosotras dos hay, no sé cómo decirlo… Chispa. ¿Debo morir por ello?

—Y no has errado, la verdad. Veo que conocías bien a Antonio —terció Renata.

—Claro, estos dos venían todos los días. No recuerdo la primera vez que entraron por esa puerta, pero eran de visita diaria y eso, quieras que no, genera bastante confianza. Más que clientes, ya eran amigos. Aunque tengo que insistir. Id apurando las consumiciones porque tengo que cerrar.

—Bien apuradas están desde hace rato. Ya nos vamos Sigfrido, no te preocupes. La verdad es que se me ha hecho tardísimo. Hoy no veré a los peques antes de acostarse. Me da un poco de cosa, pero que apechugue Luis, ya le he avisado de que no me esperasen para cenar.

Se levantaron las dos y salieron a la calle. Allí se despidieron dándose un par de besos. Renata echó a andar y al momento volvió sobre sus pasos.

—¡Vanesa! —llamó. Esta se volvió un poco sorprendida y más cuando Renata se abalanzó sobre ella y la abrazó—. Gracias, de verdad. Esta conversación me ha hecho mucho bien. Iba a explotar, necesitaba un desahogo. Una persona franca, que me escuchase y has aparecido en el momento más oportuno —sollozó.

—El sentimiento es recíproco, Renata. También a mí me ha venido fenomenal esta tarde de confidencias sin tapujos. Me he sentido cómoda en todo momento. Parece mentira. Mi único mérito ha sido ese pálpito de pedirle tu número a Antonio. No te conocía personalmente, pero por lo que me había contado estaba convencida de que eras la persona indicada. No me equivoqué. ¿Nos veremos pronto?

—Por mí cuanto antes mejor, pero tú tienes marido e hijos lo que acarrea unas obligaciones que yo no tengo.

—Renata, podíamos instaurar estos encuentros una vez a la semana ¿Qué te parece?

—Por mí encantada, pero te recuerdo que tenemos horarios laborables cruzados.

—Es verdad. Vamos hablando y ya cuadraremos de una manera o de otra, sino algún fin de semana. Pero, oye…

—¿Qué?

—Que ahora ya tenemos nuestros teléfonos. Nos podemos comunicar en cualquier momento. En confianza, Renata, no te cortes. Si necesitas hablar llámame.

—Gracias. Lo mismo te digo. Hasta la próxima, Vanesa.

—Adiós, Renata.

En cuanto entró en el «Bar Baridad» Renata, Vanesa la llamó desde una esquina del local. Allí estaba sentada. Iba a preguntar al camarero, pero no hizo ninguna falta. Vanesa le explicó que Antonio le había enseñado fotos en más de una ocasión. Sobre todo, los lunes, si habían hecho algún plan de fin de semana. Primero le explicaba donde habían ido o lo que habían visto y después le mostraba alguna imagen. A Renata, sin embargo, no le había mostrado ninguna de Vanesa. Bueno, era normal que no tuviese tantas fotos de ella, se consoló.

Después de romper el hielo con algunos formalismos pasaron a comentar el episodio de los ruidos. Las había descuadrado a ambas. Últimamente estaba muy obsesionado y crispado. Le molestaban tanto que había llegado a tener pesadillas e incluso cuando no había ruidos externos oía pitidos. Eso eran los acúfenos. Por eso recibió un doble tratamiento: médico y psicológico, pero lo que Renata nunca hubiese esperado es que se volviese a Silván y, sobre todo, con la idea que tenía ya pergeñada en su cabeza. Le preguntó a Vanesa si a ella le había contado algo, pero tampoco le había confiado su intención. Hablaba recurrentemente del pueblo de sus padres en los últimos tiempos, parecía como si lo añorase, pero claro había atado cabos ahora, entonces no lo achacó a un deseo real de volver a vivir en el campo.

—La verdad es que según lo contaba, te parecía el lugar y la idea más maravillosa del mundo, pero yo no me puedo encerrar en una aldea. Estoy acostumbrada a la vida y al bullicio de la capital. Lo medité unas semanas, no te creas, noches enteras sin dormir, aunque resolví que, a pesar de que lo seguía queriendo, no podía abandonarlo todo, de un día para otro, por un capricho, como hizo él. Por un lado, no quería perderlo, por el otro me indignaba que no me hubiese comentado nada hasta que tuvo la decisión tomada. Perdona el tostón.

—¿Qué dices? Para eso hemos quedado y me alegra que me cuentes tus inquietudes. Hay una cosa que nunca me hubiese atrevido a contarte, pero después de tu ataque de sinceridad estoy dispuesta a hacerlo. No te pongas en lo peor —comentó al ver la cara de sorpresa de Renata.

—No me pongo de ninguna manera. Antonio te nombraba muy a menudo, eso me ponía suspicaz y si a las primeras de cambio me quieres confiar un alto secreto, me da mala espina.  Voy a adelantarme y espero no columpiarme. Más de una vez tuve celos y me dio por pensar sino estaríais enrollados.

—¡Joder, Renata! No, no estuvimos enrollados, pero te tengo que ser sincera, si no lo estuvimos es porque él no quiso. Esas cosas se notan y yo lo pasaba muy mal. Me gustaba mucho, pero estaba casado. Aun así, más de una vez estuve a punto de tirarle los tejos. Cuando tomaba algún vino de más y se me soltaba la lengua. Me subían unos calores y una excitación que no sé cómo fui capaz de controlarme. Perdona que sea tan explicita. Antonio, sin embargo, me demostró que solo pretendía una relación de amistad. Era buen compañero en el trabajo, buen conversador y confidente fuera de él, aunque la mayoría de las veces hablábamos de temas superficiales porque en cuanto notaba en mi actitud que le iba a proponer algo más íntimo, salía escopetado a pagar, a mear o a echar una parrafada con Sigfrido.

—No se que decir a eso. Si se mantuvo firme es lo lógico, sino me lo tenía que haber contado, para eso éramos pareja.

—Pero no creas que todos lo hacen. La mayoría si ven una oportunidad la aprovechan. Perdona, pensarás que soy una fresca, que he vivido muchas veces situaciones parecidas, pero no, sólo me pasaba con Antonio. Bueno, y con Luis, aunque estamos en crisis y eso pudo contribuir a hacerme ilusiones con tu ex.

—Las rarezas cacofónicas de la última temporada hicieron que los revolcones se espaciasen, pero cuando Antonio se ponía a ello seguía manteniendo el vigor. Me dejaba exhausta.

—Pues chica, que envidia. Luis no es que fuera un Nacho Vidal, pero no cumplía mal. Desde que nacieron los gemelos los encuentros sexuales pasaron a ser casi inexistentes y las pocas veces que lo hacemos es porque fuerzo la situación. Siempre está cansado y sin ganas. Los que yo digo: la muerte del gorrión.

—¿La muerte del gorrión?

—Sí, pega dos o tres empellones y acaba. Abre las alas, se deja caer de espaldas como si le hubiesen disparado y, casi al mismo tiempo en que toca el colchón, ya está dormitando. En esa posición, con los brazos abiertos, como Jesucristo, ya no se menea. Menudo panorama.

—Qué ocurrente eres, Vanesa. Perdona que me ría, pero esa salida me ha pillado con la guardia baja. La muerte del gorrión…ja, ja, ja…

—Ríe mujer, que cuando he visto la cara que traías no pensaba que fueses a reír en mucho tiempo.

—Pues sí, una desconocida lo ha conseguido. Desconocida hasta hoy, quiero decir. Ahora anuncian vigorizantes en la radio. Enegisil vigor, creo que se llama uno, sin hablar, por supuesto, de la viagra.

—Pues sí, algo habrá que hacer porque este tiempo atrás cuando me sentaba en el metro me ponía a observar a todos los tíos, la mayoría embebidos en la pantalla del móvil y en mi imaginación los dividía entre follables y deplorables.

—Madre mía. Pues sí que estás hambrienta. Yo, de momento, no tengo una necesidad perentoria, pero me temo que según pasen las fechas puede aparecer.

 —Bueno, si te soy sincera, se me está bajando la libido. Los críos y el trabajo hacen que no me obsesione mucho con el sexo. Llego a la noche agotada.

—¿Me habías dicho que tenías gemelos?

—Sí. Chico y chica. Felipe y Raquel. Tienen cuatro años. Están en segundo del Ciclo infantil. Dan bastante guerra y tareas que hacer, pero también proporcionan muchas compensaciones. Lástima que vosotros no pudieseis tener hijos. Os hubiese venido bien. Una vez, hablando con Antonio le comenté que había otras maneras de formar una familia hoy en día, pero no quiso ni oír hablar de ello. Supongo que os supuso un palo. Perdona que me meta donde no me llaman, pero conozco a gente que ha adoptado y están encantados de la vida y orgullosos de sus hijos. No es ningún desdoro.

—Me dejas loca. ¿Antonio te dijo eso?

—Tal cual.

—Será cabronazo.

—Me temo que he hablado de más.

—Antonio no quería tener hijos, así de simple y llano. Nunca le parecía momento oportuno. Ni siquiera cuando la hipoteca estaba prácticamente liquidada. Me deba largas. Yo era la que estaba ilusionada con la descendencia. «Un Antoñito», le decía. «Aunque solo sea la muestra», pero él se sacudía las moscas. Por eso me enfadé muchísimo cuando me chantajeo vilmente. Me dolió su doblez.

—¿A qué te refieres?

—A que cuando me vendió la moto de Silván, con todas las bondades y ventajas que nos proporcionaría mudarnos allí, como vio que yo no terminaba de decidirme me expuso que estaba dispuesto a tener hijos y que se criasen en ese ambiente de libertad. Algo así. No me acuerdo de las palabras exactas, porque me sentó a cuerno quemado, después de los años que llevaba dándome largas y dejando caer que los hijos daban demasiados problemas y que él, si podía evitarlos, nunca los tendría.

—Le doy vueltas, Renata y no encuentro el motivo por el que me dijo ese embuste. No había ninguna necesidad. Me sorprende porque le tenía por un hombre cabal que no se inventaba patrañas. Se lo preguntaré la primera vez que hablemos. A ver por donde sale. Por cierto ¿No has vuelto a hablar con él desde los papeleos?

—Hablar no. Cruzo algún wasap de vez en cuando. Se preocupa por cómo me encuentro. Yo le digo la verdad: que estoy hecha polvo, que mi existencia va de mal en peor.  Es la realidad, no se lo cuento por inspirar lástima. Su interés le hace ganar puntos, pero una vez que hice el borrón y cuenta nueva no le doy mucha cancha, prefiero seguir mi vida.

—Entonces la propuesta que se me estaba ocurriendo ni te la planteo.

—Plantéala. El no, ya lo llevas.

—Se me había ocurrido una tontería.

—Dila, hija mía, por decirla no va a subir el pan. Me estás dando un poco de yuyu,

—Quiero dar una sorpresa al ganadero neófito.

—¿Qué tipo de sorpresa?

—Nos presentamos allí sin avisar. Que nos cuente como va ese emprendimiento, como lo llaman ahora.

—Conmigo no cuentes, Vanesa. Si acaso cuando haya pasado unos meses me lo pienso, pero ahora no tengo cuerpo para reencontrarme con Antonio y menos con mis suegros, bueno con Mariana, para ser mas exacta. Pancracio es un trozo de pan.

—Lo suponía, pero ¿No tienes curiosidad por saber como le van las cosas? Si ya tiene crías del nuevo semental. Si ha empezado a mandar carne a Madrid. Cuantas vacas ha comprado para aumentar la cabaña de su padre… En fin, te respeto. No te digo que ahora, pero dentro de un par de meses podemos asomarnos por allí.

—Lo pensaré, pero no te lo puedo prometer.

—Queda pendiente.

—Tú siempre tienes que decir la última palabra.

—Podemos poner fecha ya.

—Vanesa, lo tuyo no es terquería, no sé ni como llamarlo.

—Las dos juntas no te resultará tan cortante. Yo siempre a tu vera. Qué digo a tu vera. Iremos toda la familia. A Raquel y a Felipe le encantan los bichos, como a todos los críos.

—Una excursión familiar con pegote.

—No serás un pegote, serás una más. Ya verás lo bien que te lo pasas con los niños en plena naturaleza.

—Vale, dentro de dos meses. Pero para ir y venir en el día, si no, no me comprometo. Veo que estás acostumbrada a salirte con la tuya.

La última parte de la tarde, que estuvieron juntas, la conversación derivó, planteado por Renata, en cómo afrontar al día siguiente el encuentro con Sabas. Tenía grandes amigas y compañeras en el trabajo, pero Sabas con su labia y sus chistes soeces tenía ganado a gran parte del personal. A todo el masculino y a parte del femenino. Además, era delegado sindical y usaba esa condición para amedrentarte. la gente lo temblaba porque era vengativo, pasaba de contar gracias a desafiarte por un «quítame tú de ahí esas pajas». Pedir otra jornada libre más era una cobardía. En eso estaba de acuerdo Vanesa.

—Renata, el primer día es el peor, tendrás que aguantar el tirón, pero nadie se come a nadie.

—Sabas sí, es traicionero y revanchista. Repitió dos veces que me iba a pesar echarle de mi casa.

—Le echaste porque es un machirulo y se comportó como un gañán. Tú follas con quien te da la gana.

—Que sí, pero estoy en su terreno. Tendré que ir con pies de plomo y el acojone no se disipa.  Me conozco y voy a ir a trabajar sin dormir y con las manos heladas. Los nervios se me cogen al estómago y se me enfrían las manos y los pies. Voy a pasar una enfermedad.

—Refúgiate en Paulina y en Natalia. Son tus amigas. Paseáis juntas, merendáis, os contáis vuestras cosas y el Sabas de los cojones que se pierda por ahí con los machos cabritos, que presuman de pito y te deje en paz.

—Estás sembrada, pero ya te contaré. Deséame suerte y envíame todo el ánimo que seas capaz.

Vanesa cogió a Renata de las manos, se las apretó con fuerza y la miró fijamente a los ojos. En ese momento es cuando se acercaba Sigfrido para decirles que tenía que cerrar y, al verlas en esa posición, se quedó sorprendido.

Continuará…/…

viernes, 19 de abril de 2024

EL HIJO DEL PIELERO - LA NOVELA

 



🔹Me hace especial ilusión presentaros este libro. He formado parte del inicio de esta historia y puedo garantizar que la prosa de este escritor os va a cautivar. Es muy especial y única.

🔹Trata de un niño que, contra todo pronóstico, se embarcará en la aventura de su vida. Contada desde su vejez y retiro, a muchos de vosotros os va a desbloquear recuerdos, rememorar "el pueblo", aprender los oficios artesanales y a descubrir la vida de un mundo rural que, a día de hoy, es desconocido para la mayoría.

🔹Te invito a que pares, a que salgas del ruido de la ciudad, a que te relajes y a que lo leas. Os acariciará el alma y la ternura del protagonista hará que queráis acompañarlo hasta el final con su tan peculiar manera de narrar.

Os vais a reír, aprender y llorar (de alegría y de pena).

Mucha suerte @salvadornombela

Feria de libro de Villa del Prado (13-04-2024)

Feria del libro de Usera (19-04-2024)






martes, 2 de abril de 2024

El hijo del pielero - La novela (Prólogo)

 

Una de las señas de identidad más marcadas del pasado siglo XX en España fue el éxodo rural, entendido como desplazamiento de población desde los pueblos hacia las ciudades. Mayoritariamente, son jóvenes que buscan trabajo o estudian para mejorar su posición social. De este modo, los pueblos se vacían y las ciudades se llenan. El atractivo de la gran ciudad de lograr mayor bienestar resultará real o no, pero esto último no detiene a esa marea que se muestra a todas luces imparable. Las estimaciones del Banco Mundial para el año 2050 señalan que casi el setenta por ciento de la población mundial terminará entonces viviendo en grandes ciudades. Hacer lo contrario será heroico, casi suicida. Ese camino inverso de volver a lo rural, al campo, al pueblo que te vio nacer se tornará en descabellado para el común de los mortales. Pero puede que, remando contra corriente, quede algún atípico que se atreva a dejar que ese camino de vuelta le ronde en la cabeza. Frente a viento y marea, y con ese pensamiento de volver a los orígenes que, consciente o no, nunca le ha abandonado, fantasea nuestro protagonista una y otra vez. ¿Dará el paso? No seré yo quien adelante aquí acontecimientos. Solo quiero hacer que conste esa profunda lucha interior, ese desgarro urbano que de algún modo habrá de ser reparado… o no, ¿Quién sabe dónde ni cómo si así finalmente fuera?

El hijo del Pielero es una novela de las que se leen fácil, y el cuerpo te pide más. En la que todo cuadra, pero no te acomodes que puede haber inesperados virajes al mínimo parpadeo. Naturalismo costumbrista, estilo que firman una y otra vez Benito Pérez Galdós, Miguel Delibes o, más reciente, Jesús Carrasco Jaramillo, el de Intemperie, por recorrer de un plumazo o tres una tradición narrativa española de las de rompe y rasga. Sí, señor, o señora, aquí podría encuadrarse la presente obra, y resultaría muy correcta, poco dudosa, su clasificación. Pero Salvador Nombela Silván aporta una frescura muy actual, más cercana al documentalismo novelado, y ahí se aleja de aquellos grandes nombres de la narrativa en castellano, creando, desde el grito urbano, un terreno propio. Podría decirse un «terruño». Su terruño, en definitiva. No está nada mal para un debutante. Tener sello propio no es tan fácil.

Después de un libro histórico, memoria de su pueblo, titulado Almorox, ayer y siempre; después de un libro de relatos, llamado Pandémicos y sempiternos, con el que debutó en la ficción plasmando en papel la complejidad de las relaciones humanas, que previamente había mostrado desde su blog «pielerodicharachero», llega esta novela donde el autor se abre en canal.

Como al apartar del cuerpo muerto cada una de esas pieles, que separadas del animal con precisión quirúrgica sirvieron al humano para arroparse desde tiempo inmemorial, así disecciona el autor cada una de las vivencias rurales y urbanas, urbanas y rurales, en un contrapunto que queremos ver confluir.

¿Es autobiográfica? ¿Y qué primera novela no lo es? La realidad como origen y superación de toda fantasía, banderas ambas que esgrime el autor hasta mezclarlas con sutileza. Realismo, ficción o los dos a partes iguales. Uno u otra. Otra y uno. Donde termine llevando la inercia al protagonista no parece lo importante. El camino, en cambio, sí. Esa vereda que es la vida, y a los que te vas encontrando al recorrerla. Marca la ruta, y marcan ellos, los que se te unen por el camino. Y te marcan para siempre. Además, sin prejuicios se llega más lejos, y se disfruta más del tránsito. Pues como dejó escrito el poeta, «se hace camino al andar». Podría decirse, por lo escrito más arriba, que este prologuista es poco neutral. Algo hay de verdad en esa afirmación, como en decir que tampoco puedo ser más neutral. Me une una amistad profunda con el autor, tan verdadera como su prosa. Disfrutémosla.

Hernán Silván

Doctor en Medicina y escritor



lunes, 25 de marzo de 2024

Capítulo 8 - Sabas

 

Se despierta a las tres de la madrugada. Con los ojos entreabiertos aún y acurrucada entre las sábanas percibe algo en el ambiente. Un olor agrio desagradable. Aspira el aire encogiendo la nariz repetidas veces como un perdiguero. Se levanta trabajosamente, va palpando para no tragarse la mesa, las sillas u otros objetos del escaso mobiliario del que conoce su ubicación al dedillo, aunque de noche todos los gatos son pardos. Enciende la lámpara de pie que esparce una luz tenue y localizada. Sigue la estela del olor acre que se pierde tras la puerta del dormitorio.

Se teme lo peor. Abre con cuidado, poco a poco, y recibe un bofetón pestilente en plenas napias.  Se le introduce hasta el inicio de las fosas nasales. Logra evitar una arcada que le viene de repente, sin previo aviso. Enciende la luz. El plafón ilumina la estancia. El espectáculo es lamentable. Sabas yace a medio tapar entre las sábanas. Estas y la colcha están impregnadas por chorreones de líquido distribuidos aleatoriamente, salpicados por pequeños trozos de comida a medio deglutir, lo que conforma un batiburrillo infecto. Se tapa la nariz y se dice: «¡joder que desaguisado! No es plato de gusto, pero me va a tocar arreglarlo». Empieza a zarandear a Sabas. Primero levemente, con cuidado y después a empujones a dos manos. Es un leño.

—¡Sabas, tío! Despierta de una vez.

Le pareció que emitía un gruñido, pero no se meneó. Así que pasó a las medidas de choque. Le zumbó un par de puñetazos en los riñones, hincando nudillos.

—¿Qué pasa? Renata te llamabas, ¿no? —masculló entre dientes.

—¿Qué que pasa? Que has convertido mi cama en un estercolero.

—Luego me lo cuentas que estoy muerto matao. —Literal, dejó caer el cuello en la almohada y comenzó a emitir unos ronquidos paquidérmicos.

—La madre que te parió, que a gusto que se quedó.

Renata comenzó la faena de limpieza de modo precario. Estaba todavía sonada y a esas horas, en el silencio de la noche, todo se le hacía cuesta arriba. Fue a por un balde, lo llenó de agua tibia, echó jabón líquido y una esponja dentro. Restregó la cara y las comisuras de los labios de Sabas, que tenía bastante resecas y salpicadas. Le quitó la camiseta con gran esfuerzo y le humedeció el pecho, la barriga (dio un respingo y castañeteo los dientes) y las piernas. Tiró de ellas hacia un lateral de la cama y consiguió incorporarlo. Lo apuntaló metiendo dos cojines a la altura de los riñones para que se mantuviese semiincorporado.

Le costó llevarlo hasta la cama nido de debajo del sofá donde media hora antes estaba acostada ella. Era un Zombi y aunque se echó el brazo de Sabas por detrás del cogote y le agarró con fuera la cintura, intentando acompañar la marcha en todo momento, resultó fatigoso el traslado. Le dejó caer como un fardo encima del colchón y, cuando recuperó el aliento, le arropó bien para que se secase del todo.

Volvió a su habitación, haciendo de tripas corazón. Hizo un ovillo con sábanas, colcha y fundas de almohada y lo metió a puñetazos en la lavadora. Cupo a duras penas. Con un par de culetazos logró cerrar la puerta. No le gustaba poner la lavadora a esas horas, pero no podía soportar ese olor pestilente que lo envolvía todo. Cerró la puerta de la cocina y la de la terraza para molestar lo menos posible con el ruido a los vecinos. A continuación, abrió todas las ventanas de la vivienda para que se airease bien.

Se puso una sudadera porque entraba fresco de la calle. Vació el balde, cuya agua había adquirido una turbidez asquerosa y lo volvió a rellenar para acometer la limpieza somera del colchón que también había resultado afectado por la catarata sabatense. Hubo que empaparlo un poco para que saliese la broza. Esperó después navegando con el móvil. No tenía cuerpo para prestar atención y leer un libro que había dejado a medias y que la tenía encandilada. Cuando, por fin, la lavadora centrifugó, se mantuvo a la espera y, en cuanto sonó el clic de la puerta, saco toda la ropa de cama y la tendió. Después de esto se acostó en el sofá, al lado de la cama nido donde dormitaba y se rebullía, de vez en cuando, Sabas. Después de un rato mirando al techo y escuchando a su compañero, a eso de las ocho de la mañana cayó vencida por el sueño.

Entre las procelosas profundidades de su mente, nota algo raro, pero no tiene ánimo ni de incorporarse a ver lo que es. Está en la fase rem. Pero sí, confirma que lo que siente no forma parte del sueño. La están hurgando bajo el pijama. Entreabre con esfuerzo los ojos. Ve que Sabas, entre murmullos, ha alargado el brazo por encima de su catre y ha seguido deslizando la mano por debajo de la gomilla de su pantalón de pijama y está ronroneando al tiempo que continua el descenso. Se para cuando llega al vello púbico y remueve los dedos con torpeza. Araña más que acaricia. Renata abre los ojos de golpe, frunce el ceño y le recrimina. Su voz rompe el silencio reinante.

—¿Qué haces?

—A ver si con estas friegas se nos pasa la resaca, ja, ja.

—¿Que te ha hecho pensar que a mí me apetece follar ahora?

—A mí tampoco, la verdad, pero no me importa esforzarme. El comer y el rascar todo es empezar —guiñó un ojo—. Y después una duchita y nos quedamos nuevos. Es lo mejor para estos casos. Una ducha con el agua templada. Tú me das cremita, yo te doy cremita y una cosa llevará a la otra.

—Dos hostias es lo que te voy a dar.

—Lávate la boca con lejía ¿No te gusta la propuesta? Te advierto que engaño, pero mi fama entre las chicas me precede. Te iba a subir al séptimo cielo.

—De momento saca la mano de ahí, Superman. Me parece muy fuerte, después de la noche que me has hecho pasar. Me has bajado al séptimo infierno.

—Bueno, tía, se me fue la mano con el vino. ¿A ti no te ha pasado nunca?

—A ese nivel premium, no.

—Por eso ahora voy a enmendar ese error si a ti te parece bien, claro. Estás muy rica, Renata y desnuda debes de ser un bombón. Ven que te como.

—Pues no me parece bien, imbécil. Dúchate si quieres. Hueles que alimentas, aunque tú solito. Después coges el portante y te piras, pero del tirón. La nochecita ha sido de aúpa y tengo faena para rato. Y gracias por los halagos.  

—Renata, ya estás en el mercado, conmigo no te hagas la estrecha ¿o es que vas a resultar una calientapollas? No me lo parecías cuando te insinuabas en el curro.

—Qué grosero eres, Sabas. Hacía décadas que no escuchaba esa expresión tan dulce y tierna. Se te ve venir de lejos, pero no sabía que llegases a este grado de ordinariez y de machismo.

—Solo sí es sí. ¿Tú también andas con esas soplapolleces? ¿A que vino entonces la invitación después de la primera quedada fallida? No entiendo para qué insististe cuando te dije que para mí estabas cumplido.

—Me apetecía cenar contigo, charlar, pasar un rato divertido. Eso era todo. En eso consiste la amistad. ¿O es que no se puede ser amigos simplemente? Según tú, ¿cuándo quedas con una compañera o amiga siempre hay que acabar en la cama? Por eso me resistí a darte la primera cita, no quería confusiones en ese sentido y me daba mala espina. Después, necesitaba tanto un rato de esparcimiento que metí la pata.

—Hasta el fondo, pero todavía estás a tiempo de enmendarlo —se palpó el miembro por encima del bóxer y le lanzó una mirada libidinosa—. No soy Curro Jiménez, pero ¿a qué tengo buen trabuco?

—Has agotado mi paciencia. Cuánta razón tenía Fernando Fernán Gómez.

—No se a qué te refieres, guapita. Antes te descojonabas con mis bromas.

—¡A-la-mier-da! ¡Ve-te a la mier-da! Ponte tu ropa, ni ducha ni leches. ¡Lárgate de mi casa! ¡Cuánto antes, mejor!

—De acuerdo Renata, si lo tienes tan claro… Pero esto te va a pesar ¡Te va a pesar y mucho!

Se quedó vacía, destemplada, tiritando, cuando Sabas abandono el piso. Hecha un manojo de nervios. Fue a darse un duchazo, lo necesitaba con urgencia. Abrió el grifo y estuvo debajo de la alcachofa mucho tiempo, más de lo habitual, dejando correr el agua y restregándose con la esponja en todos los rincones de su cuerpo. La alivió bastante y la despejó un poco el abotargamiento que arrastraba después de la infausta noche. Pero el come come no se le iba. Cogió el móvil y llamó a Pablo, el supervisor de la lavandería. Le dijo que se encontraba mal y que esta tarde no iba a ir a trabajar.

—Vale, que te mejores. Ya me ocupo de organizar los grupos.

—Otra cosa…

—¿Sí?

—No me pongas más con Sabas de pareja.

—¿Por? ¿Ha pasado algo que deba saber?

—Discusiones laborales.

—Esas las tenéis a diario y, a pesar de eso, erais inseparables. Sabas es un personaje peculiar, pero buen trabajador. Si quieres ampliar la primicia es la ocasión.

—No, Pablo. Hemos tenido una riña importante y de momento, sino te importa, prefiero cambiar de compañero.

—No me importa. Según como amanezcas mañana ya me dices si vas a faltar también.

—No creo. Con un día de descanso me vale. Gracias por todo, Pablo.

«Muy categórica me he puesto», musitó. Y rompió a llorar.

Sonó el teléfono. Era su madre. Lo que faltaba. No sabía si cogerlo. De perdidos al río. Controló como pudo los hipidos y descolgó.

—¿Qué quieres mamá?

—¿Qué te pasa, Renata?

—Nada. ¿Ahora contestas como los gallegos? ¿Con otra pregunta?

—Se te nota la voz tomada. ¿Has llorado?

—Qué dices. Es que estoy un poco constipada y se me ha agarrado a la garganta.

—Ya. Ahora mismo voy para allá.

—¿Aquí tú? ¿Para qué? Me he tomado un Frenadol y esta tarde me tomaré otro.

—Mientes fatal hija, pero ya eres mayorcita. Si no quieres ayuda, tú sabrás. Pero, para que veas que yo sí que te auxilio, llamo para avisarte.

—¿De qué?

—Tu padre lleva unos días muy raro. Parece que le hubiesen dado azogue. Desde que se enteró de tu separación anda dando paseos por la casa manoteando y, a veces, hasta habla sólo.

—¿Y qué dice?

—Qué va a llamar a Antonio y le va a decir las verdades del barquero.

—¿En serio? Joder, está visto que no gana una para disgustos. Creía que se lo había dejado claro el otro día.

—Niña, esa boca. Mira, precisamente ahora entra por la puerta.

—Pásale el teléfono.

—Hola Renata, cariño ¿Qué tal estás?

—Bien, dentro de lo que cabe. ¿Es cierto lo que dice mamá?

—A saber lo que habrá fabulado esa metijona.

—Deja a Antonio en paz. Lo hecho, hecho está. Somos dos personas adultas. Hemos llegado a un acuerdo.

Se hace el silencio. Al final, el padre, se decide a replicar.

—Te ha dejado tirada como a una colilla. Ese es el acuerdo. Y en cuanto al reparto no me has dado los detalles, pero seguro que ese cabrón te ha esquilmado.

—Papá, prométeme que no lo vas a llamar.

—Sólo le voy a decir cuatro cosas, pero muy bien dichas. Así no se trata a una dama.

—«De alta cuna y de baja cama». Estás totalmente trasnochado. Papá, prométeme que no lo vas a llamar.

—Una vez sólo, lo prometo.

—Ninguna, papá.

—¿Y que se salga con la suya ese fantasioso?

—Prométemelo.

—Lo prometo, pero no te entiendo. Nos lo tenías que haber dicho y otro gallo cantaría.

—Deja ya ese papel, te lo dije el otro día y te lo repetiré mil veces. Tu princesita tiene casi cuarenta años, la mayoría de edad en España está establecida a los dieciocho ¿Vais a dejarme ventilar mis asuntos sin inmiscuiros de una puta vez?

—Renata, qué respeto es ese —replicó Víctor con un hilo de voz.

—¡Lo arregláis todo con el respeto!, aunque debe de ser mutuo. Sois los primeros que no respetáis. Te dejo papá. No me quiero enfadar, pero me sacáis de mis casillas. Y recuerda lo que me has prometido. No tires más de la goma porque me perderéis para siempre.

Estaba hecha unos zorros y el desasosiego la recomía. No dejaba de pensar en su vuelta al trabajo. Menudo papelón. Ella no estaba acostumbrada a la exposición pública, pero Sabas era vengativo y se podía esperar cualquier cosa. Recogió las sábanas y la colcha del tendedero e hizo la cama. El colchón se había secado por efecto de la corriente y del tímido sol mañanero que le daba de plano. Se metió entre la colcha y la sábana, vestida, con poca esperanza de dormirse, pero estaba agotada y sí que cayó una hora larga.

Cuando despertó, tardó en orientarse, en saber donde estaba y la hora que era. La una de la tarde en el reloj de la mesilla. Cogió el móvil y vio que tenía wasap pendiente. Pulsó y descubrió que el único mensaje procedía de un numero desconocido. Dudó si abrirlo o no. Llevaba tal racha empalmada que no podían ser sino malas noticias y ya no podía más. A pesar de ello, pulsó con el pulgar y apareció ante ella el texto. Era un buen tocho.

«Hola Renata. Soy Vanesa, compañera de trabajo de Antonio. Él me ha facilitado tu número. Me gustaría hablar contigo. ¿Podías quedar esta tarde? Sino en otra ocasión. Supongo que te sorprenderá esta intrusión de una desconocida en tu vida, pero no te entretendré mucho. Prefiero comentarlo en persona. A lo mejor te parece una tontería, aunque porque te robe un rato de tu tiempo no vas a perder nada. En fin, espero tu contestación y ojalá que sea afirmativa».

Renata quedó pensativa. «Vanesa». No la conocía personalmente, pero sabía de su vida y sus circunstancias. A su ex no se le caía de la boca. Hablaba muy bien de ella, la sacaba a colación cada dos por tres. Del resto de compañeros muy vagamente, pero de Vanesa…Más de una vez habían discutido porque la ponía como referente e incluso había tenido que dar su brazo a torcer. Lo que hacía Vanesa iba a misa. Lo había visto en Instagram o en YouTube. «Esto sale mejor de precio en tal sitio o en tal otro». «Esto se ha quedado anticuado, ahora lo que se estila es esto otro». Había sentido una punzada de celos, ocasionada por los numerosos elogios que le dedicaba. Y ahora, precisamente que Antonio había levantado el vuelo, esta chica quiere tener una cita con ella. Dudó. Peor no se podían poner las cosas por mucha mierda que metiera esta mujer».

«Esta tarde me vendría bien. No trabajo. ¿Dónde podríamos vernos?»

«Hay un sitio al que solíamos ir Antonio y yo. Para mí sería ideal porque así, cuando salga del trabajo, iría directamente. Se llama Bar Baridad. Está en el número veintidós de la calle del Gasómetro. ¿A las seis y media?»

«Allí estaré»

«Gracias Renata»

Continuará…/…